Sinagoga vacía, contacto perdido

El cariño que antaño le tuve a Gabriel Albiac (a mediados de los ochenta, cuando tantas horas pasamos juntos en el sótano de Hiperión) perdió aplicación con su traslado a posiciones de muy extrema y hasta agresiva derecha: dejamos de tratarnos e incluso de vernos ―aunque más por las circunstancias que por decisión de ninguno de los dos, imagino―. Intervine en la publicación de una novela suya en Alfaguara y ahí quedó la cosa. Creo que no hemos vuelto a coincidir en ninguna parte desde aquella época.

Este artículo de José Luis Pardo que publica hoy EL PAÍS me ha hecho recordar un libro de Gabriel que a mí en todo momento me pareció extraordinario y que hoy está poco menos que desaparecido (a pesar de haber ganado el Premio Nacional de Ensayo en 1988): La sinagoga vacía, que publicó Hiperión, creo que en el 87.

Sería una lectura recomendable, sin duda. Para quien se interese en lo que más debería interesarnos como seres humanos y a casi nadie interesa (pero esa es otra cuestión).

https://elpais.com/cultura/2020/07/17/babelia/1594993795_651847.html#?ref=rss&format=simple&link=link

Rey rana

Mal planteamiento del asunto: si no queremos la monarquía no es porque un rey robe (no es porque un rey sea un auténtico desaprensivo), sino porque no queremos la monarquía, ni ahora que se han hecho públicos los enjuagues juancarlistas, ni antes, ni luego, ni siquiera en el remoto supuesto de que el rey fuera un santo santísimo con varios dedos de cogote. Dicho de otro modo: el llamado Felipe VI tiene mucha suerte de que el escándalo se difunda ahora, porque en plena pandemia no podemos entretenernos tomando la Zarzuela. No apetece.

Pero habrá que hacerlo, algún día. O, si no, ponernos de acuerdo todos en dejar así las cosas y no protestar cuando el monarca o la monarca salgan rana, por más besos que les demos. Y mira que le hemos dado besos al fulano este.

https://elpais.com/espana/2020-07-09/la-representante-de-podemos-en-la-mesa-del-congreso-pide-la-abdicacion-de-felipe-vi-y-un-referendum-sobre-la-monarquia.html

 

¿Derecho a desear?

Tendemos a confundir deseo con derecho.

Desear algo no es tener derecho a poseerlo.

Desear físicamente a otra persona no es incorrecto; lo incorrecto es pensar que esa persona tiene que satisfacer nuestro deseo, que es responsable de nuestro deseo, porque nos lo ha provocado; que es incluso culpable de nuestro deseo, porque ha debido evitar que nos surja (1).

Esta confusión lamentable funciona en miles, en millones de cabezas de hombre. En tantas, que tal vez no sea exagerado afirmar que lo padecen la mayoría de los varones.

Pero nunca es admisible que inflijamos nuestro deseo a nadie, ni siquiera a la personas de nuestra mayor intimidad.

(1) En muchas religiones, en efecto, la mujer está obligada a no despertar el deseo del hombre. No solo en el islam; también en el cristianismo.

Meditación torera (indignante para los toreros, imagino) (lo siento)

Con los toros me pasa como con Dios: solo me acuerdo de ellos cuando alguna presión pública me obliga. Entiéndaseme: tampoco voy a colgarme la medalla de haberlos rechazado siempre, desde pequeñito, de puro benéfico que soy con los animales. No. El día en que mataron a Manolete (28 de agosto de 1947) yo tenía siete años recién cumplidos. Vivíamos entonces en el Had de la Gharbía, en Marruecos, donde mi padre era Interventor (moráqeb, en árabe). Me enteré por la radio, no me pregunten cómo. No había electricidad, pero teníamos una radio grande, de lámparas y pilas. Nada más oír la noticia, indignado, fui corriendo al recinto donde se recogían las vacas y toros de la Intervención, salté la cerca y me lie a patadas con los pobres animales (que no me hicieron ni caso). Sí. Yo no había visto en mi vida una corrida de toros, ni mis padres eran aficionados, pero me indignó que uno de esos bichos tan aparentemente inofensivos hubiera matado a un señor llamado Manolete.

Por lo demás, ya digo: los toros no han formado parte de mi vida. No creo haber visto más allá de tres o cuatro lidias. Una de ellas en Tánger, en los años cincuenta, cuando mi abuelo Alberto España (a quien tampoco le interesaba mucho la cosa) tuvo que presidir la corrida de la Asociación Internacional de la Prensa y me llevó al palco para hacerle compañía. La gente pedía orejas, sacudiendo los pañuelos, y yo las concedía, sacudiendo también un pañuelo a cuadros que mi abuelo se sacaba del bolsillo pectoral de la chaqueta para que su nieto conociera el celestial placer de otorgar recompensas. Debía yo de tener once o doce años. Quitados los momentos orejeros, me aburrí muchísimo. De hecho, quise marcharme cuando vi que volvía a salir, en cuarto lugar, el mismo matador del primer toro, porque pensé que aquello funcionaba como los cines de sesión continua, que empezaba la repetición. En fin. Hasta ahí llegaba mi cultura torera.

Luego, algunos años después, durante mi periodo tenístico, asistí a dos o tres novilladas silvestres de esas que se celebran en los pueblos pequeños, en plazas improvisadas, sin caballos y con bastante gamberrismo local. Tampoco fue por entusiasmo. Junto a las pistas de tenis de la Ciudad Universitaria había un frontón, y allí entrenaban todos los días unos cuantos aspirantes a torero. Como era lógico, los tenistas acabamos pegando la hebra con ellos, jugando alguna partida de frontón, tomándonos unas cervezas en el bar de arriba… Y acompañándolos a algún que otro festejo de los pocos que les salían. No sé si alguno de ellos logró la fama. Creo que no. Cuando dejé de jugar al tenis, porque tenía que ponerme de una pajolera vez a terminar Derecho, perdí contacto con ellos. Eran gente maja, sin duda. Flacos, duros, entusiastas de lo que hacían. Se les notaba en los ojos que sabrían sufrir lo necesario e indispensable en una profesión como la que habían elegido.

Y, bueno, por confesarlo todo: una vez estuve en la plaza de Las Ventas, con dos chicas pieds-noirs, France y Marie-Claire, viendo una corrida o novillada (no recuerdo) en que participaban los entonces o luego famosísimos Aparicio y El Litri.

Resumiendo: no soy antitaurino, soy ataurino. Mi único verdadero acercamiento a la Fiesta Nacional ha consistido, como corresponde a mi condición de escritor, en aprenderme y utilizar algunos términos del rico lenguaje tauromáquico. Será una pena que se pierda.

Pero se perderá. A no ser que se produzca un inesperadísimo cambio de tendencias sociales, la tauromaquia está condenada a convertirse en una actividad vestigial, para seguidores especializados, para turistas caprichosos. De hecho, me resulta difícil comprender de dónde sale el dinero para contratar corridas y celebrarlas, porque la mengua de espectadores ha sido descomunal en todos estos años, y, además, las plazas no tienen un gran aforo, y los toreros, en general, no poseen buena imagen que vender a los publicitarios. Creo que ya solo sirven para nutrir de noticiejas la prensa del corazón.

            Poco a poco, todas estas salvajadas hispánicas irán desapareciendo (sustituidas quizá por otras costumbres y festejos no menos crueles y perniciosos, pero ese es otro tema), y a ello habrán contribuido, sin duda, quienes ahora las denuncian de modo enérgico, mediante manifestaciones y presencias recriminatorias. Mi personalidad —que tanto trabajo me ha costado adquirir en la tormenta de vetos y pecados que ambientó gran parte de mi vida— es refractaria a todo tipo de prohibición, pero acepto que en las zonas donde gobierna una mayoría antitaurina, elegida por los votantes, se declaren ilegales estas ceremonias de tortura animal que solo parecen tener una función: reforzar los peores ingredientes de la mentalidad social española.

            E insisto: las corridas de toros no pueden durar mucho más, por la simple y capitalista razón de que no son rentables.

            Y a ver qué se hace con los toros de lidia.

Yo+yo+yo…

La sociedad es una red infinita de pactos cuyo centro soy yo, somos todos los yo, igual que cada punto del universo es el centro del universo. En mi caso, la red se constituye a partir de mis pactos con los yo de mi entorno, que poseen sus propios entornos, muy parecidos al mío, cuyos individuos poseen sus propios entornos, menos parecidos al mío cuanto más se alejan de mí. Al final, la red queda encerrada en un límite artificial, pura convención, pura invención, llamémosle, por ejemplo, nacionalidad, totalidad de yos individuales que aceptan la red infinita de pactos bajo una autoridad que los resume y estructura en principios de general aceptación.

De quién, de quiénes

Lo noté por primera vez a los quince años; ahora, a punto de cumplir los ochenta, sigo notándolo: mi vida no ocurre en mi vida; todo el entorno humano es nuestro. (Lo difícil, casi imposible, es precisar de quiénes sí y de quiénes no.)

Camisa roja

No he tenido más allá de tres camisas rojas en toda mi vida, pero me encantan las camisas rojas. Por el placer que me produjo comprarme la primera, en una tienda de la calle México —era lo que entonces llamábamos un niki, que ahora llamaríamos polo, quizá; de manga larga—, cuando empezaba el verano de 1958 y yo acababa de cumplir los dieciocho. Era un chico en cuclillas al borde de un abismo: no había aprobado ni una sola asignatura del primer curso de facultad, mi padre estaba ya instalado en Madrid, esperándonos, aquel era mi último medio verano en Tánger, aquellos eran mis últimos días en mi casa natal, aquello era pena, pena, una pena gruesa y pesada, difícil de vivir. Cuando me compré la camisa roja —no sé con qué dinero, por cierto—, viví sin embargo una intensidad de dicha. Claro está que al llegar a casa mi madre me puso como chupa de dómine por haberme comprado una camisa de color rojo. Tened en cuenta que entonces el término rojo solo se utilizaba para mencionar a los rojos, es decir a la canalla que había querido convertir España en un soviet, matando brutalmente a todo el que se resistiera. Si a alguien se le hubiera ocurrido, en aquellos años, la selección española de fútbol no habría podido llamarse «la roja», como ahora, sino «la encarnada». Como encarnado era el capote de los toreros. Creo, sin embargo, que la bandera española seguía siendo «rojigualda», pero es que ahí el «gualda» oculta el «roji-» hasta hacerlo casi imperceptible. Mi niki, en todo caso, era sin duda alguna rojo. Y ahí estaba yo, hijo primogénito de un alférez provisional de la Cruzada, con una camisa roja y una negra cazadora de cuero que había tenido la osadía de comprarme en Sevilla, unos meses antes: un auténtico comisario del pueblo, a ojos de mis padres. Así crecí, y no voy a quejarme, porque, inverosímilmente, ninguno de estos intentos de formación patriótica me ha condicionado.

Inmovilidad del dogma

Nos cuesta tanto aceptar la incertidumbre y la duda, que llevamos milenios elaborando dioses y sistemas religiosos para contrarrestarlas con dogmas. Y, sin embargo, la incertidumbre y la duda han generado todos los cambios en la condición humana.
El dogma solo tolera la inmovilidad.

Al éxito por la obviedad

Hace ya muchos años —veinte, treinta—, Francisco Umbral tuvo uno de sus frecuentes episodios de crueldad vengativa y dijo de un poeta —enemigo suyo por alguna umbralina razón— que poseía el «don de la obviedad». El trallazo era injusto, pero casi genial, como correspondía al enorme talento peyorativo de su autor. Desde que leí aquello me viene interesando el tema de la obviedad, porque se me hizo obvio que sin talento para percibirla y comunicarla al lector no hay éxito posible en el campo de la literatura actual. Dos casos de difusores magnos de la obviedad, o tres: TACHADO POR LA AUTOCENSURA.

Verdad / falsedad

En general, las verdades humanas son pactadas: nos ponemos de acuerdo en creer algo y lo creemos, hasta que el acuerdo cesa, por la razón que sea, y dejamos de creerlo. Hay verdades científicas que pueden considerarse absolutas (las matemáticas, por ejemplo); no hay ninguna verdad social que pueda considerarse absoluta.

Muchas de nuestras verdades son rotundamente falsas, y lo sabemos, pero seguimos creyendo en ellas.

Añicos de sociedad

Reflexión de Ernst Robert Curtius en el capítulo I de Literatura Europea y Edad Media Latina (uno de los libros de mi vida, sin duda), con Toynbee en mente:
«En cada cultura hay minorías dirigentes que, por medio de la atracción y de la irradiación, obligan a las mayorías a seguirlas. Cuando esas mi­norías sufren una atrofia de su vitalidad creadora, pierden su poder mágico sobre las masas no creadoras; la minoría creadora ya no es entonces sino una minoría dominante; esto conduce a una secessio plebis, a la aparición de un proletariado interno y externo, y, en consecuencia, a la pérdida de la unidad social.»
Claro está que cuando la unidad social se pierde, además, por causas ajenas a esa minoría creadora (la inmigración tremenda de los últimos años, por ejemplo; la quiebra del cristianismo, antes; la reinstauración de la esclavitud por la vía económica, ahora), ¿habrá algo o alguien capaz de recomponerla? Y ―pregunta siguiente― ¿qué ocurre cuando toda una cultura, la Occidental, empieza a darse cuenta de que está hecha añicos y ya nadie puede juntar los trozos? O, preguntado en otras palabras: ¿qué puede hacer la «intelectualidad» en una situación así, aparte de reconocer su catastrófica impotencia?
Y, sin embargo, tiene que haber algo que pueda hacerse. Me encantaría disponer de un Dios a quien pedirle todas las mañanas que a alguien se le ocurra una solución factible, más allá de los ensueños bobalicones de que todavía parece alimentarse gran parte de la gente de buena voluntad (no mencionemos los ensueños de mala voluntad, tan terroríficos como estamos comprobando). Pero al Dios de los hombres, hasta ahora, solo se le han ocurrido soluciones dogmáticas incompatibles con la vida real…

Yeats: una precuela del apocalipsis

Si la gente leyera poesía como ve series de televisión o traga tweets, no habría nadie más eficaz, ni más peligroso, que un buen poeta para imbuir sentimientos en el lector. Creo, por ejemplo, que este es el poema más catastrófico jamás escrito, una especie de precuela del Apocalipsis, la inminencia del fin: «y qué áspera bestia, su hora al fin llegada / se arrastra hacia Belén para nacer». Ahora da casi miedo leerlo. [Sí, bueno, se me olvidaba: William Butler Yeats.]

THE SECOND COMING

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of Spiritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in the sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all about it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

John Barth recordado

De vez en cuando recuerdo, o alguien me recuerda a John Barth, y recupero el largo e intenso placer de lectura que me procuró al menos una de sus novelas, The Sot-Weed Factor (1), sin descartar otras dos o tres que me resultaron más difíciles de leer (2).

El artículo que más abajo enlazo propone, con una curiosa frialdad o falta de expresión entusiasta, la conveniencia de recuperar su figura y su prestigio (3), para hacerlo llegar a un mayor número de lectores actuales. No sé si ello es posible, a estas alturas, porque una vez que se sale del circuito de recomendaciones universitarias que sostiene el tinglado literario ―sobre todo en Estados Unidos, pero también en otros países (4)―, es muy difícil entrar de nuevo.

En todo caso, aprovecho para recordar mi placer y sugerirles que quizá no les resulte imposible disfrutar con The Sot-Weed Factor.

(1) En español se llama El plantador de tabaco, y la tradujo Eduardo Lago.

(2) Every Third Tought y Giles Goat-Boy, que recuerde ahora.

(3) Muy aguados desde hace tiempo, ciertamente.

(4) Quizá también en España. Las recomendaciones que hacen los profesores crean norma. Hay escritores (pienso en José Luis Sampedro, por ejemplo) cuya intensa práctica de lecturas en institutos contribuyó fuertemente a consolidarle el éxito.

https://lithub.com/john-barth-deserves-a-wider-audience/