Debe de ser debe ser

Sí, vamos a ver, de vez en cuando me gusta recordar estas cosillas, aún sabiendo que no sirve de nada hacerlo. Deber+de+infinitivo, según Academia, significa PROBABILIDAD. Deber+infinitivo significa OBLIGACIÓN. Supongamos que usted me pregunta, por ejemplo: ¿Cuándo se reincorpora Fulán Fulánez a su trabajo?

Si yo le contesto: «Debe de reincorporarse mañana», quiero decir que no lo sé, pero que creo que será mañana.

Si yo le contesto: «Debe reincorporarse mañana», quiero decir que Fulán Fulánez está obligado a reincorporarse mañana (y allá él si no tiene una buena excusa para faltar a su obligación).

Sobre este asunto escribí hace muchos años, en una de mis artículos para los «Rinconetes» del Instituto Cervantes:

2. Deben de ser las tres. Dice la norma que deber de significa probabilidad, y que ‘deber’, a secas, significa obligación. «Debe de ser una norma» no quiere decir lo mismo que «debe ser una norma». Lo malo es que tal diferencia de sentido no está nada clara en la mente del consumidor de lengua. Les apuesto a ustedes […] 5 guiris —también llamados euros— a que 7 de cada 10 hispanohablantes explicarían la cosa al revés. ¿Por qué? Por puritito sentido común, supongo: deber de tiene más rotundidad, más contundencia, que deber. En lógica expresiva, «esto debe de ser así» parece mucho más obligatorio que «esto debe ser así». PROPUESTA: Sigamos enseñando la norma como preferible, pero dejemos de dar la lata con el asunto y aceptemos que a la larga se impondrá deber de como obligación.

Pero ya ven que no me hago caso: sigo dando la lata.  

Se rifa virus

En esto de el o la COVID estamos teniendo gruesos problemas de comunicación, porque nadie acierta con el mensaje adecuado, es decir el  mensaje que convenza a la población insensata (uno de cada diez ciudadanos, supongo) de que el virus existe y de que las precauciones son necesarias. La principal dificultad, desde luego, está en la necedad de ese uno por ciento, pero también hay que tener en cuenta otro factor que no he visto mencionado en ningún sitio: la pequeñez relativa de la incidencia del virus, la muy baja probabilidad de contagio. El virus es una lotería siniestra, y tiene usted tantas o menos probabilidades de salir premiado (castigado, más bien, claro) como de que le toque el gordo de Navidad.

            Esto explica que los participantes en actos de salvaje imprudencia ―los botelloneros, los festejantes y celebrantes, los idiotas agrupados― no se contagien casi nunca. No creo que haya estadísticas, pero ¿cuántos de estos actos insensatos han dado lugar a contagios? Cabe suponer que todos los días se incurra en cientos de miles de comportamientos estúpidos o solo imprudentes (casi todo lo que no sea estar encerrado en casa viene a ser una imprudencia), de los que resultan… ¿Cuántos contagios diarios en toda España? ¿Cuatro o cinco mil?

            Dicho de otro modo: hay por ahí cientos, miles de mentecatos que llevan semanas saltándose todas las normas y NO SE HAN CONTAGIADO NI CONOCEN A NADIE QUE SE HAYA CONTAGIADO. No podemos sorprendernos de que estas personas no crean en el peligro: su ofuscada experiencia les «demuestra» que no existe.

            Viene a ser como cuando las campañas contra la droga se limitaban a un «la droga mata»: estaban contándoles que el cannabis mata a personas que llevaban años, decenios, consumiéndolo y nunca les había ocurrido nada malo. La diferencia está, ahora, en que el virus sí mata, y la hierba no ha matado nunca.

            En resumen: alguien tendrá que encontrar el modo de mejorar el mensaje, haciéndolo más efectivo. Para eso están los pagadísimos expertos que por ahí pululan.

BachillerATO

Son muchos, últimamente, los solaces que me derrama la RAE. Casi cada vez que me propongo recordarles a ustedes (mis cuatro mil y pico amigos íntimos de Facebook) que algo está mal dicho, resulta que el DRAE me dice que no, que lo antaño erróneo es ahora válido o, por lo menos, tolerado.

Mi disgusto de hoy ha sido «bachiller» / «bachillerato». Antes, «bachillerato» era el conjunto de estudios por los que se obtiene el título de «bachiller», nunca la persona que tiene ese título. Ahora, en la quinta acepción de la palabra, resulta que la Academia acepta la sinonimia: «bachiller» puede ser lo mismo que «bachillerato».

Pues nada, nada: sigan ustedes «estudiando el bachiller», por más que a mí me sangren los oídos al oírlo (que no escucharlo, pero esa es otra, maestros).

Disquisiciones no muy juancarlistas

Cuando Franco dijo que lo dejaba todo «atado y bien atado» se refería a una decisión que tardó en tomar [1]: en la Jefatura del Estado lo sucedería Juan Carlos de Borbón, «Juanito», infante de «sangre real» criado en su regazo y abatanado a sus órdenes. El aparato franquista no previó en ningún momento ninguna modificación importante en la Jefatura del Estado, que Juan Carlos heredó tal cual, con todos los poderes que ejercía sin limitación el «Caudillo de España por la Gracia de Dios».

            Tras la muerte de Franco hubo quien quiso cumplir a rajatabla con su obcecada voluntad y seguir como estábamos, con un presidente del Gobierno nombrado a dedo y con Juan Carlos en el papel de Nuevo Franco. Tal era claramente la intención de Arias Navarro, el presidente gemebundo, que solo concebía la posibilidad de retocar ligeramente el sistema para contentar a los disidentes internos (el régimen siempre dio por perdido a los externos: con ellos solo cabía la prohibición y, en los casos más graves, el castigo).

            Juan Carlos, que tenía 37 años cuando lo de «Españoles, Franco ha muerto», no pudo no tener la tentación de aceptar el legado tal como le llegaba y limitarse a sustituir a Franco como dictador. Eso, sin embargo, era algo que solo podían recomendarle los fanáticos del régimen, algo que iba en contra de los sacrosantos intereses de la monarquía y que no habría sido posible vender en el ámbito internacional. No tengo la menor idea, claro, de cómo pudo llegarse a la autodisolución de las Cortes franquistas y la puesta en marcha de un proceso de democratización. Fueron meses tensísimos, durante los cuales, seguramente, estuvimos varias veces al borde de alguna modalidad de golpe de Estado. Supongo que sería injusto negarle a Juan Carlos todo el mérito en el cambio, pero yo creo que la cosa dependió menos de él que de sus consejeros monárquicos, de los franquistas negociadores [2]  y, cabe imaginar, de presiones internacionales ejercidas por mediadores cuya identidad no conozco.

            El cambio empezó a ejecutarse cuando Juan Carlos sustituyó a Arias Navarro por Adolfo Suárez. Se inició un encadenamiento de medidas esenciales que solo podían conducir a un sistema de gobierno democrático, definido en una constitución democrática y atenido a normas de funcionamiento democráticas. En otras palabras: el paso de la dictadura absoluta de Franco a un régimen parecido al que llevaba más de un siglo funcionando en los principales países occidentales.

            Los defensores del absolutismo como único sistema político viable en España[3] conservaban, no obstante,  gran parte de su capacidad para manejar muy importantes factores de poder, como el Ejército, la Iglesia, los sindicatos franquistas, las fuerzas del orden, qué sé yo. Ante la deriva democrática del país, los absolutistas, tras mucho rumiárselo, mucha consulta con los poderes fácticos y mucho calcular las consecuencias (supongo), decidieron cortar en seco el proceso e intentar un golpe de Estado aquel famoso 23 de febrero.

            Alguien habrá, digo yo, que sepa por qué les salió el tiro por la culata, pero ese alguien no soy yo. Tampoco estoy entre quiénes saben en qué cálculos se basaron, con qué apoyos contaban, qué pensaban hacer después, como pretendían que los aceptara el resto del mundo, etc.

            Pero hay algo que no creí nunca y aún creo menos en este momento: que el golpe se tramara sin la avenencia de Juan Carlos I. Él fue luego quien lo desactivó en público, sí, pero sin duda alguna porque le fallaron los apoyos, porque sus asesores más sensatos comprendieron que no era viable y porque de pronto le entró pavor ante la posibilidad de que el jueguecito le costase un disgusto grave a la «institución monárquica». Tampoco creo que su retractación no estuviera prevista: sin duda alguna, los ejecutores del golpe ya le tenían preparada esa majestuosa salvación de cara.

            Dicho de otro modo: no admito la muy difundida y vitoreada leyenda de que Juan Carlos I salvara la democracia. Lo que hizo fue resignarse a ella.

            A partir de esa resignación, su tarea me ha parecido siempre anodina, como mínimo: totalmente prescindible. Todo lo que hizo en el plano oficial hasta el momento de su abdicación lo podría haber hecho cualquier alto dignatario, cualquier presidente de la república; y su actividad en el plano personal consistió primordialmente en promocionar la monarquía y tomar precauciones (juntando dineritos y apoyos de la plutocracia internacional) por si venían mal dadas. ¿Ha representado dignamente a España en algunas gestiones, sobre todo como jefe de ventas de productos españoles? Que yo recuerde ahora, la única figura política española que no ha representado dignamente a España en nada es José María Aznar, con su vergonzosa presencia en la foto de Bush con sus guerreros y sus pies encima de la mesa y su adhesión evidente a la causa de los ricos más desmesurados y más tramposos. Juan Carlos I aprovechó el peso de su cargo para venderles motos o cositas buenas a los compradores internacionales. Pues muy bien. Gran mérito, que sin duda cohonestaba su participación en los beneficios: milloncejo por aquí, milloncejísimos por allá. Aplauso y aplauso.

            Ahora, cuando se ha hecho más público lo que ya todos sabíamos, se arma el belén y Juan Carlos se quita de en medio. Siempre por el «bien» de España, siempre por el bien de la monarquía. Supongo que será cierto lo que dicen casi todos: que es una medida pactada con Felipe VI y con el gobierno, no una decisión personal suya. Vale.

            El numerito de la «desaparición» es, además de contraproducente y estúpido, bochornoso (aunque quizá no tanto como el juego de «Dónde está King Walli» que con tantísimo entusiasmo están jugando nuestros cada vez más despreciables medios de información en este momento). La postura de Pedro Sánchez negando cualquier participación suya en el montaje y alegando ignorancia es, en el mejor de los supuestos, un mensaje de impotencia: ¿qué quieren ustedes que haga ahora? ¿Meterlo en la cárcel? Todo es ridículo.

            Pero, miren ustedes, me importa un comino, a estas alturas. Nada de lo que haga ahora el «emérito» demeritado puede servir de eximente ni atenuante de lo que ya ha hecho; quizá solo de agravante. Si fuera un ciudadano normal, los jueces ya habrían requerido su comparecencia ante los tribunales. Pero no es un ciudadano normal, nunca lo fue ni lo será. Por su condición de rey  es el emblema de la constitución vigente, cuyos «padres» se aferraron a la Monarquía y a la implantación de las comunidades autónomas para facilitar la aceptación mayoritaria de la Constitución. Una fórmula mágica que evidentemente deja mucho que desear, pero que sigue ahí, intacta sobre el papel. Y da la impresión de que los políticos y los poderes, en su mayor parte, están convencidos de que no se puede destruir, ni siquiera ensuciar un emblema, que sería extraordinariamente desestabilizador hacerlo.

            Puede que sí. Puede que cualquier cambio en las esencias del sistema político español sea peligrosísimo, no por el cambio en sí (que podría y debería resultar positivo), sino por todo lo que habría que hacer para ponerlo en práctica: una auténtica revolución.

            Y ahora, cómo evitar la pregunta siguiente: ¿es este el mejor momento para plantearnos una reconducción tan enorme del sistema?

            No creo. Ante las oleadas del virus, el sistema político que tengamos puede considerarse indiferente. Ahora, lo único sensato que podemos hacer es concentrar todos nuestros talentos y capacidades en aliviar el desastre sanitario en que nos hallamos ―por culpa de nadie― y el cataclismo económico que está produciéndose ―con alguna culpa de alguien, quizá, pero más bien por los efectos del virus: es mundial― [4].

            Dejemos claro, quienes deseamos dejarlo muy claro, que no queremos reyes y que nunca renunciaremos a la república, pero aplacemos las exigencia y el planteamiento del ajuste hasta después de la pandemia [5].

            Ya está bien de perder el tiempo en majaderos y majaderías.

[1] Porque doña Carmen Polo, su excelentísima esposa, proponía otro candidato que a ella le parecía más guapo y más casadero.

[2] Los convencidos de que el régimen no podía prolongarse sin Franco y que era preferible salvar lo salvable: Torcuato Fernández Miranda, Herrero Tejedor, Adolfo Suárez…

[3] Por enorme desgracia, muchos los españoles siguen convencidos de que España solo puede gobernarse con mano dura, porque somos una panda de brutos, imagino.

[4] Ambos males, el sanitario y el económico, afectan con muchísima mayor dureza a las personas más pobres; reducir al máximo este desequilibrio también es tarea fundamental.

[5] En las circunstancias actuales, la función principal de Unidas Podemos, por ejemplo, se reduce a mantener viva la llama de la tan necesaria revolución; pero no pidamos que la llama prenda aún en ninguna parte.

Notita movida

Sí, bueno, claro: qu’est-ce que je peux m’en foutre, a estas alturas, pero estoy de acuerdo:: la «Movida» fue un camelo, una exhibición casi total de falta de talento y preparación artística en sus miembros practicantes de alguna modalidad de la creación, un elitismo de barrio alto (aunque presentara camuflajes barriobajeros), una frivolité con rachas de histeria, quizá incluso un montaje distrayente::: jamás me movió la movida.

https://www.meneame.net/story/oda-cultural-conformismo-movida-madrilena

 

Cancelación de la cultura: un pan como unas tortas

Gérard Darmanin, ministro francés del Interior (muy señor mío, por cierto: no conocía su existencia), dice que hay que detener el asalvajamiento de la sociedad, y se manifiesta dispuesto a combatir el islam con la mayor energía. Hombre, sí: la sociedad se está asalvajando a ojos vista y a toda velocidad, y puede que el extremismo islámico (entre otros extremismos) contribuya al proceso. Creo, sin embargo, que el verdadero motivo de este deterioro es, sencillamente, la pésima o ninguna educación que están recibiendo los niños y jóvenes desde hace ya decenios. Estamos criando bestezuelas apenas distinguibles de chimpancés depilados; bestezuelas sin la menor noción de sus obligaciones de convivencia (que sí parecen tener los chimpancés, por cierto), sin más objetivo que el sacrosanto «pasarlo bien» y contorsionarse al compás de chundaratas más o menos caribeñas y hacer visajes para sus teléfonos y jijijí jajajá que se mueran los feos. No todos los jóvenes, claro. Solo el 78%, calculo… Hemos proscrito la cultura general y hemos hecho un pan como unas tortas.

https://fr.sputniknews.com/france/202007251044159565-darmanin-veut-stopper-lensauvagement-dune-certaine-partie-de-la-societe/