No queremos petróleo

2017/08/16 Deja un comentario

Salvo por sus enormes inviernos, qué duda cabe: Noruega es un país envidiable. Fue durante el Festival de Poesía de Lovaina, en 1997, cuando mi recién hecho amigo, el poeta noruego Erling Indreeide, me reveló una de sus maravillas: ¡los poetas cobraban del Estado! Me vino un ataque casi terminal de envidia.

Claro está que los esplendores noruegos se deben, en principio, a una buena suerte telúrica que no es mérito de sus ciudadanos: las reservas de petróleo. Sin ellas, Noruega no podría pagarse los lujos que se paga: sería un paisito simpático y hacendoso, bien organizado y triste, incluido, seguramente, en la Unión Europea… Pero no olvidemos otro factor quizá más importante: en Noruega, los ingresos del petróleo no van a manos de quince o veinte ricachones —como ocurre en casi todos los demás países productores—, no se desperdician en caprichos demenciales como gastarse 222 millones de euros en comprar a un futbolista… Las ganancias del petróleo las disfrutan directamente los ciudadanos. Y ello es posible porque los noruegos, además del petróleo, han sabido cultivar riquezas mucho más valiosas: la cultura, la igualdad de derechos y obligaciones, la libertad.

Hombre, vamos a ver: a mi edad, el ideal sería tener la nacionalidad noruega, haberme conseguido un buen retiro, y cobrarlo en la Costa del Sol. Demasiado tarde. 🙂

[Desgraciadamente, muy desgraciadamente, aquí, en España, el hallazgo de grandiosas reservas de petróleo en el desierto del Almería (pongamos por caso) solo serviría para engordar la corrupción y enriquecer a los ricos y eternizar al PP en el gobierno. Menos mal que no hay una gota de oro negro en ninguno de nuestros susbsuelos. 🙂 ]

El mejor país para ser escritor

¡Eh, toros!

2017/08/15 Deja un comentario

Con los toros me pasa como con Dios: solo me acuerdo de ellos cuando alguna presión pública me obliga. Entiéndaseme: tampoco voy a colgarme la medalla de haberlos rechazado siempre, desde pequeñito, de puro benéfico que soy con los animales. No. El día en que mataron a Manolete (28 de agosto de 1947) yo tenía siete años recién cumplidos. Vivíamos entonces en el Had de la Gharbía, en Marruecos, donde mi padre era Interventor (moráqeb, en la lengua de la tierra). Me enteré por la radio, no me pregunten cómo. No había electricidad, pero teníamos un receptor grande, de lámparas y pilas, una modernez comprada en Tánger. Nada más oír la noticia, indignado, fui corriendo al recinto donde se recogían las vacas y toros de la Intervención, salté la cerca y me lie a patadas con los pobres animales (que no me hicieron ni caso). Sí, eso hice. Yo no había visto en mi vida una corrida de toros, ni mis padres eran aficionados, pero me indignó que uno de esos bichos tan aparentemente inofensivos hubiera matado a un señor llamado Manolete.

Por lo demás, ya digo: los toros no han formado parte de mi vida. No creo haber visto más allá de tres o cuatro lidias. Una de ellas en Tánger, en los años cincuenta, cuando mi abuelo Alberto España (rondeño a quien tampoco le interesaba mucho la cosa) tuvo que presidir la corrida de la Asociación Internacional de la Prensa y me llevó al palco para hacerle compañía. La gente pedía orejas, agitando los pañuelos, y yo las concedía, agitando a mi vez un pañuelo a cuadros que mi abuelo se sacaba del bolsillo pectoral de la chaqueta para que su nieto conociera el celestial placer de otorgar recompensas. Debía yo de tener once o doce años. Quitados los momentos orejeros, me aburrí muchísimo. De hecho, quise marcharme cuando vi que volvía a salir, en cuarto lugar, el mismo matador del primer toro, porque pensé que aquello funcionaba como los cines de sesión continua, que empezaba la repetición. En fin. Hasta ahí llegaba mi cultura torera.

Luego, algunos años después, durante mi periodo tenístico, asistí a dos o tres novilladas silvestres de esas que se celebran en los pueblos pequeños, en ruedos improvisados, sin caballos, con cura y cabro primero de la Guardia Civil, y con bastante gamberrismo local. Tampoco fue por entusiasmo. Junto a las pistas de tenis de la Ciudad Universitaria había un frontón, y allí entrenaban todos los días unos cuantos aspirantes a torero. Como era lógico, algunos de los tenistas acabamos pegando la hebra con ellos, jugando alguna partida de frontón, tomándonos unas cervezas en el bar de arriba… Y yendo con los torerillos a algún que otro festejo de los pocos que les salían. No sé si alguno logró la fama. Creo que no. Cuando dejé de jugar al tenis, porque tenía que ponerme de una pajolera vez a terminar los estudios, perdí contacto con ellos. Eran gente maja, sin duda. Flacos, duros, entusiastas de lo que hacían. Se les notaba en los ojos que sabrían sufrir lo necesario e indispensable en una profesión como la que habían elegido.

Y, bueno, por confesarlo todo: una vez estuve en la plaza de Las Ventas, con dos chicas pieds-noirs, France y Marie-Claire, viendo una corrida o novillada (no estoy seguro) en que participaban los entonces o luego famosísimos Aparicio y El Litri.

Resumiendo: no soy antitaurino, soy ataurino. Mi único verdadero acercamiento a la Fiesta Nacional ha consistido, como corresponde a mi condición de escritor, en aprenderme y utilizar algunos términos del rico lenguaje tauromáquico. Será una pena que se pierda.

Pero se perderá. A no ser que se produzca un inesperadísimo cambio de tendencias sociales, la tauromaquia está condenada a convertirse en una actividad vestigial, para seguidores especializados, para turistas caprichosos, totalmente alejada de sus «esencias». De hecho, me resulta difícil comprender de dónde sale el dinero para contratar corridas y celebrarlas, porque la mengua de espectadores ha sido descomunal en todos estos años, y, además, las plazas no tienen un gran aforo, y los toreros, en general, no poseen buena imagen que vender a los publicitarios. Creo que ya solo sirven para nutrir de noticiejas la prensa del corazón.

Poco a poco, todas estas salvajadas hispánicas irán desapareciendo (sustituidas quizá por otras costumbres y festejos no menos crueles y perniciosos, como que los bancos roben a los ancianos, pero ese es otro tema), y a ello habrán contribuido, sin duda, quienes ahora las denuncian de modo enérgico, mediante manifestaciones y presencias recriminatorias. Mi personalidad, que tanto trabajo me ha costado adquirir contra la tormenta de vetos y pecados que ambientó gran parte de mi vida, es refractaria a todo tipo de prohibición, pero acepto que en las zonas donde gobierna una mayoría antitaurina, elegida por los votantes, se declaren ilegales estas ceremonias de tortura animal que, la verdad, solo tienen una función manifiesta: reforzar los peores ingredientes de la mentalidad social española; para darle la razón a La Razón.

E insisto: creo que las corridas de toros no pueden durar mucho más, por el simple y capitalista motivo de que no son rentables.

La necesaria indiferencia

2017/08/15 Deja un comentario

Señoras y señores y humanos en general: hay que aprender a no hacer caso de los imbéciles. Supongo que en esto casi todas las mujeres pueden dar lecciones, porque llevan desde pequeñitas no haciendo caso de los cretinos que, de un modo u otro, les invaden la intimidad (1).

Además de proponernos metas utópicas (y lejanísimas) de redención del indeseable por la educación (o el castigo riguroso), aprendamos, insisto, a no hacerle caso. Antes, solo teníamos que dominar tan accesible ciencia quienes sacábamos la cabeza en público: durante mis años (1997-2005) de guru internetero en EL SEMANAL ―y aunque parezca mentira―, llegué a recibir amenazas de muerte. Además, claro, de insultos de toda laya. Solo por recomendar una cosa en vez de otra. Al principio me hervía la sangre y respondía. Al cabo de poco tiempo llegué a la conclusión de que lo mejor era no darse por enterado. Llevo desde finales de los noventa sin reaccionar ante un insulto, o desprecio, o juicio negativo; que sigo recibiéndolos, aunque, desde luego, en menor abundancia.

Ahora, en cambio, todo el mundo puede hallarse, en cualquier momento, ante la opinión pública y, por consiguiente, suscitar insultos: para eso, entre otras muchas cosas buenas, están los medios sociales.

A corto plazo, es la única solución: aprender indiferencia. En este, y en otros terrenos. En el sexual, por ejemplo (2). Ante la mentira y la tergiversación. Es verdad que muchos ataques injustos pueden causarnos tremendo daño, pero entonces la reacción no debe consistir en enojarnos ni ofendernos (no en público, al menos), sino en contraatacar con todos los medios disponibles, incluidos, desde luego, los judiciales.

[Añado, entre corchetes, que las mujeres, a mi entender, también tendrían que refinar su espectro de indiferencia. El único modo de impedir que te perjudique un ex novio (de una o muchas noches) publicando tus fotos en internet es que te importe un pimiento la exhibición. Porque, sin duda alguna, tarde o temprano, si no te enclaustras en algún convento de gruesos muros, te puede pillar en cueros algún mamarracho en quien has cometido la imprudencia no menos mamarracha de confiar.)]

[Y añado más, también entre corchetes: la indiferencia ni mucho menos excluye la indignación. Al contrario: creo que debemos ser cada vez más indiferentes ante los comportamientos estúpidos, pero sin dejar por ello de combatirlos, denunciarlos y, si infringen la ley, castigarlos.]

(1) No hará falta decir que al hablar de idiotas y cretinos estoy describiendo a quienes nos parecen tales, porque siempre existe el riesgo de que los verdaderos idiotas y cretinos seamos nosotros, no nuestros atacantes. Así ocurría y sigue ocurriéndonos a los hombres en nuestras actitudes y expectativas con respecto a las mujeres.

(2) Los hombres de mi edad tuvimos que adquirir indiferencia, no en este caso ante el insulto, sino ante nuestras propias expectativas: crecimos en el culto de la virginidad e incluso la pureza total de las mujeres, y en el rechazo radical y espantado de cualquier «desviación» en la práctica del sexo. Figúrense cuánto tuvimos que cambiar ―la cantidad de cosas que tuvieron que dejar de importarnos―, cuando empezó la revolución de las mujeres, allá por los años sesenta del siglo pasado.

Revoltijo descontrolado

2017/08/07 Deja un comentario

Ay, Albert, Albert, nunca logré escribirte el poema que me habría gustado escribirte.

Il n’y a qu’un problème philosophique vraiment sérieux : c’est le suicide. Juger que la vie vaut ou ne vaut pas la peine d’être vécue, c’est répondre à la question fondamentale de la philosophie.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si vale o no vale la pena vivir la vida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía.

Pero. Cuando ya has vivida la vida, como yo, el problema queda resuelto por la vía práctica: ha valido la pena, valdrá la pena mientras dura, si dura sin excesiva crueldad contra el cuerpo o la mente. O todo dio igual, que es la otra respuesta (muchos la dan).

Poema inédito de 2011:

TRASPASO CERO

Más allá del umbral no queda umbral
ni yo que lo traspase
ni un perrito esperándome a brincos
ni Lury al lado con su trenca marrón porque será en invierno
ni mi madre
ni mi padre
ni el ventanal de la bahía emborregada por el viento
ni los ojos que luego será los únicos ojos que me vean
ni las yemas de los dedos levemente doblados
ni las caricias en la carne
ni siquiera un cariño
ni siquiera la vida que hemos vivido inseparablemente

Más allá del umbral no queda umbral

[1 de diciembre de 2011]

Y sí, miren: este es el poema que no me salió en 1995, tal como NO me salió:

SI TUVIÉRAMOS PADRE

Se nos mueren los padres y nos crecen los hijos.
El 4 de enero de 1960, sin los 50 él, sin los 20 nosotros,
se nos mató el primero de los padres
en un paraje denominado Le Grand Frossard,
cerca de Montereau, lugar maldito;
su editor conducía el automóvil.

Era africano Albert Camus.

No le dio tiempo de enseñarme el modo generoso de sobrevivir al       destierro.
Me decía: «Somos de allí, cuidado, somos de allí:
»estamos de visita por los grandes salones
»de Europa,
»comprendemos, oh sí, la tragedia automática de los proletarios      industriales,
»nos consta la razón europea de Marx,
»pero la miseria y el sufrimiento y la injusticia que nosotros llevamos      viendo desde que nacimos
»son de milenios, de raíz,
»de religión, de raza,
»y no proceden de una perversa distribución de la riqueza,
»de ningún mecanismo que puedan reparar las vanguardias obreras      ocupando con la debida crueldad las casillas completas del poder,
»sino precisamente de la ausencia de todo mecanismo,
»de la refutación del cambio,
»de la estasis total de los fuertes aplicada a los débiles.»

[[[Qué lástima. Me habría gustado escribir este poema, pero evidentemente no sabía cómo.]]]

Opiniones poéticas

2017/08/06 Deja un comentario

La frase de Paul Valéry que cita Vicente Luis Mora en el segundo párrafo del artículo más abajo enlazado justifica y crea una profunda escisión en el seno de la poetambre: la mayoría de los peores poetas escriben para sí mismos, para definirse y explicarse los propios sentimientos (da igual lo que escriban, pues: siempre será estupendo para ellos y sus amiguetes y sus amados y sus amadas; cualquier espantable «poesía» puede generar decenas de «me gusta» en Facebook); la mayoría de los mejores poetas escriben para transmitir a los demás sus sentimientos, sus sensaciones, sus ideas, sus experiencias, sus impulsos, sus modos de vivir la vida. Luego, claro, hay que atinar en el acertero de los demás, y eso no es nada fácil, porque los demás son muchísimos y muy variados y muy tornadizos. Así, en poesía se da con frecuencia una situación más rara que en otras artes: hay poemas excepcionalmente buenos que no interesen a casi nadie, porque no encuentran los lectores a ellos ajustables; o porque los han perdido. Dicho de otro modo: hay excelentes poemas que ni siquiera son poemas, porque no transmiten, porque su transmisión no encuentra objetivo.

No hará falta explicar, pues, que ejercer el juicio valorativo en materia poética es siempre una tarea arriesgada y, lo que es peor, sospechosa. Yo, qué quieren que les diga, rarísima vez me creo lo que cuentan los críticos de poesía. En casi todos los casos, hay amiguetismo, compadreo, tribalismo, capricho, conveniencia, incluso lujuria; cuando no pura ignorancia parroquial de todo lo que no sea el entorno del experto. Ocurre, además, que los avales no funcionan, porque también son grupales (siempre resulta interesante, cuando hay varias reseñas de una misma obra, observar el entramado de relaciones entre los diversos críticos y el autor).

¿Apaga y vámonos, pues? Casi. La única opción que nos queda a los interesados en recibir orientación de los expertos es el capricho y la intuición: escuchar a quien nos parezca, cuando nos parezca, cogiéndole el tranquillo de gustos y posturas, y olvidarnos de su criterio en cuando mete la pata un par de veces (a nuestro entender), o se le ve la oreja.

Para mí, por ahora, Vicente Luis Mora es una referencia justa y fiable: lo que alaba suele parecerme alabable, aunque, en algún caso, no me interese. Qué más puedo pedir.

https://vicenteluismora.blogspot.com.es/2017/08/pieles-poesia-y-poetas.html

El desorden de nuestros nombres

2017/08/04 Deja un comentario

Ustedes, mis amigos y faceamigos, deberían saber que en mi DNI pone Ramón Buenaventura Sánchez Paños, es decir que mis apellidos son Sánchez y Paños, que Ramón Buenaventura es nombre de pila (1), además de nombre literario. Cuando publiqué mi primer libro yo era alto ejecutivo de una gruesa multinacional americana, y desde luego no me convenía que mis jefes londinenses y neoyorquinos me identificasen como poeta. De modo que el autor de Cantata Soleá (Hiperión, 1978) se llamó Ramón Buenaventura. No exactamente un pseudónimo, pero suficiente para esconderme. RB será luego el autor de todos mis libros, artículos, conferencias, traducciones, etc. De hecho, si ustedes buscan Ramón Sánchez Paños en Google verán que apenas hay nada.

Luego viene el pequeño lío.

Mis hijos, Ramón y Yago, fueron inscritos con mi primer apellido y el de su madre: Sánchez Steiner. Pero al cabo de los años, y con mucha razón, ambos decidieron cambiar el orden, aprovechando la flexibilidad de la normativa familiar española, y pasaron a llamarse Steiner Sánchez.

Lo que da lugar a que mis nietos, Yago y Alberto, hijos de Ramón Steiner Sánchez y Áurea Muñoz Hernández, se llamen Steiner Muñoz.

Nada que ver conmigo…

Estoy totalmente de acuerdo, sin ninguna reserva, con la flexibilidad normativa española en este aspecto. Ahora, ustedes tienen un hijo o hija y le pueden poner primero el apellido de la madre o el del padre, sin que esta decisión impida utilizar el orden inverso para el hijo siguiente (2). De hecho, para lo único que cuenta de verdad el posicionamiento de los apellidos es para el orden alfabético.

Va a ser un poco de lío, seguramente, pero es que toda la legislación familiar española se presta al lío. Así, por ejemplo, si Angelika y yo viajamos a un país musulmán donde un hombre y una mujer solo pueden compartir habitación si están casados, lo mismo nos agarran y nos decapitan en plaza pública, por adúlteros, porque nuestra documentación no nos permite demostrar que estamos casados. Tendríamos que llevar encima el vetusto Libro de Familia ―traducido, claro―, procurando que no se le acaben de despegar todas las hojas.

Hay, sin embargo, otro cambio de criterio que me parece conveniente y necesario: que el apellido principal (insisto: solo es principal porque determina el orden alfabético) no sea el primero, sino el último, como ocurre ―que yo sepa― en todos los países occidentales. Los extranjeros son muy suyos, y no acaban de entender nuestro sistema, y se equivocan sistemáticamente. Cuántas veces, durante mis viajes ejecutivos, me han llamado por teléfono al hotel extranjero en que estaba alojado y la telefonista no me ha encontrado, porque no estaba en la lista como Sánchez, sino como Paños. Teniendo en cuenta, además, que muchos de nuestros apellidos son compuestos, la localización del principal se hace aún más difícil. Tuve un compañero de bachillerato que se llamaba Federico Fernández de Bobadilla y Arenal Mantilla de los Ríos. En la lista de huéspedes de un hotel francés lo habrían tenido por Ríos. Y tira millas

No, en serio: ya que estamos cambiándolo todo, pongamos en último lugar el apellido principal. (Como, por cierto, hacen los portugueses. Fernando Pessoa se llamaba António Nogueira Pessoa. Y el padre de Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro se llama Aveiro, no Dos Santos. Yo, pues, pasaría a llamarme Ramón Buenaventura Paños Sánchez. Horrible, sí.

(1) Pocas veces mejor dicho, lo de «pila» [bautismal, claro]. Me bautizó en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Tánger su cuasipárroco (in partibus infidelium las parroquias se llaman cuasiparroquias), tío materno de mi padre, tío abuelo mío, el Padre Buenaventura, en el siglo Urbano Díaz de Vitoria, fraile franciscano. Usando de su buena conexión con Dios Padre, el abú Ventura me endilgó OCHO nombre de pila: Ramón Buenaventura Guillermo Lauro Alberto Emmanuel del Sagrado Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen del Pilar. Todos constan en mi partida de bautismo, conste. Al DNI solo han pasado los dos primeros. Smile

(2) No crean que esta flexibilidad es invención moderna: antes de las reglamentaciones decimonónicas, los hijos ―sobre todo de los nobles― iban tomando apellidos de la familia, a gusto del consumidor, para marcar los vínculos. Así, por ejemplo, el padre de Garcilaso de la Vega se llamaba Pedro Suárez de Figueroa, y su madre Sancha de Guzmán… Y Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (dos apellidos de su padre y dos de su madre), usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta trocarse en Teresa de Jesús. Otra que se quitó de encima el multitudinario Sánchez.

Verdades voluntarias

2017/07/28 Deja un comentario

Hay que ser un poco romo, o muy fanático (opciones que no se excluyen, por cierto), para no darse cuenta de que la tupida maraña de manipulaciones ha conseguido imposibilitarnos el acceso a la «verdad». Siempre fue difícil (por eso escribo la palabra entre comillas), pero ahora, ya, resulta imposible.

No sabemos que está pasando, en ningún caso, en ningún sitio, a ninguna hora.

Todo lo que oímos puede ser mentira, o verdad, o vertira o mendad, o vaya usted a saber.

Todo.

Opinar se ha convertido en una auténtica osadía, porque nunca podemos estar seguros de los datos en que basamos nuestras opiniones.

Los españoles más viejos hemos vivido durante decenios en una atmósfera informativa de Rotunda Verdad Oficial, de No+Do y Telediario y pare usted de contar. Creíamos saber con toda certeza, sin embargo, que fuera de España había otras verdades, accesibles en viajes o contactos subversivos.

La situación actual es mucho peor, porque ya no hay fuera ni dentro, ya no hay verdades patrón; ya solo hay verdades voluntarias, creer lo que queremos creer, y la correspondiente manipulación demuestra.

O vernos empozados en la triste situación de no creer en nada.

A mi entender, dos casos, entre muchos, ilustran rotundamente el problema.

a) La muerte de Blesa. ¿Lo mataron? ¿Se mató? ¿Es todo un montaje? ¿Quiénes han visto el cadáver? ¿Por qué no hay, que yo sepa, ningún periodista fiable (oxímoron, me temo, con cada vez más escasas excepciones) que ponga en duda la versión oficial? ¿Está la Guardia Civil investigando en secreto, con la colaboración de los medios? ¿Cómo es posible que le estén cubriendo de flores la supuesta tumba?

b) Venezuela. Sí, Maduro es un personaje totalmente impresentable a nuestros señoritos ojos, pero una parte importante de sus conciudadanos lo tiene en altares portátiles. Sí, la oposición es como más elegantona y culta, y cuenta con el apoyo activo y callejero (y financiero, cabe suponer) de otra parte importante de los venezolanos; pero apesta a cinco kilómetros. No, no sabemos lo que está pasando, ni por qué pasa, ni cómo es posible que pase. Solo sabemos que unos (el régimen / la oposición) son malísimos y otros (el régimen / la oposición) son buenísimos.

Creer lo que a uno le da la gana nunca ha sido la mejor solución, me parece.