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Habían muchos «errores»

Dentro de cincuenta, de cien años, aunque el castellano  haya experimentado los grandes cambios que sin duda le depara el futuro no muy lejano, los hispanohablantes de entonces seguirán tan contentos de su lengua como los hispanohablantes de ahora: no del todo, pero bastante.

Los cambios que se producirán no serán para «bien», si los juzgamos según las normas de corrección ahora vigentes, pero no hay modo de frenarlos.

En primer lugar, el inglés seguirá inundándonos con sus neologismos más o menos necesarios o cómodos. Es el idioma dominante, el que hablan quienes inventan y nombran. Su influencia no puede evitarse. Es más: cuando intentamos evitarla, creamos confusión. Así se ha dado el caso de que en España ―copiando del francés, por no copiar del inglés― digamos «ordenador», y en América digan «computadora».

En segundo lugar, el inglés dará lugar a que muchas palabras del acerbo castellano cambien de sentido. Tenemos un ejemplo reciente en «bizarro», que siempre significó ‘valiente, generoso, lucido, espléndido’ y ahora significa ‘raro’. (Estos cambios de sentido no siempre son achacables al inglés. «Conllevar», por ejemplo, ahora significa «traer consigo», y antes era soportar algo desagradable: comer un trozo de pan para conllevar el hambre. El ansia periodística de sinónimos también ha dañado términos. Un «periplo» era antes un viaje por mar alrededor de algo, y ahora es un viaje por cualquier parte, incluso el África Central.)

En tercer lugar, algunos vicios idiomáticos del castellano (defectos de fabricación, podríamos denominarlos) (los tienen todos los idiomas) seguirán medrando hasta adquirir timbre de corrección.

Por ejemplo: la combinación adverbio+adjetivo posesivo, ya implantada de modo irrevocable en América, y cada vez más frecuente en España: «Detrás tuya», «delante mía».

Por ejemplo: la atribución de género masculino a palabras que rigen el artículo «el», pero que son femeninas: «Tengo mucho hambre».

Por ejemplo: el festival de incongruencias a que asiste cualquiera que se fije en el empleo que hacemos los hablantes y los escribientes de los pronombres le, lo, la, les, los, las… [No es infrecuente que estos fallos en la mecánica del lenguaje traigan resultados pintorescos. Piensen ustedes en el extraño motivo de que en castellano digamos «anduve» (por andar+hube), cuando lo «correcto» habría sido «andaste».]

Por ejemplo, el empleo de los verbos defectivos como si no lo fuesen: Un hombre agrede a un guardia urbano (a esto último ya se rindió la Academia).

Por ejemplo: el empleo de números cardinales en lugar de los complicadísimos ordinales: La noventa y cinco edición de Talocual, en vez la nonagésima quinta edición. (Esto se habría resuelto si hubiésemos dado carta de legitimidad al sufijo -avo, por supuesto.)

Por ejemplo, el error de concordancia entre el pronombre le/les y un plural posterior: «LE dije [en vez de leS dije] a to­dos mis amigos que se dejasen de templar gaitas». (Cuando el pronombre ha de concordar a priori, en la frase, con un plural posterior, la gramática instintiva no se pliega al ajuste. Tal es la resistencia del sentido común a esta con­cordancia, que las personas no especializadas en asuntos de lengua ni siquiera la comprenden bien, cuando uno intenta explicár­sela. Tras miles de páginas leídas a autores españo­les, lati­noamericanos, consagrados, inéditos, reales­aca­dé­micos, pe­riodistas, apresurados, lentos, minuciosos, chapu­zas, etc., hállome en condiciones de afirmar que no hay casi nadie que no cometa este error. Los latinoamericanos, como un solo hombre, sin excepción que yo co­nozca.)

Por ejemplo: la confusión entre predicado y sujeto en construcciones del tipo «había tres personas», donde el hablante que se toma por muy enterado considera que «personas» es el sujeto del verbo y, por consiguiente, debe decirse «habíaN tres personas».

Y qué sé yo cuántas cosas más.

Pero, insisto, seguiremos tan contentos como ahora, dentro de un siglo. Smile

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