Disquisiciones no muy juancarlistas

Cuando Franco dijo que lo dejaba todo «atado y bien atado» se refería a una decisión que tardó en tomar [1]: en la Jefatura del Estado lo sucedería Juan Carlos de Borbón, «Juanito», infante de «sangre real» criado en su regazo y abatanado a sus órdenes. El aparato franquista no previó en ningún momento ninguna modificación importante en la Jefatura del Estado, que Juan Carlos heredó tal cual, con todos los poderes que ejercía sin limitación el «Caudillo de España por la Gracia de Dios».

            Tras la muerte de Franco hubo quien quiso cumplir a rajatabla con su obcecada voluntad y seguir como estábamos, con un presidente del Gobierno nombrado a dedo y con Juan Carlos en el papel de Nuevo Franco. Tal era claramente la intención de Arias Navarro, el presidente gemebundo, que solo concebía la posibilidad de retocar ligeramente el sistema para contentar a los disidentes internos (el régimen siempre dio por perdido a los externos: con ellos solo cabía la prohibición y, en los casos más graves, el castigo).

            Juan Carlos, que tenía 37 años cuando lo de «Españoles, Franco ha muerto», no pudo no tener la tentación de aceptar el legado tal como le llegaba y limitarse a sustituir a Franco como dictador. Eso, sin embargo, era algo que solo podían recomendarle los fanáticos del régimen, algo que iba en contra de los sacrosantos intereses de la monarquía y que no habría sido posible vender en el ámbito internacional. No tengo la menor idea, claro, de cómo pudo llegarse a la autodisolución de las Cortes franquistas y la puesta en marcha de un proceso de democratización. Fueron meses tensísimos, durante los cuales, seguramente, estuvimos varias veces al borde de alguna modalidad de golpe de Estado. Supongo que sería injusto negarle a Juan Carlos todo el mérito en el cambio, pero yo creo que la cosa dependió menos de él que de sus consejeros monárquicos, de los franquistas negociadores [2]  y, cabe imaginar, de presiones internacionales ejercidas por mediadores cuya identidad no conozco.

            El cambio empezó a ejecutarse cuando Juan Carlos sustituyó a Arias Navarro por Adolfo Suárez. Se inició un encadenamiento de medidas esenciales que solo podían conducir a un sistema de gobierno democrático, definido en una constitución democrática y atenido a normas de funcionamiento democráticas. En otras palabras: el paso de la dictadura absoluta de Franco a un régimen parecido al que llevaba más de un siglo funcionando en los principales países occidentales.

            Los defensores del absolutismo como único sistema político viable en España[3] conservaban, no obstante,  gran parte de su capacidad para manejar muy importantes factores de poder, como el Ejército, la Iglesia, los sindicatos franquistas, las fuerzas del orden, qué sé yo. Ante la deriva democrática del país, los absolutistas, tras mucho rumiárselo, mucha consulta con los poderes fácticos y mucho calcular las consecuencias (supongo), decidieron cortar en seco el proceso e intentar un golpe de Estado aquel famoso 23 de febrero.

            Alguien habrá, digo yo, que sepa por qué les salió el tiro por la culata, pero ese alguien no soy yo. Tampoco estoy entre quiénes saben en qué cálculos se basaron, con qué apoyos contaban, qué pensaban hacer después, como pretendían que los aceptara el resto del mundo, etc.

            Pero hay algo que no creí nunca y aún creo menos en este momento: que el golpe se tramara sin la avenencia de Juan Carlos I. Él fue luego quien lo desactivó en público, sí, pero sin duda alguna porque le fallaron los apoyos, porque sus asesores más sensatos comprendieron que no era viable y porque de pronto le entró pavor ante la posibilidad de que el jueguecito le costase un disgusto grave a la «institución monárquica». Tampoco creo que su retractación no estuviera prevista: sin duda alguna, los ejecutores del golpe ya le tenían preparada esa majestuosa salvación de cara.

            Dicho de otro modo: no admito la muy difundida y vitoreada leyenda de que Juan Carlos I salvara la democracia. Lo que hizo fue resignarse a ella.

            A partir de esa resignación, su tarea me ha parecido siempre anodina, como mínimo: totalmente prescindible. Todo lo que hizo en el plano oficial hasta el momento de su abdicación lo podría haber hecho cualquier alto dignatario, cualquier presidente de la república; y su actividad en el plano personal consistió primordialmente en promocionar la monarquía y tomar precauciones (juntando dineritos y apoyos de la plutocracia internacional) por si venían mal dadas. ¿Ha representado dignamente a España en algunas gestiones, sobre todo como jefe de ventas de productos españoles? Que yo recuerde ahora, la única figura política española que no ha representado dignamente a España en nada es José María Aznar, con su vergonzosa presencia en la foto de Bush con sus guerreros y sus pies encima de la mesa y su adhesión evidente a la causa de los ricos más desmesurados y más tramposos. Juan Carlos I aprovechó el peso de su cargo para venderles motos o cositas buenas a los compradores internacionales. Pues muy bien. Gran mérito, que sin duda cohonestaba su participación en los beneficios: milloncejo por aquí, milloncejísimos por allá. Aplauso y aplauso.

            Ahora, cuando se ha hecho más público lo que ya todos sabíamos, se arma el belén y Juan Carlos se quita de en medio. Siempre por el «bien» de España, siempre por el bien de la monarquía. Supongo que será cierto lo que dicen casi todos: que es una medida pactada con Felipe VI y con el gobierno, no una decisión personal suya. Vale.

            El numerito de la «desaparición» es, además de contraproducente y estúpido, bochornoso (aunque quizá no tanto como el juego de «Dónde está King Walli» que con tantísimo entusiasmo están jugando nuestros cada vez más despreciables medios de información en este momento). La postura de Pedro Sánchez negando cualquier participación suya en el montaje y alegando ignorancia es, en el mejor de los supuestos, un mensaje de impotencia: ¿qué quieren ustedes que haga ahora? ¿Meterlo en la cárcel? Todo es ridículo.

            Pero, miren ustedes, me importa un comino, a estas alturas. Nada de lo que haga ahora el «emérito» demeritado puede servir de eximente ni atenuante de lo que ya ha hecho; quizá solo de agravante. Si fuera un ciudadano normal, los jueces ya habrían requerido su comparecencia ante los tribunales. Pero no es un ciudadano normal, nunca lo fue ni lo será. Por su condición de rey  es el emblema de la constitución vigente, cuyos «padres» se aferraron a la Monarquía y a la implantación de las comunidades autónomas para facilitar la aceptación mayoritaria de la Constitución. Una fórmula mágica que evidentemente deja mucho que desear, pero que sigue ahí, intacta sobre el papel. Y da la impresión de que los políticos y los poderes, en su mayor parte, están convencidos de que no se puede destruir, ni siquiera ensuciar un emblema, que sería extraordinariamente desestabilizador hacerlo.

            Puede que sí. Puede que cualquier cambio en las esencias del sistema político español sea peligrosísimo, no por el cambio en sí (que podría y debería resultar positivo), sino por todo lo que habría que hacer para ponerlo en práctica: una auténtica revolución.

            Y ahora, cómo evitar la pregunta siguiente: ¿es este el mejor momento para plantearnos una reconducción tan enorme del sistema?

            No creo. Ante las oleadas del virus, el sistema político que tengamos puede considerarse indiferente. Ahora, lo único sensato que podemos hacer es concentrar todos nuestros talentos y capacidades en aliviar el desastre sanitario en que nos hallamos ―por culpa de nadie― y el cataclismo económico que está produciéndose ―con alguna culpa de alguien, quizá, pero más bien por los efectos del virus: es mundial― [4].

            Dejemos claro, quienes deseamos dejarlo muy claro, que no queremos reyes y que nunca renunciaremos a la república, pero aplacemos las exigencia y el planteamiento del ajuste hasta después de la pandemia [5].

            Ya está bien de perder el tiempo en majaderos y majaderías.

[1] Porque doña Carmen Polo, su excelentísima esposa, proponía otro candidato que a ella le parecía más guapo y más casadero.

[2] Los convencidos de que el régimen no podía prolongarse sin Franco y que era preferible salvar lo salvable: Torcuato Fernández Miranda, Herrero Tejedor, Adolfo Suárez…

[3] Por enorme desgracia, muchos los españoles siguen convencidos de que España solo puede gobernarse con mano dura, porque somos una panda de brutos, imagino.

[4] Ambos males, el sanitario y el económico, afectan con muchísima mayor dureza a las personas más pobres; reducir al máximo este desequilibrio también es tarea fundamental.

[5] En las circunstancias actuales, la función principal de Unidas Podemos, por ejemplo, se reduce a mantener viva la llama de la tan necesaria revolución; pero no pidamos que la llama prenda aún en ninguna parte.

Autor: RamónBuenaventura

Spanish writer

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