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Necesidad de la sorpresa

Charla que di en la Universidad de Verano de Maspalomas en 1991. Creo que todavía puede interesar a quienes se interesen por estas delicadezas hunanistas.

 

Teoría de la Sorpresa

 

No quiero empezar este discurso sin alguna puntualización aconsejable: quede perfectamente claro que carezco de la formación necesaria para entrar a fondo en las cuestiones que voy a plantear; quede igual de claro que el modo en que deseo definir el tema excluye casi terminantemente (y cons­te que el « casi » es una concesión retórica) la posibilidad de que haya alguien con la formación necesaria para profundi­zar en él. Si creo que el discurso filosófico y el poético son, desde siempre y ahora, incompatibles, también me parecen incom­patibles, desde siempre y ahora, la personalidad poéti­ca y la personalidad filosófica. Un filósofo jamás compren­derá la poesía (o jamás la comprenderá con las herramientas filosó­ficas de su mente). Un poeta jamás comprenderá la filosofía (o jamás la comprenderá con las herramientas poé­ticas de su mente). La hipotética unión de filósofo y poeta, en el mundo de las formas, no llega a integrar un ser perfec­to. No integra nada. Poesía y filosofía son incompatibles. No tienen más remedio que negarse.

     Conste, pues, que no voy a expresarme aquí desde nin­guna pretensión de objetividad científica. Soy, más que nin­guna otra cosa (me refiero a las cosas artísticas, claro: en las cosas cotidianas, mucho más auténticas, no vamos a entrar), soy poeta. Tengo publicados unos cuantos libros de poemas, estoy en algunas antologías. Pertenezco a la segunda o ter­cera hornada de los mal llamados poetas novísimos, los que nos incorporamos a la publicación ya en los años ochenta, y no he podido gozar de las vacas gordas de la poesía. Quiero decir: los años de oropel cultural inmediatamente anteriores e inmediatamente posteriores a la muerte del general Fran­co, cuando todo el mundo fingía sostener las ilusiones más in­creíbles. Por ejemplo: que la poesía era un arma cargada de futuro. Como luego veremos, si por ahí nos lleva la línea ar­gumental, la poesía no es un arma, sino una técnica de per­suasión; y no está cargada de futuro, sino de presente, de abrumador presente.

     Ni que decir tiene, por otra parte, que no vivo de la poe­sía, sino de otras actividades nutritivas que tampoco me constituyen una personalidad filosófica. Escribo en los pe­riódicos, doy clase en la universidad (de inglés, que conste: nada abstracto), traduzco, asesoro editoriales. Yo qué sé.

     Vuelvo al aviso inicial. Es importante que mis devaneos mentales no se tomen por pretensión de filosofía. Repito, sin el más mínimo bochorno: carezco de la erudición necesaria. Este asunto del enfrentamiento entre el lenguaje poético y el filosófico (los nombro por orden de antigüedad) requiere enormes saberes. Por supuesto, hay que dominar la filología clásica. Hay que saberse de memoria a Homero y a Hesíodo, por no citar otros autores menos evidentes. Hay que poseer los datos indispensables para defender la postura que se adopte en una cuestión esencial: en qué momento empieza a extenderse el empleo de la escritura y cuándo puede decirse que la cultura griega ha dejado de ser oral para convertirse en escrita (si semejante cosa puede afirmarse de alguna cul­tura, incluidas las actuales: no lo sé). Por otro lado, hay que conocer, sílaba por sílaba, todo lo que nos ha llegado de la filosofía griega inicial, por lo menos hasta la Poética de Aristóteles. Dominando, en ambas ramas del saber, la jerga técnica. Y sin olvidar, para colmo, que todas estas sabidu­rías han de concurrir en un individuo a quien el tema de la com­paración entre el discurso filosófico y el poético intere­se lo suficiente como para dedicarle un pensamiento.

     Creo que de todas estas ramas atléticas de la cultura sólo domino una actitud; es decir: tengo sin duda alguna la sufi­ciente curiosidad. He hecho una observación y me he que­dado perplejo. Eso es todo. Lo que hago a continuación es transferirles a ustedes, tratar de transferirles a ustedes esa perplejidad, por si les sirve de algo y, sobre todo, por si tie­nen la bondad de explicármela.

     Todo esto nace de una pregunta que no tuve más remedio que hacerme, cuando estaba a punto de emprender el libro que dentro de unas semanas me publicará Ediciones Liberta­rias. Teoría de la sorpresa, se llama. ¿Para qué sirve la poe­sía? La primera respuesta fue de una obviedad patética: la poesía no sirve absolutamente para nada. Luego, pensándolo mejor, comprendemos que ese no servir para nada es uno de los ingredientes básicos de su grandeza. Me apresuro a aña­dir, para que no me coloquen ustedes en apartados estéticos o críticos que me resultan abominables: uno de los ingre­dientes básicos de su falsa grandeza. Es la poesía vista por los románticos. El poeta enardecido por los dioses (o por al­guna droga, o por su propia adrenalina, qué más da), el poe­ta visionario o profético, cuya voz procede directamente de al­gún territorio sobrenatural donde tiene su trono la belleza. Je suis belle, ô mortels, comme un rêve de pierre, / Je trône dans l’azur comme un sphinx incompris, / J’unis un coeur de neige à la blancheur du cygne, / Je hais le mouvement qui déplace les lignes, / Et jamais je ne pleure, et jamais je ne ris… Baudelaire. El poeta de visión o profecía no sirve para nada, o sólo sirve para recalentar los cascos de sus se­mejantes y hermanos, con versos como los que acabo de ci­tar. Recuérdese que, al principio de Les fleurs du mal, Bau­delaire invoca al lector hipócrita, semejante y hermano del escritor, del poeta. Cosa de compinches.

      Claro está: la belleza no puede servir para nada, com­prenden ustedes. Sería innoble, sería hortera. Tomando el rábano griego por sus más absurdas hojas, John Keats inau­gura la poesía moderna en uno de los últimos versos de su famosísimo « A una urna griega »: « La Belleza es la Verdad, la Verdad es la Belleza ». Basta una frase así, tan mimosa, para que la poesía quede manumitida de todas sus obligacio­nes terrenales, éticas o prácticas (entre otras, la de servir pa­ra algo). A raíz de este frenético descubrimiento, el poeta no tiene sino que captar la Belleza, con mayúscula enorme, y a continuación transmitirla a sus lectores, cómplices y herma­nos hipócritas.

     Todo lo cual constituye una perfecta y acabada traición al espíritu original de la poesía. Al menos en Occidente. Aquí en Grecia (siempre podemos decir « aquí en Grecia », al me­nos mientras nos expresemos en alguna lengua medite­rránea) la poesía surge para hacer memorables los principios de la colectividad. No sólo los éticos, sino también los prác­ticos. La poesía es una paideia, un sistema de enseñanza. Como tal, está creada para ocupar toda la memoria disponi­ble en la cabeza humana, llenando esta memoria con todos los cono­cimientos necesarios para que el individuo se con­vierta en honrado y eficaz (sobre todo eficaz) miembro de la tribu. Los poemas homéricos no son una simple recopila­ción de aventuras, sino una verdadera enciclopedia. En ellos quedaba asentado todo lo que el hombre sabía. Demostrar esta afir­mación, que todavía sorprende a muchos, nos lleva­ría a pa­rajes eruditos que no son para expresados en una simple charla. Sin salirnos del Canto Primero de la Ilíada, podemos aducir, sin embargo, algunos ejemplos.

     No obstante, quizá nos convenga recordar brevemente el contenido del Libro Primero, porque podemos no tenerlo del todo en la memoria. Los aqueos han saqueado una ciudad vecina. El repartirse el botín, Agamenón se ha quedado con la hija de Crises, sacerdote de Apolo, y se niega a devolvér­sela al padre. Apolo monta en cólera por causa del desaire que se hace a su sacerdote y envía una terrible plaga contra los griegos. Recordemos las palabras del poema, en su tra­ducción más reciente, la de Emilio Crespo Güemes para Gredos:

     La cólera canta, oh diosa, del Pelida Aquiles,

     maldita, que causó a los aqueos incontables dolores,

     precipitó al Hades muchas valientes vidas

     de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros

     y para todas las aves —y así se cumplía el plan de Zeus—.

     desde que por primera vez se separaron, tras haber re­ñido,

     el Atrida, soberano de hombres, y Aquiles de la casta de Zeus.

     Aquiles convoca asamblea para hacer frente a la situa­ción. El adivino Calcas, a regañadientes, acepta la orden de Aqui­les y emite su diagnóstico chamánico: la plaga seguirá ahí, matando aqueos, hasta que Agamenón no se avenga a devol­ver a la hija de Crises. Agamenón monta en cólera: Criseida es parte de su botín y no cabe ni pensar en que la devuelva sin recibir a cambio alguna otra muchacha. Aqui­les señala que no hay ninguna disponible, a no ser que se invalide el reparto del botín. Y Agamenón decide quedarse con Bri­seida, que había correspondido a su oponente.

     En ese punto estalla la cólera de Aquiles. El hijo de Pe­leo decide apartarse del combate. No ya Agamenón, sino toda la tribu, tendrá que pagar por el insulto a sus hazañas. El an­ciano Néstor intenta mediar en la disputa, sin éxito al­guno. Aquiles se retira a su tienda y ve cómo se llevan a Briseida los enviados de Agamenón. Entonces decide que­jarse a su madre, la ninfa Tetis, que a la vera del mar le promete inter­ceder ante Zeus. El padre de los dioses hará que la ausencia de Aquiles en la batalla resulte desastrosa para los griegos. La victoria se pasará al campo troyano. Mientras tanto, se prepara la ceremoniosa devolución de Criseida a su padre Crises. La delegación va encabezada por Ulises, hombre con buena mano izquierda, y hay los im­prescindibles sacrificios a Apolo. En este punto, la acción pasa al Olimpo, donde Te­tis defiende ante Zeus el caso de su hijo. El padre de los dio­ses consiente, pero con harto do­lor de su corazón, porque sabe que favorecer a los troyanos, aunque sólo sea tempo­ralmente, va a suponerle una buena bronca con su esposa Hera. Claro está que Zeus resuelve el problema por la vía brava. Le dice:

     Mas siéntate en silencio y acata mi palabra,

     no sea que ni todos los dioses del Olimpo puedan soco­rrerte

     cuando yo me acerque y te ponga encima mis inaferra­bles manos.

     Hera, bien aconsejada por uno de sus hijos, decide to­márselo con calma. Los demás dioses van ocupando sus lu­gares para el banquete, que aplaca del todo los ánimos. Lue­go, cierra la noche y se van a dormir los inmortales, tanto como los mor­tales.

     Pura cuestión de Derecho público. Para empezar, la dis­puta se inicia por culpa de las propias leyes. Me refiero a los rigurosos convenios que rigen el reparto del botín y que plantean un dilema tanto al caudillo como a los soldados de tropa. Agamenón ha cometido una especie de sacrilegio que en sí mismo puede expiarse devolviéndole su hija al sacer­dote a cambio de un rescate. Pero rechaza esta posibilidad, y el dios Apolo, en consecuencia, endurece las condiciones para hacer aceptable la expiación. Ya no vale ninguna clase de rescate. El dios no retirará la plaga que está matando al ejército aqueo hasta que la muchacha sea devuelta a su pa­dre sin rescate alguno. Bien, pero ¿cómo resolver el proble­ma de, llamémosle así, protocolo? Agamenón es el rey de reyes, el caudillo principal, y no es ya que no pueda discu­tírsele la preferencia a la hora de elegir botín, sino que está obligado a ejercer tal privilegio. Pide, por consiguiente, que le sustitu­yan a la chica. ¿De dónde sacarla? Habría que inva­lidar el reparto anterior y replanteárselo desde el principio. Lo cual supondría tan enormes complicaciones, que puede conside­rarse imposible. Es Aquiles quien lo señala, aprove­chando, de paso, para hacer constar la norma que rige en el reparto:

     ¡Oh gloriosísimo Atrida, el más codicioso de todos!

     ¿Pues cómo te van a dar un botín los magnánimos aqueos?

     No conocemos sitio donde haya atesorados muchos bie­nes comunes,

     sino que lo que hemos saqueado de las ciudades está re­partido,

     ni tampoco procede que las huestes lo reúnan y junten de nuevo.

     Aquiles sabe, por experiencia, los desórdenes a que daría lugar el nuevo reparto. De ahí la fórmula « no procede ». Pe­ro hay un ejemplo aún más evidente. Cuando alcanza su punto máximo la querella entre ambos caudillos, Aquiles hace voto de abandonar el campo de batalla:

     Mas te voy a decir algo y prestaré además solemne ju­ramento:

     por este cetro, que ya nunca ni hojas ni ramas

     hará brotar, una vez que ha dejado en los montes el to­cón,

     ni volverá a florecer, pues el bronce le peló en su con­torno

     las hojas y la corteza, y que ahora en las palmas llevan

     los hijos de los aqueos que administran justicia y velan

     por las leyes de Zeus; y éste será para ti gran juramento:

     añoranza de Aquiles llegará un día a los hijos de los aqueos, etc.

     El arrebato colérico de Aquiles se ve interrumpido por una digresión sobre el cetro como símbolo de autoridad, so­bre cómo se va a los montes a cortarlo y cómo se prepara, y quién tiene derecho a sostenerlo…

     Lamentablemente, no podemos extendernos en ejemplos. Son innumerables. Cómo hay que levantarse cuando llega un superior. Los rituales de celebración. Las maniobras de carga y descarga de un navío. Las lecciones tácticas.

     No pido perdón por este largo apartamiento del tema central, porque me gustaría hacerles caer a ustedes en la ten­tación. Una lectura de la Ilíada o la Odisea como enci­clopedia del pueblo griego puede resultar extremadamente interesante y, como ahora mismo vamos a ver, sirve para explicarnos uno de los grandes misterios de la filosofía.

     Repito que en mí todo comenzó con el nuevo libro que ahora publico y que trata de contestar a la pregunta ya antes enunciada: ¿para qué sirve la poesía? Comprenderán que no es cuestión baladí, para un poeta. Se me ocurrieron diversas obviedades, pero ninguna me resolvía todos los avatares de la forma poética a lo largo de la historia. De pronto, me vino la corazonada. La poesía, con su rima, su ritmo, sus alitera­ciones, sus llamativas imágenes, su explotación de la belle­za, no pretende sino ser recordada y repetida. ¿Me explico? Tru­caje, fórmula: cuando recorto endecasílabos, cuando me arranco por metáforas, lo que busco es dejarles a ustedes bien teñidas, bien impregnadas, las células memoriosas, pa­ra facilitarles la evocación de mis versos, para dejárselos clava­dos en lo profundo.

     ¿Por qué? Bueno, veamos: ahora, la poesía retumba, por­que está hueca; es una refinadísima tecnología sin nada que producir. Durante milenios, seguramente desde el principio de la palabra y del hombre, los mecanismos verbales que hoy llamamos poesía sirvieron para almacenar datos, nor­mas, ideas, visiones del mundo, sistemas sociológicos, his­toria, mitos. La información se confiaba a las palabras y las pala­bras a la cabeza, porque no había escritura. (Y ello hasta mucho después de la invención del alfabeto, porque la es­critura no tuvo suficientes lectores, gente que supiera algo más que escribir su propio nombre, hasta épocas muy re­cientes. No es seguro que en el siglo v antes de Jesucristo hubiera en Grecia mucha gente capaz de leer a Homero y los trágicos, aunque sí de escucharlos.) La información se con­fiaba a las palabras y las palabras a la cabeza. Naturalmente: el ritmo, los patrones de reiteración, las rimas, las cantine­las, servían para facilitar el recuerdo (en mi infancia aún sobre­vivía el canturreo científico, gracias al cual atesoro en la memoria la fuente, el recorrido y la desembocadura de muchos ríos españoles —pongo por caso).

     Asentado el alfabeto, la poesía siguió desempeñando su papel de método de enseñanza durante muy largos años. Du­rante más de un milenio, me atrevo a decir. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la escritura no se ha impuesto aún del todo en nuestros días, que quizá no llegue a impo­nerse nunca (porque los medios audiovisuales traen consigo el robustecimiento irreversible —por ahora— de la cultura oral), y que desde luego fue una ciencia selectísima hasta bien entrado el siglo xix. Así, los poetas no componían para ser leídos a labios quietos por un lector como los actuales —rápido y mudo—, sino para ser escuchados. Más aún: para ser doblemente interpretados, por quien recita y por quien escucha, en un proceso de identificación que hoy apenas si alcanzamos a comprender. El oyente de un poema (épico o trágico, en Grecia, pero también del romancero en España o de los Nibelungos en Alemania) sabe que no se espera de él la simple escucha más o menos complacida, sino la identifi­cación con el texto. Lo hemos dicho antes: la poesía desea ocupar toda la memoria disponible, es un procedimiento de enseñanza por impregnación. Las prerrogativas que ello su­pone las han conservado los poetas hasta que decidieron ti­rarlas por la ventana, en su momento. Ya no hacía falta po­ner en verso los conocimientos, porque su recordación podía encomendarse a la escritura. Pero la moral, la idea que de sí misma tenía la colectividad, las pautas o modelos de com­portamiento, los consejos experienciales, todo ello se decía mejor recitando. Así, el poema del Cid (por no mencionar el de Fernán González, que incurre en la pura y simple propa­ganda castellana) es un catecismo, una caracterización del hombre castellano, summa de ejemplos, ilustración de mo­dos de vida, compendio de fórmulas éticas (incluida la auto­riza­ción para desactivar la moral ante el infiel, moro o ju­dío), un catecismo propuesto al hombre castellano para que lo escu­che con gusto, lo recuerde en muchas de sus partes y lo apli­que con plena adhesión. Todavía el romancero, menos metó­dicamente, se propone idénticos objetivos. Todavía el teatro del siglo de oro —heredero directo de la epopeya me­dieval, como la tragedia ateniense lo fue de la epopeya ho­mérica— se propone idénticos objetivos.

     Lo que luego sucede nos interesa menos, a efectos del enfrentamiento entre poesía y filosofía, pero no queda más remedio que resumirlo. La poesía se echa a perder, porque cae en la trampa del ego. La historia es siempre la misma, repetida hasta la baba, en todas las culturas. En el principio es la épica, perfección de la poesía como modelo social completo, donde la trama —archiconocida del oyente— no hace sino reforzar la condición memorable del texto. Luego, coincidiendo tan vez con un proceso de fragmentación so­cial, el poeta pierde su voz colectiva, se hace « literario » (escritor para lectores, no para oyentes) y se consagra al yo o, como mucho, al nosotros selecto. Por decirlo de otro mo­do: la escritura le permite gremializarse. Los mejores talen­tos, engolosinados por las letras cultas, abandonan la voz colec­tiva. Es el apogeo de la lírica, concierto para yo, bom­bo y trompeta.

     Pero, en su base, la poesía responde a la necesidad de adoctrinamiento masivo que tienen o padecen todos los re­gímenes o sistemas de administración del poder. En la prác­tica, jamás ha habido ideas, sino poemas. Repito: expresio­nes memorables y fácilmente repetibles en que se condensan —no de modo lógico y preciso, sino de modo eficaz, porque no hay lenguaje más eficaz que el poético— los mecanismos funcionales del grupo. La poesía, repito, es el lenguaje efi­caz por excelencia.

     Era.

     Porque ya no hay poesía (sólo lírica suelta, suspiros de señorito o señorita en celo), y no la hay porque tampoco ha­ce falta la ideología, porque el juego recíproco entre pensa­miento y expresión poética ha sido revezado por la propa­ganda. Por la propaganda a secas. El poder nunca ha querido ideas, sino instrumentos de convicción. Mientras estuvo en manos de la poesía, también necesitó de alguien que ejer­ciera el arte a su servicio, ya que las palabras del poema re­quieren, por lo menos, una apariencia de cohesión. Ahora, la eficacia hipnótica de la propaganda hace superflua la justifi­cación de la orden implícita.

     Las técnicas de persuasión oral han ido rebasando todos sus máximos históricos en nuestro siglo, hasta colmar las aspiraciones del poder: sobran las ideologías; el sistema con­vence de su propia necesidad pregonando las noticias épicas de su funcionamiento. Proeza es mayoría electoral, por ejemplo. Catástrofe del destino es la cruel hinchazón del IPC. Héroes son quienes representan las hazañas, quienes concitan las catástrofes: las personas del poder. Pero la in­tensa niebla de datos informativos del sistema que envuelve permanentemente al ciudadano excluye toda necesidad del pensamiento. Por primera vez en la historia, vivimos en un colectivo sin mentalidad ni cultura. La propaganda devora los restos de la poesía, pero también de todas las demás cien­cias del espíritu. En especial, desde luego, de la filoso­fía, que es lo contrario de la poesía, aunque teóricamente más peli­grosa. Sólo sobreviven las técnicas del convenci­miento puro. Somos una civilización de bellísimos eslóga­nes. Las más bellos jamás fabricados.

     Entiéndase que no me estoy refiriendo a la propaganda que empuja a la acción, excitando guerras o matanzas, sino a la que fija los esquemas de conducta individual y colecti­va: es decir a la que antaño se alimentaba de identificación poé­tica (a veces teológica) y luego de justificaciones filosó­ficas. Esta propaganda de hoy, en su brutal perfección, ha liqui­dado la dialéctica. No hay antítesis que pueda oponerse al grado cero de la tesis. Y ha liquidado el raciocinio, por­que sólo importan los resultados, y éstos se demuestran o eviden­cian a posteriori, cuando el poder ya ha sido ejercido y no tiene por qué razonarse. Quien no funciona deja el po­der. Quien funciona lo conserva. Pero ¡ay! la valoración del fun­cionamiento depende de la propaganda. Por consiguien­te… Dejémoslo estar.

     Sugeríamos antes que nunca hubo ideologías en activo. Al llamado « pueblo » sólo le ha llegado la expresión propa­gandística de las ideas, cuyo perfecto paradigma fue durante muchos siglos la poesía épica, y durante siglo y medio la fi­losofía utópica posterior a Hegel (también expresada, por supuesto, en eslóganes con eficacia tomada de la poesía: « Proletarios del mundo, uníos »).

     Ahora, una nueva herramienta, más eficaz, ha eliminado la necesidad de la poesía, de la filosofía, de las impresiones personales, de las ideas personales, de lo concreto, de lo abstracto. La frenética repetición del mensaje (tan bien pre­vista por Orwell en 1984, aunque su imaginación no le per­mitiera concebir los refinamientos ahora alcanzados), en sus imágenes claras, con sonido real o bellamente artificioso, a cualquier hora, en todas partes, ha eliminado la necesidad de las ideas y de la identificación con ellas. Es la hipnosis lo que se pretende y se logra. La reacción condicionada del sujeto.

     Y la sociedad, profundamente convencida de sus propios convencimientos, goza de no sabe qué, sin palabras para ex­presarlo, sin ideas para pensarlo. Sin filosofía ni poesía.

     Soy consciente de que las palabras recién dichas podrían cancelar el tema propuesto, la incompatibilidad entre el dis­curso poético y el filosófico. ¿A quién puede importarle que sean incompatibles dos discursos inexistentes? Pues sí, qui­zá a alguien: a quien abrigue, bien abrigada, porque le hace falta, la esperanza de que alguna vez superemos la situación actual. Lo cual sólo podría conseguirse mediante el ade­cuando sistema de conocimiento (es decir de aprendizaje) y de transmisión del conocimiento (es decir de enseñanza).

     En el campo de la enseñanza es donde se enfrentan por primera vez la poesía y la filosofía. Es Platón quien desen­ca­dena, o mejor quien suma, resume y representa la batalla, en el libro x de La república, cuando de pronto, casi sin previo aviso, inicia un feroz ataque contra la poesía. Un fe­roz ata­que que nosotros, lectores modernos, no alcanzamos a com­prender. ¿Por qué se empeña Platón en juzgar la poe­sía como si fuera ciencia o filosofía o matemáticas o tecno­logía? ¿Por qué poner en duda lo que sabe el poeta, o, sobre todo, por qué pedir al poeta que sepa de camas tanto como el car­pintero que las fabrica? ¿Tiene el poeta que ser experto en lo que canta? La cuestión, ahora, se nos antoja carente de sen­tido.

     Pero lo tiene, en la Grecia de Platón. La república, como tratado, lleva un nombre engañoso, porque su tema principal no es el Estado, sino la educación de los ciudadanos. Y ya hemos señalado que la poesía es el sistema educativo grie­go: la enciclopedia donde se contienen todos los conoci­mientos útiles, la ética, la política, la historia y la tecnología que el ciudadano tiene que conocer. La poesía era doctrina. Así lo expresa Platón, con toda claridad, en el Libro  x, 598 e:

Habrá que examinar el género trágico y a Homero, su guía, ya que oímos decir a algunos que aquéllos [los poetas] conocen todas las artes y todas las cosas huma­nas en relación con la virtud y con el vicio, y también las divinas.

Platón no cree que semejante prepotencia de los poetas pue­da ajustarse a la realidad, pero el hecho era que los poetas en general, y Homero en particular, eran tenidos por fuente de instrucción en todas las materias, y disfrutaban de rango ins­titucional en la sociedad griega. Nosotros pensamos en el poeta como artista. Platón, en cambio, jamás entra en cues­tiones estéticas, hablando de poesía. Para él, el poeta es un proveedor de enciclopedias escritas en verso.

     Y, como tal proveedor, el filósofo lo encontraba lamenta­ble. El poeta no podía en modo alguno cumplir los requisi­tos fijados por Platón para su academia. La piedra funda­mental de su sistema de enseñanza está contenida en la pa­labra griega « episteme », que puede traducirse por ciencia, entre otras cosas. De la academia platónica el discípulo salía ha­biendo recibido una rigurosa formación en el campo de las matemáticas y de la lógica, que le permitía definir en térmi­nos científicos el objetivo de la existencia humana y plan­tearse su consecución en una sociedad reorganizada se­gún designios científicos. El poeta no estaba capacitado para cumplir con dicha tarea.

     La actitud de Platón ante la poesía nos plantea unas cuantas preguntas:

     1) ¿A qué se debe que La república hable de la poesía como si ésta poseyera el monopolio de la enseñanza estatal?

     2) ¿Por qué se habla de Homero y de los grandes trágicos como si fueran enciclopedias en que hallar todos los datos necesarios para la vida?

     3) ¿Por qué está Platón tan empeñado en excluir la poe­sía de la enseñanza, sin otorgarle siquiera un pequeño papel se­cundario?

     4) ¿Qué hay que entender exactamente por mimesis, se­gún el vocabulario platónico? ¿Es la copia de la realidad que produce el artista? ¿Es la interpretación del poema que hace el recitador? ¿Es la recepción de las palabras por parte del oyente?

     5) ¿Cómo es que se aplica el término mimesis tanto a la poesía épica como a la tragedia, como si no tuviera impor­tancia la distinción de géneros?

     6) ¿Por qué describe Platón la reacción del público a la poesía como una especie de respuesta patológica?

     Lo más importante está en que comprendamos la impor­tancia de la recitación. Hablamos de reproducción oral del poema, naturalmente. La gente no leía libros, no compraba la Ilíada  o el Edipo Rey en una librería, para luego leerlos en casa tan a gusto. Para abrir la polémica, en el libro x, Pla­tón considera fundamental el daño así causado por la poesía: « Estas obras parecen causar estragos en las mentes de quie­nes las oyen ». Algo más que estragos, si atendemos a una traducción más literal: pueden dejar lisiada la mente de quien la oye.

     En la situación cultural que Platón nos describe, la comu­nicación oral prevalece en todas las relaciones importantes y las transacciones válidas de la vida. Hay libros, por supues­to. Hace más de tres siglos que se conoce el alfabeto. Pero ¿cuántos lo conocían? ¿Para qué se empleaba? El Estado lo empleaba para dejar constancia de los documentos públicos. Los poetas, para registrar sus escritos sin tener que confiar­los enteramente a la memoria, pero no para publicarlos en forma de libros. La escritura ofrecía sus ventajas al poeta, qué duda cabe, porque le permitía trabajar los textos mucho más a fondo. Pero se sigue escribiendo para oyentes, no para lectores.

     Hay que rendirse a la evidencia que nos suministra La república, sin mencionarla de modo expreso (precisamente por ser dato conocido de todos los contemporáneos): en el siglo v antes de Cristo, los griegos siguen teniendo una mentalidad oral, un modo de conciencia, un vocabulario y una sintaxis que no se corresponden con la cultura recogida en los libros.

     Así comprendemos que la poesía, máxima sostenedora de dicha mentalidad, sea la principal enemiga de Platón. La fi­losofía parte de unos objetivos muy concretos. Desea el co­nocimiento, desde luego, pero no el conocimiento del ca­so particular, sino de la abstracción. No importa cómo sea cada cama en concreto, importa conocer la Forma, la abs­tracción de todas las camas. No se trata de exponer una rela­ción de casos justos y casos injustos, dando en cada supues­to la so­lución práctica avalada por la experiencia, sino de hallar la noción de Justicia con mayúsculas. No se trataba de memo­rizar mediante astutos procedimientos mnemotécni­cos, como hace la poesía, sino de observar, analizar, com­prender, llegar a conclusiones, actuar de un modo científico. De un modo objetivo. La me­morización excluye la objetivi­dad, porque reclama una ab­soluta identificación del alumno con lo que está aprendiendo. No caben la invención ni el descubrimiento ni el análisisen un mundo regido por la re­petición memorística. La inven­ción sólo es posible en una cultura de libros.

     Lo que Platón reclama es que sus discípulos analicen la experiencia y la vuelvan a ordenar, pensando lo que dicen, en lugar de limitarse a repetirlo. Que los discípulos, lejos de identificarse con lo que dicen, lo separen, lo conviertan en objeto, lo estudien. Nace la distinción entre sujeto y objeto, hasta entonces inconcebible. Hay que desterrar la mimesis, la mera imitación, en todos sus aspectos.

     Como ven, el enfrentamiento inicial entre poesía y filo­so­fía no puede ser más tremebundo. La poesía responde a una mentalidad oral, que busca adoctrinar mediante la repe­tición memorística y que no utiliza jamás el recurso de la abstrac­ción, porque desea que el oyente se identifique con sus pala­bras. La filosofía, en cambio, desea crear una men­talidad de escritura, cuya principal herramienta es precisa­mente la abs­tracción, y excluye taxativamente la identifica­ción entre su­jeto y objeto.

     Podríamos pensar, quizá, que este enfrentamiento ha per­dido su razón de ser, dada las respectivas evoluciones de ambas disciplinas. La poesía, desde luego, hace ya mucho tiempo que no desempeña ninguna función docente ni de impregnación social. Aunque no por gusto ni por falta de vocación. Lo que ella pretende, aún hoy, es impregnarnos por completo, ocupar toda nuestra memoria, condicionar to­talmente nuestra percepción del mundo. Lo que nos ofrece es una alternativa, irracional y anticientífica, casi entera­mente mágica: el poeta, ser superior, se alza hasta los lími­tes de su inspiración exclusiva para captar la Belleza, que es la Ver­dad, que se transmite al lector, hermano casi gemelo, hipó­crita semejante, y se produce una transmisión de cono­ci­miento (llamémoslo así) movida por la identificación. Como ven, la diferencia con la situación de arranque no es muy grande. Ni siquiera en el caso de que apelemos a la líri­ca más personal, donde el poeta prescinde de las grandes pala­bras para tratar sólo de sí mismo y de su percepción del mundo. Pero ¿qué está haciendo al hablar de sí mismo y de su percepción del mundo, sino proponernos su modelo, para que aprendamos a vivir como Poesía manda? O a sufrir.

     El actual apogeo de la cultura oral (porque el cine, la ra­dio, la televisión, el vídeo, son herramientas de la cultura oral, no de la escrita; incluso la prensa, en su apabullante falta de cohesión, podría considerarse más oral que escrita) podría favorecer a la poesía. De hecho, me temo que ya la ha favorecido: la poesía más eficaz de todos los tiempos se está practicando hoy, en los medios audiovisuales, y se lla­ma pu­blicidad.

     Creo, por tanto, que nos hallamos en una situación simi­lar a la que hubo de afrontar Platón en el siglo v antes de Cristo. Sólo que ahora no es posible, ya, el triunfo de la ra­zón y de la ciencia. La razón y la ciencia han triunfado hace mucho tiempo. Nadie las discute. Pero sólo han servido para cosas prácticas. Los problemas del hombre, su falta de segu­ridad, su dudosa inserción en el medio social, su aceptación del otro, su adopción de modelos, etc., han resultado inmu­nes a la teoría del conocimiento.

     Nos hace falta una teoría de la sorpresa. Una teoría capaz de unir la objetividad total de la ciencia con la subjetividad total de la poesía. Una teoría absolutamente magistral que al mismo tiempo sea absolutamente excesiva. Hay que aportar las herramientas necesarias para que el ser humano puede identificarse con el conocimiento sin verse obligado a recu­rrir a la magia.

     Hay que hacer compatible el discurso poético con el filo­sófico.

Ramón Buenaventura

Verano 1991.

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  1. 2019/08/27 de 13:10

    Gracias por rescatar este discurso y compartirlo. Me gustaría también (pedir es gratis) que sacaras del cajón o la hemeroteca las reseñas literarias que escribiste. Estoy convencido de tu buen gusto literario.

    • 2019/08/27 de 20:18

      Hice un montón de reseñas literarias para el DISIDENCIAS de Diario16 a principios de los 80, pero no las conservo. Qué le vamos a hacer. Saludos.

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