Tribus

2018/07/12 2 comentarios

Hay una modalidad de satisfacción humana cuyo nombre ignoro: cuando alguien de nuestra tribu hace algo bien ―destacar, sobre los demás, en lo que sea―, nos sentimos confirmados. ¿En nuestra adscripción al grupo, en lo positivo de las diferencias con las restantes tribus? ¿En nuestra ¿superioridad?? Es una inclinación profundamente enraizada en el yo social (o tribal), muy difícil, por no decir imposible de contrarrestar. Funciona por redes capilares, además: de lo español en general podemos llegar a la más diminuta aldea conquense en particular (pongamos por caso). Si nací en esa aldea, el éxito de cualquier paisano o paisana míos me alegrará o me confirmará más que el éxito de alguien nacido en otro sitio.

Yo nací en 1940 en el Tánger Internacional, y mi tribu inicial ―integrada por personas de origen europeo nacidas o asentadas en mi ciudad― dejó de existir tras la diáspora tangerina, hace ya mucho más de medio siglo. No sé cuántos de sus miembros quedaremos vivos. Y, sin embargo, yo sigo integrado en ella, sigo interesándome en cualquier cosa que la afecte (libros, artículos, películas, comentarios en redes, fotos viejas, fotos nuevas de lugares viejos, nombres olvidados, yo qué sé), sigo incluso atento a cualquier rebrote de nuestra identidad que se produzca (es decir: a cualquier persona en quien detecte una tendencia a identificarse con «nosotros» desde un Tánger que ya no guarda relación alguna con el «nuestro»).

No me parece que este yo tribal sea malo per se, pero tampoco podría negar que su primera y más frecuente consecuencia ―la de sentirnos superiores a los demás y, por consiguiente, autorizados a dominarlos, imponerles nuestro modo de vida, incluso exterminarlos, si es menester― ha traído y sigue trayendo catastróficos males a la Humanidad. Seríamos, seguramente, mucho más sosos y mucho menos divertidos si todos nos integráramos en una tribu planetaria; no habría campeonatos del mundo de fútbol, pero también nos mataríamos muchísimo menos.

Volvemos, sin embargo, una y otra vez, al principio esencial de la filosofía más profunda: lo que no pue sé no pue sé y ademá é imposible.

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Lenguaje inclusivo no incluido

2018/07/11 1 comentario

La revolución de las mujeres se puso en marcha a finales del siglo XIX, quedó prácticamente paralizada tras la segunda guerra mundial (tiempo de machos victoriosos; también en España), adquirió nuevos vigores en los años 60, creció, creció, creció… y ahora está alcanzando un punto de no retorno en el que ya no puede cabernos la menor duda: la sociedad que los hombres hemos estado haciendo ―a nuestra imagen y semejanza, como Jehová― durante milenios tiene que adaptarse al coprotagonismo de mujeres y hombres. Digámoslo así, suavecito.

Aunque tampoco cabe negar que el cambio implica una revolución sin precedentes en la historia de la Humanidad. [Hay quien sostiene que ya ocurrió algo parecido y opuesto cuando las mujeres perdieron el poder, al finalizar la Edad de Bronce. No sé. Nadie lo sabe.]

Y, qué quieren ustedes: toda revolución exige excesos revolucionarios; siempre hay que cortar más cabezas de las necesarias y siempre ha de haber quien reclame lo imposible YA.

Uno de estos imposibles YA es la pretensión de adaptar el idioma al coprotagonismo mediante decisiones políticas o «lenguajes inclusivos» mal ideados (engorrosos con tanta duplicación y tanto femenino artificial), exigiendo además la inútil complicidad de la Real Academia en una modificación constitucional que tendría que debatirse y aprobarse en el Parlamento.

Qué le vamos a hacer, insisto: los excesos son indispensables para el futuro triunfo de la Revolución, para orientar y condicionar las opiniones, para crear «ambiente». Yo jamás utilizaré rigurosamente el «lenguaje inclusivo», pero lo cierto es que llevo ya unos años poniendo especial atención en cómo me expreso cuando se me plantean problemas de género gramatical.

Algo es algo, o algo es mucho, en este asunto.

Autorrebaja femenina

2018/06/27 2 comentarios

Ayer tuve cita en Neumología del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Madrid. Me recibió una mujer. Muy amable, como suelen todos los profesionales de la sanidad pública, con rarísimas excepciones. Me dio la mano y me dijo: «Yo me llamo Andrea». Me atendió detenidamente, sin dar la menor muestra de prisa en ningún momento, y al final me prescribió para el asma (sí: ahora resulta que tengo asma, no EPOC) un nuevo inhalador. Salí de la consulta sintiéndome mejor.

Con una pregunta en la cabeza, sin embargo: Si el especialista hubiera sido un hombre, ¿me habría dicho «me llamo Andrés, me llamo Federico, me llamo Dositeo»? No, seguro que no. Me habría dicho su nombre y apellido o, más probablemente, «soy el doctor Tal o Cual».

Llevo años observando esta a mi entender errónea tendencia de las mujeres a presentarse por el nombre de pila. Hablas con una ingeniera de alto nivel, le preguntas el nombre, para poder localizarla en próximas ocasiones, y te dice «María» (o como se llame, claro). En una asesoría fiscal que conozco, la única que no utiliza el apellido es la única mujer. Y así en casi todas partes. (Menos en la Universidad, me parece.)

Creo que esta tendencia transmite una autorrebaja que no viene a cuento, la verdad.

(Ya, ya, vale, de acuerdo: no debería ser así, pero es. En nuestras sociedades, quienes solo tienen nombre de pila son los empleados —por no decir servidores— de nivel inferior. Las secretarias, por ejemplo, NUNCA han tenido apellido. Me parece importante que se corrijan estos detalles.)

Reformas mentales, reformas legales

2018/06/22 1 comentario

Claro está que hacen falta «reformas mentales», como acaba de afirmar la Ministra de Justicia ante la puesta en libertad vigilada de los cinco machidiotas que operan bajo el nombre grupal de La Manada. La sociedad entera, en todos sus aspectos ―jurídicos, laborales, de convivencia, léxicos―, tiene que adaptarse a una nueva realidad en que las mujeres occidentales han salido de los gineceos milenarios y se comportan como seres humanas libres de todo sometimiento al varón. No será fácil.

En el caso de los Cinco Machidiotas, creo que un factor principal del problema es que muchísimos hombres y muchas mujeres consideran inadecuado o indecente o impropio o demencial, o como quieran ustedes llamarlo, el comportamiento de la víctima. ¿Qué hacía esa buena señorita deambulando por el jolgorio callejero, sola (léase: sin hombre que la protegiera), ciega a copas, buscando diversión a cualquier precio? Sí, desde luego: el comportamiento de esos cinco jóvenes tan cachondos TAMPOCO merece aprobación, y es sin duda acreedor de algún castigo; pero lo sucedido no habría podido ocurrir si la víctima no lo hubiese provocado con su insensatez y sus ganitas de juerga. El consentimiento inicial culpabiliza a la víctima. El delito de los Cinco Machos es en realidad un error de valoración: no calibraron bien hasta dónde quería llegar la chica. Y se pasaron. Pero, caray: no fue para tanto. En realidad, la abusada no ha sufrido ningún daño, como demuestra el hecho ―detectivescamente demostrado, por cierto― de que a los pocos días anduviera otra vez por ahí de cachondeíto y discoteca.

Sí.

Esto es lo que piensan, desde lo más profundo del tenebroso hipotálamo, muchas mujeres y muchos hombres españoles, algunas juezas y algunos jueces españoles.

A plazo medio, no hay solución, pero sí, al menos, un paliativo: es absolutamente imprescindible y urgente que se afine al máximo la tipificación de los delitos sexuales, introduciendo en el Código penal las modificaciones pertinentes y reduciendo, por ende, la libertad que los jueces tienen en este momento para juzgarlos según sus propios prejuicios.

Lo malo es que este cambio no puede efectuarse de hoy a cras. Será necesaria una comisión de personas muy cualificadas, muy sensatas, muy realistas, muy inteligentes, muy prudentes ―propuestas y elegidas, quizá, por todos los partidos políticos, e incluso por algunas instituciones―, que dediquen el debido tiempo a meditar sobre el asunto antes de presentar sus propuestas. Que luego deberían aprobarse con mayoría de dos tercios en el Congreso. (Yo propondría que en la comisión hubiera más mujeres que hombres, pero ese es otro tema.)

Mientras, tendremos que conformarnos con el estado de denuncia y protesta permanente en que nos encontramos. Ninguna manifestación callejera o mediática cambiará una sentencia emitida, pero sí puede conseguir que se cambien las leyes.

En realidad hay que cambiarlo casi todo, y en ello estamos o deberíamos estar.

Fabricación del alma

2018/06/10 4 comentarios

Hace muchos milenios, cuando emprendimos nuestro inacabado y quizá inacabable intento de comprender la vida ―la realidad, el mundo, el universo―, los seres humanos llegamos a la conclusión de que teníamos un alma, además de un cuerpo cada uno. Lo fácil, claro, era dar por supuesto que esa alma venía de fábrica, que un dios o un misterio nos la añadía en algún momento de nuestra gestación, o en el propio parto, o cuando fuera. Ahora sabemos que nadie nos regala nada, que el alma hay que hacérsela, que la vida humana quizá consista, porque así nos lo hemos impuesto, en irnos creando un alma.

Sí, ya sé: un alma que al final se desvanece en la nada y solo queda, a retazos, a recuerdos sueltos, en la memoria de quienes nos conocieron y quizá nos amaron.

La vida, como el regreso a Ítaca, es el viaje, el modo en que vamos haciéndonos hasta morir. En otras palabras: el modo en que nos acoplamos a nuestra noción de la especie humana, el modo en que la mejoramos siendo.

Revolución y mujeres

2018/04/29 2 comentarios

Conviene, además de indignarnos, que no olvidemos una verdad de Perogrullo: de lo que se trata aquí no es de que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres ―ya los tienen, al menos en nuestros países―, sino de crear una sociedad nueva en que todos los ciudadanos, hombres y mujeres, podamos vivir sin intimidaciones, abusos, desigualdades laborales, etc. (larguísimo etcétera: llénelo cada cual a su gusto).

Tal como son ahora, nuestras sociedades no están estructuradas para la convivencia de hombres y mujeres en igualdad de condiciones.

Dicho en otras palabras: no olvidemos que la revolución de las mujeres, la única revolución en marcha, hoy por hoy, es una revolución.

Una revolución.

Babel hispánico deseable

2018/04/27 1 comentario

Durante una parte de mis años de ejecutivo (de 1973 a 1981), fui subdirector y luego director para el sur de Europa y el norte de África de una multinacional norteamericana. Me pasaba el tiempo viajando, sobre todo a Francia, Italia y Portugal. Mi bilingüismo francoespañol de entonces (ahora se me ha estropeado un poco, porque priva el inglés) me permitía trabajar con mis clientes y colaboradores franceses sin ningún problema, pero mi conocimiento del italiano y del portugués no me bastaba para expresarme con la soltura necesaria. Así las cosas, en ambos países les propuse a mis interlocutores habituales que hablasen ellos en su idioma y que me permitiesen a mí hablar en el mío. El método funcionó de modo impecable, en todos los niveles. De vez en cuando surgía algún problema, claro, porque hay términos que en principio no se entienden (un italiano no puede saber lo que significa «mariposa», por ejemplo), pero todo se solucionaba rápidamente. Y, claro, cuando hacía falta, por ejemplo cuando el Jefe de Producto de Sangemini ―Pippo Lombardo[1]― me llevaba a cenar a su casa con su familia, yo tiraba de italiano para decirle a la abuela que sus antipastos estaban tremendos. Y con los camaradas portugueses era una verdadera delicia barajar las palabras.

Mi conocimiento del catalán no me permite hablarlo. Lo intenté una vez, con Laura Franch, en una cena, y su reacción me desanimó para siempre: «Tienes acento portugués». En fin. Pero creo que leo y entiendo el catalán aceptablemente para un tangerino. En algunas ocasiones, hallándome, pongamos por caso, en una reunión donde yo era el único no catalanohablante, he propuesto a los presentes que no renunciasen a su idioma, que ya les preguntaría yo si no entendía algo, y que tolerasen mis intervenciones en castellano. No hubo modo. Los catalanes tienen imbuido en su comportamiento el reflejo de hablar castellano en presencia de forasteros. El otro día, en casa, trabajando con Isabel Giménez, profesora ilerdense de la universidad de Almería, volví a observar el fenómeno: ella traía en catalán sus notas al margen de mis textos, y las leía en el original, pero inmediatamente me las traducía. Tuve que reírme.

Es una pena. Creo que los españoles deberíamos hablar todos nuestros idiomas, cada uno el nuestro, el que nos permite la óptima expresión de nuestras ideas y sentimientos. [Bueno, claro, con una excepción: el eusquera es harina de otro costal. Sería mucho pedirnos a los demás españoles que lo entendiésemos, aunque tampoco nos vendría mal conocerlo un poco. No debe de llegar ni al uno por ciento la cantidad de no vascos capaces de decir «buenos días» en eusquera. Y eso no es satisfactorio.] Deberíamos no notar siquiera que el otro no está hablando nuestro idioma principal. Nadaríamos en una riqueza lingüística incomparable.

Pero cómo podría darse algo así en la España actual.


[1] Una mañana, hablando con Pippo, le dije: «Esto lo hemos repasado “tropecientas” veces». A él le encantó el término y de inmediato lo italianizó. Se lo oí utilizar con sus amigos alguna vez.