Rey rana

Mal planteamiento del asunto: si no queremos la monarquía no es porque un rey robe (no es porque un rey sea un auténtico desaprensivo), sino porque no queremos la monarquía, ni ahora que se han hecho públicos los enjuagues juancarlistas, ni antes, ni luego, ni siquiera en el remoto supuesto de que el rey fuera un santo santísimo con varios dedos de cogote. Dicho de otro modo: el llamado Felipe VI tiene mucha suerte de que el escándalo se difunda ahora, porque en plena pandemia no podemos entretenernos tomando la Zarzuela. No apetece.

Pero habrá que hacerlo, algún día. O, si no, ponernos de acuerdo todos en dejar así las cosas y no protestar cuando el monarca o la monarca salgan rana, por más besos que les demos. Y mira que le hemos dado besos al fulano este.

https://elpais.com/espana/2020-07-09/la-representante-de-podemos-en-la-mesa-del-congreso-pide-la-abdicacion-de-felipe-vi-y-un-referendum-sobre-la-monarquia.html

 

¿Derecho a desear?

Tendemos a confundir deseo con derecho.

Desear algo no es tener derecho a poseerlo.

Desear físicamente a otra persona no es incorrecto; lo incorrecto es pensar que esa persona tiene que satisfacer nuestro deseo, que es responsable de nuestro deseo, porque nos lo ha provocado; que es incluso culpable de nuestro deseo, porque ha debido evitar que nos surja (1).

Esta confusión lamentable funciona en miles, en millones de cabezas de hombre. En tantas, que tal vez no sea exagerado afirmar que lo padecen la mayoría de los varones.

Pero nunca es admisible que inflijamos nuestro deseo a nadie, ni siquiera a la personas de nuestra mayor intimidad.

(1) En muchas religiones, en efecto, la mujer está obligada a no despertar el deseo del hombre. No solo en el islam; también en el cristianismo.

Yo+yo+yo…

La sociedad es una red infinita de pactos cuyo centro soy yo, somos todos los yo, igual que cada punto del universo es el centro del universo. En mi caso, la red se constituye a partir de mis pactos con los yo de mi entorno, que poseen sus propios entornos, muy parecidos al mío, cuyos individuos poseen sus propios entornos, menos parecidos al mío cuanto más se alejan de mí. Al final, la red queda encerrada en un límite artificial, pura convención, pura invención, llamémosle, por ejemplo, nacionalidad, totalidad de yos individuales que aceptan la red infinita de pactos bajo una autoridad que los resume y estructura en principios de general aceptación.

Camisa roja

No he tenido más allá de tres camisas rojas en toda mi vida, pero me encantan las camisas rojas. Por el placer que me produjo comprarme la primera, en una tienda de la calle México —era lo que entonces llamábamos un niki, que ahora llamaríamos polo, quizá; de manga larga—, cuando empezaba el verano de 1958 y yo acababa de cumplir los dieciocho. Era un chico en cuclillas al borde de un abismo: no había aprobado ni una sola asignatura del primer curso de facultad, mi padre estaba ya instalado en Madrid, esperándonos, aquel era mi último medio verano en Tánger, aquellos eran mis últimos días en mi casa natal, aquello era pena, pena, una pena gruesa y pesada, difícil de vivir. Cuando me compré la camisa roja —no sé con qué dinero, por cierto—, viví sin embargo una intensidad de dicha. Claro está que al llegar a casa mi madre me puso como chupa de dómine por haberme comprado una camisa de color rojo. Tened en cuenta que entonces el término rojo solo se utilizaba para mencionar a los rojos, es decir a la canalla que había querido convertir España en un soviet, matando brutalmente a todo el que se resistiera. Si a alguien se le hubiera ocurrido, en aquellos años, la selección española de fútbol no habría podido llamarse «la roja», como ahora, sino «la encarnada». Como encarnado era el capote de los toreros. Creo, sin embargo, que la bandera española seguía siendo «rojigualda», pero es que ahí el «gualda» oculta el «roji-» hasta hacerlo casi imperceptible. Mi niki, en todo caso, era sin duda alguna rojo. Y ahí estaba yo, hijo primogénito de un alférez provisional de la Cruzada, con una camisa roja y una negra cazadora de cuero que había tenido la osadía de comprarme en Sevilla, unos meses antes: un auténtico comisario del pueblo, a ojos de mis padres. Así crecí, y no voy a quejarme, porque, inverosímilmente, ninguno de estos intentos de formación patriótica me ha condicionado.

Al éxito por la obviedad

Hace ya muchos años —veinte, treinta—, Francisco Umbral tuvo uno de sus frecuentes episodios de crueldad vengativa y dijo de un poeta —enemigo suyo por alguna umbralina razón— que poseía el «don de la obviedad». El trallazo era injusto, pero casi genial, como correspondía al enorme talento peyorativo de su autor. Desde que leí aquello me viene interesando el tema de la obviedad, porque se me hizo obvio que sin talento para percibirla y comunicarla al lector no hay éxito posible en el campo de la literatura actual. Dos casos de difusores magnos de la obviedad, o tres: TACHADO POR LA AUTOCENSURA.

Verdad / falsedad

En general, las verdades humanas son pactadas: nos ponemos de acuerdo en creer algo y lo creemos, hasta que el acuerdo cesa, por la razón que sea, y dejamos de creerlo. Hay verdades científicas que pueden considerarse absolutas (las matemáticas, por ejemplo); no hay ninguna verdad social que pueda considerarse absoluta.

Muchas de nuestras verdades son rotundamente falsas, y lo sabemos, pero seguimos creyendo en ellas.

Añicos de sociedad

Reflexión de Ernst Robert Curtius en el capítulo I de Literatura Europea y Edad Media Latina (uno de los libros de mi vida, sin duda), con Toynbee en mente:
«En cada cultura hay minorías dirigentes que, por medio de la atracción y de la irradiación, obligan a las mayorías a seguirlas. Cuando esas mi­norías sufren una atrofia de su vitalidad creadora, pierden su poder mágico sobre las masas no creadoras; la minoría creadora ya no es entonces sino una minoría dominante; esto conduce a una secessio plebis, a la aparición de un proletariado interno y externo, y, en consecuencia, a la pérdida de la unidad social.»
Claro está que cuando la unidad social se pierde, además, por causas ajenas a esa minoría creadora (la inmigración tremenda de los últimos años, por ejemplo; la quiebra del cristianismo, antes; la reinstauración de la esclavitud por la vía económica, ahora), ¿habrá algo o alguien capaz de recomponerla? Y ―pregunta siguiente― ¿qué ocurre cuando toda una cultura, la Occidental, empieza a darse cuenta de que está hecha añicos y ya nadie puede juntar los trozos? O, preguntado en otras palabras: ¿qué puede hacer la «intelectualidad» en una situación así, aparte de reconocer su catastrófica impotencia?
Y, sin embargo, tiene que haber algo que pueda hacerse. Me encantaría disponer de un Dios a quien pedirle todas las mañanas que a alguien se le ocurra una solución factible, más allá de los ensueños bobalicones de que todavía parece alimentarse gran parte de la gente de buena voluntad (no mencionemos los ensueños de mala voluntad, tan terroríficos como estamos comprobando). Pero al Dios de los hombres, hasta ahora, solo se le han ocurrido soluciones dogmáticas incompatibles con la vida real…

Yeats: una precuela del apocalipsis

Si la gente leyera poesía como ve series de televisión o traga tweets, no habría nadie más eficaz, ni más peligroso, que un buen poeta para imbuir sentimientos en el lector. Creo, por ejemplo, que este es el poema más catastrófico jamás escrito, una especie de precuela del Apocalipsis, la inminencia del fin: «y qué áspera bestia, su hora al fin llegada / se arrastra hacia Belén para nacer». Ahora da casi miedo leerlo. [Sí, bueno, se me olvidaba: William Butler Yeats.]

THE SECOND COMING

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in the sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

John Barth recordado

De vez en cuando recuerdo, o alguien me recuerda a John Barth, y recupero el largo e intenso placer de lectura que me procuró al menos una de sus novelas, The Sot-Weed Factor (1), sin descartar otras dos o tres que me resultaron más difíciles de leer (2).

El artículo que más abajo enlazo propone, con una curiosa frialdad o falta de expresión entusiasta, la conveniencia de recuperar su figura y su prestigio (3), para hacerlo llegar a un mayor número de lectores actuales. No sé si ello es posible, a estas alturas, porque una vez que se sale del circuito de recomendaciones universitarias que sostiene el tinglado literario ―sobre todo en Estados Unidos, pero también en otros países (4)―, es muy difícil entrar de nuevo.

En todo caso, aprovecho para recordar mi placer y sugerirles que quizá no les resulte imposible disfrutar con The Sot-Weed Factor.

(1) En español se llama El plantador de tabaco, y la tradujo Eduardo Lago.

(2) Every Third Tought y Giles Goat-Boy, que recuerde ahora.

(3) Muy aguados desde hace tiempo, ciertamente.

(4) Quizá también en España. Las recomendaciones que hacen los profesores crean norma. Hay escritores (pienso en José Luis Sampedro, por ejemplo) cuya intensa práctica de lecturas en institutos contribuyó fuertemente a consolidarle el éxito.

https://lithub.com/john-barth-deserves-a-wider-audience/

Vonnegut preferido

Nunca he sido muy capaz de dar respuesta sincera a la pregunta «x favorita», que tantas veces se hace en las entrevistas más patateras: «flor favorita», «color favorito», «catástrofe favorita». No tengo nada favorito, tengo decenas de preferencias que se abren y se cierran, crecen y decrecen, recuerdo u olvido. Tengo, sobre todo, obras y personas que amo.

Hoy, sin embargo, he leído en BABELIA un artículo de Laura Fernández titulado «Aprenda a escribir con Kurt Vonnegut». y al final me he preguntado si no estaré ocultándome la realidad, si no será que sí, que sí tengo, por lo menos, escritor favorito. Sus muchos libros me parecen buenísimos, algunos y no muy buenos, otros, e incluso malos, dos o tres; pero él es siempre Vonnegut, el escritor que trabaja la literatura con las manos, que la siente hasta en los dedos de los pies, que solo tiene cabeza para los mundos que va creando, que, además, y para colmo de bienes, me habla de ser humano a ser humano. No de escritor a ser humano; de ser humano a ser humano: esta es mi experiencia, la convivo contigo.

Y al considerar esto último descubro, a mis ochenta años casi cumplidos ya, el motivo de que me repugnen tanto los escritores, los poetas, los escribidores varios, que se pasan los días y las noches proclamándose tales y que solo escriben como tales y que nunca me suenan a personas cuando se expresan. Los hay a almanta.

Si yo pudiera enseñar a escribir, quizá resumiera mi lección en un solo consejo: «Nunca escribas como escritor; solo como ser humano; la escritura es una herramienta de expresión que debes dominar, pero no un fin».

Uf.

República rojigualda

Sí, es un reto, y no precisamente trivial: hay que recuperar la bandera, porque esta gente se la ha apropiado (aunque no es solo apropiación indebida lo que ha ocurrido; es también dejación por nuestra parte). (Y, por favor, si hacen ustedes comentarios, que sean realistas: en este momento histórico no hay absolutamente ninguna posibilidad de derogar la monarquía, proclamar una nueva república y cambiarnos a la bandera tricolor.) (Con la que tampoco me identifico, dicho sea de paso. Yo quiero, cuando se pueda sin meter en la cárcel o ejecutar a la mitad de los españoles, una república rojigualda. Para qué cambiar de bandera. Hace ochenta años que terminó la guerra, hace más de cuarenta años que empezó de veras la democracia.) (Y sí: bandera y bando son palabras emparentadas [la Academia se contradice al respecto, en sus entradas].)

La protesta contra el Gobierno se ha envuelto en la bandera constitucional. Los partidos progresistas tienen ante sí el desafío de recuperar un símbolo que se ondea en su contra y cuyas connotaciones históricas siempre suponen un escollo.

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PUBLICO.ES

La izquierda, ante el reto de recuperar la bandera de España que ondea en su contra