Debe de ser debe ser

Sí, vamos a ver, de vez en cuando me gusta recordar estas cosillas, aún sabiendo que no sirve de nada hacerlo. Deber+de+infinitivo, según Academia, significa PROBABILIDAD. Deber+infinitivo significa OBLIGACIÓN. Supongamos que usted me pregunta, por ejemplo: ¿Cuándo se reincorpora Fulán Fulánez a su trabajo?

Si yo le contesto: «Debe de reincorporarse mañana», quiero decir que no lo sé, pero que creo que será mañana.

Si yo le contesto: «Debe reincorporarse mañana», quiero decir que Fulán Fulánez está obligado a reincorporarse mañana (y allá él si no tiene una buena excusa para faltar a su obligación).

Sobre este asunto escribí hace muchos años, en una de mis artículos para los «Rinconetes» del Instituto Cervantes:

2. Deben de ser las tres. Dice la norma que deber de significa probabilidad, y que ‘deber’, a secas, significa obligación. «Debe de ser una norma» no quiere decir lo mismo que «debe ser una norma». Lo malo es que tal diferencia de sentido no está nada clara en la mente del consumidor de lengua. Les apuesto a ustedes […] 5 guiris —también llamados euros— a que 7 de cada 10 hispanohablantes explicarían la cosa al revés. ¿Por qué? Por puritito sentido común, supongo: deber de tiene más rotundidad, más contundencia, que deber. En lógica expresiva, «esto debe de ser así» parece mucho más obligatorio que «esto debe ser así». PROPUESTA: Sigamos enseñando la norma como preferible, pero dejemos de dar la lata con el asunto y aceptemos que a la larga se impondrá deber de como obligación.

Pero ya ven que no me hago caso: sigo dando la lata.  

Se rifa virus

En esto de el o la COVID estamos teniendo gruesos problemas de comunicación, porque nadie acierta con el mensaje adecuado, es decir el  mensaje que convenza a la población insensata (uno de cada diez ciudadanos, supongo) de que el virus existe y de que las precauciones son necesarias. La principal dificultad, desde luego, está en la necedad de ese uno por ciento, pero también hay que tener en cuenta otro factor que no he visto mencionado en ningún sitio: la pequeñez relativa de la incidencia del virus, la muy baja probabilidad de contagio. El virus es una lotería siniestra, y tiene usted tantas o menos probabilidades de salir premiado (castigado, más bien, claro) como de que le toque el gordo de Navidad.

            Esto explica que los participantes en actos de salvaje imprudencia ―los botelloneros, los festejantes y celebrantes, los idiotas agrupados― no se contagien casi nunca. No creo que haya estadísticas, pero ¿cuántos de estos actos insensatos han dado lugar a contagios? Cabe suponer que todos los días se incurra en cientos de miles de comportamientos estúpidos o solo imprudentes (casi todo lo que no sea estar encerrado en casa viene a ser una imprudencia), de los que resultan… ¿Cuántos contagios diarios en toda España? ¿Cuatro o cinco mil?

            Dicho de otro modo: hay por ahí cientos, miles de mentecatos que llevan semanas saltándose todas las normas y NO SE HAN CONTAGIADO NI CONOCEN A NADIE QUE SE HAYA CONTAGIADO. No podemos sorprendernos de que estas personas no crean en el peligro: su ofuscada experiencia les «demuestra» que no existe.

            Viene a ser como cuando las campañas contra la droga se limitaban a un «la droga mata»: estaban contándoles que el cannabis mata a personas que llevaban años, decenios, consumiéndolo y nunca les había ocurrido nada malo. La diferencia está, ahora, en que el virus sí mata, y la hierba no ha matado nunca.

            En resumen: alguien tendrá que encontrar el modo de mejorar el mensaje, haciéndolo más efectivo. Para eso están los pagadísimos expertos que por ahí pululan.

BachillerATO

Son muchos, últimamente, los solaces que me derrama la RAE. Casi cada vez que me propongo recordarles a ustedes (mis cuatro mil y pico amigos íntimos de Facebook) que algo está mal dicho, resulta que el DRAE me dice que no, que lo antaño erróneo es ahora válido o, por lo menos, tolerado.

Mi disgusto de hoy ha sido «bachiller» / «bachillerato». Antes, «bachillerato» era el conjunto de estudios por los que se obtiene el título de «bachiller», nunca la persona que tiene ese título. Ahora, en la quinta acepción de la palabra, resulta que la Academia acepta la sinonimia: «bachiller» puede ser lo mismo que «bachillerato».

Pues nada, nada: sigan ustedes «estudiando el bachiller», por más que a mí me sangren los oídos al oírlo (que no escucharlo, pero esa es otra, maestros).

Disquisiciones no muy juancarlistas

Cuando Franco dijo que lo dejaba todo «atado y bien atado» se refería a una decisión que tardó en tomar [1]: en la Jefatura del Estado lo sucedería Juan Carlos de Borbón, «Juanito», infante de «sangre real» criado en su regazo y abatanado a sus órdenes. El aparato franquista no previó en ningún momento ninguna modificación importante en la Jefatura del Estado, que Juan Carlos heredó tal cual, con todos los poderes que ejercía sin limitación el «Caudillo de España por la Gracia de Dios».

            Tras la muerte de Franco hubo quien quiso cumplir a rajatabla con su obcecada voluntad y seguir como estábamos, con un presidente del Gobierno nombrado a dedo y con Juan Carlos en el papel de Nuevo Franco. Tal era claramente la intención de Arias Navarro, el presidente gemebundo, que solo concebía la posibilidad de retocar ligeramente el sistema para contentar a los disidentes internos (el régimen siempre dio por perdido a los externos: con ellos solo cabía la prohibición y, en los casos más graves, el castigo).

            Juan Carlos, que tenía 37 años cuando lo de «Españoles, Franco ha muerto», no pudo no tener la tentación de aceptar el legado tal como le llegaba y limitarse a sustituir a Franco como dictador. Eso, sin embargo, era algo que solo podían recomendarle los fanáticos del régimen, algo que iba en contra de los sacrosantos intereses de la monarquía y que no habría sido posible vender en el ámbito internacional. No tengo la menor idea, claro, de cómo pudo llegarse a la autodisolución de las Cortes franquistas y la puesta en marcha de un proceso de democratización. Fueron meses tensísimos, durante los cuales, seguramente, estuvimos varias veces al borde de alguna modalidad de golpe de Estado. Supongo que sería injusto negarle a Juan Carlos todo el mérito en el cambio, pero yo creo que la cosa dependió menos de él que de sus consejeros monárquicos, de los franquistas negociadores [2]  y, cabe imaginar, de presiones internacionales ejercidas por mediadores cuya identidad no conozco.

            El cambio empezó a ejecutarse cuando Juan Carlos sustituyó a Arias Navarro por Adolfo Suárez. Se inició un encadenamiento de medidas esenciales que solo podían conducir a un sistema de gobierno democrático, definido en una constitución democrática y atenido a normas de funcionamiento democráticas. En otras palabras: el paso de la dictadura absoluta de Franco a un régimen parecido al que llevaba más de un siglo funcionando en los principales países occidentales.

            Los defensores del absolutismo como único sistema político viable en España[3] conservaban, no obstante,  gran parte de su capacidad para manejar muy importantes factores de poder, como el Ejército, la Iglesia, los sindicatos franquistas, las fuerzas del orden, qué sé yo. Ante la deriva democrática del país, los absolutistas, tras mucho rumiárselo, mucha consulta con los poderes fácticos y mucho calcular las consecuencias (supongo), decidieron cortar en seco el proceso e intentar un golpe de Estado aquel famoso 23 de febrero.

            Alguien habrá, digo yo, que sepa por qué les salió el tiro por la culata, pero ese alguien no soy yo. Tampoco estoy entre quiénes saben en qué cálculos se basaron, con qué apoyos contaban, qué pensaban hacer después, como pretendían que los aceptara el resto del mundo, etc.

            Pero hay algo que no creí nunca y aún creo menos en este momento: que el golpe se tramara sin la avenencia de Juan Carlos I. Él fue luego quien lo desactivó en público, sí, pero sin duda alguna porque le fallaron los apoyos, porque sus asesores más sensatos comprendieron que no era viable y porque de pronto le entró pavor ante la posibilidad de que el jueguecito le costase un disgusto grave a la «institución monárquica». Tampoco creo que su retractación no estuviera prevista: sin duda alguna, los ejecutores del golpe ya le tenían preparada esa majestuosa salvación de cara.

            Dicho de otro modo: no admito la muy difundida y vitoreada leyenda de que Juan Carlos I salvara la democracia. Lo que hizo fue resignarse a ella.

            A partir de esa resignación, su tarea me ha parecido siempre anodina, como mínimo: totalmente prescindible. Todo lo que hizo en el plano oficial hasta el momento de su abdicación lo podría haber hecho cualquier alto dignatario, cualquier presidente de la república; y su actividad en el plano personal consistió primordialmente en promocionar la monarquía y tomar precauciones (juntando dineritos y apoyos de la plutocracia internacional) por si venían mal dadas. ¿Ha representado dignamente a España en algunas gestiones, sobre todo como jefe de ventas de productos españoles? Que yo recuerde ahora, la única figura política española que no ha representado dignamente a España en nada es José María Aznar, con su vergonzosa presencia en la foto de Bush con sus guerreros y sus pies encima de la mesa y su adhesión evidente a la causa de los ricos más desmesurados y más tramposos. Juan Carlos I aprovechó el peso de su cargo para venderles motos o cositas buenas a los compradores internacionales. Pues muy bien. Gran mérito, que sin duda cohonestaba su participación en los beneficios: milloncejo por aquí, milloncejísimos por allá. Aplauso y aplauso.

            Ahora, cuando se ha hecho más público lo que ya todos sabíamos, se arma el belén y Juan Carlos se quita de en medio. Siempre por el «bien» de España, siempre por el bien de la monarquía. Supongo que será cierto lo que dicen casi todos: que es una medida pactada con Felipe VI y con el gobierno, no una decisión personal suya. Vale.

            El numerito de la «desaparición» es, además de contraproducente y estúpido, bochornoso (aunque quizá no tanto como el juego de «Dónde está King Walli» que con tantísimo entusiasmo están jugando nuestros cada vez más despreciables medios de información en este momento). La postura de Pedro Sánchez negando cualquier participación suya en el montaje y alegando ignorancia es, en el mejor de los supuestos, un mensaje de impotencia: ¿qué quieren ustedes que haga ahora? ¿Meterlo en la cárcel? Todo es ridículo.

            Pero, miren ustedes, me importa un comino, a estas alturas. Nada de lo que haga ahora el «emérito» demeritado puede servir de eximente ni atenuante de lo que ya ha hecho; quizá solo de agravante. Si fuera un ciudadano normal, los jueces ya habrían requerido su comparecencia ante los tribunales. Pero no es un ciudadano normal, nunca lo fue ni lo será. Por su condición de rey  es el emblema de la constitución vigente, cuyos «padres» se aferraron a la Monarquía y a la implantación de las comunidades autónomas para facilitar la aceptación mayoritaria de la Constitución. Una fórmula mágica que evidentemente deja mucho que desear, pero que sigue ahí, intacta sobre el papel. Y da la impresión de que los políticos y los poderes, en su mayor parte, están convencidos de que no se puede destruir, ni siquiera ensuciar un emblema, que sería extraordinariamente desestabilizador hacerlo.

            Puede que sí. Puede que cualquier cambio en las esencias del sistema político español sea peligrosísimo, no por el cambio en sí (que podría y debería resultar positivo), sino por todo lo que habría que hacer para ponerlo en práctica: una auténtica revolución.

            Y ahora, cómo evitar la pregunta siguiente: ¿es este el mejor momento para plantearnos una reconducción tan enorme del sistema?

            No creo. Ante las oleadas del virus, el sistema político que tengamos puede considerarse indiferente. Ahora, lo único sensato que podemos hacer es concentrar todos nuestros talentos y capacidades en aliviar el desastre sanitario en que nos hallamos ―por culpa de nadie― y el cataclismo económico que está produciéndose ―con alguna culpa de alguien, quizá, pero más bien por los efectos del virus: es mundial― [4].

            Dejemos claro, quienes deseamos dejarlo muy claro, que no queremos reyes y que nunca renunciaremos a la república, pero aplacemos las exigencia y el planteamiento del ajuste hasta después de la pandemia [5].

            Ya está bien de perder el tiempo en majaderos y majaderías.

[1] Porque doña Carmen Polo, su excelentísima esposa, proponía otro candidato que a ella le parecía más guapo y más casadero.

[2] Los convencidos de que el régimen no podía prolongarse sin Franco y que era preferible salvar lo salvable: Torcuato Fernández Miranda, Herrero Tejedor, Adolfo Suárez…

[3] Por enorme desgracia, muchos los españoles siguen convencidos de que España solo puede gobernarse con mano dura, porque somos una panda de brutos, imagino.

[4] Ambos males, el sanitario y el económico, afectan con muchísima mayor dureza a las personas más pobres; reducir al máximo este desequilibrio también es tarea fundamental.

[5] En las circunstancias actuales, la función principal de Unidas Podemos, por ejemplo, se reduce a mantener viva la llama de la tan necesaria revolución; pero no pidamos que la llama prenda aún en ninguna parte.

Notita movida

Sí, bueno, claro: qu’est-ce que je peux m’en foutre, a estas alturas, pero estoy de acuerdo:: la «Movida» fue un camelo, una exhibición casi total de falta de talento y preparación artística en sus miembros practicantes de alguna modalidad de la creación, un elitismo de barrio alto (aunque presentara camuflajes barriobajeros), una frivolité con rachas de histeria, quizá incluso un montaje distrayente::: jamás me movió la movida.

https://www.meneame.net/story/oda-cultural-conformismo-movida-madrilena

 

Cancelación de la cultura: un pan como unas tortas

Gérard Darmanin, ministro francés del Interior (muy señor mío, por cierto: no conocía su existencia), dice que hay que detener el asalvajamiento de la sociedad, y se manifiesta dispuesto a combatir el islam con la mayor energía. Hombre, sí: la sociedad se está asalvajando a ojos vista y a toda velocidad, y puede que el extremismo islámico (entre otros extremismos) contribuya al proceso. Creo, sin embargo, que el verdadero motivo de este deterioro es, sencillamente, la pésima o ninguna educación que están recibiendo los niños y jóvenes desde hace ya decenios. Estamos criando bestezuelas apenas distinguibles de chimpancés depilados; bestezuelas sin la menor noción de sus obligaciones de convivencia (que sí parecen tener los chimpancés, por cierto), sin más objetivo que el sacrosanto «pasarlo bien» y contorsionarse al compás de chundaratas más o menos caribeñas y hacer visajes para sus teléfonos y jijijí jajajá que se mueran los feos. No todos los jóvenes, claro. Solo el 78%, calculo… Hemos proscrito la cultura general y hemos hecho un pan como unas tortas.

https://fr.sputniknews.com/france/202007251044159565-darmanin-veut-stopper-lensauvagement-dune-certaine-partie-de-la-societe/

Pero ¿cómo puede morirse Juan Marsé?

Creo que es el único escritor cuya obra he ido leyendo entera, libro por libro, según la publicaba, desde Encerrados con un solo juguete (que compré en el Café Gijón de Madrid, cuando lo vi en el exhibidor que entonces tenía instalado el cerillero, junto al puesto de tabaco) a lo último de lo último, más difícil de seguir, porque las publicaciones se le dispersaron un poco. No me habría importado ser amigo suyo, pero no lo fui. De hecho, solo coincidimos en dos ocasiones, y ello, seguramente, sin que él se enterara de mi presencia. La primera fue en una taberna de la calle de la Ballesta adonde nos llevó Javier Rioyo tras no sé qué presentación en la Feria del Libro. La segunda en el Cock de Madrid ―templo sustituto de la progresía literaria tras el abandono de Boccaccio―, una noche, estando él en compañía de Vila Matas, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, puede que algún otro. Recuerdo que me presentó Vila Matas al grupo, que me senté con ellos y que no dije una sola palabra, ni me enteré de nada de lo que ellos decían, por el ruido ambiental. Poco tiempo, después, un Sant Jordi, me encontré en Barcelona con Javier Cercas, y no lo reconocí, y el hombre se enfadó conmigo, con mucha razón.

            Pero Marsé. Para mí, con poca duda, el escritor español más representativo y con mejor talento de nuestra época. Su muerte deteriora la vida.

Sinagoga vacía, contacto perdido

El cariño que antaño le tuve a Gabriel Albiac (a mediados de los ochenta, cuando tantas horas pasamos juntos en el sótano de Hiperión) perdió aplicación con su traslado a posiciones de muy extrema y hasta agresiva derecha: dejamos de tratarnos e incluso de vernos ―aunque más por las circunstancias que por decisión de ninguno de los dos, imagino―. Intervine en la publicación de una novela suya en Alfaguara y ahí quedó la cosa. Creo que no hemos vuelto a coincidir en ninguna parte desde aquella época.

Este artículo de José Luis Pardo que publica hoy EL PAÍS me ha hecho recordar un libro de Gabriel que a mí en todo momento me pareció extraordinario y que hoy está poco menos que desaparecido (a pesar de haber ganado el Premio Nacional de Ensayo en 1988): La sinagoga vacía, que publicó Hiperión, creo que en el 87.

Sería una lectura recomendable, sin duda. Para quien se interese en lo que más debería interesarnos como seres humanos y a casi nadie interesa (pero esa es otra cuestión).

https://elpais.com/cultura/2020/07/17/babelia/1594993795_651847.html#?ref=rss&format=simple&link=link

Rey rana

Mal planteamiento del asunto: si no queremos la monarquía no es porque un rey robe (no es porque un rey sea un auténtico desaprensivo), sino porque no queremos la monarquía, ni ahora que se han hecho públicos los enjuagues juancarlistas, ni antes, ni luego, ni siquiera en el remoto supuesto de que el rey fuera un santo santísimo con varios dedos de cogote. Dicho de otro modo: el llamado Felipe VI tiene mucha suerte de que el escándalo se difunda ahora, porque en plena pandemia no podemos entretenernos tomando la Zarzuela. No apetece.

Pero habrá que hacerlo, algún día. O, si no, ponernos de acuerdo todos en dejar así las cosas y no protestar cuando el monarca o la monarca salgan rana, por más besos que les demos. Y mira que le hemos dado besos al fulano este.

https://elpais.com/espana/2020-07-09/la-representante-de-podemos-en-la-mesa-del-congreso-pide-la-abdicacion-de-felipe-vi-y-un-referendum-sobre-la-monarquia.html

 

¿Derecho a desear?

Tendemos a confundir deseo con derecho.

Desear algo no es tener derecho a poseerlo.

Desear físicamente a otra persona no es incorrecto; lo incorrecto es pensar que esa persona tiene que satisfacer nuestro deseo, que es responsable de nuestro deseo, porque nos lo ha provocado; que es incluso culpable de nuestro deseo, porque ha debido evitar que nos surja (1).

Esta confusión lamentable funciona en miles, en millones de cabezas de hombre. En tantas, que tal vez no sea exagerado afirmar que lo padecen la mayoría de los varones.

Pero nunca es admisible que inflijamos nuestro deseo a nadie, ni siquiera a la personas de nuestra mayor intimidad.

(1) En muchas religiones, en efecto, la mujer está obligada a no despertar el deseo del hombre. No solo en el islam; también en el cristianismo.

Meditación torera (indignante para los toreros, imagino) (lo siento)

Con los toros me pasa como con Dios: solo me acuerdo de ellos cuando alguna presión pública me obliga. Entiéndaseme: tampoco voy a colgarme la medalla de haberlos rechazado siempre, desde pequeñito, de puro benéfico que soy con los animales. No. El día en que mataron a Manolete (28 de agosto de 1947) yo tenía siete años recién cumplidos. Vivíamos entonces en el Had de la Gharbía, en Marruecos, donde mi padre era Interventor (moráqeb, en árabe). Me enteré por la radio, no me pregunten cómo. No había electricidad, pero teníamos una radio grande, de lámparas y pilas. Nada más oír la noticia, indignado, fui corriendo al recinto donde se recogían las vacas y toros de la Intervención, salté la cerca y me lie a patadas con los pobres animales (que no me hicieron ni caso). Sí. Yo no había visto en mi vida una corrida de toros, ni mis padres eran aficionados, pero me indignó que uno de esos bichos tan aparentemente inofensivos hubiera matado a un señor llamado Manolete.

Por lo demás, ya digo: los toros no han formado parte de mi vida. No creo haber visto más allá de tres o cuatro lidias. Una de ellas en Tánger, en los años cincuenta, cuando mi abuelo Alberto España (a quien tampoco le interesaba mucho la cosa) tuvo que presidir la corrida de la Asociación Internacional de la Prensa y me llevó al palco para hacerle compañía. La gente pedía orejas, sacudiendo los pañuelos, y yo las concedía, sacudiendo también un pañuelo a cuadros que mi abuelo se sacaba del bolsillo pectoral de la chaqueta para que su nieto conociera el celestial placer de otorgar recompensas. Debía yo de tener once o doce años. Quitados los momentos orejeros, me aburrí muchísimo. De hecho, quise marcharme cuando vi que volvía a salir, en cuarto lugar, el mismo matador del primer toro, porque pensé que aquello funcionaba como los cines de sesión continua, que empezaba la repetición. En fin. Hasta ahí llegaba mi cultura torera.

Luego, algunos años después, durante mi periodo tenístico, asistí a dos o tres novilladas silvestres de esas que se celebran en los pueblos pequeños, en plazas improvisadas, sin caballos y con bastante gamberrismo local. Tampoco fue por entusiasmo. Junto a las pistas de tenis de la Ciudad Universitaria había un frontón, y allí entrenaban todos los días unos cuantos aspirantes a torero. Como era lógico, los tenistas acabamos pegando la hebra con ellos, jugando alguna partida de frontón, tomándonos unas cervezas en el bar de arriba… Y acompañándolos a algún que otro festejo de los pocos que les salían. No sé si alguno de ellos logró la fama. Creo que no. Cuando dejé de jugar al tenis, porque tenía que ponerme de una pajolera vez a terminar Derecho, perdí contacto con ellos. Eran gente maja, sin duda. Flacos, duros, entusiastas de lo que hacían. Se les notaba en los ojos que sabrían sufrir lo necesario e indispensable en una profesión como la que habían elegido.

Y, bueno, por confesarlo todo: una vez estuve en la plaza de Las Ventas, con dos chicas pieds-noirs, France y Marie-Claire, viendo una corrida o novillada (no recuerdo) en que participaban los entonces o luego famosísimos Aparicio y El Litri.

Resumiendo: no soy antitaurino, soy ataurino. Mi único verdadero acercamiento a la Fiesta Nacional ha consistido, como corresponde a mi condición de escritor, en aprenderme y utilizar algunos términos del rico lenguaje tauromáquico. Será una pena que se pierda.

Pero se perderá. A no ser que se produzca un inesperadísimo cambio de tendencias sociales, la tauromaquia está condenada a convertirse en una actividad vestigial, para seguidores especializados, para turistas caprichosos. De hecho, me resulta difícil comprender de dónde sale el dinero para contratar corridas y celebrarlas, porque la mengua de espectadores ha sido descomunal en todos estos años, y, además, las plazas no tienen un gran aforo, y los toreros, en general, no poseen buena imagen que vender a los publicitarios. Creo que ya solo sirven para nutrir de noticiejas la prensa del corazón.

            Poco a poco, todas estas salvajadas hispánicas irán desapareciendo (sustituidas quizá por otras costumbres y festejos no menos crueles y perniciosos, pero ese es otro tema), y a ello habrán contribuido, sin duda, quienes ahora las denuncian de modo enérgico, mediante manifestaciones y presencias recriminatorias. Mi personalidad —que tanto trabajo me ha costado adquirir en la tormenta de vetos y pecados que ambientó gran parte de mi vida— es refractaria a todo tipo de prohibición, pero acepto que en las zonas donde gobierna una mayoría antitaurina, elegida por los votantes, se declaren ilegales estas ceremonias de tortura animal que solo parecen tener una función: reforzar los peores ingredientes de la mentalidad social española.

            E insisto: las corridas de toros no pueden durar mucho más, por la simple y capitalista razón de que no son rentables.

            Y a ver qué se hace con los toros de lidia.

Yo+yo+yo…

La sociedad es una red infinita de pactos cuyo centro soy yo, somos todos los yo, igual que cada punto del universo es el centro del universo. En mi caso, la red se constituye a partir de mis pactos con los yo de mi entorno, que poseen sus propios entornos, muy parecidos al mío, cuyos individuos poseen sus propios entornos, menos parecidos al mío cuanto más se alejan de mí. Al final, la red queda encerrada en un límite artificial, pura convención, pura invención, llamémosle, por ejemplo, nacionalidad, totalidad de yos individuales que aceptan la red infinita de pactos bajo una autoridad que los resume y estructura en principios de general aceptación.

De quién, de quiénes

Lo noté por primera vez a los quince años; ahora, a punto de cumplir los ochenta, sigo notándolo: mi vida no ocurre en mi vida; todo el entorno humano es nuestro. (Lo difícil, casi imposible, es precisar de quiénes sí y de quiénes no.)

Camisa roja

No he tenido más allá de tres camisas rojas en toda mi vida, pero me encantan las camisas rojas. Por el placer que me produjo comprarme la primera, en una tienda de la calle México —era lo que entonces llamábamos un niki, que ahora llamaríamos polo, quizá; de manga larga—, cuando empezaba el verano de 1958 y yo acababa de cumplir los dieciocho. Era un chico en cuclillas al borde de un abismo: no había aprobado ni una sola asignatura del primer curso de facultad, mi padre estaba ya instalado en Madrid, esperándonos, aquel era mi último medio verano en Tánger, aquellos eran mis últimos días en mi casa natal, aquello era pena, pena, una pena gruesa y pesada, difícil de vivir. Cuando me compré la camisa roja —no sé con qué dinero, por cierto—, viví sin embargo una intensidad de dicha. Claro está que al llegar a casa mi madre me puso como chupa de dómine por haberme comprado una camisa de color rojo. Tened en cuenta que entonces el término rojo solo se utilizaba para mencionar a los rojos, es decir a la canalla que había querido convertir España en un soviet, matando brutalmente a todo el que se resistiera. Si a alguien se le hubiera ocurrido, en aquellos años, la selección española de fútbol no habría podido llamarse «la roja», como ahora, sino «la encarnada». Como encarnado era el capote de los toreros. Creo, sin embargo, que la bandera española seguía siendo «rojigualda», pero es que ahí el «gualda» oculta el «roji-» hasta hacerlo casi imperceptible. Mi niki, en todo caso, era sin duda alguna rojo. Y ahí estaba yo, hijo primogénito de un alférez provisional de la Cruzada, con una camisa roja y una negra cazadora de cuero que había tenido la osadía de comprarme en Sevilla, unos meses antes: un auténtico comisario del pueblo, a ojos de mis padres. Así crecí, y no voy a quejarme, porque, inverosímilmente, ninguno de estos intentos de formación patriótica me ha condicionado.