Revolución y mujeres

2018/04/29 2 comentarios

Conviene, además de indignarnos, que no olvidemos una verdad de Perogrullo: de lo que se trata aquí no es de que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres ―ya los tienen, al menos en nuestros países―, sino de crear una sociedad nueva en que todos los ciudadanos, hombres y mujeres, podamos vivir sin intimidaciones, abusos, desigualdades laborales, etc. (larguísimo etcétera: llénelo cada cual a su gusto).

Tal como son ahora, nuestras sociedades no están estructuradas para la convivencia de hombres y mujeres en igualdad de condiciones.

Dicho en otras palabras: no olvidemos que la revolución de las mujeres, la única revolución en marcha, hoy por hoy, es una revolución.

Una revolución.

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Babel hispánico deseable

2018/04/27 Deja un comentario

Durante una parte de mis años de ejecutivo (de 1973 a 1981), fui subdirector y luego director para el sur de Europa y el norte de África de una multinacional norteamericana. Me pasaba el tiempo viajando, sobre todo a Francia, Italia y Portugal. Mi bilingüismo francoespañol de entonces (ahora se me ha estropeado un poco, porque priva el inglés) me permitía trabajar con mis clientes y colaboradores franceses sin ningún problema, pero mi conocimiento del italiano y del portugués no me bastaba para expresarme con la soltura necesaria. Así las cosas, en ambos países les propuse a mis interlocutores habituales que hablasen ellos en su idioma y que me permitiesen a mí hablar en el mío. El método funcionó de modo impecable, en todos los niveles. De vez en cuando surgía algún problema, claro, porque hay términos que en principio no se entienden (un italiano no puede saber lo que significa «mariposa», por ejemplo), pero todo se solucionaba rápidamente. Y, claro, cuando hacía falta, por ejemplo cuando el Jefe de Producto de Sangemini ―Pippo Lombardo[1]― me llevaba a cenar a su casa con su familia, yo tiraba de italiano para decirle a la abuela que sus antipastos estaban tremendos. Y con los camaradas portugueses era una verdadera delicia barajar las palabras.

Mi conocimiento del catalán no me permite hablarlo. Lo intenté una vez, con Laura Franch, en una cena, y su reacción me desanimó para siempre: «Tienes acento portugués». En fin. Pero creo que leo y entiendo el catalán aceptablemente para un tangerino. En algunas ocasiones, hallándome, pongamos por caso, en una reunión donde yo era el único no catalanohablante, he propuesto a los presentes que no renunciasen a su idioma, que ya les preguntaría yo si no entendía algo, y que tolerasen mis intervenciones en castellano. No hubo modo. Los catalanes tienen imbuido en su comportamiento el reflejo de hablar castellano en presencia de forasteros. El otro día, en casa, trabajando con Isabel Giménez, profesora ilerdense de la universidad de Almería, volví a observar el fenómeno: ella traía en catalán sus notas al margen de mis textos, y las leía en el original, pero inmediatamente me las traducía. Tuve que reírme.

Es una pena. Creo que los españoles deberíamos hablar todos nuestros idiomas, cada uno el nuestro, el que nos permite la óptima expresión de nuestras ideas y sentimientos. [Bueno, claro, con una excepción: el eusquera es harina de otro costal. Sería mucho pedirnos a los demás españoles que lo entendiésemos, aunque tampoco nos vendría mal conocerlo un poco. No debe de llegar ni al uno por ciento la cantidad de no vascos capaces de decir «buenos días» en eusquera. Y eso no es satisfactorio.] Deberíamos no notar siquiera que el otro no está hablando nuestro idioma principal. Nadaríamos en una riqueza lingüística incomparable.

Pero cómo podría darse algo así en la España actual.


[1] Una mañana, hablando con Pippo, le dije: «Esto lo hemos repasado “tropecientas” veces». A él le encantó el término y de inmediato lo italianizó. Se lo oí utilizar con sus amigos alguna vez.

También el poder judicial

2018/04/27 Deja un comentario

Hay evidencias que te saltan a los ojos y te los arañan, de puro bravas. Por ejemplo: el Poder Judicial español necesita reestructuración, verdadera separación del Poder Ejecutivo, un nuevo Derecho Procesal que nos proteja mejor de la eventual parcialidad de quienes juzgan y ―ya puestos a pedir lo imposible, en plan 68― que los jueces hagan cursillos periódicos de adaptación a la sociedad en que viven.
     Por no decir que debería impedirse el acceso a la carrera judicial y la permanencia en ella a cualquiera que no tuviese la cabeza limpia de fanatismos políticos y/o religiosos (como el tipo que pretendía absolver a los simpáticos violadores de la llamada Manada).
     Estamos viviendo desde hace unos años una de las revoluciones sociales más radicales, más importantes de la historia: la liberación de las mujeres, que llevan sometidas a los hombres ―por Ley y por Costumbre, por lo civil, por lo penal y por lo religioso― desde el principio de los siglos conocidos. Quien no se adapte a este titánico cambio no debe ejercer ningún tipo de autoridad dentro de nuestras sociedades. Así de sencillo, me parece.

Y así de difícil.

Libertinaje de cátedra :-)

2018/04/26 Deja un comentario

En una Universidad se supone que los profesores hacen lo que les da la catedrática gana con sus clases y sus alumnos, siempre que no se metan en políticas demasiado contrarias al régimen vigente. Así viene siendo, supongo, desde la creación de estas nobles instituciones educativas. Es imposible calcular el número de personas que han obtenido títulos o aprobado asignaturas por mero enchufe. Cientos de miles, seguramente, desde el siglo XIII. Nadie revisa las actas de un catedrático, nadie repasa los ejercicios que él corrige (o ni siquiera mira), nadie se mete en ninguna clase de averiguación.

No hay nada que pueda hacerse al respecto, no hay modo alguno de controlar el enchufismo universitario.

Es bueno que ahora se hayan conocido casos muy lamentables de esta lacra, porque nos despiojan un poco de gentuza política, pero no nos hagamos ilusiones: esta revelación ocurre porque el PP se ha excedido, porque ha montado toda una universidad para adornarles el currículo a sus autoridades y, ya puestos, permitirles el acceso a alguna cátedra cuando abandonen la política, o la política los abandone o los haga fosfatina, como a Cifuentes. La torpeza del amaño ha hecho que se descubra el ilustrado pastel.

Pero, ay, ello no significa que pueda de veras controlarse lo que hacen los catedráticos (1).

(1) Sí, en determinados casos hay tribunales que valoran y califican lo presentado por el alumno, sean trabajos de seminario, sean tesis doctorales; pero toda la labor previa a esta presentación puede ser falsa o no existir ―cursos o cursillos aprobados al modo Cifuentes―, y, qué quieren que les diga, es rarísimo que un tribunal rechace una tesis o tesina o como quieran ustedes llamarlo.)

María José Furió, veinte años después

2018/03/29 4 comentarios

Leí en su momento la única novela publicada de María José Furió (La mentira, 1997), porque me la envió la autora, no desde luego como resultado de ningún esfuerzo de promoción que hiciese la editorial.

     El libro pasó totalmente inadvertido, e inadvertido sigue, más de veinte años después. Fernando Iwasaki intenta hacerle justicia en este artículo para JOT DOWN… No creo que sirva de nada su esfuerzo, porque La mentira ―que salió a destiempo, cuando los lectores aún no estaban preparados para recibirla― tendría ahora el defecto insubsanable de ser un texto «demasiado literario», en pleno apogeo del sensacionalismo y la baratura. Pero conste.

La mentira

Valorar la obra de arte

2018/03/21 1 comentario

MAYÉUTICA
Anoche estuve trasteando, y luego leyendo, hasta cerca de las tres, y hoy me he levantado bochornosamente tarde. Con una pregunta en la cabeza, además. ¿Cómo valorar la calidad de una obra de arte —un libro, un cuadro, una pieza musical, etc.— sin tener en cuenta criterios de éxito comercial o de público? No, no tengo respuesta.

AÑADIDO POSTERIOR
     Existe algo llamado canon que viene a ser, para los hechos creativos, lo mismo que la jurisprudencia para los hechos jurídicos: una vastísima colección de casos a los que referir el caso concreto que estemos analizando. Lo malo, ahora, es que el siglo XX desnaturalizó todos los cánones, y ya no sabemos cuál utilizar. ¿Rembrandt o Picasso o Antonio López? ¿Dante o Rimbaud (que es del XIX, pero no existe para los lectores hasta el XX) o Eliot? ¿Cervantes o Joyce o J. K. Rowling? ¿Mozart o Béla Bartók o Bob Dylan? Todas las artes se han deshecho y vuelto a hacer en variadas formas durante los últimos doscientos años. Y, además, de pronto empieza a operar en ellas el criterio de las multitudes, imponiéndose al de las minorías.
      Mi respuesta a mi propia pregunta podría ser: imposible, ya no hay creación artística cuya valoración no dependa del éxito; cuya existencia fuera del ámbito privado no dependa del éxito potencial que le detecten quienes la toman del creador (editores, salas de exposición, compañías discográficas, etc.) y la trasladan al público por un precio.
      Hemos trastrocado para siempre la creatividad humana. ¿Para bien, para mal? Para bien, seguramente, o sin duda; pero tendrán ustedes, los que vivirán el futuro, que esforzarse muchísimo para lograrlo.
      Háganlo cuanto antes, porque me gustaría empezar a verlo.

Aquiles negro

2018/03/19 1 comentario

Mi vieja, casi adolescente pasión por los poemas homéricos me ha llevado a incurrir en sufridas sentadas cinematográficas, porque rara vez he resistido la tentación de ver las películas basadas en la Iliada o la Odisea que iban asomando a las carteleras. No recuerdo ninguna que me pareciera buena, pero, al menos, todas ellas me proporcionaron el entretenimiento de ir viendo cómo se enfrentaban los actores y las actrices a sus imponentes papeles: Aquileo, Odiseo, Príamo, Héctor, Elena, Casandra, Penélope… (La italiana Rossana Podestà, nacida en Libia, fue una tremenda Elena en cinemascope, en el cine Lux de Tánger. Y cuánto disfrutó el bueno de Kirk Douglas haciendo de Odiseo, atado al mástil de su embarcación, mientras cantaban las sirenas.)

     Ello explica y hasta excusa ―espero― que se me haya ocurrido ver tres episodios enteros de una serie inglesa titulada Troy: Fall of a City.

     Lo peor no es que sea mala, que lo es, a tope. Lo peor para mí es que tampoco me sirve para entretenerme con la encarnación de los personajes, porque la famosa y nueva necesidad de «inclusión» ha hecho que a alguien le pareciera una idea excelente meter negros en el reparto. Personas de raza negra, quiero decir, claro. Aquiles es negro (y Patroclo, cómo no). ¡Zeus es negro! Eneas es negro… Pues mire usted: no me parece válido. (Aclaro: todos estos personajes son invenciones de los griegos, quienes, a pesar de su potencia imaginativa, difícilmente podrían haberse fabricado héroes, semidioses o dioses de otra raza.)

     Si yo fuera negro (tengo un 1,2% de negritud en mi ADN, pero quizá no resulte suficiente para opinar), estas estupideces me sacarían de quicio. ¿Qué honor se me rendiría falsificando lo evidente, haciendo como que la Grecia antigua fue un «crisol de razas», como que a los helenos (los que crearon la palabra «bárbaro») les daba igual no ser helenos, como que existe la menor posibilidad, dentro de los textos homéricos, de que alguno de los personajes principales fuera subsahariano (como ahora se dice)? Muy bonito, muy integrado todo: secuencia tras secuencia, nadie se da cuenta de que Aquiles no es de la misma raza que Agamenón o Menelao, de que Eneas ―a quien luego Virgilio utilizaría para fundar la Patria romana― es un simpático mocetón oscuro. Ocurre lo mismo en muchas películas y series recientes: en ellas no existen las diferencias raciales, nadie las percibe.

     Doy por supuesto que lo hacen con buena, con amable y didáctica intención, pero, caramba, un poco de verosimilitud tampoco vendría mal. (Sí, la ficción también requiere verosimilitud: la suficiente, al menos, para que el lector o espectador no tenga que forzar en exceso su indispensable «suspensión de la incredulidad».)

     (Por otra parte, tampoco me haría gracia ―repito, si fuera negro― que le endosasen a mi raza el personaje más primitivo, bruto, antisocial, cruel e insensible de la Iliada. Una bestia que no se contenta con matar a Héctor, que a continuación lo despelleja y arrastra su cadáver en torno a las murallas de Troya.)

     (Hace cosa de un año vi otra serie británica en la que Aníbal era negro. Tampoco. Los cartagineses eran descendientes de los fenicios, es decir semitas. Más oscuritos que míster Trump, seguramente, pero no tanto como Obama. )

Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible, como dijo el torero sabio.