Mi mujer, Angelika Steiner, percibe muchos más colores que yo (nada de particular, es fenómeno bien estudiado: casi todas las mujeres perciben muchos más colores que casi todos los hombres) y posee una portentosa capacidad para identificar rostros. Hay una enfermedad llamada prosopagnosia de la que un servidor de ustedes no anda muy lejos. A mí me cambian el más pequeño dato —el peinado, el color del pelo, incluso el modo habitual de vestir, el efecto de los años— y soy capaz de no reconocer a mi cuñada (no digo a mi hermano porque sería exagerar). Me he dado cuenta gracias a los actores de cine y televisión. Angelika identifica a cualquier actor o actriz en cualquier momento de su carrera, con cualquier peinado o color de pelo, incluso deformado por algún maquillaje especial. Yo, ni diciéndomelo ella: «Sí, hombre, fue médico de URGENCIAS». Ya. Muy señor mío.
No es bueno este defecto, porque lleva a situaciones desagradables. El 23 de abril de 2005, en Barcelona, durante no sé qué movida fotográfica de Sant Jordi, se acercó un señor a saludarme. Estuvo amabilísimo, casi cariñoso, mientras yo lo pasaba fatal, porque no conseguía identificarlo. Noté que me lo estaba notando, y opté por confesar. Él llevó su deferencia hasta el extremo de darme datos: nos habíamos conocido una noche en el Cock de Madrid, con otros escritores barceloneses, Vila-Matas, Mendoza. Ni flores. Al final, me dijo su nombre y se marchó disgustado. Era Javier Cercas. Se me pone mal cuerpo cada vez que lo recuerdo, y no concretamente porque fuera Cercas, sino por mi grosería. Es una grosería no identificar a alguien con quien has estado hablando unas horas.
No creo que tenga cura, de manera que solo me queda pedir perdón de antemano a todas las personas que en algún momento del futuro seré incapaz de reconocer.