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Tal vez vivir 2.0: Cubierta de la antología y primer poema

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Este es el primer poema que Isabel Jiménez ha incluido en su antología de mi obrísima poética, titulada, como ya sabemos, Tal vez vivir.

     ADIÓS tiene sesenta y un años, o los cumplirá el próximo mes de agosto. Está escrito unos días, quizá unas horas antes de que saliésemos de mi Tánger para siempre. [Sí, he vuelto tres o cuatro veces a Tánger, desde entonces; pero nunca a MI Tánger.]

Adiós

Andrajoso de nubes,

el cielo mira al suelo.

Viejo Cronos,

con su reloj de lágrimas. Me marcho.

Ninguno de estos versos me ha servido de nada.

He intentado quedarme

con Aisha Qandisha.

He intentado perderme

por el sendero rojo entre chumberas.

He intentado arbolarme en eucaliptos.

He intentado esconderme

en una de mis tumbas.

Es inútil. Me marcho.

Viejo cielo andrajoso.

                                                       [Tánger: agosto 1958 [1]]


[1] Yo conocí a Aâisha Qandisha عيشة قنديشة. Era una mujer bellísima, con los ojos como universos oscuros, con el pelo derramado en negro, con zara­güelles de seda cremosa, va­po­rosos, y patas de cabra. Vivía junto al arroyo, en el Had de la Gharbía, en la zona donde se ayuntaban las fuerzas vivas cuando to­caba cir­cuncisión. Dos o tres veces me escapé de casa por la noche, me aposté detrás de unos palmitos y estuve esperando que apareciese. Apareció. Afortuna­da­men­te, nun­ca me quiso ver: me habría secuestrado, como siem­pre hacía con los jóvenes va­ro­nes que se cruzaban en su camino, y ahora estaría yo en alguno de sus pa­lacios de agua, aten­diendo sus caprichos de ninfa (hay peores destinos, ya lo sé).

El sendero rojo entre chumberas llevaba a la ciudad romana de Ad Mer­cu­ri, que se cocía al sol, olvidada, a poca distancia de casa, en el Had, y era mía. Una noche me perdí en el alcantarillado, y me salvó la luna ge­nerosa llena. Mi padre y yo recogimos monedas, que él guardaba en un frasco de cristal, en su despacho de la Intervención. Acabó entregándoselas a alguno de sus superiores, y vaya us­ted a saber dónde irían a parar.

Y, bueno, repito: todo aquello era mío.

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