Camisa roja

No he tenido más allá de tres camisas rojas en toda mi vida, pero me encantan las camisas rojas. Por el placer que me produjo comprarme la primera, en una tienda de la calle México —era lo que entonces llamábamos un niki, que ahora llamaríamos polo, quizá; de manga larga—, cuando empezaba el verano de 1958 y yo acababa de cumplir los dieciocho. Era un chico en cuclillas al borde de un abismo: no había aprobado ni una sola asignatura del primer curso de facultad, mi padre estaba ya instalado en Madrid, esperándonos, aquel era mi último medio verano en Tánger, aquellos eran mis últimos días en mi casa natal, aquello era pena, pena, una pena gruesa y pesada, difícil de vivir. Cuando me compré la camisa roja —no sé con qué dinero, por cierto—, viví sin embargo una intensidad de dicha. Claro está que al llegar a casa mi madre me puso como chupa de dómine por haberme comprado una camisa de color rojo. Tened en cuenta que entonces el término rojo solo se utilizaba para mencionar a los rojos, es decir a la canalla que había querido convertir España en un soviet, matando brutalmente a todo el que se resistiera. Si a alguien se le hubiera ocurrido, en aquellos años, la selección española de fútbol no habría podido llamarse «la roja», como ahora, sino «la encarnada». Como encarnado era el capote de los toreros. Creo, sin embargo, que la bandera española seguía siendo «rojigualda», pero es que ahí el «gualda» oculta el «roji-» hasta hacerlo casi imperceptible. Mi niki, en todo caso, era sin duda alguna rojo. Y ahí estaba yo, hijo primogénito de un alférez provisional de la Cruzada, con una camisa roja y una negra cazadora de cuero que había tenido la osadía de comprarme en Sevilla, unos meses antes: un auténtico comisario del pueblo, a ojos de mis padres. Así crecí, y no voy a quejarme, porque, inverosímilmente, ninguno de estos intentos de formación patriótica me ha condicionado.

Autor: RamónBuenaventura

Spanish writer

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