Amor, amor, amor

2019/02/14 Deja un comentario

Me aparece por ahí esta frase de Kate Millett, una de las pioneras del feminismo moderno (la leí en los setenta): «El amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amamos, ellos mandan». Parece ser muy cierto, pero no olvidemos un agravante nada desdeñable: los hombres (casi todos antaño, muchos menos ahora, pero muchos aún) pueden corresponder al amor femenino mediante un afán de posesión absoluta  —si me amas, eres mía, totalmente mía, tan mía que formas parte de mi yo; si me dejas de amar, me despojas de mí mismo, y no tengo más remedio que matarte. Exagero, sí, pero no tanto.

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Embestida ortográfica

2019/02/08 Deja un comentario

Cuesta trabajo creer que en Lectura fácil, de Cristina Morales, último premio Anagrama de Novela, nadie, ni la autora, ni ninguno de los correctores editoriales cuya existencia cabe suponer, se haya dado cuenta de que la palabra «embestida» aparece varias veces escrita con uve: «envestida»… No, no es errata, porque se da en repetidas ocasiones… No, no me confundo, la autora no emplea el término en el sentido de investir o revestir (véase ENVESTIR en DRAE): estamos en la minuciosa descripción de una serie de embestidas sexuales… No, la falta no es suficiente para desmigajar mi valoración de la novela, que me parece buena y valerosa literatura (aunque, me temo, no para muchos lectores: no es precisamente «lectura fácil»).

(Y sí: el error puede ser un catalanismo, quizá no de la autora, que es granadina, sino de alguna persona editorial: «envestir», en catalán, es ‘Anar impetuosament a l’encontre (d’algú o alguna cosa), anar a topar’, esto es «embestir», en castellano. No descartemos la posibilidad de que en la editorial funcionen con la versión catalana de Word y que el término se haya «corregido» automáticamente.)

Y otro sí: en estas pequeñas cosas nos entretenemos los ancianos curiosos.

Hostia con hache de hostia

2019/02/04 Deja un comentario

Yo comprendo —porque cada vez me hago más perdonador en esto del lenguaje y sus normas— que la hache de ¡hostia! no suena, no se aspira, ni pincha ni corta cuando soltamos el palabro en expresión de enfado o sorpresa o lo que sea. Pero es que quitándole su hache ortográfica están ustedes desvinculando el vocablo de su raíz cristiana y, por tanto, le subsanan la condición blasfema (ostia, sin hache, es sencillamente ostra). Y, la verdad, eso es ir contra el espíritu de la Ínclita Raza Hispana.

hostia

Del lat. hostia ‘víctima de un sacrificio’.

1. f. Hoja redonda y delgada de pan ácimo, que se consagra en la misa y con la que se comulga.

2. f. Cosa que se ofrece en sacrificio.

3. f. malson. Golpe, trastazo, bofetada.

mala hostia

1. f. malson. Mala intención.

DRAE

No sé nada de Venezuela.

2019/01/24 2 comentarios

Muchas veces —digamos que casi siempre— es mejor confesar la ignorancia que ponerse a espolvorear tonterías. Yo no sé casi nada de Venezuela. No sé, por ejemplo, si el régimen bolivariano no habría funcionado mucho mejor sin las trabas que el poder derechista le lleva poniendo desde el principio, apoyándose sobre todo en la enorme fuerza del riguroso conservadurismo norteamericano, que se encoleriza a tope en cuanto algo le huele a «comunismo». No sé tampoco si la brutal derecha que mandaba en Venezuela antes de los bolivarianos habría podido enmendarse sin necesidad de revoluciones, poquito a poco, como en…  ¿Como en dónde? ¿Como en Brasil, por ejemplo? ¿Como en Argentina? Ya digo: no sé.

Pero me parece que la guerra civil en ciernes no va a ser la mejor solución.

Folclore contra fascismo

2019/01/24 Deja un comentario

Todos contra Grecia.

2019/01/24 Deja un comentario

Una de nuestras grandísimas culpas europeas: el brutal ataque a Grecia. Otro esclarecedor artículo de Rosa María Artal.

https://rosamariaartal.com/2019/01/23/con-la-ejecucion-de-grecia-empezo-todo/

Habían muchos «errores»

2018/11/24 1 comentario

Dentro de cincuenta, de cien años, aunque el castellano  haya experimentado los grandes cambios que sin duda le depara el futuro no muy lejano, los hispanohablantes de entonces seguirán tan contentos de su lengua como los hispanohablantes de ahora: no del todo, pero bastante.

Los cambios que se producirán no serán para «bien», si los juzgamos según las normas de corrección ahora vigentes, pero no hay modo de frenarlos.

En primer lugar, el inglés seguirá inundándonos con sus neologismos más o menos necesarios o cómodos. Es el idioma dominante, el que hablan quienes inventan y nombran. Su influencia no puede evitarse. Es más: cuando intentamos evitarla, creamos confusión. Así se ha dado el caso de que en España ―copiando del francés, por no copiar del inglés― digamos «ordenador», y en América digan «computadora».

En segundo lugar, el inglés dará lugar a que muchas palabras del acerbo castellano cambien de sentido. Tenemos un ejemplo reciente en «bizarro», que siempre significó ‘valiente, generoso, lucido, espléndido’ y ahora significa ‘raro’. (Estos cambios de sentido no siempre son achacables al inglés. «Conllevar», por ejemplo, ahora significa «traer consigo», y antes era soportar algo desagradable: comer un trozo de pan para conllevar el hambre. El ansia periodística de sinónimos también ha dañado términos. Un «periplo» era antes un viaje por mar alrededor de algo, y ahora es un viaje por cualquier parte, incluso el África Central.)

En tercer lugar, algunos vicios idiomáticos del castellano (defectos de fabricación, podríamos denominarlos) (los tienen todos los idiomas) seguirán medrando hasta adquirir timbre de corrección.

Por ejemplo: la combinación adverbio+adjetivo posesivo, ya implantada de modo irrevocable en América, y cada vez más frecuente en España: «Detrás tuya», «delante mía».

Por ejemplo: la atribución de género masculino a palabras que rigen el artículo «el», pero que son femeninas: «Tengo mucho hambre».

Por ejemplo: el festival de incongruencias a que asiste cualquiera que se fije en el empleo que hacemos los hablantes y los escribientes de los pronombres le, lo, la, les, los, las… [No es infrecuente que estos fallos en la mecánica del lenguaje traigan resultados pintorescos. Piensen ustedes en el extraño motivo de que en castellano digamos «anduve» (por andar+hube), cuando lo «correcto» habría sido «andaste».]

Por ejemplo, el empleo de los verbos defectivos como si no lo fuesen: Un hombre agrede a un guardia urbano (a esto último ya se rindió la Academia).

Por ejemplo: el empleo de números cardinales en lugar de los complicadísimos ordinales: La noventa y cinco edición de Talocual, en vez la nonagésima quinta edición. (Esto se habría resuelto si hubiésemos dado carta de legitimidad al sufijo -avo, por supuesto.)

Por ejemplo, el error de concordancia entre el pronombre le/les y un plural posterior: «LE dije [en vez de leS dije] a to­dos mis amigos que se dejasen de templar gaitas». (Cuando el pronombre ha de concordar a priori, en la frase, con un plural posterior, la gramática instintiva no se pliega al ajuste. Tal es la resistencia del sentido común a esta con­cordancia, que las personas no especializadas en asuntos de lengua ni siquiera la comprenden bien, cuando uno intenta explicár­sela. Tras miles de páginas leídas a autores españo­les, lati­noamericanos, consagrados, inéditos, reales­aca­dé­micos, pe­riodistas, apresurados, lentos, minuciosos, chapu­zas, etc., hállome en condiciones de afirmar que no hay casi nadie que no cometa este error. Los latinoamericanos, como un solo hombre, sin excepción que yo co­nozca.)

Por ejemplo: la confusión entre predicado y sujeto en construcciones del tipo «había tres personas», donde el hablante que se toma por muy enterado considera que «personas» es el sujeto del verbo y, por consiguiente, debe decirse «habíaN tres personas».

Y qué sé yo cuántas cosas más.

Pero, insisto, seguiremos tan contentos como ahora, dentro de un siglo. Smile