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Jocandi causa

2018/09/13

Permítanme que les participe una noticia de gran novedad: esto ―la política― no es un concurso de méritos. En los partidos no ponen al mando a quien más sabe (quizá por lo mucho que ha estudiado y por lo mucho que ha vivido), sino a la persona que, a juicio del sanedrín interior, mejores perspectivas electorales ofrece (mejor aspecto físico, más simpatía, más gancho con la gente, ese tipo de méritos). En todos los partidos hay ojeadores que van seleccionando futuribles y los proponen para promoción interior. A veces se equivocan, pero sus errores suelen quedar ahogados en el «aparato». Por cada Pedro Sánchez o Pedro Casado de los que emergen como corchos en la superficie de la atención pública ―muchas veces como resultado de una cruel guerra civil en sus facciones― debe de haber decenas de muchachitas y muchachitos que se quedan enganchados en las covachas del partido, como alevines en las redes de morralla.

Ya comprenderán ustedes, pues, que los partidos privilegien la formación de estos futuribles, facilitándoles los títulos que justifiquen sus cargos a ojos ajenos. Apenas tiene sentido que un zoon partipolitikón pierda el tiempo en la Universidad, bregando con exámenes trimestrales o finales, asistiendo a prácticas, presentando trabajos, solo para adquirir conocimientos que ya posee el partido y que el partido le proporcionará cuando los necesite para acceder o permanecer en el poder. Una culturilla general, manejada con desparpajo, es más que suficiente para el día a día y desde luego para bregar con los demás políticos y con los periodistas (que tampoco suelen tener más que eso mismo: una culturilla general).

Los títulos son para la galería, para encastrarlos en el currículo, para colgarlos de la pared con su marco de Ikea. Son atributos de CANDIDATO, sin utilidad práctica alguna.

Los títulos, pues, se le facilitan al candidato por todos los procedimientos ―quizá preferiblemente legítimos, pero no siempre― de que disponga el partido. ¿Cómo imaginar a figuras emergentes de sus partidos como Pedro Sánchez o Pedro Casado ocupándose de los largos y prolijos trámites universitarios igual que otro alumno cualquiera? ¿Cómo imaginar a un político escribiendo una tesis, con el trabajo que eso cuesta y con lo inútil que resultaría ese trabajo a los únicos efectos que pueden interesar a un candidato, es decir para ganar unas elecciones y gobernar?

Se nos olvida con demasiada frecuencia que para llevar una vida normal hay que ser una persona normal, no un político, no ninguna modalidad de celebridad pública.

Me parece, pues, inevitable que los grados y títulos de nuestros políticos, sobre todo de los más modernos, de los más insertados desde siempre en los partidos, de los que en realidad NUNCA HAN TENIDO UNA VIDA NORMAL, estén un pelín facilitaditos.

Qué más da. Nos hemos embarcado en una guerra idiota e inútil. Quienes gobiernan no son ellos, en todo caso. Ellos gestionan la imagen, ellos representan la candidatura del partido, pero la gobernanza es demasiado complicada para dejarla en manos de gente sin verdaderos estudios, sin verdadera experiencia.

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  1. Alberto Mrteh
    2018/09/29 en 14:04

    Querido Ramón,
    me ha parecido de lo más sensato que he leído respecto a este tema. Y lo de la “culturilla general” me ha hecho reír.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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