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De Tánger a Tánger

Mi inminente participación en el curso «Tánger en la Literatura» que dirige Rocío Rojas-Marcos (Casa Árabe de Madrid, 18 y 25 de octubre) me ha llevado a recordar este texto que leí en el Instituto Severo Ochoa, antes Instituto Politécnico Español de Tánger, el 2 de junio de 1995, hace pues 23 años. Quizá todavía le pueda interesar a alguien. No creo que haya escrito nunca nada más sincero sobre mi Tánger.

Desde que salí de Tánger, el 7 de julio de 1958, hace treinta y siete años, sólo he visitado la ciudad en dos ocasiones. Una en junio-julio de 1964 y otra en agosto de 1972.

En 1964, la ciudad se parecía aún a mis recuerdos. Estuve viviendo en casa de mi abuelo, Alberto Es­paña, el autor de La pequeña historia de Tánger, pre­sidente vitalacio de la Asociación Internacional de la Prensa; todavía era analista del Hospital Español el doctor Gregorio López Ventura, marido de mi tía Mavi; y to­davía tropezaba con gente, en la playa y en la calle, que me reconocía y me preguntaba por mis padres. Y todavía, incluso, llegué a encontrarme, pa­seando por el bule­var, a un antiguo compañero de ba­chillerato, Ab­delazís ben Abdes-se­lám Eh-hisen, que entonces era médico del Hospital de Tánger (y quizá siga siéndolo, no sé, porque he perdido el contacto con él).

De todas formas, yo le tenía un miedo tremendo a Tánger, porque me había costado mucho trabajo extir­pármelo del sistema. Cuando me encontré en Madrid, en aquel agujero gris que era la capital de España —y toda España—, en el año de poca gracia de 1958, no tuve más remedio que hacerme a la idea de que el des­tierro era para siempre. Años más tarde, en el primer libro que publiqué, escribí un par de versos que pinta­ban la situación en muy pocas palabras: « Nací en una ciudad que ya no existe, / en un país que entonces no existía ». No se puede volver a una ciudad que ya no existe. Y decidí aceptar la realidad: estaba en España, era español (cosa que antes yo no tenía nada clara) y había que em­prender un largo proceso de adaptación al nuevo territorio. Bueno. La verdad es que todavía no me consta que este proceso haya terminado. Toda­vía no me consta que, a pesar de todos los esfuerzos que he hecho para convencerme de que me he vuelto caste­llano, yo haya dejado de ser tangerino. Más que nin­guna otra cosa. Ocurre, no obstante, que ser tange­rino, en mi sentido de la palabra, carece por completo de significado en tiempo presente.

Por eso, en 1964, me dio miedo volver a Tánger. Por­que mi proceso de adaptación a España no estaba ni mucho menos resuelto. Acababa de terminar la ca­rrera de Derecho, iba a preparar unas oposiciones, me conocía bien las calles de Madrid y, más o menos, me debrullaba (como decíamos aquí, en flagrante gali­cismo) en un ambiente que, en el fondo del senti­miento, yo seguía considerando ajeno y hostil; que nunca he llegado a entender del todo, si quieren us­te­des una confesión, a estas alturas de mi vida.

Miren, por ejemplo, un poema que escribí aquel ve­rano de 1964, en Tánger, y luego otro que escribí en otoño, ya instalado de nuevo en Madrid. El primero es el de Tánger y se llama « Esbozo garabato »:

El cielo se me puso panza arriba,
con las patas al aire.
Yo le rasqué la tripa a redropelo
y los dioses chillaban de placer.
« Muy buenas noches », replicó la aurora
en burda socaliña por salvarse;
le taparon la boca las estrellas
en jauría,
el hirsuto revés de puercoespín
de las estrellas.
El sol, disimulando, sonreía:
« Qué noche tan hermosa »;
y la luna, a cornadas,
lo obligó a zambullirse de crepúsculo
en el lejano burladero
del horizonte.
Yo, nictálope, andaba por el mundo,
cazando las luciérnagas a besos,
los labios congelados,
los ojos como grietas.
Mi corazón era un reloj de arena.
Las colas de los saurios me tocaban diana
cascabelera.
Por las venas me andaban minuciosas trompetas.
Y mis pulmones eran dos barómetros.
Es decir: me inventaba
y el cielo
cada noche
me ofrecía su panza de sedosas metáforas.

Y este otro es el escrito en Madrid. Se titula « Mo­mento acariciador ».

¡A la vida, a la vida, que se escapa
y se lleva a solapo
mis ahorros de gloria y de cabeza!
¡A la vida, a la vida, que me muere!
Los afilados dientes del reloj:
llevamos nuestra muerte atada al pulso
como un perro de presa maniático.
En el cielo se incendian las ventanas
retinas del crepúsculo: me mira
la belleza; me mira: ¿por qué es hermoso el mundo?
Lo que quiero es morirme en un caos fecal
sin rosas y sin ortos; sin tus ojos.
Sin tus ojos.
¡A la vida, a la vida, que me muere!

De hecho, después de aquella visita de 1964 tardé ocho años en re­gresar, y casi podría afirmar que no fue por gusto, o que no fue entera­mente por gusto. Estaba viviendo muy desagradables circunstancias perso­na­les, de esas que lo invitan a uno a regresar a las raíces, en busca de lo que en ellas pueda haber de fuerza re­gene­radora, y me pareció buena idea pasar una tempo­rada en la ciudad donde había nacido. No fue muy fe­liz la ocurrencia. El Tánger de 1972 ya no tenía nada que ver conmigo. A los tres o cuatro días tuve que ren­dirme a la horrífica evidencia de que me estaba com­portando como un turista. Dejé que un chaval me pa­seara por la alcazaba, como si no me la hubiera sabido de memoria. Dejé que un extraño in­di­viduo me hiciera proposiciones deshonestas en inglés, sin adivinarle antes la intención, como si aca­bara de desembarcar de un vuelo procedente de Londres. Por las calles me proponían hashish, o jovencitos, o, en úl­tima instancia, incluso al­guna prima núbil del ofe­rente. No reconocía ningún rostro paseando por el bu­levar. Nadie me reco­nocía a mí. Acabé haciendo lo que me había propuesto no hacer: refugiarme en casa de mis tíos, que aún se­guían en Tánger, y pasar dos semanitas de playa como habría podido pasarlas en Torremolinos. Sin sentirme de aquí.

Entonces fue cuando tomé la irrevocable decisión de no volver.

Y no volví.

Miren ustedes, las cosas irracionales no se explican del todo, nunca. Uno, como máximo, puede aspirar a transmitirlas de un modo tan eficaz, que el oyente las sienta con nosotros. Eso pretende lo que tantas veces he llamado poesía sensacional, la poesía que transmite las sensaciones y no piensa ni quiere pensar. A ese tipo de poesía perte­nece el primero de los dos poemas que antes leí. Sólo transmite la con­fusión mezclada con la arrogancia de un hombre muy joven que, en realidad, sólo poseía un puñadito de metáforas sedo­sas.

De todas formas, convendría, quizá, emprender un leve intento de expli­cación. Voy a encaminarla por la vía irracional, como es debido, leyén­doles a ustedes otros poemas, escritos a los dieciséis o diecisiete años, cuando mi salida de Tánger era inminente. Es decir: cuando yo ya sabía que me marchaba al exilio. El pri­mero se llama « Cuento contrariado », y es de marzo de 1956.

El príncipe
había desterrado su tristeza
todo lo allende el mar que darse puede.
(Un marinero
brinca las olas
con su canción.)
El príncipe
tenía un amor lindo en cada cine
y en cada pino un hijo del oráculo.
(Un molinero
muele a sus hijas
con el café.)
El príncipe
esperaba del mar una barca de piedra
con su propio cadáver.
(Una barquilla
como un arado
raja el tifón.)
El príncipe
era un muchacho con las manos tiernas.

No heredará su reino.

El segundo que voy a leerles se llama « Charada ro­mántica » y es de junio de 1958, de unas semanas an­tes de la marcha:

Aquí te espero: breve y a horcajadas
en la rama de pino
que cuelga sobre el mar
(las olas acarician
mi posible cadáver).

Estoy tratando de enhebrar mis sueños
al ojo de la aguja
de lo real; y duele.

Calma chicha: el Estrecho
de corrientes cuajadas,
el pedregal hispano al otro lado;
un petrolero yerto;
el sol etimológico.

No volveré a mi tierra nunca más.

Pero jamás me moveré de aquí.

Ven a buscarme.

Y el tercero se titula, muy apropiadamente, « Adiós »:

Andrajoso de nubes,
el cielo mira al suelo.

Viejo Cronos, con su reloj de lágrimas.

Me marcho.

Ninguno de estos versos me ha servido de nada.
He intentado quedarme
con Aixa Qandixa.

He intentado perderme
por el sendero rojo entre chumberas.

He intentado arbolarme en eucaliptos.

He intentado esconderme
en una de mis tumbas.

Es inútil.

Me marcho.

Viejo cielo andrajoso.

Puede que el chico aquel no acertara a expresarse con la debida preci­sión de lo poético, pero de estos poe­mas se puede extraer una conclu­sión tan poco técnica como irrefutable: el hombre andaba muy fasti­diado.

¿Por qué? A fin de cuentas, yo era, sencillamente, un jovencito de nacionalidad española que, concluido el periodo colonial —o de protectorado por Francia y España— de la nación marroquí, volvía a su tierra, a la tierra de sus antepasados y de su historia. Pero no era tan sencillo.

Nosotros, los adolescentes tangerinos de finales de los años cin­cuenta, éramos ya una especie en vías de mutación. No sólo porque hubiésemos nacido en Tán­ger. Nuestros padres también eran de aquí, e incluso nuestros abuelos, o llevaban en la ciudad desde princi­pios de siglo. Constituíamos una tercera generación. Yo imagino que es en la tercera generación nacida fuera de la metrópoli cuando empieza a desarrollarse el criollismo. Terminada la conquista de América en el siglo XVII, durante las tres generaciones del XVIII se va fraguando el sen­timiento de no pertenencia a Es­paña y sus destinos que desemboca en la gran escisión de los países americanos. Los chicos tangerinos de la tercera generación ya no nos considerábamos espe­cialmente españoles. O, por decirlo de otro modo, sólo nos considerábamos españoles en cuanto éramos dife­rentes de otros tangerinos de origen europeo, pero no en cuanto pudiéramos parecernos a los españoles de la metrópoli, cuya mentalidad y modo de vida se nos an­tojaban poco menos que irri­sorios. Nosotros vivíamos en una ciudad internacional, libre y, para colmo, rica. Éramos unos insensatos, desde luego. Ni se nos pasaba por la cabeza que había otros tangerinos, los marro­quíes e incluso los ju­díos, que estaban aquí desde mu­cho antes que nosotros y que no disfru­taban —por lo menos los marroquíes— ni de aquella libertad ni de aquella riqueza. Jamás nos acordábamos del futuro. Quiero decir: jamás se nos ocurría que estábamos en un país extranjero, con su po­blación autóctona y su cultura propia, que nosotros no habíamos asimi­lado más que en sus aspectos más folclóricos y en determi­nados toques lingüísticos. Recuerdo, por ejemplo, que por aquel entonces los chicos nos llamábamos jai, ‘hermano’ en árabe, para interpelarnos en las mis­mas ocasiones en que ahora casi todo el mundo dice tío. « Oye, jai, ¿te vienes al cine esta tarde? » Jai era nues­tro santo y seña, la diferencia, lo que nunca sería un no tangerino. Pero aquello era, ya digo, totalmente folcló­rico. En realidad, ni siquiera nos molestamos en aprender el árabe, más allá de las cien o doscientas palabras básicas, como mucho. Y no hacía­mos nin­guna clase de vida común con los jóvenes marroquíes de nues­tra edad. Algo, si acaso, con los compañeros del instituto, que eran muy pocos. En mi clase, exac­tamente tres: el ya mencionado Hsisen, Dris Abarodi y Mohamed ben Chaib Temsamani, que luego sería agre­gado militar de la embajada de Marruecos en Ma­drid. « Temsa », como le llamábamos, jugaba muy bien al fútbol, de delantero centro, y siempre se alineaba con el equipo del instituto español cuando nos enfren­tábamos al equipo de los marianistas o al liceo ita­liano. Pero, desde luego, ninguno de ellos asistía a nuestros guateques, ni salía con nuestras chicas, ni se venía a la playa con la panda. Dicho en lisas y llanas palabras: preva­lecía una discriminación casi total de la que nosotros no éramos cons­cientes, o que aceptába­mos como un hecho natural. Habría que matizar en este punto, sin embargo: no era una discriminación que se debiera a ningún sentido de superioridad. Lo que teníamos era una fuerte noción de la diferencia e, incluso, perdóneseme, del carácter no conciliable de ambas culturas. No éramos enemigos, pero sólo po­díamos vivir en el mismo espacio territorial a condi­ción de no mezclarnos excesivamente. Además, claro, nosotros mandábamos.

No estoy pintando, como se ve, una ciudad del pa­raíso. Éramos inocentes, quizá, por la inconsciencia de nuestros pocos años, pero ca­recíamos de sentido de la realidad. Creo que puedo asegurar que a nin­guno de nosotros, los chicos europeos de finales de los cin­cuenta que vivíamos en Tánger, se nos pasaba por la cabeza la idea de instalarnos alguna vez en los países cuyas embajadas nos suministraban pasaporte. Yo iba a estudiar en España, claro, porque en Tánger no había Univer­sidad, pero luego volvería aquí, a casarme y te­ner hijos de cuarta gene­ración, buscándome algún modo de vida más o menos pingüe de los muchos que la ciudad internacional ofrecía a sus súbditos euro­peos. Con el movimiento independentista marroquí ya en marcha, con Mo­hamed V exiliado en Madagascar, nosotros seguíamos convencidos de que nada cambia­ría nunca en Tánger. Era demasiado nuestro.

Pero ¿qué tenía esta ciudad para que la amáramos tanto y nos con­firiera semejante sentido de la superio­ridad sobre el resto de los ciuda­danos del mundo?

Era bella, desde luego, tanto como bella sigue siendo ahora mismo. Pero todas las ciudades del mar son bellas, e incluso algunas de tierra adentro. Era… Un mundo aparte. Un espacio en el que nos sentíamos protegidos y privilegiados, por lo menos los niños bo­nitos, porque había —también, no se me olvide men­cionarlos— otros españo­les no tan dichosos. Una ciu­dad que vivía bajo el régimen del Estatuto Internacio­nal, con administradores que las potencias iban nom­brando en turnos sucesivos y con la presencia de un Mendub del Májsen, con jurisdicción limitada a los súbditos marroquíes. Con un Tri­bunal Mixto Interna­cional que se hizo famoso entre los juristas, por el eclecticismo de sus principios y por su agilidad de funcionamiento. Yo no sé exactamente de qué vivía Tánger, por qué era tan rica, porque teníamos los me­jores cochazos americanos recorriendo las calles, por qué tanta fiesta, por qué tanto lujo. Seguramente, claro, en gran medida, por el tráfico, con destino a la península, de mercancías que allí no se encon­traban: relojes, electrodomésticos, objetos de plástico, medias de nai­lon, tabaco, bebidas alcohólicas, extrañas mate­rias primas. También, desde luego, por su carácter de paraíso fiscal. Y, claro, por las aportaciones de las potencias signa­tarias del Estatuto, que pagaban es­pléndidos sueldos a sus funcionarios destinados en Tánger.

Por otro lado, el carácter internacional de la ciudad nos abría a in­fluencias que no se daban, tan combina­das, seguramente en ningún otro punto de la tierra. Estas influencias, además, operaban sobre una base previa intercultural. Los inmigrantes de nacionalida­des no signatarias del Estatuto, que llegaron a Tánger cen­trifugados por la segunda guerra mundial (yo, en este mismo instituto, he tenido compañeros de bachi­llerato polacos —Pepe Smolka—, rusos —Tania Maslénikof Daví­dof—, lituanos —Marina Pukarch), estos inmi­grantes se incorporaban a una ciudad donde convivían tres culturas de muy antañón arraigo: la ma­rroquí, la judía y la española, con el añadido de la co­lonia fran­cesa, siempre muy influyente. Ya he dicho antes que no todo era de color de rosa en esta convi­vencia, pero no puede negarse que el espíritu de la ciudad estaba imbuido de las tres culturas, y que no faltaba el respeto entre ellas. La segregación, si me apuran, era más eco­nómica o social que de raza. Los marroquíes ricos y los judíos ricos no tenían ningún problema para alter­nar con los europeos ricos, más que si pretendían ca­sarse con nesrani. (Pretensión, por otra parte, que rarí­sima vez se producía. Apenas si re­cuerdo matrimonios mixtos, aunque en mi familia los hubo: mi tío Alberto se casó con Nufi Ducali; pero este Ducali era una gran señor, al que recuerdo de mi infancia, con su yil-laba blanca inmaculada y sus ba­buchas amarillas.) Habría diversos pro­blemas, qué duda cabe, sobre todo si te­nemos en cuenta que los marro­quíes no intervenían en el gobierno de la ciudad más que en los últimos esla­bones: tenían policías de tráfico y algún que otro fun­cio­nario me­nor; pero nin­guna autoridad dentro de la Administración Inter­na­cional.

De todas maneras, conviene insistir en el espíritu de convivencia. Las culturas coincidían en lo que podían coincidir y se mantenían sepa­radas en los reductos no renunciables. Sobre todo, en materia de cos­tumbres y de religión. Es curioso que los misioneros francisca­nos, con convento en Tánger desde tiempos inmemo­riales, apenas hayan hecho conversiones. Mi padre siempre me ponía el ejemplo de Mójtar, el portero de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, que convivía con los frai­les, aunque en casa aparte, a un lado de la iglesia, con su mujer y su hija, y seguía tan musulmán como cuando lo circuncidaron. He estados en sinago­gas y mezquitas, en tefelines y en bodas musulmanas, he visto marroquíes y hebreos en la iglesia cristiana, por nupcias, bautizos o funerales. Pero, que yo sepa, nadie se pasó nunca a ninguna de las otras dos religio­nes. Será que las tres son verdaderas.

Recuerdo el artículo que escribió mi padre, en el dia­rio Larache¸ cuando murió Antonio Ortiz, arabista e intérprete, enamorado de Ma­rruecos, en Alcazar­qui­vir. Sidi Aalí, un notable de la ciudad, asistió al vela­torio, con lágrimas en los ojos, pero como acuciado por las prisas. Cuando se retiraba, mi padre le pre­guntó que por qué no permanecía con todos los demás, velando al amigo. Sidi Aalí, llevándose la mano al pe­cho, le contestó: «Voy a la mezquita, a rezar por sidi Antonio ». El artículo se llamaba « La oración de sidi Aalí », y me ha hecho llorar al­gunas veces. Y sé por qué lloro, aunque ustedes, desde otro mundo y otro tiempo, no puedan comprenderlo. Lloro por el amor que nos te­níamos.

Ésta era una parte del ambiente. Luego, claro, lo cultural. Aquí no había censura de libros ni de pelícu­las ni de espectáculos ni de costum­bres. Aquí nos lle­gaba todo lo que se producía en el mundo, tal como salía del horno. En eso, también, cada cual a lo suyo. Supongo que en la Librería Hispano-Africana, de mi abuelo Alberto, no se venderían libros prohibidos por el régimen español. Pero sí en la Librairie des Colon­nes, lo que quisiéramos. En los cines Roxy y Goya po­nían casi siempre películas españolas o dobladas al es­pañol. Pero en el Maurita­nia o en el Lux veíamos las versiones francesas, libres de cortes. (Ya ven que no menciono los cines donde se proyectaban películas en árabe: nunca estuve en ninguno. Así éramos. Los mu­sulmanes no pro­testaban, o no podían protestar, de las desnude­ces europeas, y los euro­peos, sencillamente, ignorába­mos el cine en lengua árabe.)

Hablando de lo cultural, habrán observado ustedes que no he hecho mención de un grupúsculo de perso­nas que al parecer vivían en Tán­ger, durante aquellos años, y que en tiempos recientes se han conver­tido en símbolo de la mitología tangerina. Francamente, nin­guno de aquellos escritores anglosajones que se insta­laron en la Alcazaba y que se juntaban siempre en un bar muy exclusivo, tuvo nunca nada que ver con la vida de la ciudad. Ni influyeron en ella ni, creo, se dejaron in­fluir en ningún aspecto, con la muy honrosa excepción de Paul Bowles. Tennessee Williams, Tru­man Capote, William Borroughs, etcétera (un etcétera no muy largo, desde luego, hecho sobre todo de escri­tores bri­tánicos de tercera o cuarta fila) pasaron por aquí, se tomaron unas co­pas y unos kifis con los ami­guetes, y se marcharon. Eso es todo. Quién más cruelmente lo cuenta es Anthony Burgess, en el se­gundo tomo de sus memorias. Él también estuvo por Tánger, riéndose mucho.

Luego, cada cual ha elaborado la leyenda que le ha convenido, so­bre todo cuando Tánger ya no era el Tánger Internacional. Aquí, du­ran­te todo el periodo de esplendor de la Administración Internacional, la vida real y cotidiana de la ciudad nunca mantuvo relaciones con ese mito. Suficiente personalidad tenía ya, sin ne­cesidad de tal apor­ta­ción.

(Digo, entre paréntesis y a toda prisa, que el am­biente intelectual de aquel Tánger no era notable. Sólo dio, en el momento, y dejando aparte a la gente que nos vino de fuera, un escritor de mucha altura, Ángel Vázquez, dos excelentes pintores, George Apperley y Antonio Fuentes y, si se quiere, una Miss Tánger que haría carrera en el cine español, Irán Eory. Bueno: y Elena Espejo, que tuvo sus días de gloria también en el cine. Y Conchi Cueto, que ahora conduce una « Farmacia de guardia ». De los adolescentes o jóvenes de aquella época sólo hemos asomado en el mundo cultural, que yo sepa o recuerde, el gran pintor José Hernández, el crítico cinematográfico Diego Galán, el erudito ci­nematográfico Emilio Sanz de Soto, el di­rector de fotografía José Al­caine y un modesto poeta llamado Ramón Buenaventura. Por no men­cionar a Bibi Andersen, más importante que todos los demás juntos, por supuesto. (Habrán observado ustedes que no menciono a Gloria Berrocal, que les ha dirigido la palabra desde esta misma plataforma en el día de ayer. Es por una vieja cuestión entre Gloria y yo: ella pre­sume de ser de Tánger, pero en realidad nació en Al­cazarquivir. Y no es lo mismo, oiga.) Éramos chicos dados a la diversión y al disfrute de nues­tros privile­gios. En seguida nos volcamos en el rock and roll, que nos llegó mucho antes que a los españoles, y en de­terminados elementos previos de la cultura beatnik y hippie. Como estoy tratando de explicar en el nuevo libro que cualquier día de estos terminaré, éramos unas bestezuelas bastante rebeldes y bastante díscolas, pero apenas si tenía­mos más contenido que el estético o el moral. Yo no recuerdo que na­die nos hablara de lite­ratura en Tánger, fuera de las clases del instituto a ese fin dedicadas. Tampoco recuerdo, y ese es otro tema, ningún amigo que tuviera actitudes políticas, dejando aparte las más o menos imperialistas que nuestro afán de permanecer en Tánger para siempre nos insuflaba. En este terreno, por qué no decir la ver­dad, nos pareci­mos bastante a los pieds-noirs argeli­nos.)

Bien: espero que más o menos se entienda lo que estoy tratando de transmitir. El Tánger Internacional quizá no fuera un paraíso, segura­mente no era un pa­raíso, pero nosotros estábamos convencidos de vivir en el jardín del Edén. Del cual fuimos expulsados. No creo que ningún tangerino se haya recuperado total­mente de la pérdida, a pesar de los años transcurridos.

Ahora soy consciente, todos somos conscientes, de que no había otra salida, de que éramos extranjeros en tierra extraña y teníamos que marcharnos. Entre otras cosas, porque nuestra convivencia con el Es­tado ma­rroquí era impensable, por evidente falta de adapta­ción. Noso­tros estábamos a gusto siendo la clase go­bernante, pero en modo al­guno nos habríamos avenido al simple hecho de colaborar con las au­toridades ma­rroquíes a la buena marcha del país. Teníamos que volver a nuestras casas, a ocuparnos de nuestros asuntos. Que no tuviéramos casa, ni asunto de que ocuparnos en la tierra de origen, no es cosa de que pueda acusarse a Marruecos. Ni a nadie, tal vez. La historia juega esta pasadas. Cada época se vive según sus principios, que siempre parecen los mejores y más realistas. Luego, cuando cambian las nor­mas, no tiene más remedio que haber víctimas. En todo caso, que nos quitaran lo bailado. Tuvimos una espléndida ado­lescen­cia, en una ciu­dad alegre y confiada.

Y al fin y al cabo he vuelto. Me había negado muchas veces a hacerlo, antes, pero ahora me ha parecido el momento cabal. Mentiría si dijera que por fin se han resuelto mis problemas con la memoria. Siguen ahí. Sigo teniendo un paraíso en la memoria y sigo alber­gando un rencor enorme. Es un rencor contra descono­cidos, por así decirlo, contra nadie en concreto. Contra el Destino que me hizo trampas, contra las circunstan­cias que me pusieron en una situación feliz para luego dejarme sin ella, arrancándome de cuajo todos los planteamientos que de mi vida había hecho. Pero, claro, han pasado tantísimos años… Mi vida la doy por sal­vada. He podido superar la ausencia de Tánger y, más o menos, tengo mi pequeño sitio en la realidad española actual. Sigo sintiéndome un poco extranjero en España, porque no he padecido la misma educación que padecieron los españoles de mi edad, ni ellos me co­nocen desde pequeño, ni saben muy bien de dónde he salido. Pero, ya digo, la cosa no ha resultado del todo mal.

Ahora tenía que volver a Tánger para borrar una cuenta pendiente. Casi me da vergüenza airearlo en público, pero vengo a Tánger a de­cirle que sí soy de aquí, que llevo cerca de cuarenta años negándolo, pero que sí, que soy de aquí, del Tánger de ahora, no del Tánger de mi adolescencia. Que la ciudad ha cam­biado y yo también; que no somos los mismos, pero que podemos seguir queriéndonos.

Me considero incapaz de llevar adelante ni un solo día más la farsa que tan útil me ha resultado durante decenios. No es verdad que yo sea de ninguna parte. Soy de aquí. Y, parece mentira, pero esta sencilla afirmación, que vengo maquinando, sin darme cuenta, desde que publiqué en 1986 un libro que se llamaba El abuelo de las hormigas, me ha permitido recuperar toda mi negada adolescencia.

Déjenme leerles, para terminar ya, un fragmento del capítulo cuarto de El abuelo de las hormigas. Empieza con dos citas. La primera es de un libro latino titulado De bello vandalico, obra de Procopio:

« Ahí [en la ciudad de Tánger], cerca de la Fuente Grande, se ven dos estelas de piedra blanca que llevan grabada en letras fenicias y en la lengua de los fenicios una inscripción cuyo sentido es: “so­mos los que hemos huido de la faz del ladrón, Jo­sué, hijo de Nave” ».

La segunda está tomada de la Descripción de África de Juan León Africano:

« Tangia, llamada por los portugueses Tangiara, es una gran ciu­dad antigua, edificada amplia­mente, según falsa opinión de al­gunos historiado­res, por un señor llamado Sedded [Xeddad Ibnu Aad], hijo de Had, que –según ellos– tuvo univer­sal poder en todo el mundo. Quiso construir una ciudad similar al paraíso te­rrenal, haciendo los muros de bronce y los techos de las casas de oro y plata, enviando mensajeros a cobrar los tributos por todo el mundo… »

Y los versos del hombre que se sentía más viejo que el mismísimo abuelo de las hormigas dicen así:

Sumidas las raíces en la matriz del Monte,
frontera bautismal de raza vieja,
pestillo del Océano hasta el cielo,
remata la ciudad, en Espartel, la roca

desde la cual, a suertes, en los días más claros,
se puede ver la muerte para siempre.

Grito verde del sol.

Me salto una estrofa.

Cabe que gastes años
en el destierro negligente
de una villa segura, con las aguas cautivas,
lejos de fuentes y riberas,
lejos del cerro con las piedras santas.
Pero tarde y temprano
ha de citarte el mar, para que encares,
hecho vapor de noche, la ciénaga lunar
que tapa los infiernos. Será entonces
cuando sepas quién eres y qué pasos son tuyos.
De la brasa callada revivirán tus lenguas;
pues aquello que nace en la zona sagrada
es un altar del hombre ardiendo hombre.

Es todo. Estoy, de nuevo, en mi zona sagrada.

29 de mayo de 1995

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  1. Manuel González granados
    2018/10/10 en 11:30

    Excelente interpretación del sentir de un tangerino. Paleta de colores claroscuro en el devenir de la vida de obligada huida y éxodo frustrante que nos impusieron. Hago mío tu sentir por magico y contundente, si con tu permiso y benevolencia para ello cuento. Yo aún ando vagando en esta España indolente desde los años setenta. Tuve la suerte de volver a tanger, nuestra casa común, en leo año 86 para trabajar en el hospital español y la experiencia fue de sobras castrante, pero mi simbiosis con mi ciudad me hizo más fuerte y pude vol er a España con otra visión distinta de lus hechos de cuando parto la primera vez. Hoy sigo buscando el momento adecuado para regresar a mi tanger y de paso i indra mi cuerpo de las aguas de sidi-harazem.

  2. 2018/10/09 en 18:58

    ¡Muy interesante!

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