El desorden de nuestros nombres

2017/08/04 Deja un comentario

Ustedes, mis amigos y faceamigos, deberían saber que en mi DNI pone Ramón Buenaventura Sánchez Paños, es decir que mis apellidos son Sánchez y Paños, que Ramón Buenaventura es nombre de pila (1), además de nombre literario. Cuando publiqué mi primer libro yo era alto ejecutivo de una gruesa multinacional americana, y desde luego no me convenía que mis jefes londinenses y neoyorquinos me identificasen como poeta. De modo que el autor de Cantata Soleá (Hiperión, 1978) se llamó Ramón Buenaventura. No exactamente un pseudónimo, pero suficiente para esconderme. RB será luego el autor de todos mis libros, artículos, conferencias, traducciones, etc. De hecho, si ustedes buscan Ramón Sánchez Paños en Google verán que apenas hay nada.

Luego viene el pequeño lío.

Mis hijos, Ramón y Yago, fueron inscritos con mi primer apellido y el de su madre: Sánchez Steiner. Pero al cabo de los años, y con mucha razón, ambos decidieron cambiar el orden, aprovechando la flexibilidad de la normativa familiar española, y pasaron a llamarse Steiner Sánchez.

Lo que da lugar a que mis nietos, Yago y Alberto, hijos de Ramón Steiner Sánchez y Áurea Muñoz Hernández, se llamen Steiner Muñoz.

Nada que ver conmigo…

Estoy totalmente de acuerdo, sin ninguna reserva, con la flexibilidad normativa española en este aspecto. Ahora, ustedes tienen un hijo o hija y le pueden poner primero el apellido de la madre o el del padre, sin que esta decisión impida utilizar el orden inverso para el hijo siguiente (2). De hecho, para lo único que cuenta de verdad el posicionamiento de los apellidos es para el orden alfabético.

Va a ser un poco de lío, seguramente, pero es que toda la legislación familiar española se presta al lío. Así, por ejemplo, si Angelika y yo viajamos a un país musulmán donde un hombre y una mujer solo pueden compartir habitación si están casados, lo mismo nos agarran y nos decapitan en plaza pública, por adúlteros, porque nuestra documentación no nos permite demostrar que estamos casados. Tendríamos que llevar encima el vetusto Libro de Familia ―traducido, claro―, procurando que no se le acaben de despegar todas las hojas.

Hay, sin embargo, otro cambio de criterio que me parece conveniente y necesario: que el apellido principal (insisto: solo es principal porque determina el orden alfabético) no sea el primero, sino el último, como ocurre ―que yo sepa― en todos los países occidentales. Los extranjeros son muy suyos, y no acaban de entender nuestro sistema, y se equivocan sistemáticamente. Cuántas veces, durante mis viajes ejecutivos, me han llamado por teléfono al hotel extranjero en que estaba alojado y la telefonista no me ha encontrado, porque no estaba en la lista como Sánchez, sino como Paños. Teniendo en cuenta, además, que muchos de nuestros apellidos son compuestos, la localización del principal se hace aún más difícil. Tuve un compañero de bachillerato que se llamaba Federico Fernández de Bobadilla y Arenal Mantilla de los Ríos. En la lista de huéspedes de un hotel francés lo habrían tenido por Ríos. Y tira millas

No, en serio: ya que estamos cambiándolo todo, pongamos en último lugar el apellido principal. (Como, por cierto, hacen los portugueses. Fernando Pessoa se llamaba António Nogueira Pessoa. Y el padre de Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro se llama Aveiro, no Dos Santos. Yo, pues, pasaría a llamarme Ramón Buenaventura Paños Sánchez. Horrible, sí.

(1) Pocas veces mejor dicho, lo de «pila» [bautismal, claro]. Me bautizó en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Tánger su cuasipárroco (in partibus infidelium las parroquias se llaman cuasiparroquias), tío materno de mi padre, tío abuelo mío, el Padre Buenaventura, en el siglo Urbano Díaz de Vitoria, fraile franciscano. Usando de su buena conexión con Dios Padre, el abú Ventura me endilgó OCHO nombre de pila: Ramón Buenaventura Guillermo Lauro Alberto Emmanuel del Sagrado Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen del Pilar. Todos constan en mi partida de bautismo, conste. Al DNI solo han pasado los dos primeros. Smile

(2) No crean que esta flexibilidad es invención moderna: antes de las reglamentaciones decimonónicas, los hijos ―sobre todo de los nobles― iban tomando apellidos de la familia, a gusto del consumidor, para marcar los vínculos. Así, por ejemplo, el padre de Garcilaso de la Vega se llamaba Pedro Suárez de Figueroa, y su madre Sancha de Guzmán… Y Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (dos apellidos de su padre y dos de su madre), usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta trocarse en Teresa de Jesús. Otra que se quitó de encima el multitudinario Sánchez.

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Verdades voluntarias

2017/07/28 Los comentarios están cerrados

Hay que ser un poco romo, o muy fanático (opciones que no se excluyen, por cierto), para no darse cuenta de que la tupida maraña de manipulaciones ha conseguido imposibilitarnos el acceso a la «verdad». Siempre fue difícil (por eso escribo la palabra entre comillas), pero ahora, ya, resulta imposible.

No sabemos que está pasando, en ningún caso, en ningún sitio, a ninguna hora.

Todo lo que oímos puede ser mentira, o verdad, o vertira o mendad, o vaya usted a saber.

Todo.

Opinar se ha convertido en una auténtica osadía, porque nunca podemos estar seguros de los datos en que basamos nuestras opiniones.

Los españoles más viejos hemos vivido durante decenios en una atmósfera informativa de Rotunda Verdad Oficial, de No+Do y Telediario y pare usted de contar. Creíamos saber con toda certeza, sin embargo, que fuera de España había otras verdades, accesibles en viajes o contactos subversivos.

La situación actual es mucho peor, porque ya no hay fuera ni dentro, ya no hay verdades patrón; ya solo hay verdades voluntarias, creer lo que queremos creer, y la correspondiente manipulación demuestra.

O vernos empozados en la triste situación de no creer en nada.

A mi entender, dos casos, entre muchos, ilustran rotundamente el problema.

a) La muerte de Blesa. ¿Lo mataron? ¿Se mató? ¿Es todo un montaje? ¿Quiénes han visto el cadáver? ¿Por qué no hay, que yo sepa, ningún periodista fiable (oxímoron, me temo, con cada vez más escasas excepciones) que ponga en duda la versión oficial? ¿Está la Guardia Civil investigando en secreto, con la colaboración de los medios? ¿Cómo es posible que le estén cubriendo de flores la supuesta tumba?

b) Venezuela. Sí, Maduro es un personaje totalmente impresentable a nuestros señoritos ojos, pero una parte importante de sus conciudadanos lo tiene en altares portátiles. Sí, la oposición es como más elegantona y culta, y cuenta con el apoyo activo y callejero (y financiero, cabe suponer) de otra parte importante de los venezolanos; pero apesta a cinco kilómetros. No, no sabemos lo que está pasando, ni por qué pasa, ni cómo es posible que pase. Solo sabemos que unos (el régimen / la oposición) son malísimos y otros (el régimen / la oposición) son buenísimos.

Creer lo que a uno le da la gana nunca ha sido la mejor solución, me parece.

Antídoto contra Ciruela

2017/07/27 2 comentarios

No es que esté totalmente de acuerdo ―eso es imposible: me sobran, me faltan títulos y nombres―, pero este compacto catálogo de alta literatura que propugna Juan Francisco Ferré (biblioteca incendiaria, lo llama él) puede sin duda orientar positivamente a todos esos chicos y chicas con ganas de ser escritores y que andan por ahí perdiendo el tiempo en cursos de Aprenda Usted a Escribir en un trimestre, impartidos, muchas veces ―no todas, no todas― por algún imitador del mismísimo Maestro Ciruela.

LA BIBLIOTECA INCENDIARIA

A Bouvard y Pécuchet Toda biblioteca encierra un programa de lectura, una invitación urgente a aislarnos para consumir sus tesoros….

juanfranciscoferre.blogspot.com

Ingenua reflexión dominical (refrito)

2017/07/26 Los comentarios están cerrados

INGENUA REFLEXIÓN DOMINICAL

[Publiqué este texto en Facebook en noviembre del año pasado, pero no lo incluí en el Librillo. Lo hago ahora, con retraso, pero sintiendo con fuerza creciente la necesidad de la revolución.]

Hay sujetos —como este anciano servidor de ustedes— que nunca serán auténticos revolucionarios, aunque reconozcan y declaren la necesidad cada vez más acuciante de una titánica revolución planetaria, aunque les hierva la sangre ante el creciente poderío abusador de las falsas democracias totalmente controladas por las corporaciones.

La Historia nos demuestra sin margen de duda que no hay Revolución que pueda hacerse sin eliminar a los adversarios, ya matándolos, ya forzándolos al destierro, ya metiéndolos en la cárcel, ya discapacitándolos mediante la supresión de sus libertades, o manteniéndolos en estado de desesperación paralizante. En este aspecto no hay diferencia alguna entre las revoluciones de izquierda y las revoluciones (o contrarrevoluciones) de derechas.

Eso, lo reconozco, lo he reconocido siempre, es algo que no puedo cohonestar. Cabría decírseme: das demasiado valor a la vida de cada individuo; lo que importa es el bien de la colectividad. Sí. Lo sé. Pero.

Y luego están… la estética, el arte, la cultura, la expresión de la creatividad humana. El sentido común nos indica que ninguna política de cambio radical es compatible con la libertad creativa, porque ninguna puede prosperar en medio de la confusión ideológica. Todo ha de ponerse al servicio de la Revolución.

Y eso es algo que tampoco logro cohonestar. Cabría decírseme: qué más da, qué importa un poema, qué importa una canción, qué importa la satisfacción estética de unos pocos exquisitos, comparados con el bienestar físico de la comunidad, comparados con la igualdad de derechos y oportunidades para todos los ciudadanos… Sí. Lo sé. Pero.

De ahí, de esta incapacidad mía para aceptar los requisitos de la revolución, procede mi ambigüedad ante figuras como el recién fallecido Fidel Castro. Admiro su hazaña histórica inicial (el derrocamiento de Fulgencio Batista, un dictador repugnante), admiro su propósito, admiro sus logros en el ámbito de la justicia social, del acceso a la enseñanza, de la asistencia médica. Admiro su actitud de insumisión general ante la invasión del capitalismo corporativista americano. Admiro su enorme personalidad y reconozco sin ambages su talla histórica.

Pero no puedo cohonestar sus métodos.

Y, sin embargo, no seré yo, tampoco, quien me solace ante el derrumbamiento (ya inevitable, creo; quizá inminente) de la revolución castrista, no seré yo quien vea con placer el regreso triunfal de la gusanera trumperofloridense a la isla, no seré yo quien aplauda la instauración de la Democracia Corporativa —la peor, la más cruel y vesánica, la más letal tiranía que ha conocido la Tierra— en uno de los últimos territorios que se le resistía.

No, ya lo sé: no soy recuperable. Yo, subrayo, YO, no soy recuperable. Jamás superaré mi incapacidad revolucionaria, mi incapacidad para matar, torturar, encarcelar en nombre de la Revolución. No obstante, si he querido hacer, aquí, ahora, este ejercicio de honradez, es porque no creo estar solo, porque me parece que en la izquierda hay muchísimos ciudadanos que padecen de este mismo o similar problema, que deseamos la revolución, que ansiamos el derrumbamiento de la Democracia Corporativa, pero que no compartimos el revolucionarismo barato e imposible de las viejas izquierdas y estamos a la ¿ingenua? espera de que a los políticos se les ocurra cómo definir con claridad nuestros objetivos, cómo programarlos en el tiempo y cómo irlos alcanzando sin levantar guillotinas, actuales o virtuales, en las plazas públicas.

A moro muerto, gran lanzada

2017/07/19 Los comentarios están cerrados

Un viejo refrán español que ya nadie osa utilizar, porque es políticamente incorrectísimo, decía: «A moro muerto, gran lanzada», queriendo expresar la idea de que una vez derrotado el enemigo es fácil hincarle la lanza a su cadáver. Ha muerto el tal Blesa, o lo han muerto. Supongo que nunca sabremos la verdad. Ya están soltando tinta los calamares. Ya está desparramándose la habitual y muy hábil estrategia de confusión en torno a todo lo que perjudica al PP.

En los bajos fondos de mi persona, las partes de mí que quiero rechazar y normalmente mantengo bajo control riguroso, me ha alegrado su muerte, porque no creo que fuese a recibir ningún otro castigo, porque estoy seguro de que habría salido de rositas, libre y descargado de todas sus culpas, como han salido y saldrán tantos otros ladrones desalmados del Poder.

Si alguien lo apreciaba de verdad, lo siento por ese alguien.

A él no le clavaré la lanza, ahora. Ya da igual.

Viejo memorioso (oxímoron)

2017/07/18 1 comentario

Oxímoron es un término que hace veinte años solo conocíamos y utilizábamos (con escasa frecuencia) unos pocos cultilatiniparlos con afanes de lucimiento léxico. Ahora se ha vuelto más popular, aunque no sé hasta qué punto. En todo caso, lo que seguramente ignoran muchos de sus usuarios es que ‘oxímoron’ procede directamente del griego ὀξύμωρον (oxýmoron), y este del adjetivo ὀξύμωρος (oxýmoros), de ὀξύς (‘oxýs) ‘agudo’ o ‘ingenioso’ y μωρός (morós), ‘estúpido’. O sea que viene a querer decir «listostúpido», y de tal significado absurdo se deriva el actual de «Expresión en la que se emplean dos términos incongruentes o contradictorios» (1). En principio, aquí en España, el chiste que más se hacía con el término (siempre entre cultilatiniparlos, repito) era «Pensamiento navarro»; y también «ensayista guatemalteco». Sí, muy insultantes ambos ejemplos, pero no me los estoy inventando.

Y ahora no me queda más remedio que añadir, en plan exhibición de achaques calurosos: pensaba basar algún comentario en el párrafo que antecede, pero he alargado demasiado la introducción y se me ha olvidado lo que iba a escribir.

Otro oxímoron: viejo memorioso.

(1) Datos copipegados de Wiktionary.

Ustedes vosotros

2017/07/17 Los comentarios están cerrados

Pues sí, pues sí, la segunda persona del plural del imperativo del verbo ir es un problema y, según acaba de chivarse Pérez Reverte vía Twitter, la Academia ha decidido aceptar «iros», alegando que nadie emplea la forma correcta. Muy bien.

Conviene tener en cuenta, sin embargo, que «vosotros» solo se utiliza en España, y no en toda ella (1), y que, por tanto, el nuevo permiso académico únicamente será aplicable a una pequeña porción de los hispanohablantes. Los demás dicen «vayan [ustedes]», y les trae sin cuidado lo de «iros».

O sea que la cosa apenas tiene importancia.

(1) «Vosotros» no es general en Andalucía y desde luego no se da en Canarias.