No, este no es el tiempo de la mentira

2018/09/14 1 comentario

¿Vivimos el apogeo de la mentira como herramienta de manipulación social?
    Dicen.
    No lo creo.
    Hemos vivido en la mentira desde el comienzo mismo de la especie humana. Podríamos incluso afirmar que nuestras mentiras ―nuestras explicaciones mágicas de la realidad, desde las religiones más chapuceras a las refinadas chapuzas de los monoteísmos― hicieron de nosotros lo que ahora llamamos seres humanos —y al principio no tenía nombre, era solo vivir.
    Hemos tardado milenios en atrevernos a buscar la verdad.
    Mientras, hemos aceptado mentiras oficiales ―las normas dictadas por el Dios escogido―, enormes, omnímodas, totalitarias, impuestas por la fuerza.
     Dios.
     Sus mandamientos. Sus delegados en la Tierra. Sus castigos en la vida y en la muerte. Todo incontestablemente cierto, sin discusión, sin debate tolerado; todo apoyado en mazmorras, hogueras, patíbulos.
    No estamos en la edad de la mentira.
    Estamos saliendo, con enormes dificultades, con enormes resistencias, de los milenios mentirosos, en busca quizá de un ser humano que no esté vertebrado sobre una estructura de falsedades.

     Los dueños de la mentira han hecho, hacen y harán todo lo posible por impedirlo.


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Democracia mini

2018/09/13 1 comentario

TEXTO PARA GANAR AMIGOS

Desde la izquierda, «Democracia» es una mera palabra, un modo de designar lo que queremos muchos, es decir: un sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos (fraternidad sería mucho pedir a la especie humana, por ahora). La democracia real, la que existe, la que se definió a finales del siglo XVIII, basada en una optimista concepción de la gobernanza griega, está muy lejos de cumplir con tales requisitos: solo funciona entre iguales, y los únicos iguales son los más poderosos; ningún gobierno actual posee mecanismos que controlen y en su caso impidan los abusos de poder de los más poderosos; ningún gobierno actual tiene en marcha ningún proyecto que apunte a la eliminación de las desigualdades sociales y la creciente concentración del poder en quienes ya lo detentan; ningún gobierno actual dedica un solo instante a estudiar la posibilidad de adaptar la búsqueda de la libertad y la igualdad a las realidades sociales de nuestro tiempo, que han cambiado brutalmente en los últimos veinte o treinta años y que ya no se parecen en nada a las que permitían el funcionamiento de la «democracia» tradicional

¿Qué hay de «democrático» en que los ciudadanos voten mal informados, manipulados, movidos por las corrientes del odio (también manipuladas)? ¿Qué hay de «democrático» en seguir hablando de división de poderes cuando todos sabemos que el sistema judicial ni es ni puede ser neutral en la lucha de los políticos por el poder? ¿Qué hay de «democrático» en la libertad de expresión cuando sabemos que todos los medios, absolutamente todos, están al servicio de intereses políticos, por no decir, en casi todos los casos, de los más poderosos?

Va siendo hora de que nos dejemos de idioteces, desde la izquierda. El objetivo final ―el supradicho sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos― no parece que vayamos a encontrar el modo de conseguirlo, porque ni siquiera somos capaces de darle definición. Desde la izquierda, la única política posible (no solo por el enorme poder de la derecha, sino sobre todo por nuestra propia incompetencia, por nuestro dogmatismo idiota) es la que podríamos llamar micropolítica: en cuanto accedamos al poder, dejémonos de cantigas tardogochistas y pongámonos a corregir todas las leyes y todas las situaciones que obstaculicen la libertad y la igualdad o ―peor aún― que fomenten la falta de libertad y la desigualdad; sin cejar un instante. Ha sido así como el PP ha hecho la mayor parte de sus daños: poquito a poco, a golpe de BOE discreto, retocando leyes y reglamentos, detallitos, todo ello con una pericia que sería admirable si pudiéramos admirar la maldad; luego, también, asestando mazazos tremendos, como la Ley Mordaza, o defendiendo ferozmente la inamovilidad de lo retrógrado, como el nacionalcatolicismo y los privilegios docentes de la Iglesia. Sin ideología. El PP nunca tuvo ideología.

Creo que la izquierda, ahora mismo, le sobra la ideología, le sobran las disquisiciones ideológicas. De lo que se trata es de hacer, hacer, hacer: reabrir todos los caminos de la libertad y la igualdad.

Jocandi causa

2018/09/13 Deja un comentario

Permítanme que les participe una noticia de gran novedad: esto ―la política― no es un concurso de méritos. En los partidos no ponen al mando a quien más sabe (quizá por lo mucho que ha estudiado y por lo mucho que ha vivido), sino a la persona que, a juicio del sanedrín interior, mejores perspectivas electorales ofrece (mejor aspecto físico, más simpatía, más gancho con la gente, ese tipo de méritos). En todos los partidos hay ojeadores que van seleccionando futuribles y los proponen para promoción interior. A veces se equivocan, pero sus errores suelen quedar ahogados en el «aparato». Por cada Pedro Sánchez o Pedro Casado de los que emergen como corchos en la superficie de la atención pública ―muchas veces como resultado de una cruel guerra civil en sus facciones― debe de haber decenas de muchachitas y muchachitos que se quedan enganchados en las covachas del partido, como alevines en las redes de morralla.

Ya comprenderán ustedes, pues, que los partidos privilegien la formación de estos futuribles, facilitándoles los títulos que justifiquen sus cargos a ojos ajenos. Apenas tiene sentido que un zoon partipolitikón pierda el tiempo en la Universidad, bregando con exámenes trimestrales o finales, asistiendo a prácticas, presentando trabajos, solo para adquirir conocimientos que ya posee el partido y que el partido le proporcionará cuando los necesite para acceder o permanecer en el poder. Una culturilla general, manejada con desparpajo, es más que suficiente para el día a día y desde luego para bregar con los demás políticos y con los periodistas (que tampoco suelen tener más que eso mismo: una culturilla general).

Los títulos son para la galería, para encastrarlos en el currículo, para colgarlos de la pared con su marco de Ikea. Son atributos de CANDIDATO, sin utilidad práctica alguna.

Los títulos, pues, se le facilitan al candidato por todos los procedimientos ―quizá preferiblemente legítimos, pero no siempre― de que disponga el partido. ¿Cómo imaginar a figuras emergentes de sus partidos como Pedro Sánchez o Pedro Casado ocupándose de los largos y prolijos trámites universitarios igual que otro alumno cualquiera? ¿Cómo imaginar a un político escribiendo una tesis, con el trabajo que eso cuesta y con lo inútil que resultaría ese trabajo a los únicos efectos que pueden interesar a un candidato, es decir para ganar unas elecciones y gobernar?

Se nos olvida con demasiada frecuencia que para llevar una vida normal hay que ser una persona normal, no un político, no ninguna modalidad de celebridad pública.

Me parece, pues, inevitable que los grados y títulos de nuestros políticos, sobre todo de los más modernos, de los más insertados desde siempre en los partidos, de los que en realidad NUNCA HAN TENIDO UNA VIDA NORMAL, estén un pelín facilitaditos.

Qué más da. Nos hemos embarcado en una guerra idiota e inútil. Quienes gobiernan no son ellos, en todo caso. Ellos gestionan la imagen, ellos representan la candidatura del partido, pero la gobernanza es demasiado complicada para dejarla en manos de gente sin verdaderos estudios, sin verdadera experiencia.

El Valle de los Caídos por Dios y por España

2018/08/26 1 comentario

El llamado Valle de los Caídos es un monumento a los vencedores de la guerra civil española. Cuando estaba en marcha un posible reconocimiento de la España franquista por los Estados Unidos, muy avanzada la segunda mitad de los años cuarenta, el Régimen tomó la decisión de añadir cadáveres «rojos» al conjunto, para adaptarlo a las tragaderas internacionales. En la megalómana obra, sin embargo, no se detecta la menor intención de neutralidad. Lleva hincada en todo lo alto una enorme cruz cristiana. Las estatuas trascienden religiosidad cristiana, y no digamos la cripta. Todo quedó a cargo de monjes cristianos… El Valle de los Caídos es, mírese como se mire, un pétreo tributo a los mártires de la Cruzada Nacional. En ese sentido, no tiene arreglo. En ese sentido, es perfectamente lógico que su ornamento final y más rotundo fuera el sepulcro del Generalísimo, Señor de los Ejércitos, responsable directo y entusiasta de toda la catástrofe.
Yo haría lo contrario de lo que se planea hacer: sacaría de allí los restos de los «rojos» y les daría digna sepultura; retiraría todas las ayudas estatales al mantenimiento de semejante parque temático; levantaría una sólida valla a su alrededor y solo permitiría el acceso a los antiguos camaradas con certificado de adhesión inquebrantable al régimen. Que se las abrochen entre ellos.
O, bueno, también está la opción cartaginesa.

Doble aniversario

2018/08/10 3 comentarios

Hoy se cumplen cuarenta y cuatro años de la tarde de sábado en que, por un concierto de casualidades, nos conocimos Angelika Steiner y yo en la terraza del Hotel Montesol, en Ibiza.

Hoy se cumplen, también, cuarenta y dos años del miércoles en que Angelika Steiner desembarcó en Madrid, procedente de Hannover, para quedarse a vivir conmigo.

Montesol – Ibiza 1974

Resultó que contigo fue la vida y nada más
Resultó que la chica del gintónic en la terraza del Montesol
con aquel traje tan raro o tan feo y su lectura extraña de Eyeless in Ghaza,
desamparada, grande, débil, suavísima, temerosa,
sin mechero para los celtas,
era mi vida por completo y nada más.
Resultó y volvería
a hacerlo resultar.
                                                                                  [6 de abril de 2007]

La única metáfora

Eres la única metáfora
la única
que significa
estuvo bien
vivir
— la única
que multiplica
entre tantas que sumaron y restaron
—la única
que no es metáfora

                                                                             [17 de noviembre de 2009]

Cervantes: dirigido por

2018/07/20 2 comentarios

Pues no, no sabe uno cómo reaccionar. Nombran director del Instituto Cervantes ―gestor máximo de la lengua española, por consiguiente (1)― al doctor don Luis García Montero, catedrático, poeta, ensayista y candidato por Izquierda Unida a la presidencia de la Comunidad de Madrid… y empiezan a llegarme mensajes directos e indirectos en que se nos acusa a los escritores en general de ser todos una panda de cobardicas temblones, porque no nos alzamos en clamorosas denuncias contra el nombrado y sus circunstancias.

Ya, sí.

Tres comentarios:

a. En el cada vez más yermo campo de la literatura hay unos cuantos «galácticos», como en el fútbol. Los escribidores normalitos no podemos decir nada malo de ellos en público, porque inmediatamente seríamos tildados de mediocres, resentidos, envidiosos, fracasados. En otras palabras: si yo pongo aquí que un poeta galáctico me parece un poeta mediocre, o que un novelista galáctico me parece un novelista mediocre, es porque yo soy un poeta fracasado y envidioso, amén de novelista fracasado y envidioso. Mi opinión no puede ni debe tenerse en cuenta, ni sirve de nada a nadie.

Punto y aparte.

b. No consta que la categoría literaria guarde relación alguna con la capacidad de gestión necesaria para el desempeño de un cargo público (2).

c. No obstante, quizá quepa señalar que no parece prudente situar a personas conflictivas en cargos cuyo desempeño reclama neutralidad. Ahora mismo hay un hecho innegable: tras el nombramiento del doctor García Montero, decenas de escritores ―yo entre ellos― pasamos a considerarnos excluidos de cualquier participación en las actividades del Instituto Cervantes, porque no pertenecemos al poderoso grupo de presión poética encabezado por el nuevo director.

Y… Bueno: calladito estoy muchísimo más guapo.

Pasarán los años, pasarán las personas.

(1) Entiéndase de la lengua española tal como tratamos de organizarla y controlarla y promoverla desde España, que no es precisamente el país con más hispanohablantes en activo.

(2) Una vez, hace muchos años, di una lectura de poemas en la cárcel de Carabanchel. Todo fue muy bien en todo momento, y hubo además una anécdota divertida: estaba yo en los blablarreos iniciales cuando recorrió el pasillo central, hacia su asiento de primera fila, una de las psicólogas de la institución: en camiseta ceñida y sin sujetador; los asistentes, distraídos de toda verso, entonaron a coro este sandunguero pareado: «¡Queremos tetas, no poetas!». Pues eso. En el Cervantes querríamos gestores, no poetas profesores…

Delenda est monarchia, sed cum

2018/07/13 3 comentarios

Supongo que, salvo los monárquicos más leoninos, ya ningún ciudadano español pone en duda que nos sobra la monarquía: desembarazarnos de ella es una de nuestras muchísimas tareas pendientes.

Lo menos claro, sin embargo, es la prioridad que atribuimos al asunto. Tengo la impresión de que la mayoría de los españoles prefieren «no menearlo», por el momento, a pesar de la indignación que suscitan los escándalos y las necedades de la grey majestuosa, a pesar de la inutilidad manifiesta de sus desempeños y sus discursos medio mascullados. Vamos a dejarlo para cuando soplen mejores vientos.

Pura procrastinación, como diría algún modernosón.

Mientras tanto, sin embargo, lo que sí parece urgente es someter a estos señores a la ley común, terminando no ya solo con sus inmunidades, sino con el enorme privilegio que supone la permanente «distracción» de la Justicia española ante sus posibles fechorías financieras y sociales, y denunciando hasta el detalle la complicidad del Borbón Mayor y la displicencia del Borbón Menor en turbios asuntos políticos.

Sin guillotinas. Como he dicho en otro artículo de mi Librillo: «quiero que despidamos a la monarquía mediante los correspondientes ajustes constitucionales democráticamente convenidos (quiero incluso que exista un partido monárquico y que el rey presida el país cuando su facción gane las elecciones)».

No lograremos llevarlos ante tribunales ni sentarlos en la silla de los acusados, pero sí que podemos despojarlos del poco (e inverosímil) prestigio que les queda a estas personas ―que no han hecho absolutamente nada para ganarse el respeto de nadie―, exponiendo y demostrando en toda su magnitud el desastre continuo que la Corona ha supuesto para España en todos estos siglos, borrando de las mentes españolas la arraigada idea de que la mera existencia del Rey nos libra de la ruptura en pedazos regionales o de algún levantamiento militar, desintoxicándonos de nuestro «amor» de papel cuché a la aristocracia y los títulos y los monarcas.

Luego, ya veremos, pero a ver si no dejamos pasar los siglos, como llevamos haciendo desde siempre.