Informe tras cateterismo

Redacto esta nota en un descanso entre párrafo y párrafo de la traducción que tengo en marcha.

Anteayer, 16 de agosto, me hicieron un cateterismo de coronarias en la Unidad de Hematología y Hemoterapia del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, Madrid.

La prueba en sí no da para mucho relato: te acuestan, te conectan, te cubren con una manta estéril, te pinchan el brazo derecho, te introducen el tubito (muy fino, digo yo), te lo suben hasta el corazón y alrededores, mientras una extraña cámara muy gorda, envuelta en una bolsa de plástico, saca imágenes de los acontecimientos, moviéndose por encima de tu pecho y tu cuello. Yo solo siento, muy al principio, una intensa sensación de calor en la muñeca derecha. Las dos especialistas son de una afabilidad verdaderamente bendita. Al final se me acercan ambas a felicitarme, porque no han encontrado más que alguna plaquita sin importancia en algún rinconcito perdido de mis vasos.

Lo reseñable, lo que me ha dejado en desazón, viene después.

Tras la prueba hay que permanecer dos o tres o más horas en observación. Me sentaron en una butaca con ruedas y me colocaron entre otros dos pacientes, con quienes ya había hablado antes. Uno era un caso urgente que necesita ingreso hospitalario rápido y el otro un portugués afincado en Guadarrama, veterano de cinco infartos y no sé cuantas intervenciones quirúrgicas, pero que estaba a la espera de que le quitasen la vía para marcharse a su casa.

Cuando me devolvieron de la prueba, el portugués, quizá con ánimo de entretenerme, emprendió de nuevo el relato de sus historiales clínicos. Al cabo de unos segundos (solo lo recuerdo vagamente) le dije que lo sentía mucho, que no podía hablar, que estaba muy confuso.

Estaba muy confuso, en efecto. No sé cuánto tiempo permanecí de ese modo, quizá una hora. Me habían dejado el móvil, para que me entretuviese con él, imagino, pero yo ni siquiera tenía idea de para qué podía servir esa cosa. Luego descubrí el reloj de mi muñeca izquierda y quedé espantado. Qué era aquello. Para qué servía, qué indicaba… Lo único que me interesaba en esos momentos era que alguien acudiese a explicarme algo. Creo que sí, que una enfermera me dio consejos o instrucciones, pero no recuerdo.

Al cabo de un tiempo ―que, ya digo, no sé cuánto exactamente fue―, una de mis frecuentes ojeadas al reloj me dio por fin la clave: ese redondel indicaba la hora, y eran las once menos diez. A partir de ese hallazgo empecé a recuperar los cabales, en un proceso que se extendió durante varias horas, incluso hasta el día siguiente.

De todo esto, lo que me asusta es haber experimentado en qué puede trocarse mi cabeza, con qué facilidad puedo perder casi toda mi capacidad de captación e interpretación de la realidad, con qué facilidad mi vida puede convertirse en una angustia nublada, sin retorno.

Espero que incluso a este horror se acostumbre la mente, ojalá las personas con senilidad o Alzheimer no lo sientan como lo he sentido yo unos minutos o quizá dos horas.

Creo que les sería insoportable.

Mitades incompatibles de un país sin montar

Uno de los muchos y muy graves problemas de España como país es la falta de un pacto de convivencia: nuestra política siempre ha consistido en eliminar el adversario, mandarlo al exilio, matarlo, amontonar sus huesos en fosas comunes, borrar incluso su recuerdo; jamás en pactar un modo de convivencia. Nuestra llamada «derecha» (que es de hecho un avatar del capitalismo absoluto) solo tolerará una izquierda inoperante, es decir una izquierda que sostenga la ficción democrática pero que en realidad no haga nada demasiado perjudicial para los intereses de quienes llevan siglos manejando con toda soltura el corrompido cotarro*. La izquierda, por su parte, solo toleraría (utilizo el condicional porque en realidad la izquierda que propugna cambios sociales fuertemente contrarios a los intereses del capitalismo absoluto nunca ha gobernado en España) una derecha callada y aguantona.

Nadie quiere ningún pacto, si pacto significa hacer alguna concesión al adversario.

No parece, pues, que tengamos buen arreglo, que podamos llegar, algún día, a constituirnos en un país vertebrado.

De modo que, lamentablemente, solo me queda un motivo para preferir un gobierno de izquierdas: que su acción sirva para frenar en parte, algo, aunque solo sea un poquito, la tendencia al abuso absoluto que manifiesta nuestra derecha**.

* Otro problema: el «cotarro» ―el país― es obra del absolutismo monárquico, de las decisiones e intrigas palaciegas: en su creación no intervino en ningún momento la inexistente voluntad popular. (Sí, inexistente: el «pueblo» informado, capaz de crearse una voluntad y tratar de aplicarla, no ha existido nunca, en ninguna parte, y menos en España.)

** En cuanto a un eventual «abuso absoluto» de la izquierda, no creo que deba preocuparse nadie: es tal el desequilibrio de poder real ―a favor de la derecha― que semejante posibilidad no existe: acabamos de ver lo que pueden hacer los poderosos para anular por completo el supuesto intento de revolución de Pablo Iglesias.

Debe de ser debe ser

Sí, vamos a ver, de vez en cuando me gusta recordar estas cosillas, aún sabiendo que no sirve de nada hacerlo. Deber+de+infinitivo, según Academia, significa PROBABILIDAD. Deber+infinitivo significa OBLIGACIÓN. Supongamos que usted me pregunta, por ejemplo: ¿Cuándo se reincorpora Fulán Fulánez a su trabajo?

Si yo le contesto: «Debe de reincorporarse mañana», quiero decir que no lo sé, pero que creo que será mañana.

Si yo le contesto: «Debe reincorporarse mañana», quiero decir que Fulán Fulánez está obligado a reincorporarse mañana (y allá él si no tiene una buena excusa para faltar a su obligación).

Sobre este asunto escribí hace muchos años, en una de mis artículos para los «Rinconetes» del Instituto Cervantes:

2. Deben de ser las tres. Dice la norma que deber de significa probabilidad, y que ‘deber’, a secas, significa obligación. «Debe de ser una norma» no quiere decir lo mismo que «debe ser una norma». Lo malo es que tal diferencia de sentido no está nada clara en la mente del consumidor de lengua. Les apuesto a ustedes […] 5 guiris —también llamados euros— a que 7 de cada 10 hispanohablantes explicarían la cosa al revés. ¿Por qué? Por puritito sentido común, supongo: deber de tiene más rotundidad, más contundencia, que deber. En lógica expresiva, «esto debe de ser así» parece mucho más obligatorio que «esto debe ser así». PROPUESTA: Sigamos enseñando la norma como preferible, pero dejemos de dar la lata con el asunto y aceptemos que a la larga se impondrá deber de como obligación.

Pero ya ven que no me hago caso: sigo dando la lata.  

Se rifa virus

En esto de el o la COVID estamos teniendo gruesos problemas de comunicación, porque nadie acierta con el mensaje adecuado, es decir el  mensaje que convenza a la población insensata (uno de cada diez ciudadanos, supongo) de que el virus existe y de que las precauciones son necesarias. La principal dificultad, desde luego, está en la necedad de ese uno por ciento, pero también hay que tener en cuenta otro factor que no he visto mencionado en ningún sitio: la pequeñez relativa de la incidencia del virus, la muy baja probabilidad de contagio. El virus es una lotería siniestra, y tiene usted tantas o menos probabilidades de salir premiado (castigado, más bien, claro) como de que le toque el gordo de Navidad.

            Esto explica que los participantes en actos de salvaje imprudencia ―los botelloneros, los festejantes y celebrantes, los idiotas agrupados― no se contagien casi nunca. No creo que haya estadísticas, pero ¿cuántos de estos actos insensatos han dado lugar a contagios? Cabe suponer que todos los días se incurra en cientos de miles de comportamientos estúpidos o solo imprudentes (casi todo lo que no sea estar encerrado en casa viene a ser una imprudencia), de los que resultan… ¿Cuántos contagios diarios en toda España? ¿Cuatro o cinco mil?

            Dicho de otro modo: hay por ahí cientos, miles de mentecatos que llevan semanas saltándose todas las normas y NO SE HAN CONTAGIADO NI CONOCEN A NADIE QUE SE HAYA CONTAGIADO. No podemos sorprendernos de que estas personas no crean en el peligro: su ofuscada experiencia les «demuestra» que no existe.

            Viene a ser como cuando las campañas contra la droga se limitaban a un «la droga mata»: estaban contándoles que el cannabis mata a personas que llevaban años, decenios, consumiéndolo y nunca les había ocurrido nada malo. La diferencia está, ahora, en que el virus sí mata, y la hierba no ha matado nunca.

            En resumen: alguien tendrá que encontrar el modo de mejorar el mensaje, haciéndolo más efectivo. Para eso están los pagadísimos expertos que por ahí pululan.