Absténganse despampanantes

Leo que ha muerto Gina Lollobrigida y se me viene al recuerdo el hecho innegable de que a mí nunca me interesó esta modalidad de mujeres de mi adolescencia: Gina; Sophia Loren, Jayne Mansfield, Jane Russell, Silvana Mangano, Rachel Welch, Silvana Pampanini, la propia Marylin (perdón, Elena). Hasta los doce o trece años, mi preferida entre las actrices fue Ann Blyth (sí, créanme: Ann Blyth). Luego llegaron las francesas: B.B., Mylène Demongeot. Luego quizá Natalie Wood, Terry Moore, Romy Schneider, Julie Christie, Jean Seberg, chicas así. Nunca las despampanantes.

Nunca me llamó la atención ninguna actriz española de mi juventud (tan repeinadas, tan femeninas, tan cursis). Nunca miré dos veces una foto de Sara Montiel. Más tarde llegaron algunas chicas que sí me llamaron la atención: Emma Cohen, más que ninguna.

Y ahora casi todas me parecen bien, españolas y extranjeras, hasta las más entradas en años; menos las despampanantes.

No sé si este rechazo tan curioso tiene algún significado.

RACHEL, RAQUEL, RACHELITA: רָחֵל

El nombre ‘Raquel’ —bíblico— es un divertido ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se transliteran palabras de un alfabeto a otros.
Raquel es en hebreo רָחֵל, que se pronuncia ‘rajel’ y significa ‘oveja’. Como sin duda saben todos y cada uno de ustedes, el fonema que nosotros representamos mediante la letra J no existía en latín ni, ahora, en inglés, en francés, en italiano, etc. (sí en alemán, holandés, griego, etc.) Los griegos transliteraron רָחֵל en Ῥαχήλ’ (es decir ‘rajel’). Pero los romanos tuvieron que recurrir al dígrafo ‘ch’, normalmente utilizado para copiar palabras con J, sobre todo del griego (chorus, chaos, Christus). Es decir: רָחֵל se convirtió en Rachel.
El nombre pasó al castellano antiguo mucho antes de que la jota se implantara en nuestra lengua, de modo que se transliteró Raquel (así, en la Biblia del Oso) quizá porque el dígrafo CH se pronunciaba K en latín. Un lío curioso. (En gallego y catalán también es Raquel.)

Dicho de otro modo: ahora, si quisiéramos respetar la etimología del nombre, en plan modernata, deberíamos llamar Rajel a todas las Raqueles que conocemos. 🙂

(Curiosidad añadida: Una de los sefardíes más famosos que tuvimos en el Tánger posterior a la independencia de Marruecos —librera, animadora cultural, poliglota, relaciones públicas por naturaleza— se llamaba Rachel Muyal y sus amigos la llamaban Rachelita. Con la CH a la española o francesa, según cada cual.)

No me ha salido muy bien este texto: aburrido. Perdón.

Una curiosidad

Últimamente he contraído la manía de acostarme, leer un rato, dormir tres o cuatro horas y despertarme. A las tres o las cuatro de la madrugada, normalmente. No me queda más remedio que ponerme de nuevo a leer hasta que el iPad empieza otra vez a caérseme de las manos. Entonces apago la luz de la mesilla, reajusto las almohadas, cierro los ojos y trato de reanudar el sueño.

Para evitar que la cabeza me juegue malas pasadas, entercándose en preocupaciones e inquietudes diversas, recurro a trucos. El que mejor me reduerme, desde hace unos días, es imaginar principios de novela. Los redondeo todo lo posible, con sus comas, sus puntos e incluso sus puntos y coma, y mucho antes de darlos por concluidos, en efecto, me quedo roque.

A la mañana siguiente no los recuerdo. Ni idea. Puede incluso que todas las noches confeccione el mismo principio sin ser consciente de la repetición.

Qué más da. Tampoco es que vaya a escribir nada nuevo, a estas bajuras de la vejez.

Motos, don Pablo

Que seas un buen, incluso un excelente profesional de la comunicación, del fútbol, de la medicina, de la literatura, de cualquier actividad, en modo alguna implica que tus ideas sean socialmente sanas. Pablo Motos es uno de los mejores profesionales de la comunicación que operan actualmente en España, pero las ideas que expresa y comunica a sus seguidores tienden a ser baratijas paulocoelheras, cuando no directamente perversas: el director de un programa de entretenimiento no debe de ninguna manera utilizar su buena comunicación con la audiencia para propagar posturas políticas de ningún tipo (*). Y Pablo Motos, corifeo de su mediocrísimo coro de tertulianos ―una beata rica, un matrimonio de tontos listillos, algún chistoso, una periodista criada en el nido de un jefe corrupto―, no desaprovecha ninguna ocasión de incurrir en tamaña irregularidad.
El éxito ciega, evidentemente. Que tengas millones de seguidores en modo alguno implica que tus ideas sean buenas y santas. Trump, Bolsonaro, Erdogan, Putin, etc., tienen millones de seguidores entusiastas, dispuestos a luchar por ellos, a matar y morir por ellos. Franco, Mussolini, Hitler, tuvieron millones de seguidores que mataron y murieron por ellos.

[[[ Lo de su machismo, en cambio, no lo veo claro: tengo la impresión de que el hombre se pone nervioso con las mujeres y no sabe cómo comportarse con ellas y mete la pata de vez en cuando. No es para montarle el pollo que le están montando. Creo. Tampoco soy ningún experto en Motos. 🙂 ]]]

(*) No creo que Motos pueda acogerse a la sacrosanta Libertad de Expresión para justificar este uso indebido del éxito: al aceptar un contrato de servicio por el que te obligas a producir, dirigir y presentar un programa de entretenimiento estás marcando los límites de tu libertad: lo tuyo es divertir; el acuerdo no incluye que sueltes pequeños mítines políticos.

Informe tras cateterismo

Redacto esta nota en un descanso entre párrafo y párrafo de la traducción que tengo en marcha.

Anteayer, 16 de agosto, me hicieron un cateterismo de coronarias en la Unidad de Hematología y Hemoterapia del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, Madrid.

La prueba en sí no da para mucho relato: te acuestan, te conectan, te cubren con una manta estéril, te pinchan el brazo derecho, te introducen el tubito (muy fino, digo yo), te lo suben hasta el corazón y alrededores, mientras una extraña cámara muy gorda, envuelta en una bolsa de plástico, saca imágenes de los acontecimientos, moviéndose por encima de tu pecho y tu cuello. Yo solo siento, muy al principio, una intensa sensación de calor en la muñeca derecha. Las dos especialistas son de una afabilidad verdaderamente bendita. Al final se me acercan ambas a felicitarme, porque no han encontrado más que alguna plaquita sin importancia en algún rinconcito perdido de mis vasos.

Lo reseñable, lo que me ha dejado en desazón, viene después.

Tras la prueba hay que permanecer dos o tres o más horas en observación. Me sentaron en una butaca con ruedas y me colocaron entre otros dos pacientes, con quienes ya había hablado antes. Uno era un caso urgente que necesita ingreso hospitalario rápido y el otro un portugués afincado en Guadarrama, veterano de cinco infartos y no sé cuantas intervenciones quirúrgicas, pero que estaba a la espera de que le quitasen la vía para marcharse a su casa.

Cuando me devolvieron de la prueba, el portugués, quizá con ánimo de entretenerme, emprendió de nuevo el relato de sus historiales clínicos. Al cabo de unos segundos (solo lo recuerdo vagamente) le dije que lo sentía mucho, que no podía hablar, que estaba muy confuso.

Estaba muy confuso, en efecto. No sé cuánto tiempo permanecí de ese modo, quizá una hora. Me habían dejado el móvil, para que me entretuviese con él, imagino, pero yo ni siquiera tenía idea de para qué podía servir esa cosa. Luego descubrí el reloj de mi muñeca izquierda y quedé espantado. Qué era aquello. Para qué servía, qué indicaba… Lo único que me interesaba en esos momentos era que alguien acudiese a explicarme algo. Creo que sí, que una enfermera me dio consejos o instrucciones, pero no recuerdo.

Al cabo de un tiempo ―que, ya digo, no sé cuánto exactamente fue―, una de mis frecuentes ojeadas al reloj me dio por fin la clave: ese redondel indicaba la hora, y eran las once menos diez. A partir de ese hallazgo empecé a recuperar los cabales, en un proceso que se extendió durante varias horas, incluso hasta el día siguiente.

De todo esto, lo que me asusta es haber experimentado en qué puede trocarse mi cabeza, con qué facilidad puedo perder casi toda mi capacidad de captación e interpretación de la realidad, con qué facilidad mi vida puede convertirse en una angustia nublada, sin retorno.

Espero que incluso a este horror se acostumbre la mente, ojalá las personas con senilidad o Alzheimer no lo sientan como lo he sentido yo unos minutos o quizá dos horas.

Creo que les sería insoportable.

Mitades incompatibles de un país sin montar

Uno de los muchos y muy graves problemas de España como país es la falta de un pacto de convivencia: nuestra política siempre ha consistido en eliminar el adversario, mandarlo al exilio, matarlo, amontonar sus huesos en fosas comunes, borrar incluso su recuerdo; jamás en pactar un modo de convivencia. Nuestra llamada «derecha» (que es de hecho un avatar del capitalismo absoluto) solo tolerará una izquierda inoperante, es decir una izquierda que sostenga la ficción democrática pero que en realidad no haga nada demasiado perjudicial para los intereses de quienes llevan siglos manejando con toda soltura el corrompido cotarro*. La izquierda, por su parte, solo toleraría (utilizo el condicional porque en realidad la izquierda que propugna cambios sociales fuertemente contrarios a los intereses del capitalismo absoluto nunca ha gobernado en España) una derecha callada y aguantona.

Nadie quiere ningún pacto, si pacto significa hacer alguna concesión al adversario.

No parece, pues, que tengamos buen arreglo, que podamos llegar, algún día, a constituirnos en un país vertebrado.

De modo que, lamentablemente, solo me queda un motivo para preferir un gobierno de izquierdas: que su acción sirva para frenar en parte, algo, aunque solo sea un poquito, la tendencia al abuso absoluto que manifiesta nuestra derecha**.

* Otro problema: el «cotarro» ―el país― es obra del absolutismo monárquico, de las decisiones e intrigas palaciegas: en su creación no intervino en ningún momento la inexistente voluntad popular. (Sí, inexistente: el «pueblo» informado, capaz de crearse una voluntad y tratar de aplicarla, no ha existido nunca, en ninguna parte, y menos en España.)

** En cuanto a un eventual «abuso absoluto» de la izquierda, no creo que deba preocuparse nadie: es tal el desequilibrio de poder real ―a favor de la derecha― que semejante posibilidad no existe: acabamos de ver lo que pueden hacer los poderosos para anular por completo el supuesto intento de revolución de Pablo Iglesias.