Humilde pregunta

2017/01/06 8 comentarios

A veces se pregunta uno: ¿Cómo es posible que personas con cierta cultura literaria (de nivel alto, incluso), bien leídas, bien informadas, con criterio para valorar lo que escriben los demás, no se den cuenta, en cambio, cuando crean ellos —relato, poesía, da igual—, de que lo suyo es malísimo?
     No hace falta que me lo digan: sí, también es posible que yo padezca esa ceguera. Nadie puede estar seguro, nunca.

2017

2016/12/31 Deja un comentario

Algo bueno vendrá con 2017, mucho o poco: que nos toque lo mucho.

Algo malo vendrá con 2017, mucho o poco: que nos toque lo poco.

Abunde la suerte.

CARPE ANNUM

[Ya comprenderán ustedes que este deseo no va dirigido a la humanidad entera; pero estamos en fechas generosas; no nombraré las exclusiones.

2017 será un año bendito solo con que los poderosos se vuelvan buenos ―algo mejores, pongamos― y cesen en sus ansias de poseerlo todo, de desposeernos a los demás.

No, no va a ocurrir.

Deseemos al menos que empiece a ocurrir.

Que por fin empiece a ocurrir.]

El mito del hallazgo (RB, 1974)

2016/12/22 2 comentarios

El mito del hallazgo

En acucia vivió, tornadizo el ánimo —y sin so­sie­go—, desde aque­lla mañana de su duodeno cum­pleaños en que Madre le traspasó la tenencia del Libro: un mínimo volumen en trein­taidosavo, ten­sa­mente cosido con tripa de novilla y encuaderna­do en piel de serpiente. Tan luego como hubo remon­tado su ceji­junta lectura (oh asombro), se le quedó plan­tada para siempre en la voluntad, como jalón de la última frontera, la deter­minación que había de ende­rezar su vida futura: ella sería la mujer final en quien se cumpliese la profecía.

Sin narcóticos entresueños de esos que tanto, durante tantos siglos, ennubecieron el intelecto de las mujeres: no se le delicia­ba la mente en lo gustoso del resultado a obtener, sino en los medios para tra­bajarlo; ni se le iba la voluntad en premiarse de an­temano, sino sólo en robuste­cerse. Se puso a la labor tras una necesaria noche de vigilia en que, como siem­pre los héroes, se copuló con el destino. Desde entonces, su único des­canso fue el pantanoso sueño de los iniciados.

Pasaron primero, en orden de preparación, cinco años de estudios; al cabo de los cuales había ago­tado, y minuciosamente poseído, todos los libros de la mediana biblioteca que, por algún milagro de la desidia va­ronil, había quedado incontrolada en el segundo sótano de su casa: casi por entero formada de tratados sobre asuntos masculinos (dignidad, de­coro, ritual, sentido del honor, decencia, agresión perma­nente, urbani­dad, educación, teoría de la Pa­tria y demás de la misma metafísica), de cuyo ca­bal dominio suponía ella que le habría de seguir gran provecho en cuanto sazonara la ocasión de su tarea.

Rematados los diecisiete años, decidió prenderse en la acción y, de pasada, avezarse en el uso de la indispensable crueldad: hizo prisionera a Madre y la tuvo, durante nueve meses, someti­da a las más ensa­ñadas torturas, físicas y espirituales. Vesania tan formativa como inútil, por­que ella sabía de ciencia cierta que en modo alguno lograría Madre recordar no ya el nombre o los datos personales, sino tam­poco el as­pecto físico ni ninguna seña distintiva de quien fue su fugaz compa­ñero. Pues en los tiempos de los hombres lo que la ley mandaba se solía cum­plir sin fallo alguno, especialmente cuando se tra­taba de pre­ceptos irraciona­les y de fácil ejecución (en este caso, un simple enema de filtro de olvido). En normas de sentido común y de mayor estorbo en el cumplimiento, pri­vaba, en cambio, el alocado al­bedrío macho, y nunca se adivinaba cuál había de ser la Justicia.

Cumplió, pues, con el estudio y llevó la práctica a la perfec­ción; luego, con todos los riesgos que su decisión en aquel mo­mento impli­caba (pues acababa de levantarse la Veda del Perio­do Impuro), hubo de alen­tarse a salir a la calle sin más compañía que sus cuatro mastines, llama­dos, por sus respectivos puestos en la traílla, Norte, Sur, Este y Oeste. Era costumbre entonces que las mozas con ánimo de pu­dor anduvieran tapadas, por de­trás y por delante, a manderecha y a man­izquierda, por fieros canes de castidad. Ella misma había adiestrado los suyos, que, por ende, merecían alguna confianza; pero ha­bía tenido que comprarlos ma­chos, porque la dote no le alcanzó para las muy solicitadas y costosísimas hembras; y no será menester aclarar que los machos requerían de espe­cial prudencia, porque siempre acababan por acor­darse, dichosos y bea­tos, con los otros ma­chos, por muy alejadas que estuviesen sus especies en el cuadro zoológico: antes se entendía el caballo con el león que con la yegua.

Aunque, a la verdad, los celadores se comporta­ron de irre­prochable guisa durante las dos horas que tardó en recorrer su calle (apuntada, como todas las secundarias, hacia la Gran Ave­nida que, a su vez, des­em­bocaba en la Plaza Mayor): de tres di­rectores de márquetin, dos médicos, cuatro arquitectos, un me­nestral y seis policías que la acosta­ron, tan sólo quedó la monda osamenta, además, naturalmente, de los respectivos bálanos, que, separados de los cadá­veres mediante un dies­tro tajo de su desbalanadora, fue ella ensartando en las repulidas bro­quetas del cofre­cillo portapenes. Vendecha instantánea que la Autori­dad consentía, por­que con ella aumentaba el valor de la presa a ojos de los varones sobre­vivientes (con no despreciable incremento del Produc­to Na­cional Bruto).

Pero el Destino, ansioso de demostrar, una so­brada vez más, el des­amor que siente por los héroes, hizo que cruzara su camino una dami­sela como de dieciséis años, guapetona de cara y cun­dida de car­nes, vestida con suicida lujo de provocación; la cual, para colmo, empujó su osadía o inconsciencia hasta el extremo de acariciar, al paso y an­queando, el co­lodrillo de Norte. Y, en efecto, éste y Sur, enajena­dos de sopitaña lujuria, se arrojaron sobre la casqui­leve y atizacandiles, y, habiéndola desmotado a mor­dis­cos, pusiéronse al fornicio.

Ambos lo pecharon con la vida: Norte, porque la hembrezue­la se ha­bía ingeniado, a la entrada de la vagina (de ahí su arro­gancia, cabe cole­gir), un me­canismo de filosos bordes emponzo­ñados que, al ce­rrarse, desmembraba primero y mataba después, sin atriaca posible, al macho penetrador; Sur, porque un ingenie­ro industrial que por allí alanceaba tomó ventaja de su perdona­ble situación de descuido para acachetarlo con un verduguillo de los que solían usar los de su profe­sión para alivia­narse el trato con el obrerío de las fábricas que con tan alto índice de produc­tividad dirigían. (Nada peor, cuando la hom­bruna, que un inge­niero industrial en goce de su cargo.)

Así, tras lo narrado, quedó nuestra protagonista entre Este y Oeste, sin salvaguarda frontal ni poste­rior. Temible indefensión que, sin em­bar­go, fue poca para desmigarle el valor: menudean­do el paso, porque se iba tendiendo el sol y era menester que, antes del cierre, alcanzase el Refugio Femenino en que pensaba pernochar, prosiguió su andadura hacia la Plaza. (Conviene sa­ber que una noche al sereno no se resolvía, por lo común, en menos de treinta o cuarenta coitaduras, tanto per angostam viam como per ianuam diaboli; bastantes para dejar agotada y dolori­da a cualquier hembra, por ahuecada que es­tuviese al trato con varón.) Los doscientos cincuenta y seis metros siguientes pudo reco­rrerlos en que­ma­diza calma, porque no hubo tajo más que para Oeste, y no difícil: de limpia dentellada pericial cercenó la mano derecha de un artista sin ofi­cio discernible, el cual, con certeza, no había preten­dido sino moverla a la limosna.

Apiadada, íbase ella prometiendo darle, en com­pensación por la po­sible injusticia, un tantico de re­tozo al cuerpo del pri­mer pintor, o poeta, o músico con que se encontrara, cuando se le plantó delante, ocupando la brecha que el difunto Norte había deja­do, un enorme cate­drático de po­derosos brazos ve­llu­dos. Quien, bribiático, usando de trenzada labia y vertica­les razona­mientos, se puso a adoctrinar a Este y a Oeste sobre qué deni­grante parecía, para tan hor­mónicos perros, la protección de una hembra ando­rrera. Gustosa y apresuradamente per­suadidos, am­bos can­cerberos laterales se arrebataron a abandonar a su dueña, con traviesos ladridos aconflonflados y no muy crueles mordis­quillos en las musculo­sas nalgas.

A nuestra amiga, sola, desguarnecida ante el per­sonudo cate­drático, no le cuadraba sino la rendición: de modo que empezó con gran afán a soltarse los retrabos de la ropa, para evitar, al menos, que el gi­gantesco ejemplar del campus le desgarrara el único vestido seguro que poseía. Él la miraba hacer, con la altiva expresión propia de su cargo, a cuyo do­minio no se llegaba sino tras largos y rudísimos lustros de formación en los recintos amu­rallados de la Univer­sidad, descachando niñasdalgo en los refo­setes secos y alfombrados de hojarasca librera.

Sólo cuando ella se hubo descubierto del todo emprendió el profe­sor la esforzada tarea de desco­rrerse la lujosa cremallera de bragueta, ancha, de amenazadores dientes, pintada a mano con motivos acadé­micos y re­chinante como debían las de machos adinerados y de osten­tosa posición. Era señor el dó­mine de un priápico falo (varal de palmo y medio, salu­dable y rollizo), mi­nuciosamente cubierto de tatuajes e inscripciones de seminal sentido. Ella, al contemplarlo, hubo de pensar con aprensión en los crueles desgarros musculares que semejante asig­na­tura le causaría en el ánima, poco ahormada a piezas de las clases diri­gentes; pero ¿cómo defenderse? El olímpico enseñante, verga en puño, se acercaba a ella en cortados movimientos, como si le hubieran ido dando impulso las gran­des risadas que lanzaba. Las cuales acaba­ron mudándose en el formido­loso stupete gentes, canto precoital de los machos de tan erudita casta.

Vibraba la segunda estrofa de tan enhestante himno cuando, de pronto, cubrió todo bullicio una detonación cercana, seguida de un ruido como de rasgarse el aire. El hércules de las aulas salvajes quedó detenido a un paso de su victimanda, muy despa­tarrado el compás de las piernas, en ademán de reforzar el equi­librio. Nada sucedía, igual que si toda ac­ción hubiese quedado pendiente de unos alambres in­flexi­bles, y nuestra heroína, tras un ins­tante de vacilación, se animó a le­vantar la mirada del sue­lo; para catar que el bárbaro enseñante hallá­base ahora despro­visto de todo el brazo derecho y de casi media parte del mismo lado del tronco: muslo abajo le resbalaban las entrañas, nudo de rojizas serpientes, y mancillaban su híspida barba densos es­pumarajos de vómito.

Tamaño atentado, a plena luz y calle, sólo podía ser proeza del le­gen­dario grupo de activistas al que todos llamaban Defensa Femenina, y de cuya exis­tencia ella siempre había dudado. Sin razón, al pare­cer: a dieci­séis metros, en la acera opuesta, la re­cién rescatada —mientras se hacía a un lado para que no la aplastase el magnífico cadáver que al fin se des­plomaba— pudo distinguir los bultos de tres mucha­chas de sencillo uniforme: una de las cuales, la que aún encaraba el humeante lanzagra­nadas, le hacía con la mano izquierda urgidoras señas de que se uniese a ellas.

Invitación que no cabía desatender: no le era ne­cesario mirar en torno para saber que, en centrípeto arranque asesino, docenas de ma­chos colé­ricos e in­flamados acudían hacia su vacante des­nudo. Por fortuna (y nótese que, aunque la Ciencia lo recha­zara con aplaudidas pruebas, ésta era una de las po­cas ventajas de que las hembras gozaban aún), los hombres, por aquel entonces, ha­bían visto mengua­das muchas de sus antañonas facultades, y no eran capaces de desplazarse, de ver­dad, a las grandes ve­locidades que la terca fama les seguía atribuyendo. Así, tras en­tremeterse, con gatuna habilidad, por los muchos automóvi­les (todos biplaza, de línea escro­tal, peludos y ominosos) que atas­caban la Avenida, logró llegar a la vera de sus audaces salvado­ras y, de con­suno, empren­dieron las cuatro veloz carrera ha­cia las sórdidos callejo­nes de la hedion­da Mujería, que empezaba a corto trecho de ese punto de la Avenida Principal. Unas cuantas granadas de mano, arrojadas con pericia, les permitieron desha­cerse de algunos, más rápidos, que las acosaban, para llegar sin daño ante el estrecho portal de un sobrio edificio de piedra que, por sus arpilleras, troneras y mataca­nes, más parecía fortaleza que vi­vienda civilizada. No había, en toda la Mujería, ni un solo jardín, ni un solo árbol, ni un solo pájaro, ni una sola ven­tana con macetas.

Allí transcurrió su primera noche fuera del hogar materno. Al ini­cio, en preguntona y excitada charla con sus salvadoras y otras activis­tas de Defensa Fe­menina que se iban revezando en la atalaya; más tarde, en sueño desasosegado por premonitorias pe­sadillas que, apocándole el des­canso del cuerpo, le dejaron también el alma en miedo vivo. A la mañana siguiente, las de­fensoras, a las que había puesto en gran admiración su descomu­nal ánimo de buscar al padre, trataron de apartarla de tal em­peño, hacién­dole ver, por una parte, lo parco de sus posi­bilidades de buen éxito (ahora que las normales difi­cultades re­sultaban tresdobladas por la ejecución de un cate­drático); y, por otra, cuánto más podría con­tribuir a la desesperada causa de las mujeres acuadrillándose en Defensa Femenina. Pero ella atajaba todas las razones de sus compañeras de sexo, alegando que no iba a saber vivir en tranquilidad consigo misma en tanto no hu­biera cumplido con su destino; y que el activismo más le pa­recía venganza, justificada, que camino hacia ninguna solución, pues si­glos de eje­cuciones y castracio­nes no habían traído sino el en­vilecimiento legal de la condición de la mujer, ba­sado en su in­corregible ferocidad y su pro­bada inep­titud para la convivencia humana. Frente a tal de­termi­nación, las otras sólo pu­dieron con­seguir de ella que aplazara veinticua­tro horas la partida, para darles tiempo a que, convocado cónclave y puesto el asunto a parece­res, hallaran entre todas la mejor manera de ayudarla.

Y no fue la espera en balde: a los mediados ga­llos de la ma­drugada siguiente salía de nuevo a la calle nuestra obstinada fémina, sin los ca­nes protec­tores ni el vestido de seguridad que había perdido en su pri­mera jornada, pero provista en cambio de todo lo que la astucia y dili­gencia de las defensoras le había prestado. Que no era poco: un arma de auto­des­trucción y un co­rrecto traje de homo politicus, única casta masculina que, por jamás llevar el pecho al descubierto, daba ocasión a que ciertas valerosas activistas del sexo enfrentado utilizaran sus arreos como dis­fraz. La incordiaban la rizosa peluca (que disimulaba su cui­dadosamente rapada cabeza) y la coquilla que, para contraha­cer es­pléndidos genitales masculinos, las guerrilleras le habían fijado en la horcajadura; pero, ho­ras más tarde, fuera ya de la áspera Mujería, dá­balo todo por bien, por­que ningún macho se percataba del engaño y, por consiguiente, podía circular con li­bertad.

Ni que decir tiene que relativa, no obstante, pues grandes y variados se le aparecían los riesgos: en primer lugar, cualquiera que, en consulta política, la hiciese hablar, la tendría descubierta de inmediato, pues el re­quisito incondonable para el disfrute de plaza de homo politicus consis­tía en poseer la recia voz de un sochantre catedralicio; en se­gundo lugar, su comportamiento estaba abocado a despertar sos­pechas, pues ningún macho solía recorrer más de ciento veintiocho metros callejeros sin intentar algu­na violación o, al menos, hacer uso de alguna má­qui­na mas­turba­dora de las que, con sus saturados co­lo­res, gayaban el ma­rrón uniforme de los edifi­cios a que estaban adosadas. Por otra parte, tan grandes eran y tan sañu­damente se aplicaban los casti­gos por uso in­debido de uniforme, que llevaba puesta la vo­lun­tad en el suicidio, si llegaban a descubrirla; de ahí la bomba va­ginal que sus salvadoras le habían in­sertado.

Más oscuro que entreclaro se le anunciaba, pues, el porvenir inme­diato; pero, en este principio, la suerte la miraba con dulcí­simos ojos: ni cruzaban su camino mujeres vacantes, ni nadie paró mientes en ella cuando, recorridas dos o tres manzanas, se colo­có de pechos frente a una de las máquinas masturba­torias y se dispuso a dejar escurrir el adecuado lapso de tiempo (exacta­mente dieciséis minutos, ya que de homo politi­cus iba arreada), tras el cual había de fingir el orgasmo que exigía la li­turgia de su mentida función: solemne y caudaloso. No se amedrentó en ex­ceso cuando, recién instalada, vio con el rincón del ojo que un macho negro, con uniforme de emba­jador foráneo, ocupaba el masturbadero contiguo: los anchos ropajes le permitían cubrir la fálica au­sencia y, por otra parte, la observación de miembros ajenos se consi­deraba de pésimo gusto entre las cla­ses altas, por lo que no cabía temer indiscreción de un funcionario diplomáti­co. No obstante, la inquie­tud comenzó a asediarla a los pocos minutos, cuando hubo de comprender que su teórico co­placiente, a de­saire de toda regla de urbanidad, la es­taba mi­ran­do con des­vergüenza; pero no había tenido tiem­po el temor de ocuparle la mente cuando el otro dijo:

— No te vuelvas ni des señas de escucharme. Me envía de­fensa Fe­menina. En cuanto hayamos cum­plido aquí, prosegui­remos juntos el camino. Luego te explicaré.

No le quedaba ni una microscópica posibilidad de desobede­cer, de modo que, sobre un oleaje de du­das y aprensiones, siguió adelante con el ritual eya­cu­latorio y, transcurrido el plazo, se apartó de la suave má­quina para proseguir la marcha. El embaja­dor, que caminaba a su cos­tado iz­quierdo, como pedía el proto­colo vigente, dijo lo que sigue:

— Antes de entrar en explicaciones, te recuerdo que debes atender a que tu rostro no refleje ninguna emoción, ni placer, ni disgusto, ni sor­presa: un homo politicus que departe con un em­bajador extranjero ha de mantenerse impasible. Ni que decir tiene que no soy ni embajador ni ex­tranjero. Mi nombre no hace al caso y es mejor que lo ignores. Si la Bri­gada Anticlitórica te apresara, hallaría el modo de que hablases. Tras ello sabrían que estoy vivo, lo cual acarrearía incontables males a todos los de mi sexo. Porque yo soy, como tal vez habrás imaginado, lo que ellos llaman con desprecio un hembrión, un ho­mosexual. De he­cho, soy el único sobreviviente de la matanza de Pascua, porque me oculté en uno de los refugios que Defensa Femenina tiene en la Muje­ría. Cuando tu proyecto llegó a mis oídos, hace unas ho­ras, resolví salir de inmediato en tu socorro. No me tomes por un valiente. Simple­mente, tu causa coin­cide con la mía; por otra parte, no creo que pue­das llegar al final sin ayuda. No te ofen­das: no dudo de ti porque seas mu­jer, sino porque eres joven, es­tás sola y no has pensado en todo. Por el momento, no puedes seguir utilizando los aparatos masturba­torios: ningún homo poli­ticus se con­formaría con la manipulación neumo­mecánica, ha­biendo tanta mu­jer de paseo forzado (e incluso voluntario, pues de nada falta en este mundo) por las calles. Pero no te preocupes, que hemos buscado y puesto solu­ción: cada tres o cuatro manza­nas saldrá de un portal una hermosa mu­chacha, a la que forzarás sin nin­gún miramiento, como corresponde al uniforme que con tanta majeza portas. Claro está: va a tratarse, en to­dos los casos, de jóvenes reclutas de Defensa, a las que, para evitar confusio­nes, se ha ordenado que te miren a los ojos, acto que ninguna otra hem­bra osa­ría perpetrar con homo politicus. Yo no tengo pro­blemas, mien­tras nadie me reconozca, porque a los embaja­dores extranjeros solamente se les autoriza el coito en lugar pri­vado y con medidas anticoncepti­vas extraordinarias. Una mezcla de xenofobia y pro­tec­ción de la raza, dos rasgos mentales típi­cos del hombre; como sabes, sólo las hembras de selección son con­ducidas a los fecundaderos, para que las monten varo­nes de pri­merí­simo machismo, siempre na­cionales. Lo que tal vez tú ig­nores es el espantoso castigo a que se arriesgan los sementales, si por mala fortuna engendran una hija en la primera in­seminación. Pero no, ya colijo, por tu mirada, que no habrá mu­cho que tú ignores. Sigamos ahora en si­lencio, puesto que no debes hablar. Todos pensarán que acudimos preocupados a una importante cita.

Fueron avanzando: con toda la celeridad que autori­zaba el empaque masculino, pero —por ley cere­monial— obligados a invertir un míni­mo de tres cuartos de hora en cada falsa viola­ción, con lo que el trayec­to, más que alargarse, tomaba reflejos de eterni­dad. Surgieron, ade­más, im­previstas dificulta­des: una de las voluntarias dispuestas en su camino fue usucapida, antes de que nuestros amigos le llega­ran a dis­tancia de tiro, por un tremendo sacerdote que la halló de su agrado; por lo cual hubie­ron de arrostrar de nuevo el empleo de una masturbadora. A con­tinua­ción, advertidos a tiempo por una de las pseudomancilla­das, tuvieron que efectuar un gran rodeo, por calles laterales, para evitar una patrulla de inspección rectal cuyo análisis del falso embaja­dor ha­bría supuesto, sin duda, el fin de la aventura. Luego, con los nervios resquebrajados, hubie­ron de aguardar más de una hora a que terminase de desfi­lar una larga y nutridí­sima procesión ictiofálica, cada uno de cuyos pasos —primorosas representa­ciones de los ocho trabajos priápi­cos— era jaleado por el pueblo con sentidas saetas. No obstante, al cabo de diez horas de viaje, cuando comenzaba a grisear la luz, de­sembocaron en la Plaza Mayor.

Mayor, sin duda: la más holgada, monumental y ostentosa que nunca trazó un urbanista; a tanto al­canzaban sus proporcio­nes, que apenas si resultaba visible, desde el extremo en que la revolucionaria pareja se en­contraba, la montañesca estatua del Ma­cho Patrón, con sus enormes, pero elegantes testícu­los (col­gantes o alzados, según la oca­sión que regu­laba un complicadí­simo mecanismo relojero, sin­croni­zado, como es lógi­co, al no menos complicado mecanismo que menos­cababa o arrechaba la Gran Pija de bronce y rubíes) y sus pies tamaños como antiguas pirámi­des egipcias. En torno al monu­mento, dentro del círculo central de la plaza, se ha­llaban —insertados en bancos de res­paldo fálico y asiento testicular— los miles de hombres convic­tos del delito de paternidad de hembra primogénita. Lo que es decir: el mustio jardín carnal de desas­trados varones, otrora grandes señores del mache­río, entre cuyas figuras había de en­contrarse el padre de nues­tra singu­lar muchacha. Espectá­culo, sin duda, sobre­cogedor, ante el cual, no obstante, los resortillos del corazón le brincaron de gozo. Porque la esperanza, cuando se ha mante­nido largo tiempo rebalsada, tiende a desbalagarse al primer pronto, sin previa medida exacta del vacío a rellenar por la acción. Que, en este caso, era tan grande como la más ex­tensa de las ilusiones. Fue su acom­pañante quien la llamó a la reali­dad, comenzando a hablarle con el ma­yor encubrimiento posible.

— Bien, querida amiga: ya estamos en la Plaza Mayor, ante los reos. Me temo, sin embargo, que hemos llegado demasiado tarde, por­que tu búsqueda puede durar largas horas, cuando ape­nas si nos queda media de luz. Y te confieso que no se me ocu­rre cómo sobrepujar esta dificul­tad. Aquí, aun­que la estación sea grata y la temperatura a ello invi­te, no sería lógico que pasaran la noche un homo politicus y un embajador que, por cargo y por garbo, poseen lujosas y bien abasteci­das mansiones. Cual­quier patrulla que nos viera se acercaría a interro­garnos, y no po­seemos credenciales, ni tú puedes si­quiera abrir la boca. Por otra parte, como supondrás, en esta zona de la ciudad no hay Re­fugio Femenino a que podamos acogernos. Y no pienses en los hote­les. Conozco pensiones cuyos propietarios no son ri­gu­rosos con la docu­mentación, pero estoy seguro de que llamarían a la poli­cía en cuanto estuviéramos aposentados, porque dos jóvenes que se disponen a pasar la noche sin mujeres no pueden dejar de sus­ci­tar graves sospechas.

En este punto le interrumpió ella el discurso, con una sola frase, corta, apenas musitada. Él, por res­puesta, dijo:

— Tienes razón: tú eres una mujer. Vamos.

Tomaron por una bocacalle de la Avenida Prin­cipal.

La pensión estaba en el cuarto piso de una casa po­bre, aunque limpia y bien aireada, como todos los lu­gares de que cuidaban los machos, tan prover­bialmente pulcros y tan amantes del ho­gar. Nuestros conspirado­res se precipitaron al ascensor, marca­ron un número cualquiera y, trans­curridos unos instan­tes, hicie­ron que el aparato se detuviese entre dos pi­sos. De inmediato desabrochó ella la capucha del disfraz político, para convertirla en bolsa donde es­conder su peluca, junto con el empe­nachado bicor­nio y la entorchada guerrera del uniforme diplomá­tico de su amigo, y dio la vuelta a la ampulosa capa, para que quedase a la vista no el muy colorido her­moso haz, sino el más sobrio (y fe­menino) envés. Luego se despojó de los zaragüelles amarillos y de los alzadísi­mos coturnos rojos, que también sepultó en la bolsa, y, con la cabeza pelona, una simple tú­ni­ca y los pies des­calzos, quedó trocada en lo que era: una simple mu­chacha, ves­tida sin gusto ni atilda­miento. El ex em­bajador, aunque des­nudo de la ca­saca, aún lucía sedeña camisa de flui­da chorrera, muy ceñi­do pantalón negro, también con chorreras, y za­patos de tafi­lete, impeca­blemente aluciados; de manera que el dueño de la pensión, al recibirlos, tomó al buen negro por persona de condi­ción que, siguiendo carnal ca­pricho, deseaba pasar la noche con una mu­chachita humilde.

No marcaba aún el alba del día siguiente cuando ambos expedi­ciona­rios se encontraban de nuevo en la calle, tras haber inverti­do, en la ba­jada, la trans­formación de la subida. Apenas alcan­zados los ale­daños de la plaza, el embajador se arrancó de nuevo a hablar:

— Como durante esta noche hemos acordado, aquí concluye mi mi­sión. Comprendo la soledad en que te abandono, pero yo, como emba­ja­dor extran­jero, no tengo acceso a la prisión abierta; ahora, ya ves, acaban de retirar las cajas protectoras de los pre­sos, que les colocan durante la noche para que no mueran de frío y de humedad; el campo es tuyo. Si no cometes graves errores de comportamiento cere­monial, los guardianes te dejarán paso sin dirigirte la palabra, acto que no les está autorizado, ni esperar que tú les hables, a lo que como buen políti­co no puedes reba­jarte. Todo lo demás es imprevisible. Que la suerte te acompañe, querida amiga, y que po­damos volver a vernos. Adiós.

Y partió, con los ojos enrojecidos por esas lá­grimas de dolor y sen­ti­miento exacerbados a que tan proclives eran los hombres, incluso los homosexua­les. Ella, con un nuevo vacío en el cora­zón, con un recién ta­llado dolor que conservar, se dirigió hacia la entrada del parque de con­centración, medido el paso y exacta la compostura; los guardias, tal como esperaba, le franquearon la verja de gruesos barro­tes, sin pregun­tas, con la vista en tierra. Tampoco el falso homo politicus se dignó ro­zarlos con los ojos: sin abandonar su parlamentaria compostura, aguar­dó a que la puerta volviera a cerrarse y comenzó a pul­sar las teclas ne­cesa­rias; en la pantalla del ordenador apareció al instante la respues­ta: la lo­calización exacta de la sección del círculo en que se api­ñaban los «padras» (así, por mofa, motejaban a los progeni­tores de hembra alna­da) en el decimoctavo año de condena, y el nú­mero de criminales en tal si­tuación: 5.040.

Lo único que le restaba por hacer era trasladarse a aquella sección y, una por una, repasar las claves cromosomáticas mar­cadas a fuego en la frente de cada presidiario, para compararlas con la suya pro­pia y, así, descubrir a su padre. Elemental, quizá, si tenía suerte y —partiendo de una probabilidad igual a 0,00001984— topaba con sus desestrellado pro­genitor en una cantidad no excesiva de intentos; por­que, teniendo en cuenta que cada análisis compara­tivo de fichas cro­mosomáticas le lleva­ría un mínimo de ocho minutos, el número máxi­mo de reos con quie­nes podía probar suerte, en las once horas que faltaban para la puesta de sol, oscilaba entre setenta y ochenta; entre el 1,39% y el 1,59% del universo. Con la matemática cabeza estremecida, puso su cuerpo en movimiento hacia la sección de dieciocho años. Había resuelto orientarse por la in­tuición, cua­lidad que, al fin y al cabo, no era tan privativa de los hombres como sostenían los psicó­logos.

Cuando tomó la primera ficha del primer prisio­nero en quien creyó detectar cierto parecido con ella —un hombrecillo pelirro­jo y dentón, de amplia frente—, se dijo que jamás había creído ser dueña de seme­jante valor; pues al delito que entonces estaba cometiendo correspon­dían no menos de quinientas doce penas distintas, todas ellas cumula­bles hasta la muerte por múltiple infalación: enormes consolado­res de acero penetra­ban por cada uno de los orificios sexuales del cuerpo de la condenada, milí­metro por milímetro, durante horas, hasta que sobre­venía el fa­lleci­miento o por exceso de placer —posibilidad sólo prevista por los hom­bres—, o por merma de sangre, o por haber sido alcanzado algún órgano vi­tal (lo cual se encargaban de evitar los expertos ver­dugos, para alar­gar la agonía). La imaginación de este probable tor­mento la retuvo in­móvil unos se­gundos, hasta que comprendió que haría mejor si cance­laba todo sentir y se daba al trabajo.

Horas después, la frontera de la desesperación ya le quería entre­abrir las puertas: había comprobado negativamente las fi­chas de ciento cin­cuenta y seis prisioneros; estaba agotada, se­dienta, aterrorizada (porque cómo no iban a descubrirla ya, en cualquier momento); todos los rostros posibles se le antojaban idénticos en su falta de relación con ella. Pero prosi­guió: ni tenía opción, ni le parecía permitido arrojar de sí, por un desfalleci­miento, todo el contenido de su existencia en la tierra. Hizo pa­rada ante un esque­leto mal tapado de piel y bien de sífi­lis, calvo, sin ce­jas, decorado de chancros, con un solo diente en las cárde­nas envías y un borujón de legañas en cada ojo. Ojos melados, de mirada blanda; ojos que ella había estudiado en todos los es­pejos; sus propios ojos. Tamaña fue su alegría, que se le esfumó el re­cuerdo de todos los sinsabores, pa­sados y por venir: aquel podre macho viejo, en el que se mostraba, en contra de la orto­doxia, que las hijas sí pueden pare­cerse al padre, consti­tuía, sin duda, el remate de su misión. Apuntó la clave cromosomática en su orde­nador portátil y se entregó, entre calambres de ner­vios, a su es­tudio.

Era él.

Un calofrío le arañó el entrecuesto; una orgía de luces estela­res, de cien mil aleluyas concertados, de espumas y vientos y brisas y caricias, comenzó a gi­rarle en torno, como canto de vic­toria. No tuvo nada que pensar, nada que sentir; sacó el hacha de plata que llevaba oculta bajo la toga multicolor y allí, so­bre el banco, sin escatimar los golpes, des­cuar­tizó a su padre. Cuando estaba ensartando el fláccido y menguado falo en un alambre del cofre portapenes, le volvió la noción de reali­dad, tornó a sentirse hu­mana y comprendió que para ella no quedaba salva­ción. Había perdido la toga en el furor de sus mo­vimientos parri­cidas: cien­tos de machos armados acudían, desde todos los grados de la Plaza, hacia su femenil torso desnudo —vestido de sangre.

Aturdida por los alaridos de los prisioneros, fijos en sus ban­cos, es­pan­tados, no tuvo tiempo de recordar la bomba vaginal: la primera bala ex­plosiva le des­trozó el brazo derecho; luego, un obús le desgajó una pier­na, un cuchillo a distancia le cercenó los se­nos, una granada le re­ventó la cabeza. Sus restos informes se mezclaron, sobre el banco y por tierra, rojos en el sol veraniego, con los de su padre. Murió sin palabra de triunfo.

Triunfo: pues, a pesar de su rápida ejecución, para los ma­chos era ya demasiado tarde. La leyenda centenaria, la profecía inexorable, iba a cumplirse. Basta con asesinar al padre para que reine la mujer. Lección del libro.

Miles de mujeres abandonaban, aullando de gozo, brincando de pla­cer, las lóbregas bujerías. Armadas iban, hasta los dientes; y el nombre de la mártir, sagrado ya, en todas las bocas cantaba.

Ramón Buenaventura

Revista Hiperión, número 2, «La carne», 1978

(El texto, no obstante, es de 1974.)

Llamadas al desorden

2016/06/11 Los comentarios están cerrados

Me resulta imposible mantener esto al día, por el momento. Remito, pues, a mi página de Facebook, un verdadero batiburrillo de cosas, puede que incluso interesantes, en algún caso suelto.

Ramón Buenaventura en Facebook

Amigos y literatura

2016/05/03 Los comentarios están cerrados

Aviso sobre obras de Ramón B. en formato PDF

2016/04/26 3 comentarios

Como ustedes podrían saber, si les interesase el dato, o como ustedes saben, porque les interesa el dato, en mi Librillo están, en formato PDF y gratuito, las siguientes obras de este más o menos humilde servidor de ustedes:

El corazón antiguo, novela (Madrid, Editorial Debate, 2000).
El año que viene en Tánger, novela (Madrid, Editorial Debate, 1998) (Premio Villa de Madrid).
El último negro, novela (Madrid, Alianza Editorial, 2005) (Premio Quiñones).
NWTY, novela (Madrid, Alianza Editorial, 2013)
(ESTAS CUATRO NOVELAS COMPLETAN UNA ESPECIE DE TETRALOGÍA «TANGERINA» (LAS COMILLAS SON PORQUE, EN REALIDAD, LAS OBRAS NO TRATAN DE TÁNGER, SINO DE UNOS PERSONAJES QUE NACIERON EN TÁNGER Y VIVEN MARCADOS POR SU ADOLESCENCIA EN LA CIUDAD INTERNACIONAL, DURANTE LOS AÑOS CINCUENTA DEL SIGLO PASADO.)
Poemas reunidos, en que se incluye toda la poesía publicada en papel y una sección de inéditos.

El último negro se ha añadido hoy mismo, por ello esta nota.

Serían ustedes muy amables si, tras bajarse alguna de estas obras, me lo comunicaran; pero no es condición, que conste.

El enlace principal es:

Desde aquí puede usted descargarse directamente las versiones en PDF de las novelas El corazón antiguo [corantiguo] El año que viene en Tánger [EAQVET] NWTY y también Poemas casi todos ya [POEMAS R…
RBUENAVENTURA.WORDPRESS.COM

Procesiones y otros eventos

2016/03/27 Los comentarios están cerrados

Cuenta Javier Maqua que una noche hagiohebdomadaria de hace muchosmuchos años salíamos él, Angelika y yo del Cock, a altas horas, y nos tropezamos con una procesión y estuvimos mirándola un rato. No sé. La memoria de Javier Maqua nunca ha sido fiable, porque suele equivocarse en la identificación de los partícipes. Puede que sí, que algún día, al salir de algún sitio copero, se toparan él y quién sabe quiénes con una procesión de Semana Santa; pero Angelika y yo estamos casi seguros de que esos quiénes no éramos nosotros… En fin. En todo caso, quitada la remota posiblidad de que Javier no se equivoque en este recuerdo, puedo proclamar y proclamo que jamás me han interesado las procesiones de Semana Santa y que jamás he estado cerca de ninguna. Me traen al pairo. Creo, incluso, que si fuera católico, si creyera en Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, la Virgen Santísima (y largo etcétera), seguirían sin interesarme las procesiones de Semana Santa. Como comprenderán ustedes —dada mi carencia de teísmo— preferiría que no las hubiese, o que se efectuaran en recorridos especiales sin molestar a los no creyentes, y desde luego querría que no las subvencionase el Estado, ni directa ni indirectamente, y que no participara en ellas ninguna autoridad (laica) en el ejercicio de su cargo (laico). Fíjense que ni siquiera me molestan los legionarios montando su show con el Cristo a cuestas, porque, hombre, la Legión siempre ha sido muy dada al espectáculo, y de todas formas su propia existencia es tan irracional como la existencia de las procesiones. Tampoco me molesta que Joaquín Sabina, tan PeCero él de toda la vida, se suba a un balcón y se arranque por saetas. También se debe al espectáculo. Dios los cría y ellos se juntan, como quien dice.
Un servidor pertenece a una modalidad de españoles tan españoles como los más españoles, supongo, pero totalmente ajenos a las procesiones, a los toros, a las verbenas populares, a las ferias, incluso al flamenco (que me gusta escuchar de vez en cuando, pero que no sigo). No coincido, en cambio, con los españoles partidarios de las prohibiciones. Yo, la verdad,  no prohibiría nada que no fuese delito. Lo que haría, sencillamente, es exigir que todas estas (para mí) folcloradas —religiosas y no— las pagasen sus practicantes y seguidores. Y ya está. Ni un euro de ayudas ni subvenciones. Según las duras leyes del Capitalismo Triunfante, en realidad cualquier cosa que necesite subvención para sobrevivir está condenada a desaparecer.