Yeats: una precuela del apocalipsis

Si la gente leyera poesía como ve series de televisión o traga tweets, no habría nadie más eficaz, ni más peligroso, que un buen poeta para imbuir sentimientos en el lector. Creo, por ejemplo, que este es el poema más catastrófico jamás escrito, una especie de precuela del Apocalipsis, la inminencia del fin: «y qué áspera bestia, su hora al fin llegada / se arrastra hacia Belén para nacer». Ahora da casi miedo leerlo. [Sí, bueno, se me olvidaba: William Butler Yeats.]

THE SECOND COMING

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in the sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

John Barth recordado

De vez en cuando recuerdo, o alguien me recuerda a John Barth, y recupero el largo e intenso placer de lectura que me procuró al menos una de sus novelas, The Sot-Weed Factor (1), sin descartar otras dos o tres que me resultaron más difíciles de leer (2).

El artículo que más abajo enlazo propone, con una curiosa frialdad o falta de expresión entusiasta, la conveniencia de recuperar su figura y su prestigio (3), para hacerlo llegar a un mayor número de lectores actuales. No sé si ello es posible, a estas alturas, porque una vez que se sale del circuito de recomendaciones universitarias que sostiene el tinglado literario ―sobre todo en Estados Unidos, pero también en otros países (4)―, es muy difícil entrar de nuevo.

En todo caso, aprovecho para recordar mi placer y sugerirles que quizá no les resulte imposible disfrutar con The Sot-Weed Factor.

(1) En español se llama El plantador de tabaco, y la tradujo Eduardo Lago.

(2) Every Third Tought y Giles Goat-Boy, que recuerde ahora.

(3) Muy aguados desde hace tiempo, ciertamente.

(4) Quizá también en España. Las recomendaciones que hacen los profesores crean norma. Hay escritores (pienso en José Luis Sampedro, por ejemplo) cuya intensa práctica de lecturas en institutos contribuyó fuertemente a consolidarle el éxito.

https://lithub.com/john-barth-deserves-a-wider-audience/

Vonnegut preferido

Nunca he sido muy capaz de dar respuesta sincera a la pregunta «x favorita», que tantas veces se hace en las entrevistas más patateras: «flor favorita», «color favorito», «catástrofe favorita». No tengo nada favorito, tengo decenas de preferencias que se abren y se cierran, crecen y decrecen, recuerdo u olvido. Tengo, sobre todo, obras y personas que amo.

Hoy, sin embargo, he leído en BABELIA un artículo de Laura Fernández titulado «Aprenda a escribir con Kurt Vonnegut». y al final me he preguntado si no estaré ocultándome la realidad, si no será que sí, que sí tengo, por lo menos, escritor favorito. Sus muchos libros me parecen buenísimos, algunos y no muy buenos, otros, e incluso malos, dos o tres; pero él es siempre Vonnegut, el escritor que trabaja la literatura con las manos, que la siente hasta en los dedos de los pies, que solo tiene cabeza para los mundos que va creando, que, además, y para colmo de bienes, me habla de ser humano a ser humano. No de escritor a ser humano; de ser humano a ser humano: esta es mi experiencia, la convivo contigo.

Y al considerar esto último descubro, a mis ochenta años casi cumplidos ya, el motivo de que me repugnen tanto los escritores, los poetas, los escribidores varios, que se pasan los días y las noches proclamándose tales y que solo escriben como tales y que nunca me suenan a personas cuando se expresan. Los hay a almanta.

Si yo pudiera enseñar a escribir, quizá resumiera mi lección en un solo consejo: «Nunca escribas como escritor; solo como ser humano; la escritura es una herramienta de expresión que debes dominar, pero no un fin».

Uf.

República rojigualda

Sí, es un reto, y no precisamente trivial: hay que recuperar la bandera, porque esta gente se la ha apropiado (aunque no es solo apropiación indebida lo que ha ocurrido; es también dejación por nuestra parte). (Y, por favor, si hacen ustedes comentarios, que sean realistas: en este momento histórico no hay absolutamente ninguna posibilidad de derogar la monarquía, proclamar una nueva república y cambiarnos a la bandera tricolor.) (Con la que tampoco me identifico, dicho sea de paso. Yo quiero, cuando se pueda sin meter en la cárcel o ejecutar a la mitad de los españoles, una república rojigualda. Para qué cambiar de bandera. Hace ochenta años que terminó la guerra, hace más de cuarenta años que empezó de veras la democracia.) (Y sí: bandera y bando son palabras emparentadas [la Academia se contradice al respecto, en sus entradas].)

La protesta contra el Gobierno se ha envuelto en la bandera constitucional. Los partidos progresistas tienen ante sí el desafío de recuperar un símbolo que se ondea en su contra y cuyas connotaciones históricas siempre suponen un escollo.

Información sobre este sitio web

PUBLICO.ES

La izquierda, ante el reto de recuperar la bandera de España que ondea en su contra

No basta con la cultura

Soy lector empecinado, pero sin noción religiosa de la lectura. No creo que leer salve de la necedad, ni del egoísmo, ni de la falta de solidaridad humana, ni de las concepciones monstruosas de la sociedad. Conozco excelentes lectores, personas de muy buen criterio literario, cuyas actitudes y comportamientos vitales son absolutamente despreciables.

Sospecho, incluso, que la cultura pueda ser dañina para algunas cabezas, porque su selecto proceso de adquisción y posterior empleo nos suelen provocar una grave soberbia: soy superior, pertenezco a una minoría de uno, no estoy sometido a las leyes, hago y digo lo que me da la realísima gana. Dos o tres (por lo menos) intelectuales españoles de gran prestigio y desprestigio (1) encajan bien en esta descripción.

Más que cultura, creo que los seres humanos necesitamos formación en los principios básicos de convivencia: respeto de las personas y de las normas pactadas, solidaridad, compasión, captación y comprensión de los sentimientos ajenos, control de la tendencia natural al abuso, noción de la vida como obra colectiva… Tantísimos (2).

Pocos de los cuales se adquieren leyendo libros maestros, ni escuchando músicas maestras, ni mirando cuadros maestros (3). Todo eso es placer personal.

(1) Estas personas, por lo general, son admiradas y detestadas a partes casi iguales.

(2) No sé si alguien habrá elaborado alguna vez una lista de los principios básicos de convivencia deseables.

(3) Menos aún entregándole la cabeza a la droga llamada poesía, fuente indudable de placer, cuando es muy buena (no suele serlo), pero causa también de un grave síndrome de pérdida de contacto con la realidad, perfectamente descrito en uno de los versos más ilusos jamás pergeñados: «La belleza es verdad, la verdad belleza… eso es todo lo que sabes del mundo, y todo lo que necesitas saber» (John Keats lo expresa con rotunda elegancia, pero la equiparación entre belleza y verdad ya está en Platón.)

Elena Pallarés recién conocida

Cuánto ignoro. No hay día en que no me asombre (y avergüence) mi ignorancia (que también es placer, porque promete que no me aburrirá la vida, por menos que la viva).

Hoy se me ha revelado, tempranito, un desconocimiento fuerte. Por casualidad, entro en la página de Antón Castro y leo DOS POEMAS DE ELENA PALLARÉS. Son tan buenos, que me remiten de inmediato a Google. Bien. He aquí una poeta desmesuradamente poeta cuya existencia desconocía.

De todas las palabras que dijiste
sólo recuerdo la palabra
adiós y el gesto de tu mano.

Buscaré sus libros.

ANTONCASTRO.BLOGIA.COM

DOS POEMAS DE ELENA PALLARÉS | Antón Castro

Androides letales

Dicen por ahí —y no sin claros indicios para decirlo— que Trump es un androide creado por los chinos para arruinar a los Estados Unidos. Los americanos lo saben, pero no encuentran el modo de desactivar al muñeco… Tampoco cabe descartar que haya por ahí otros androides, pero made in USA, en otros países. Aquí, sin ir más lejos.