Libertinaje de cátedra :-)

2018/04/26 Deja un comentario

En una Universidad se supone que los profesores hacen lo que les da la catedrática gana con sus clases y sus alumnos, siempre que no se metan en políticas demasiado contrarias al régimen vigente. Así viene siendo, supongo, desde la creación de estas nobles instituciones educativas. Es imposible calcular el número de personas que han obtenido títulos o aprobado asignaturas por mero enchufe. Cientos de miles, seguramente, desde el siglo XIII. Nadie revisa las actas de un catedrático, nadie repasa los ejercicios que él corrige (o ni siquiera mira), nadie se mete en ninguna clase de averiguación.

No hay nada que pueda hacerse al respecto, no hay modo alguno de controlar el enchufismo universitario.

Es bueno que ahora se hayan conocido casos muy lamentables de esta lacra, porque nos despiojan un poco de gentuza política, pero no nos hagamos ilusiones: esta revelación ocurre porque el PP se ha excedido, porque ha montado toda una universidad para adornarles el currículo a sus autoridades y, ya puestos, permitirles el acceso a alguna cátedra cuando abandonen la política, o la política los abandone o los haga fosfatina, como a Cifuentes. La torpeza del amaño ha hecho que se descubra el ilustrado pastel.

Pero, ay, ello no significa que pueda de veras controlarse lo que hacen los catedráticos (1).

(1) Sí, en determinados casos hay tribunales que valoran y califican lo presentado por el alumno, sean trabajos de seminario, sean tesis doctorales; pero toda la labor previa a esta presentación puede ser falsa o no existir ―cursos o cursillos aprobados al modo Cifuentes―, y, qué quieren que les diga, es rarísimo que un tribunal rechace una tesis o tesina o como quieran ustedes llamarlo.)

Anuncios

María José Furió, veinte años después

2018/03/29 3 comentarios

Leí en su momento la única novela publicada de María José Furió (La mentira, 1997), porque me la envió la autora, no desde luego como resultado de ningún esfuerzo de promoción que hiciese la editorial.

     El libro pasó totalmente inadvertido, e inadvertido sigue, más de veinte años después. Fernando Iwasaki intenta hacerle justicia en este artículo para JOT DOWN… No creo que sirva de nada su esfuerzo, porque La mentira ―que salió a destiempo, cuando los lectores aún no estaban preparados para recibirla― tendría ahora el defecto insubsanable de ser un texto «demasiado literario», en pleno apogeo del sensacionalismo y la baratura. Pero conste.

La mentira

Valorar la obra de arte

2018/03/21 Deja un comentario

MAYÉUTICA
Anoche estuve trasteando, y luego leyendo, hasta cerca de las tres, y hoy me he levantado bochornosamente tarde. Con una pregunta en la cabeza, además. ¿Cómo valorar la calidad de una obra de arte —un libro, un cuadro, una pieza musical, etc.— sin tener en cuenta criterios de éxito comercial o de público? No, no tengo respuesta.

AÑADIDO POSTERIOR
     Existe algo llamado canon que viene a ser, para los hechos creativos, lo mismo que la jurisprudencia para los hechos jurídicos: una vastísima colección de casos a los que referir el caso concreto que estemos analizando. Lo malo, ahora, es que el siglo XX desnaturalizó todos los cánones, y ya no sabemos cuál utilizar. ¿Rembrandt o Picasso o Antonio López? ¿Dante o Rimbaud (que es del XIX, pero no existe para los lectores hasta el XX) o Eliot? ¿Cervantes o Joyce o J. K. Rowling? ¿Mozart o Béla Bartók o Bob Dylan? Todas las artes se han deshecho y vuelto a hacer en variadas formas durante los últimos doscientos años. Y, además, de pronto empieza a operar en ellas el criterio de las multitudes, imponiéndose al de las minorías.
      Mi respuesta a mi propia pregunta podría ser: imposible, ya no hay creación artística cuya valoración no dependa del éxito; cuya existencia fuera del ámbito privado no dependa del éxito potencial que le detecten quienes la toman del creador (editores, salas de exposición, compañías discográficas, etc.) y la trasladan al público por un precio.
      Hemos trastrocado para siempre la creatividad humana. ¿Para bien, para mal? Para bien, seguramente, o sin duda; pero tendrán ustedes, los que vivirán el futuro, que esforzarse muchísimo para lograrlo.
      Háganlo cuanto antes, porque me gustaría empezar a verlo.

Aquiles negro

2018/03/19 Deja un comentario

Mi vieja, casi adolescente pasión por los poemas homéricos me ha llevado a incurrir en sufridas sentadas cinematográficas, porque rara vez he resistido la tentación de ver las películas basadas en la Iliada o la Odisea que iban asomando a las carteleras. No recuerdo ninguna que me pareciera buena, pero, al menos, todas ellas me proporcionaron el entretenimiento de ir viendo cómo se enfrentaban los actores y las actrices a sus imponentes papeles: Aquileo, Odiseo, Príamo, Héctor, Elena, Casandra, Penélope… (La italiana Rossana Podestà, nacida en Libia, fue una tremenda Elena en cinemascope, en el cine Lux de Tánger. Y cuánto disfrutó el bueno de Kirk Douglas haciendo de Odiseo, atado al mástil de su embarcación, mientras cantaban las sirenas.)

     Ello explica y hasta excusa ―espero― que se me haya ocurrido ver tres episodios enteros de una serie inglesa titulada Troy: Fall of a City.

     Lo peor no es que sea mala, que lo es, a tope. Lo peor para mí es que tampoco me sirve para entretenerme con la encarnación de los personajes, porque la famosa y nueva necesidad de «inclusión» ha hecho que a alguien le pareciera una idea excelente meter negros en el reparto. Personas de raza negra, quiero decir, claro. Aquiles es negro (y Patroclo, cómo no). ¡Zeus es negro! Eneas es negro… Pues mire usted: no me parece válido. (Aclaro: todos estos personajes son invenciones de los griegos, quienes, a pesar de su potencia imaginativa, difícilmente podrían haberse fabricado héroes, semidioses o dioses de otra raza.)

     Si yo fuera negro (tengo un 1,2% de negritud en mi ADN, pero quizá no resulte suficiente para opinar), estas estupideces me sacarían de quicio. ¿Qué honor se me rendiría falsificando lo evidente, haciendo como que la Grecia antigua fue un «crisol de razas», como que a los helenos (los que crearon la palabra «bárbaro») les daba igual no ser helenos, como que existe la menor posibilidad, dentro de los textos homéricos, de que alguno de los personajes principales fuera subsahariano (como ahora se dice)? Muy bonito, muy integrado todo: secuencia tras secuencia, nadie se da cuenta de que Aquiles no es de la misma raza que Agamenón o Menelao, de que Eneas ―a quien luego Virgilio utilizaría para fundar la Patria romana― es un simpático mocetón oscuro. Ocurre lo mismo en muchas películas y series recientes: en ellas no existen las diferencias raciales, nadie las percibe.

     Doy por supuesto que lo hacen con buena, con amable y didáctica intención, pero, caramba, un poco de verosimilitud tampoco vendría mal. (Sí, la ficción también requiere verosimilitud: la suficiente, al menos, para que el lector o espectador no tenga que forzar en exceso su indispensable «suspensión de la incredulidad».)

     (Por otra parte, tampoco me haría gracia ―repito, si fuera negro― que le endosasen a mi raza el personaje más primitivo, bruto, antisocial, cruel e insensible de la Iliada. Una bestia que no se contenta con matar a Héctor, que a continuación lo despelleja y arrastra su cadáver en torno a las murallas de Troya.)

     (Hace cosa de un año vi otra serie británica en la que Aníbal era negro. Tampoco. Los cartagineses eran descendientes de los fenicios, es decir semitas. Más oscuritos que míster Trump, seguramente, pero no tanto como Obama. )

Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible, como dijo el torero sabio.

Traslado de la violencia

2018/03/14 Deja un comentario

No, en serio, vamos a ver: yo me pasé la niñez matando indios y ladrones e incluso policías o jinetes del Quinto de Caballería, cuando me tocaba hacer de malo. Violentísimo todo.

     Un día abandoné mis pistolas dactilares, mis metralletas gestuales, mis bombas de mano invisibles, también mi considerable panoplia de armas de juguete (1); y dejé de matar.

     Nunca se me ha pasado por la cabeza hacer daño físico a nadie, desde entonces.

     ¿Verdaderamente creen ustedes que los practicantes de videojuegos violentos van a trasladar esa violencia de muñequitos a la vida real?

(1) Además de una considerable cantidad de pistolas, fusiles, metralletas, etc., de lata, de madera o de plástico, era dueño de un tesoro que mis amigos me envidiaban ferozmente: un revólver Smith & Weson DE VERDAD, con el percutor limado, que mi padre se había traído de la guerra. Le faltaban las cachas, eso sí.

Africano soy

2018/03/12 2 comentarios

A principios de 1954, cuando nos mudamos de Benimakada al número 19 de la calle Rembrandt ―balconada al mar, en Tánger―, mis padres compraron muebles nuevos, y entre ellos vino una gramola Grundig con tocadiscos y radio. Enorme. El primer LP que entró en casa y que yo, a mis trece años y medio, escuché unas cuatro o cinco mil veces (antes de ponerme a juntar mi propia discoteca en 45rpm: rock-rock-rock) fue OLÉ, del entonces famosísimo Xavier Cugat.

     Me sigo sabiendo de memoria casi todas sus canciones.

     «Africano soy», por ejemplo. Se la cantaba mucho a mis hijos, cuando eran pequeños, a mediados de los ochenta. «Africano soy, / soy negro con libertad»…

     Estábamos una tarde en una terraza de la plaza de Olavide (Madrid, claro), mirando jugar a los críos, cuando Yago se me acercó demudado de sorpresa, tras haber visto por primera vez en su vida a una niña negra: «Pero, papá, ¡tú no eres negro!».

     Bueno, pues ya ya lo han visto ustedes en el artículo anterior: no mentí del todo en la canción, soy 1,2% negro.

Africano soy, Xavier Cugat

Impúdica exhibición

2018/03/12 Deja un comentario

Hace unos meses ―seis o siete― me llegó una oferta de MY HERITAGE en que ofrecían un análisis de ADN a mitad del precio habitual. Caímos en la tentación, pedimos el kit, nos frotamos la cara interna de las mejillas con unos palitos de algodón, enviamos la muestra, recibimos la respuesta (1).

     Voy a incurrir ahora en un exhibicionismo que quizá rebase todos los límites conocidos de la impudicia: voy a revelarles a ustedes, mis casi cinco mil amigos íntimos de FaceBook, mi ADN según MY HERITAGE.

     Lo llaman «Estimación étnica», y es como sigue:

     71,3% ibérico

     14,0% sardo

     05,9% judío

     03,5% norteafricano

     02,6% italiano

     01,5% irlandés, escocés y galés

     01,2% nigeriano

La única verdadera sorpresa está en ese 14% ¡sardo! (sí, como el tamborcillo de d’Amicis) que no imagino de dónde ha podido salir. ¿Algo judío? Nunca lo dudé. ¿Norteafricano? ¡Cómo no! ¿Italiano, irlandés, escocés, galés? Cualquiera sabe. ¿Nigeriano? La familia materna tiene largas raíces coloniales (2).

     La fiabilidad que se otorga a estos análisis genéticos de MY HERITAGE va de casi cero a cinco sobre diez, según quién opine; pero nos ha divertido la cosa.

(1) Entre la recepción del kit de toma de muestras (que tardamos tres semanas en devolver cumplimentado) y los resultados transcurrieron unos cuatro meses.

(2) Como buen plebeyo, de mi familia paterna o materna apenas sé nada que se remonte más allá de mediados del siglo XIX. Leyendas caseras, datos sueltos.