Maestra de títeres

2018/10/29 Deja un comentario

Ya habrán observado ustedes que no suelo hablar de libros actuales, ni en este Librillo ni en Facebook. Es actividad que me granjeó, en tiempos (cuando colaboraba en DISIDENCIAS, el suplemento literario que mantuvo DIARIO16 en los años ochenta), sañudos enemigos; por insensato e imprudente, sin duda. Así, en términos generales, lo mejor es que un escritor reduzca al mínimo menos grosero sus menciones públicas de otros autores contemporáneos. Hablar bien se toma por adulación interesada o por amigoteo. Hablar mal, por envidia. O sea: chitón.
     Voy a hablar hoy de Carmen Posadas, sin embargo. [En la cual se dan dos circunstancias que aconsejarían mi silencio. Primera, que es muy (muy) amiga mía. Segunda, que tiene (mucho) más éxito que yo como escritora.]
     Ocurre, sin embargo, que esta nueva novela suya ―La maestra de títeres―, apenas publicada, me ha conquistado el ánimo. Carmen es, obra por obra, una fabuladora habilísima, capaz de montar y sostener las historias más difíciles de contar sin incurrir nunca en disparate ni dar la impresión de que no ha puesto el suficiente empeño; sin perderse en divagaciones ni anécdotas de relleno. Tuvo bastante razón Manuel Vázquez Montalbán cuando, a raíz de la publicación de Cinco moscas azules en Alfaguara, la comparó con Balzac. Son palabras mayorcísimas, sí, pero es cierto que en la obra de Carmen aparece con frecuencia un impulso de Comedia Humana que la separa de la mera narración entretenida: el afán de ser testigo, de contribuir al conocimiento de las realidades sociales y a su valoración.
     La maestra de títeres expone varios decenios ―desde los arranques de los años 50 a la actualidad― de alto famoseo madrileño-marbellí, digámosle aristocrático, con la deseable falta de caridad y sin la menor saña: así os conozco, así os cuento. Dirán ustedes: ¿y a mí que me importa el famoseo aristocrático madrileño? Pues miren, sí (y por ahí es por donde me conquista el ánimo a mí): importa, porque leyendo la novela se da uno cuenta de que este entramado social de damas y caballeros, pollos pera y señoritas finas, chupópteros variados, folclóricos y folclóricas, criadas, chóferes, ha sido tan determinante en nuestra historia reciente como cualquier otro grupo social mejor o peor visto. Uno de los corazones de España latió durante muchos años en la calle Serrano de Madrid.
     El enorme mérito de La maestra de títeres consiste en convertir en Comedia Humana una trenza de historias que, con otra enjundia, podría perfectamente haberse publicado por entregas en la revista HOLA, con las fotos correspondientes. Y, a la vez, en contraponer a este corazoneo malvado la presencia y protagonismo de otros personajes que, de manera sorprendente, se las apañan para mantener una nobleza humana.
     En serio: léanla.

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De Tánger a Tánger

2018/10/09 2 comentarios

Mi inminente participación en el curso «Tánger en la Literatura» que dirige Rocío Rojas-Marcos (Casa Árabe de Madrid, 18 y 25 de octubre) me ha llevado a recordar este texto que leí en el Instituto Severo Ochoa, antes Instituto Politécnico Español de Tánger, el 2 de junio de 1995, hace pues 23 años. Quizá todavía le pueda interesar a alguien. No creo que haya escrito nunca nada más sincero sobre mi Tánger.

Desde que salí de Tánger, el 7 de julio de 1958, hace treinta y siete años, sólo he visitado la ciudad en dos ocasiones. Una en junio-julio de 1964 y otra en agosto de 1972.

En 1964, la ciudad se parecía aún a mis recuerdos. Estuve viviendo en casa de mi abuelo, Alberto Es­paña, el autor de La pequeña historia de Tánger, pre­sidente vitalacio de la Asociación Internacional de la Prensa; todavía era analista del Hospital Español el doctor Gregorio López Ventura, marido de mi tía Mavi; y to­davía tropezaba con gente, en la playa y en la calle, que me reconocía y me preguntaba por mis padres. Y todavía, incluso, llegué a encontrarme, pa­seando por el bule­var, a un antiguo compañero de ba­chillerato, Ab­delazís ben Abdes-se­lám Eh-hisen, que entonces era médico del Hospital de Tánger (y quizá siga siéndolo, no sé, porque he perdido el contacto con él).

De todas formas, yo le tenía un miedo tremendo a Tánger, porque me había costado mucho trabajo extir­pármelo del sistema. Cuando me encontré en Madrid, en aquel agujero gris que era la capital de España —y toda España—, en el año de poca gracia de 1958, no tuve más remedio que hacerme a la idea de que el des­tierro era para siempre. Años más tarde, en el primer libro que publiqué, escribí un par de versos que pinta­ban la situación en muy pocas palabras: « Nací en una ciudad que ya no existe, / en un país que entonces no existía ». No se puede volver a una ciudad que ya no existe. Y decidí aceptar la realidad: estaba en España, era español (cosa que antes yo no tenía nada clara) y había que em­prender un largo proceso de adaptación al nuevo territorio. Bueno. La verdad es que todavía no me consta que este proceso haya terminado. Toda­vía no me consta que, a pesar de todos los esfuerzos que he hecho para convencerme de que me he vuelto caste­llano, yo haya dejado de ser tangerino. Más que nin­guna otra cosa. Ocurre, no obstante, que ser tange­rino, en mi sentido de la palabra, carece por completo de significado en tiempo presente.

Por eso, en 1964, me dio miedo volver a Tánger. Por­que mi proceso de adaptación a España no estaba ni mucho menos resuelto. Acababa de terminar la ca­rrera de Derecho, iba a preparar unas oposiciones, me conocía bien las calles de Madrid y, más o menos, me debrullaba (como decíamos aquí, en flagrante gali­cismo) en un ambiente que, en el fondo del senti­miento, yo seguía considerando ajeno y hostil; que nunca he llegado a entender del todo, si quieren us­te­des una confesión, a estas alturas de mi vida.

Miren, por ejemplo, un poema que escribí aquel ve­rano de 1964, en Tánger, y luego otro que escribí en otoño, ya instalado de nuevo en Madrid. El primero es el de Tánger y se llama « Esbozo garabato »:

El cielo se me puso panza arriba,
con las patas al aire.
Yo le rasqué la tripa a redropelo
y los dioses chillaban de placer.
« Muy buenas noches », replicó la aurora
en burda socaliña por salvarse;
le taparon la boca las estrellas
en jauría,
el hirsuto revés de puercoespín
de las estrellas.
El sol, disimulando, sonreía:
« Qué noche tan hermosa »;
y la luna, a cornadas,
lo obligó a zambullirse de crepúsculo
en el lejano burladero
del horizonte.
Yo, nictálope, andaba por el mundo,
cazando las luciérnagas a besos,
los labios congelados,
los ojos como grietas.
Mi corazón era un reloj de arena.
Las colas de los saurios me tocaban diana
cascabelera.
Por las venas me andaban minuciosas trompetas.
Y mis pulmones eran dos barómetros.
Es decir: me inventaba
y el cielo
cada noche
me ofrecía su panza de sedosas metáforas.

Y este otro es el escrito en Madrid. Se titula « Mo­mento acariciador ».

¡A la vida, a la vida, que se escapa
y se lleva a solapo
mis ahorros de gloria y de cabeza!
¡A la vida, a la vida, que me muere!
Los afilados dientes del reloj:
llevamos nuestra muerte atada al pulso
como un perro de presa maniático.
En el cielo se incendian las ventanas
retinas del crepúsculo: me mira
la belleza; me mira: ¿por qué es hermoso el mundo?
Lo que quiero es morirme en un caos fecal
sin rosas y sin ortos; sin tus ojos.
Sin tus ojos.
¡A la vida, a la vida, que me muere!

De hecho, después de aquella visita de 1964 tardé ocho años en re­gresar, y casi podría afirmar que no fue por gusto, o que no fue entera­mente por gusto. Estaba viviendo muy desagradables circunstancias perso­na­les, de esas que lo invitan a uno a regresar a las raíces, en busca de lo que en ellas pueda haber de fuerza re­gene­radora, y me pareció buena idea pasar una tempo­rada en la ciudad donde había nacido. No fue muy fe­liz la ocurrencia. El Tánger de 1972 ya no tenía nada que ver conmigo. A los tres o cuatro días tuve que ren­dirme a la horrífica evidencia de que me estaba com­portando como un turista. Dejé que un chaval me pa­seara por la alcazaba, como si no me la hubiera sabido de memoria. Dejé que un extraño in­di­viduo me hiciera proposiciones deshonestas en inglés, sin adivinarle antes la intención, como si aca­bara de desembarcar de un vuelo procedente de Londres. Por las calles me proponían hashish, o jovencitos, o, en úl­tima instancia, incluso al­guna prima núbil del ofe­rente. No reconocía ningún rostro paseando por el bu­levar. Nadie me reco­nocía a mí. Acabé haciendo lo que me había propuesto no hacer: refugiarme en casa de mis tíos, que aún se­guían en Tánger, y pasar dos semanitas de playa como habría podido pasarlas en Torremolinos. Sin sentirme de aquí.

Entonces fue cuando tomé la irrevocable decisión de no volver.

Y no volví.

Miren ustedes, las cosas irracionales no se explican del todo, nunca. Uno, como máximo, puede aspirar a transmitirlas de un modo tan eficaz, que el oyente las sienta con nosotros. Eso pretende lo que tantas veces he llamado poesía sensacional, la poesía que transmite las sensaciones y no piensa ni quiere pensar. A ese tipo de poesía perte­nece el primero de los dos poemas que antes leí. Sólo transmite la con­fusión mezclada con la arrogancia de un hombre muy joven que, en realidad, sólo poseía un puñadito de metáforas sedo­sas.

De todas formas, convendría, quizá, emprender un leve intento de expli­cación. Voy a encaminarla por la vía irracional, como es debido, leyén­doles a ustedes otros poemas, escritos a los dieciséis o diecisiete años, cuando mi salida de Tánger era inminente. Es decir: cuando yo ya sabía que me marchaba al exilio. El pri­mero se llama « Cuento contrariado », y es de marzo de 1956.

El príncipe
había desterrado su tristeza
todo lo allende el mar que darse puede.
(Un marinero
brinca las olas
con su canción.)
El príncipe
tenía un amor lindo en cada cine
y en cada pino un hijo del oráculo.
(Un molinero
muele a sus hijas
con el café.)
El príncipe
esperaba del mar una barca de piedra
con su propio cadáver.
(Una barquilla
como un arado
raja el tifón.)
El príncipe
era un muchacho con las manos tiernas.

No heredará su reino.

El segundo que voy a leerles se llama « Charada ro­mántica » y es de junio de 1958, de unas semanas an­tes de la marcha:

Aquí te espero: breve y a horcajadas
en la rama de pino
que cuelga sobre el mar
(las olas acarician
mi posible cadáver).

Estoy tratando de enhebrar mis sueños
al ojo de la aguja
de lo real; y duele.

Calma chicha: el Estrecho
de corrientes cuajadas,
el pedregal hispano al otro lado;
un petrolero yerto;
el sol etimológico.

No volveré a mi tierra nunca más.

Pero jamás me moveré de aquí.

Ven a buscarme.

Y el tercero se titula, muy apropiadamente, « Adiós »:

Andrajoso de nubes,
el cielo mira al suelo.

Viejo Cronos, con su reloj de lágrimas.

Me marcho.

Ninguno de estos versos me ha servido de nada.
He intentado quedarme
con Aixa Qandixa.

He intentado perderme
por el sendero rojo entre chumberas.

He intentado arbolarme en eucaliptos.

He intentado esconderme
en una de mis tumbas.

Es inútil.

Me marcho.

Viejo cielo andrajoso.

Puede que el chico aquel no acertara a expresarse con la debida preci­sión de lo poético, pero de estos poe­mas se puede extraer una conclu­sión tan poco técnica como irrefutable: el hombre andaba muy fasti­diado.

¿Por qué? A fin de cuentas, yo era, sencillamente, un jovencito de nacionalidad española que, concluido el periodo colonial —o de protectorado por Francia y España— de la nación marroquí, volvía a su tierra, a la tierra de sus antepasados y de su historia. Pero no era tan sencillo.

Nosotros, los adolescentes tangerinos de finales de los años cin­cuenta, éramos ya una especie en vías de mutación. No sólo porque hubiésemos nacido en Tán­ger. Nuestros padres también eran de aquí, e incluso nuestros abuelos, o llevaban en la ciudad desde princi­pios de siglo. Constituíamos una tercera generación. Yo imagino que es en la tercera generación nacida fuera de la metrópoli cuando empieza a desarrollarse el criollismo. Terminada la conquista de América en el siglo XVII, durante las tres generaciones del XVIII se va fraguando el sen­timiento de no pertenencia a Es­paña y sus destinos que desemboca en la gran escisión de los países americanos. Los chicos tangerinos de la tercera generación ya no nos considerábamos espe­cialmente españoles. O, por decirlo de otro modo, sólo nos considerábamos españoles en cuanto éramos dife­rentes de otros tangerinos de origen europeo, pero no en cuanto pudiéramos parecernos a los españoles de la metrópoli, cuya mentalidad y modo de vida se nos an­tojaban poco menos que irri­sorios. Nosotros vivíamos en una ciudad internacional, libre y, para colmo, rica. Éramos unos insensatos, desde luego. Ni se nos pasaba por la cabeza que había otros tangerinos, los marro­quíes e incluso los ju­díos, que estaban aquí desde mu­cho antes que nosotros y que no disfru­taban —por lo menos los marroquíes— ni de aquella libertad ni de aquella riqueza. Jamás nos acordábamos del futuro. Quiero decir: jamás se nos ocurría que estábamos en un país extranjero, con su po­blación autóctona y su cultura propia, que nosotros no habíamos asimi­lado más que en sus aspectos más folclóricos y en determi­nados toques lingüísticos. Recuerdo, por ejemplo, que por aquel entonces los chicos nos llamábamos jai, ‘hermano’ en árabe, para interpelarnos en las mis­mas ocasiones en que ahora casi todo el mundo dice tío. « Oye, jai, ¿te vienes al cine esta tarde? » Jai era nues­tro santo y seña, la diferencia, lo que nunca sería un no tangerino. Pero aquello era, ya digo, totalmente folcló­rico. En realidad, ni siquiera nos molestamos en aprender el árabe, más allá de las cien o doscientas palabras básicas, como mucho. Y no hacía­mos nin­guna clase de vida común con los jóvenes marroquíes de nues­tra edad. Algo, si acaso, con los compañeros del instituto, que eran muy pocos. En mi clase, exac­tamente tres: el ya mencionado Hsisen, Dris Abarodi y Mohamed ben Chaib Temsamani, que luego sería agre­gado militar de la embajada de Marruecos en Ma­drid. « Temsa », como le llamábamos, jugaba muy bien al fútbol, de delantero centro, y siempre se alineaba con el equipo del instituto español cuando nos enfren­tábamos al equipo de los marianistas o al liceo ita­liano. Pero, desde luego, ninguno de ellos asistía a nuestros guateques, ni salía con nuestras chicas, ni se venía a la playa con la panda. Dicho en lisas y llanas palabras: preva­lecía una discriminación casi total de la que nosotros no éramos cons­cientes, o que aceptába­mos como un hecho natural. Habría que matizar en este punto, sin embargo: no era una discriminación que se debiera a ningún sentido de superioridad. Lo que teníamos era una fuerte noción de la diferencia e, incluso, perdóneseme, del carácter no conciliable de ambas culturas. No éramos enemigos, pero sólo po­díamos vivir en el mismo espacio territorial a condi­ción de no mezclarnos excesivamente. Además, claro, nosotros mandábamos.

No estoy pintando, como se ve, una ciudad del pa­raíso. Éramos inocentes, quizá, por la inconsciencia de nuestros pocos años, pero ca­recíamos de sentido de la realidad. Creo que puedo asegurar que a nin­guno de nosotros, los chicos europeos de finales de los cin­cuenta que vivíamos en Tánger, se nos pasaba por la cabeza la idea de instalarnos alguna vez en los países cuyas embajadas nos suministraban pasaporte. Yo iba a estudiar en España, claro, porque en Tánger no había Univer­sidad, pero luego volvería aquí, a casarme y te­ner hijos de cuarta gene­ración, buscándome algún modo de vida más o menos pingüe de los muchos que la ciudad internacional ofrecía a sus súbditos euro­peos. Con el movimiento independentista marroquí ya en marcha, con Mo­hamed V exiliado en Madagascar, nosotros seguíamos convencidos de que nada cambia­ría nunca en Tánger. Era demasiado nuestro.

Pero ¿qué tenía esta ciudad para que la amáramos tanto y nos con­firiera semejante sentido de la superio­ridad sobre el resto de los ciuda­danos del mundo?

Era bella, desde luego, tanto como bella sigue siendo ahora mismo. Pero todas las ciudades del mar son bellas, e incluso algunas de tierra adentro. Era… Un mundo aparte. Un espacio en el que nos sentíamos protegidos y privilegiados, por lo menos los niños bo­nitos, porque había —también, no se me olvide men­cionarlos— otros españo­les no tan dichosos. Una ciu­dad que vivía bajo el régimen del Estatuto Internacio­nal, con administradores que las potencias iban nom­brando en turnos sucesivos y con la presencia de un Mendub del Májsen, con jurisdicción limitada a los súbditos marroquíes. Con un Tri­bunal Mixto Interna­cional que se hizo famoso entre los juristas, por el eclecticismo de sus principios y por su agilidad de funcionamiento. Yo no sé exactamente de qué vivía Tánger, por qué era tan rica, porque teníamos los me­jores cochazos americanos recorriendo las calles, por qué tanta fiesta, por qué tanto lujo. Seguramente, claro, en gran medida, por el tráfico, con destino a la península, de mercancías que allí no se encon­traban: relojes, electrodomésticos, objetos de plástico, medias de nai­lon, tabaco, bebidas alcohólicas, extrañas mate­rias primas. También, desde luego, por su carácter de paraíso fiscal. Y, claro, por las aportaciones de las potencias signa­tarias del Estatuto, que pagaban es­pléndidos sueldos a sus funcionarios destinados en Tánger.

Por otro lado, el carácter internacional de la ciudad nos abría a in­fluencias que no se daban, tan combina­das, seguramente en ningún otro punto de la tierra. Estas influencias, además, operaban sobre una base previa intercultural. Los inmigrantes de nacionalida­des no signatarias del Estatuto, que llegaron a Tánger cen­trifugados por la segunda guerra mundial (yo, en este mismo instituto, he tenido compañeros de bachi­llerato polacos —Pepe Smolka—, rusos —Tania Maslénikof Daví­dof—, lituanos —Marina Pukarch), estos inmi­grantes se incorporaban a una ciudad donde convivían tres culturas de muy antañón arraigo: la ma­rroquí, la judía y la española, con el añadido de la co­lonia fran­cesa, siempre muy influyente. Ya he dicho antes que no todo era de color de rosa en esta convi­vencia, pero no puede negarse que el espíritu de la ciudad estaba imbuido de las tres culturas, y que no faltaba el respeto entre ellas. La segregación, si me apuran, era más eco­nómica o social que de raza. Los marroquíes ricos y los judíos ricos no tenían ningún problema para alter­nar con los europeos ricos, más que si pretendían ca­sarse con nesrani. (Pretensión, por otra parte, que rarí­sima vez se producía. Apenas si re­cuerdo matrimonios mixtos, aunque en mi familia los hubo: mi tío Alberto se casó con Nufi Ducali; pero este Ducali era una gran señor, al que recuerdo de mi infancia, con su yil-laba blanca inmaculada y sus ba­buchas amarillas.) Habría diversos pro­blemas, qué duda cabe, sobre todo si te­nemos en cuenta que los marro­quíes no intervenían en el gobierno de la ciudad más que en los últimos esla­bones: tenían policías de tráfico y algún que otro fun­cio­nario me­nor; pero nin­guna autoridad dentro de la Administración Inter­na­cional.

De todas maneras, conviene insistir en el espíritu de convivencia. Las culturas coincidían en lo que podían coincidir y se mantenían sepa­radas en los reductos no renunciables. Sobre todo, en materia de cos­tumbres y de religión. Es curioso que los misioneros francisca­nos, con convento en Tánger desde tiempos inmemo­riales, apenas hayan hecho conversiones. Mi padre siempre me ponía el ejemplo de Mójtar, el portero de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, que convivía con los frai­les, aunque en casa aparte, a un lado de la iglesia, con su mujer y su hija, y seguía tan musulmán como cuando lo circuncidaron. He estados en sinago­gas y mezquitas, en tefelines y en bodas musulmanas, he visto marroquíes y hebreos en la iglesia cristiana, por nupcias, bautizos o funerales. Pero, que yo sepa, nadie se pasó nunca a ninguna de las otras dos religio­nes. Será que las tres son verdaderas.

Recuerdo el artículo que escribió mi padre, en el dia­rio Larache¸ cuando murió Antonio Ortiz, arabista e intérprete, enamorado de Ma­rruecos, en Alcazar­qui­vir. Sidi Aalí, un notable de la ciudad, asistió al vela­torio, con lágrimas en los ojos, pero como acuciado por las prisas. Cuando se retiraba, mi padre le pre­guntó que por qué no permanecía con todos los demás, velando al amigo. Sidi Aalí, llevándose la mano al pe­cho, le contestó: «Voy a la mezquita, a rezar por sidi Antonio ». El artículo se llamaba « La oración de sidi Aalí », y me ha hecho llorar al­gunas veces. Y sé por qué lloro, aunque ustedes, desde otro mundo y otro tiempo, no puedan comprenderlo. Lloro por el amor que nos te­níamos.

Ésta era una parte del ambiente. Luego, claro, lo cultural. Aquí no había censura de libros ni de pelícu­las ni de espectáculos ni de costum­bres. Aquí nos lle­gaba todo lo que se producía en el mundo, tal como salía del horno. En eso, también, cada cual a lo suyo. Supongo que en la Librería Hispano-Africana, de mi abuelo Alberto, no se venderían libros prohibidos por el régimen español. Pero sí en la Librairie des Colon­nes, lo que quisiéramos. En los cines Roxy y Goya po­nían casi siempre películas españolas o dobladas al es­pañol. Pero en el Maurita­nia o en el Lux veíamos las versiones francesas, libres de cortes. (Ya ven que no menciono los cines donde se proyectaban películas en árabe: nunca estuve en ninguno. Así éramos. Los mu­sulmanes no pro­testaban, o no podían protestar, de las desnude­ces europeas, y los euro­peos, sencillamente, ignorába­mos el cine en lengua árabe.)

Hablando de lo cultural, habrán observado ustedes que no he hecho mención de un grupúsculo de perso­nas que al parecer vivían en Tán­ger, durante aquellos años, y que en tiempos recientes se han conver­tido en símbolo de la mitología tangerina. Francamente, nin­guno de aquellos escritores anglosajones que se insta­laron en la Alcazaba y que se juntaban siempre en un bar muy exclusivo, tuvo nunca nada que ver con la vida de la ciudad. Ni influyeron en ella ni, creo, se dejaron in­fluir en ningún aspecto, con la muy honrosa excepción de Paul Bowles. Tennessee Williams, Tru­man Capote, William Borroughs, etcétera (un etcétera no muy largo, desde luego, hecho sobre todo de escri­tores bri­tánicos de tercera o cuarta fila) pasaron por aquí, se tomaron unas co­pas y unos kifis con los ami­guetes, y se marcharon. Eso es todo. Quién más cruelmente lo cuenta es Anthony Burgess, en el se­gundo tomo de sus memorias. Él también estuvo por Tánger, riéndose mucho.

Luego, cada cual ha elaborado la leyenda que le ha convenido, so­bre todo cuando Tánger ya no era el Tánger Internacional. Aquí, du­ran­te todo el periodo de esplendor de la Administración Internacional, la vida real y cotidiana de la ciudad nunca mantuvo relaciones con ese mito. Suficiente personalidad tenía ya, sin ne­cesidad de tal apor­ta­ción.

(Digo, entre paréntesis y a toda prisa, que el am­biente intelectual de aquel Tánger no era notable. Sólo dio, en el momento, y dejando aparte a la gente que nos vino de fuera, un escritor de mucha altura, Ángel Vázquez, dos excelentes pintores, George Apperley y Antonio Fuentes y, si se quiere, una Miss Tánger que haría carrera en el cine español, Irán Eory. Bueno: y Elena Espejo, que tuvo sus días de gloria también en el cine. Y Conchi Cueto, que ahora conduce una « Farmacia de guardia ». De los adolescentes o jóvenes de aquella época sólo hemos asomado en el mundo cultural, que yo sepa o recuerde, el gran pintor José Hernández, el crítico cinematográfico Diego Galán, el erudito ci­nematográfico Emilio Sanz de Soto, el di­rector de fotografía José Al­caine y un modesto poeta llamado Ramón Buenaventura. Por no men­cionar a Bibi Andersen, más importante que todos los demás juntos, por supuesto. (Habrán observado ustedes que no menciono a Gloria Berrocal, que les ha dirigido la palabra desde esta misma plataforma en el día de ayer. Es por una vieja cuestión entre Gloria y yo: ella pre­sume de ser de Tánger, pero en realidad nació en Al­cazarquivir. Y no es lo mismo, oiga.) Éramos chicos dados a la diversión y al disfrute de nues­tros privile­gios. En seguida nos volcamos en el rock and roll, que nos llegó mucho antes que a los españoles, y en de­terminados elementos previos de la cultura beatnik y hippie. Como estoy tratando de explicar en el nuevo libro que cualquier día de estos terminaré, éramos unas bestezuelas bastante rebeldes y bastante díscolas, pero apenas si tenía­mos más contenido que el estético o el moral. Yo no recuerdo que na­die nos hablara de lite­ratura en Tánger, fuera de las clases del instituto a ese fin dedicadas. Tampoco recuerdo, y ese es otro tema, ningún amigo que tuviera actitudes políticas, dejando aparte las más o menos imperialistas que nuestro afán de permanecer en Tánger para siempre nos insuflaba. En este terreno, por qué no decir la ver­dad, nos pareci­mos bastante a los pieds-noirs argeli­nos.)

Bien: espero que más o menos se entienda lo que estoy tratando de transmitir. El Tánger Internacional quizá no fuera un paraíso, segura­mente no era un pa­raíso, pero nosotros estábamos convencidos de vivir en el jardín del Edén. Del cual fuimos expulsados. No creo que ningún tangerino se haya recuperado total­mente de la pérdida, a pesar de los años transcurridos.

Ahora soy consciente, todos somos conscientes, de que no había otra salida, de que éramos extranjeros en tierra extraña y teníamos que marcharnos. Entre otras cosas, porque nuestra convivencia con el Es­tado ma­rroquí era impensable, por evidente falta de adapta­ción. Noso­tros estábamos a gusto siendo la clase go­bernante, pero en modo al­guno nos habríamos avenido al simple hecho de colaborar con las au­toridades ma­rroquíes a la buena marcha del país. Teníamos que volver a nuestras casas, a ocuparnos de nuestros asuntos. Que no tuviéramos casa, ni asunto de que ocuparnos en la tierra de origen, no es cosa de que pueda acusarse a Marruecos. Ni a nadie, tal vez. La historia juega esta pasadas. Cada época se vive según sus principios, que siempre parecen los mejores y más realistas. Luego, cuando cambian las nor­mas, no tiene más remedio que haber víctimas. En todo caso, que nos quitaran lo bailado. Tuvimos una espléndida ado­lescen­cia, en una ciu­dad alegre y confiada.

Y al fin y al cabo he vuelto. Me había negado muchas veces a hacerlo, antes, pero ahora me ha parecido el momento cabal. Mentiría si dijera que por fin se han resuelto mis problemas con la memoria. Siguen ahí. Sigo teniendo un paraíso en la memoria y sigo alber­gando un rencor enorme. Es un rencor contra descono­cidos, por así decirlo, contra nadie en concreto. Contra el Destino que me hizo trampas, contra las circunstan­cias que me pusieron en una situación feliz para luego dejarme sin ella, arrancándome de cuajo todos los planteamientos que de mi vida había hecho. Pero, claro, han pasado tantísimos años… Mi vida la doy por sal­vada. He podido superar la ausencia de Tánger y, más o menos, tengo mi pequeño sitio en la realidad española actual. Sigo sintiéndome un poco extranjero en España, porque no he padecido la misma educación que padecieron los españoles de mi edad, ni ellos me co­nocen desde pequeño, ni saben muy bien de dónde he salido. Pero, ya digo, la cosa no ha resultado del todo mal.

Ahora tenía que volver a Tánger para borrar una cuenta pendiente. Casi me da vergüenza airearlo en público, pero vengo a Tánger a de­cirle que sí soy de aquí, que llevo cerca de cuarenta años negándolo, pero que sí, que soy de aquí, del Tánger de ahora, no del Tánger de mi adolescencia. Que la ciudad ha cam­biado y yo también; que no somos los mismos, pero que podemos seguir queriéndonos.

Me considero incapaz de llevar adelante ni un solo día más la farsa que tan útil me ha resultado durante decenios. No es verdad que yo sea de ninguna parte. Soy de aquí. Y, parece mentira, pero esta sencilla afirmación, que vengo maquinando, sin darme cuenta, desde que publiqué en 1986 un libro que se llamaba El abuelo de las hormigas, me ha permitido recuperar toda mi negada adolescencia.

Déjenme leerles, para terminar ya, un fragmento del capítulo cuarto de El abuelo de las hormigas. Empieza con dos citas. La primera es de un libro latino titulado De bello vandalico, obra de Procopio:

« Ahí [en la ciudad de Tánger], cerca de la Fuente Grande, se ven dos estelas de piedra blanca que llevan grabada en letras fenicias y en la lengua de los fenicios una inscripción cuyo sentido es: “so­mos los que hemos huido de la faz del ladrón, Jo­sué, hijo de Nave” ».

La segunda está tomada de la Descripción de África de Juan León Africano:

« Tangia, llamada por los portugueses Tangiara, es una gran ciu­dad antigua, edificada amplia­mente, según falsa opinión de al­gunos historiado­res, por un señor llamado Sedded [Xeddad Ibnu Aad], hijo de Had, que –según ellos– tuvo univer­sal poder en todo el mundo. Quiso construir una ciudad similar al paraíso te­rrenal, haciendo los muros de bronce y los techos de las casas de oro y plata, enviando mensajeros a cobrar los tributos por todo el mundo… »

Y los versos del hombre que se sentía más viejo que el mismísimo abuelo de las hormigas dicen así:

Sumidas las raíces en la matriz del Monte,
frontera bautismal de raza vieja,
pestillo del Océano hasta el cielo,
remata la ciudad, en Espartel, la roca

desde la cual, a suertes, en los días más claros,
se puede ver la muerte para siempre.

Grito verde del sol.

Me salto una estrofa.

Cabe que gastes años
en el destierro negligente
de una villa segura, con las aguas cautivas,
lejos de fuentes y riberas,
lejos del cerro con las piedras santas.
Pero tarde y temprano
ha de citarte el mar, para que encares,
hecho vapor de noche, la ciénaga lunar
que tapa los infiernos. Será entonces
cuando sepas quién eres y qué pasos son tuyos.
De la brasa callada revivirán tus lenguas;
pues aquello que nace en la zona sagrada
es un altar del hombre ardiendo hombre.

Es todo. Estoy, de nuevo, en mi zona sagrada.

29 de mayo de 1995

Lo que cuesto

2018/10/04 4 comentarios

¿Debería darme vergüenza? Tengo cinco prótesis, cinco añadidos artificiales a mi cuerpo serrano: una cadera artificial de titanio; dos audífonos (uno para cada oído, claro); una pieza dental superior; una pieza dental inferior… O no, perdón: son siete añadidos, porque también me sustituyeron por sendas lentes artificiales los cristalinos pochos de ambos ojos, tras operarme de cataratas.

Y para qué hablar de las medicinas, que también son unas cuantas, ni de los quince mil y picos euros al año de la pensión.

Les voy costando a ustedes una pequeña fortuna, queridos y generosos compatriotas

Hace dos o tres años, un médico usaíno de cierto prestigio publicó en una revista de su gremio una propuesta pelín swiftiana, y lógica por ende: que se nos retiren las ayudas médicas a todos los que rebasamos los 75 años, dejándonos a nuestra albur. Si aguantamos, pues muy bien. Si no aguantamos, pues hale: a morirse, que es lo que toca a estas edades (pongamos que se nos reconociera el derecho a algún tratamiento paliativo, en todo caso).

No voy a ser yo quien lance tan despiadada proposición, pero sí quiero dejar aquí constancia de que me siento muy culpable. No valgo lo que cuesto.

No, este no es el tiempo de la mentira

2018/09/14 1 comentario

¿Vivimos el apogeo de la mentira como herramienta de manipulación social?
    Dicen.
    No lo creo.
    Hemos vivido en la mentira desde el comienzo mismo de la especie humana. Podríamos incluso afirmar que nuestras mentiras ―nuestras explicaciones mágicas de la realidad, desde las religiones más chapuceras a las refinadas chapuzas de los monoteísmos― hicieron de nosotros lo que ahora llamamos seres humanos —y al principio no tenía nombre, era solo vivir.
    Hemos tardado milenios en atrevernos a buscar la verdad.
    Mientras, hemos aceptado mentiras oficiales ―las normas dictadas por el Dios escogido―, enormes, omnímodas, totalitarias, impuestas por la fuerza.
     Dios.
     Sus mandamientos. Sus delegados en la Tierra. Sus castigos en la vida y en la muerte. Todo incontestablemente cierto, sin discusión, sin debate tolerado; todo apoyado en mazmorras, hogueras, patíbulos.
    No estamos en la edad de la mentira.
    Estamos saliendo, con enormes dificultades, con enormes resistencias, de los milenios mentirosos, en busca quizá de un ser humano que no esté vertebrado sobre una estructura de falsedades.

     Los dueños de la mentira han hecho, hacen y harán todo lo posible por impedirlo.


Democracia mini

2018/09/13 1 comentario

TEXTO PARA GANAR AMIGOS

Desde la izquierda, «Democracia» es una mera palabra, un modo de designar lo que queremos muchos, es decir: un sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos (fraternidad sería mucho pedir a la especie humana, por ahora). La democracia real, la que existe, la que se definió a finales del siglo XVIII, basada en una optimista concepción de la gobernanza griega, está muy lejos de cumplir con tales requisitos: solo funciona entre iguales, y los únicos iguales son los más poderosos; ningún gobierno actual posee mecanismos que controlen y en su caso impidan los abusos de poder de los más poderosos; ningún gobierno actual tiene en marcha ningún proyecto que apunte a la eliminación de las desigualdades sociales y la creciente concentración del poder en quienes ya lo detentan; ningún gobierno actual dedica un solo instante a estudiar la posibilidad de adaptar la búsqueda de la libertad y la igualdad a las realidades sociales de nuestro tiempo, que han cambiado brutalmente en los últimos veinte o treinta años y que ya no se parecen en nada a las que permitían el funcionamiento de la «democracia» tradicional

¿Qué hay de «democrático» en que los ciudadanos voten mal informados, manipulados, movidos por las corrientes del odio (también manipuladas)? ¿Qué hay de «democrático» en seguir hablando de división de poderes cuando todos sabemos que el sistema judicial ni es ni puede ser neutral en la lucha de los políticos por el poder? ¿Qué hay de «democrático» en la libertad de expresión cuando sabemos que todos los medios, absolutamente todos, están al servicio de intereses políticos, por no decir, en casi todos los casos, de los más poderosos?

Va siendo hora de que nos dejemos de idioteces, desde la izquierda. El objetivo final ―el supradicho sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos― no parece que vayamos a encontrar el modo de conseguirlo, porque ni siquiera somos capaces de darle definición. Desde la izquierda, la única política posible (no solo por el enorme poder de la derecha, sino sobre todo por nuestra propia incompetencia, por nuestro dogmatismo idiota) es la que podríamos llamar micropolítica: en cuanto accedamos al poder, dejémonos de cantigas tardogochistas y pongámonos a corregir todas las leyes y todas las situaciones que obstaculicen la libertad y la igualdad o ―peor aún― que fomenten la falta de libertad y la desigualdad; sin cejar un instante. Ha sido así como el PP ha hecho la mayor parte de sus daños: poquito a poco, a golpe de BOE discreto, retocando leyes y reglamentos, detallitos, todo ello con una pericia que sería admirable si pudiéramos admirar la maldad; luego, también, asestando mazazos tremendos, como la Ley Mordaza, o defendiendo ferozmente la inamovilidad de lo retrógrado, como el nacionalcatolicismo y los privilegios docentes de la Iglesia. Sin ideología. El PP nunca tuvo ideología.

Creo que la izquierda, ahora mismo, le sobra la ideología, le sobran las disquisiciones ideológicas. De lo que se trata es de hacer, hacer, hacer: reabrir todos los caminos de la libertad y la igualdad.

Jocandi causa

2018/09/13 1 comentario

Permítanme que les participe una noticia de gran novedad: esto ―la política― no es un concurso de méritos. En los partidos no ponen al mando a quien más sabe (quizá por lo mucho que ha estudiado y por lo mucho que ha vivido), sino a la persona que, a juicio del sanedrín interior, mejores perspectivas electorales ofrece (mejor aspecto físico, más simpatía, más gancho con la gente, ese tipo de méritos). En todos los partidos hay ojeadores que van seleccionando futuribles y los proponen para promoción interior. A veces se equivocan, pero sus errores suelen quedar ahogados en el «aparato». Por cada Pedro Sánchez o Pedro Casado de los que emergen como corchos en la superficie de la atención pública ―muchas veces como resultado de una cruel guerra civil en sus facciones― debe de haber decenas de muchachitas y muchachitos que se quedan enganchados en las covachas del partido, como alevines en las redes de morralla.

Ya comprenderán ustedes, pues, que los partidos privilegien la formación de estos futuribles, facilitándoles los títulos que justifiquen sus cargos a ojos ajenos. Apenas tiene sentido que un zoon partipolitikón pierda el tiempo en la Universidad, bregando con exámenes trimestrales o finales, asistiendo a prácticas, presentando trabajos, solo para adquirir conocimientos que ya posee el partido y que el partido le proporcionará cuando los necesite para acceder o permanecer en el poder. Una culturilla general, manejada con desparpajo, es más que suficiente para el día a día y desde luego para bregar con los demás políticos y con los periodistas (que tampoco suelen tener más que eso mismo: una culturilla general).

Los títulos son para la galería, para encastrarlos en el currículo, para colgarlos de la pared con su marco de Ikea. Son atributos de CANDIDATO, sin utilidad práctica alguna.

Los títulos, pues, se le facilitan al candidato por todos los procedimientos ―quizá preferiblemente legítimos, pero no siempre― de que disponga el partido. ¿Cómo imaginar a figuras emergentes de sus partidos como Pedro Sánchez o Pedro Casado ocupándose de los largos y prolijos trámites universitarios igual que otro alumno cualquiera? ¿Cómo imaginar a un político escribiendo una tesis, con el trabajo que eso cuesta y con lo inútil que resultaría ese trabajo a los únicos efectos que pueden interesar a un candidato, es decir para ganar unas elecciones y gobernar?

Se nos olvida con demasiada frecuencia que para llevar una vida normal hay que ser una persona normal, no un político, no ninguna modalidad de celebridad pública.

Me parece, pues, inevitable que los grados y títulos de nuestros políticos, sobre todo de los más modernos, de los más insertados desde siempre en los partidos, de los que en realidad NUNCA HAN TENIDO UNA VIDA NORMAL, estén un pelín facilitaditos.

Qué más da. Nos hemos embarcado en una guerra idiota e inútil. Quienes gobiernan no son ellos, en todo caso. Ellos gestionan la imagen, ellos representan la candidatura del partido, pero la gobernanza es demasiado complicada para dejarla en manos de gente sin verdaderos estudios, sin verdadera experiencia.

El Valle de los Caídos por Dios y por España

2018/08/26 1 comentario

El llamado Valle de los Caídos es un monumento a los vencedores de la guerra civil española. Cuando estaba en marcha un posible reconocimiento de la España franquista por los Estados Unidos, muy avanzada la segunda mitad de los años cuarenta, el Régimen tomó la decisión de añadir cadáveres «rojos» al conjunto, para adaptarlo a las tragaderas internacionales. En la megalómana obra, sin embargo, no se detecta la menor intención de neutralidad. Lleva hincada en todo lo alto una enorme cruz cristiana. Las estatuas trascienden religiosidad cristiana, y no digamos la cripta. Todo quedó a cargo de monjes cristianos… El Valle de los Caídos es, mírese como se mire, un pétreo tributo a los mártires de la Cruzada Nacional. En ese sentido, no tiene arreglo. En ese sentido, es perfectamente lógico que su ornamento final y más rotundo fuera el sepulcro del Generalísimo, Señor de los Ejércitos, responsable directo y entusiasta de toda la catástrofe.
Yo haría lo contrario de lo que se planea hacer: sacaría de allí los restos de los «rojos» y les daría digna sepultura; retiraría todas las ayudas estatales al mantenimiento de semejante parque temático; levantaría una sólida valla a su alrededor y solo permitiría el acceso a los antiguos camaradas con certificado de adhesión inquebrantable al régimen. Que se las abrochen entre ellos.
O, bueno, también está la opción cartaginesa.