Doble aniversario

2018/08/10 3 comentarios

Hoy se cumplen cuarenta y cuatro años de la tarde de sábado en que, por un concierto de casualidades, nos conocimos Angelika Steiner y yo en la terraza del Hotel Montesol, en Ibiza.

Hoy se cumplen, también, cuarenta y dos años del miércoles en que Angelika Steiner desembarcó en Madrid, procedente de Hannover, para quedarse a vivir conmigo.

Montesol – Ibiza 1974

Resultó que contigo fue la vida y nada más
Resultó que la chica del gintónic en la terraza del Montesol
con aquel traje tan raro o tan feo y su lectura extraña de Eyeless in Ghaza,
desamparada, grande, débil, suavísima, temerosa,
sin mechero para los celtas,
era mi vida por completo y nada más.
Resultó y volvería
a hacerlo resultar.
                                                                                  [6 de abril de 2007]

La única metáfora

Eres la única metáfora
la única
que significa
estuvo bien
vivir
— la única
que multiplica
entre tantas que sumaron y restaron
—la única
que no es metáfora

                                                                             [17 de noviembre de 2009]

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Cervantes: dirigido por

2018/07/20 2 comentarios

Pues no, no sabe uno cómo reaccionar. Nombran director del Instituto Cervantes ―gestor máximo de la lengua española, por consiguiente (1)― al doctor don Luis García Montero, catedrático, poeta, ensayista y candidato por Izquierda Unida a la presidencia de la Comunidad de Madrid… y empiezan a llegarme mensajes directos e indirectos en que se nos acusa a los escritores en general de ser todos una panda de cobardicas temblones, porque no nos alzamos en clamorosas denuncias contra el nombrado y sus circunstancias.

Ya, sí.

Tres comentarios:

a. En el cada vez más yermo campo de la literatura hay unos cuantos «galácticos», como en el fútbol. Los escribidores normalitos no podemos decir nada malo de ellos en público, porque inmediatamente seríamos tildados de mediocres, resentidos, envidiosos, fracasados. En otras palabras: si yo pongo aquí que un poeta galáctico me parece un poeta mediocre, o que un novelista galáctico me parece un novelista mediocre, es porque yo soy un poeta fracasado y envidioso, amén de novelista fracasado y envidioso. Mi opinión no puede ni debe tenerse en cuenta, ni sirve de nada a nadie.

Punto y aparte.

b. No consta que la categoría literaria guarde relación alguna con la capacidad de gestión necesaria para el desempeño de un cargo público (2).

c. No obstante, quizá quepa señalar que no parece prudente situar a personas conflictivas en cargos cuyo desempeño reclama neutralidad. Ahora mismo hay un hecho innegable: tras el nombramiento del doctor García Montero, decenas de escritores ―yo entre ellos― pasamos a considerarnos excluidos de cualquier participación en las actividades del Instituto Cervantes, porque no pertenecemos al poderoso grupo de presión poética encabezado por el nuevo director.

Y… Bueno: calladito estoy muchísimo más guapo.

Pasarán los años, pasarán las personas.

(1) Entiéndase de la lengua española tal como tratamos de organizarla y controlarla y promoverla desde España, que no es precisamente el país con más hispanohablantes en activo.

(2) Una vez, hace muchos años, di una lectura de poemas en la cárcel de Carabanchel. Todo fue muy bien en todo momento, y hubo además una anécdota divertida: estaba yo en los blablarreos iniciales cuando recorrió el pasillo central, hacia su asiento de primera fila, una de las psicólogas de la institución: en camiseta ceñida y sin sujetador; los asistentes, distraídos de toda verso, entonaron a coro este sandunguero pareado: «¡Queremos tetas, no poetas!». Pues eso. En el Cervantes querríamos gestores, no poetas profesores…

Delenda est monarchia, sed cum

2018/07/13 3 comentarios

Supongo que, salvo los monárquicos más leoninos, ya ningún ciudadano español pone en duda que nos sobra la monarquía: desembarazarnos de ella es una de nuestras muchísimas tareas pendientes.

Lo menos claro, sin embargo, es la prioridad que atribuimos al asunto. Tengo la impresión de que la mayoría de los españoles prefieren «no menearlo», por el momento, a pesar de la indignación que suscitan los escándalos y las necedades de la grey majestuosa, a pesar de la inutilidad manifiesta de sus desempeños y sus discursos medio mascullados. Vamos a dejarlo para cuando soplen mejores vientos.

Pura procrastinación, como diría algún modernosón.

Mientras tanto, sin embargo, lo que sí parece urgente es someter a estos señores a la ley común, terminando no ya solo con sus inmunidades, sino con el enorme privilegio que supone la permanente «distracción» de la Justicia española ante sus posibles fechorías financieras y sociales, y denunciando hasta el detalle la complicidad del Borbón Mayor y la displicencia del Borbón Menor en turbios asuntos políticos.

Sin guillotinas. Como he dicho en otro artículo de mi Librillo: «quiero que despidamos a la monarquía mediante los correspondientes ajustes constitucionales democráticamente convenidos (quiero incluso que exista un partido monárquico y que el rey presida el país cuando su facción gane las elecciones)».

No lograremos llevarlos ante tribunales ni sentarlos en la silla de los acusados, pero sí que podemos despojarlos del poco (e inverosímil) prestigio que les queda a estas personas ―que no han hecho absolutamente nada para ganarse el respeto de nadie―, exponiendo y demostrando en toda su magnitud el desastre continuo que la Corona ha supuesto para España en todos estos siglos, borrando de las mentes españolas la arraigada idea de que la mera existencia del Rey nos libra de la ruptura en pedazos regionales o de algún levantamiento militar, desintoxicándonos de nuestro «amor» de papel cuché a la aristocracia y los títulos y los monarcas.

Luego, ya veremos, pero a ver si no dejamos pasar los siglos, como llevamos haciendo desde siempre.

Tribus

2018/07/12 2 comentarios

Hay una modalidad de satisfacción humana cuyo nombre ignoro: cuando alguien de nuestra tribu hace algo bien ―destacar, sobre los demás, en lo que sea―, nos sentimos confirmados. ¿En nuestra adscripción al grupo, en lo positivo de las diferencias con las restantes tribus? ¿En nuestra ¿superioridad?? Es una inclinación profundamente enraizada en el yo social (o tribal), muy difícil, por no decir imposible de contrarrestar. Funciona por redes capilares, además: de lo español en general podemos llegar a la más diminuta aldea conquense en particular (pongamos por caso). Si nací en esa aldea, el éxito de cualquier paisano o paisana míos me alegrará o me confirmará más que el éxito de alguien nacido en otro sitio.

Yo nací en 1940 en el Tánger Internacional, y mi tribu inicial ―integrada por personas de origen europeo nacidas o asentadas en mi ciudad― dejó de existir tras la diáspora tangerina, hace ya mucho más de medio siglo. No sé cuántos de sus miembros quedaremos vivos. Y, sin embargo, yo sigo integrado en ella, sigo interesándome en cualquier cosa que la afecte (libros, artículos, películas, comentarios en redes, fotos viejas, fotos nuevas de lugares viejos, nombres olvidados, yo qué sé), sigo incluso atento a cualquier rebrote de nuestra identidad que se produzca (es decir: a cualquier persona en quien detecte una tendencia a identificarse con «nosotros» desde un Tánger que ya no guarda relación alguna con el «nuestro»).

No me parece que este yo tribal sea malo per se, pero tampoco podría negar que su primera y más frecuente consecuencia ―la de sentirnos superiores a los demás y, por consiguiente, autorizados a dominarlos, imponerles nuestro modo de vida, incluso exterminarlos, si es menester― ha traído y sigue trayendo catastróficos males a la Humanidad. Seríamos, seguramente, mucho más sosos y mucho menos divertidos si todos nos integráramos en una tribu planetaria; no habría campeonatos del mundo de fútbol, pero también nos mataríamos muchísimo menos.

Volvemos, sin embargo, una y otra vez, al principio esencial de la filosofía más profunda: lo que no pue sé no pue sé y ademá é imposible.

Lenguaje inclusivo no incluido

2018/07/11 1 comentario

La revolución de las mujeres se puso en marcha a finales del siglo XIX, quedó prácticamente paralizada tras la segunda guerra mundial (tiempo de machos victoriosos; también en España), adquirió nuevos vigores en los años 60, creció, creció, creció… y ahora está alcanzando un punto de no retorno en el que ya no puede cabernos la menor duda: la sociedad que los hombres hemos estado haciendo ―a nuestra imagen y semejanza, como Jehová― durante milenios tiene que adaptarse al coprotagonismo de mujeres y hombres. Digámoslo así, suavecito.

Aunque tampoco cabe negar que el cambio implica una revolución sin precedentes en la historia de la Humanidad. [Hay quien sostiene que ya ocurrió algo parecido y opuesto cuando las mujeres perdieron el poder, al finalizar la Edad de Bronce. No sé. Nadie lo sabe.]

Y, qué quieren ustedes: toda revolución exige excesos revolucionarios; siempre hay que cortar más cabezas de las necesarias y siempre ha de haber quien reclame lo imposible YA.

Uno de estos imposibles YA es la pretensión de adaptar el idioma al coprotagonismo mediante decisiones políticas o «lenguajes inclusivos» mal ideados (engorrosos con tanta duplicación y tanto femenino artificial), exigiendo además la inútil complicidad de la Real Academia en una modificación constitucional que tendría que debatirse y aprobarse en el Parlamento.

Qué le vamos a hacer, insisto: los excesos son indispensables para el futuro triunfo de la Revolución, para orientar y condicionar las opiniones, para crear «ambiente». Yo jamás utilizaré rigurosamente el «lenguaje inclusivo», pero lo cierto es que llevo ya unos años poniendo especial atención en cómo me expreso cuando se me plantean problemas de género gramatical.

Algo es algo, o algo es mucho, en este asunto.

Autorrebaja femenina

2018/06/27 2 comentarios

Ayer tuve cita en Neumología del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Madrid. Me recibió una mujer. Muy amable, como suelen todos los profesionales de la sanidad pública, con rarísimas excepciones. Me dio la mano y me dijo: «Yo me llamo Andrea». Me atendió detenidamente, sin dar la menor muestra de prisa en ningún momento, y al final me prescribió para el asma (sí: ahora resulta que tengo asma, no EPOC) un nuevo inhalador. Salí de la consulta sintiéndome mejor.

Con una pregunta en la cabeza, sin embargo: Si el especialista hubiera sido un hombre, ¿me habría dicho «me llamo Andrés, me llamo Federico, me llamo Dositeo»? No, seguro que no. Me habría dicho su nombre y apellido o, más probablemente, «soy el doctor Tal o Cual».

Llevo años observando esta a mi entender errónea tendencia de las mujeres a presentarse por el nombre de pila. Hablas con una ingeniera de alto nivel, le preguntas el nombre, para poder localizarla en próximas ocasiones, y te dice «María» (o como se llame, claro). En una asesoría fiscal que conozco, la única que no utiliza el apellido es la única mujer. Y así en casi todas partes. (Menos en la Universidad, me parece.)

Creo que esta tendencia transmite una autorrebaja que no viene a cuento, la verdad.

(Ya, ya, vale, de acuerdo: no debería ser así, pero es. En nuestras sociedades, quienes solo tienen nombre de pila son los empleados —por no decir servidores— de nivel inferior. Las secretarias, por ejemplo, NUNCA han tenido apellido. Me parece importante que se corrijan estos detalles.)

Reformas mentales, reformas legales

2018/06/22 1 comentario

Claro está que hacen falta «reformas mentales», como acaba de afirmar la Ministra de Justicia ante la puesta en libertad vigilada de los cinco machidiotas que operan bajo el nombre grupal de La Manada. La sociedad entera, en todos sus aspectos ―jurídicos, laborales, de convivencia, léxicos―, tiene que adaptarse a una nueva realidad en que las mujeres occidentales han salido de los gineceos milenarios y se comportan como seres humanas libres de todo sometimiento al varón. No será fácil.

En el caso de los Cinco Machidiotas, creo que un factor principal del problema es que muchísimos hombres y muchas mujeres consideran inadecuado o indecente o impropio o demencial, o como quieran ustedes llamarlo, el comportamiento de la víctima. ¿Qué hacía esa buena señorita deambulando por el jolgorio callejero, sola (léase: sin hombre que la protegiera), ciega a copas, buscando diversión a cualquier precio? Sí, desde luego: el comportamiento de esos cinco jóvenes tan cachondos TAMPOCO merece aprobación, y es sin duda acreedor de algún castigo; pero lo sucedido no habría podido ocurrir si la víctima no lo hubiese provocado con su insensatez y sus ganitas de juerga. El consentimiento inicial culpabiliza a la víctima. El delito de los Cinco Machos es en realidad un error de valoración: no calibraron bien hasta dónde quería llegar la chica. Y se pasaron. Pero, caray: no fue para tanto. En realidad, la abusada no ha sufrido ningún daño, como demuestra el hecho ―detectivescamente demostrado, por cierto― de que a los pocos días anduviera otra vez por ahí de cachondeíto y discoteca.

Sí.

Esto es lo que piensan, desde lo más profundo del tenebroso hipotálamo, muchas mujeres y muchos hombres españoles, algunas juezas y algunos jueces españoles.

A plazo medio, no hay solución, pero sí, al menos, un paliativo: es absolutamente imprescindible y urgente que se afine al máximo la tipificación de los delitos sexuales, introduciendo en el Código penal las modificaciones pertinentes y reduciendo, por ende, la libertad que los jueces tienen en este momento para juzgarlos según sus propios prejuicios.

Lo malo es que este cambio no puede efectuarse de hoy a cras. Será necesaria una comisión de personas muy cualificadas, muy sensatas, muy realistas, muy inteligentes, muy prudentes ―propuestas y elegidas, quizá, por todos los partidos políticos, e incluso por algunas instituciones―, que dediquen el debido tiempo a meditar sobre el asunto antes de presentar sus propuestas. Que luego deberían aprobarse con mayoría de dos tercios en el Congreso. (Yo propondría que en la comisión hubiera más mujeres que hombres, pero ese es otro tema.)

Mientras, tendremos que conformarnos con el estado de denuncia y protesta permanente en que nos encontramos. Ninguna manifestación callejera o mediática cambiará una sentencia emitida, pero sí puede conseguir que se cambien las leyes.

En realidad hay que cambiarlo casi todo, y en ello estamos o deberíamos estar.