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Democracia mini

2018/09/13

TEXTO PARA GANAR AMIGOS

Desde la izquierda, «Democracia» es una mera palabra, un modo de designar lo que queremos muchos, es decir: un sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos (fraternidad sería mucho pedir a la especie humana, por ahora). La democracia real, la que existe, la que se definió a finales del siglo XVIII, basada en una optimista concepción de la gobernanza griega, está muy lejos de cumplir con tales requisitos: solo funciona entre iguales, y los únicos iguales son los más poderosos; ningún gobierno actual posee mecanismos que controlen y en su caso impidan los abusos de poder de los más poderosos; ningún gobierno actual tiene en marcha ningún proyecto que apunte a la eliminación de las desigualdades sociales y la creciente concentración del poder en quienes ya lo detentan; ningún gobierno actual dedica un solo instante a estudiar la posibilidad de adaptar la búsqueda de la libertad y la igualdad a las realidades sociales de nuestro tiempo, que han cambiado brutalmente en los últimos veinte o treinta años y que ya no se parecen en nada a las que permitían el funcionamiento de la «democracia» tradicional

¿Qué hay de «democrático» en que los ciudadanos voten mal informados, manipulados, movidos por las corrientes del odio (también manipuladas)? ¿Qué hay de «democrático» en seguir hablando de división de poderes cuando todos sabemos que el sistema judicial ni es ni puede ser neutral en la lucha de los políticos por el poder? ¿Qué hay de «democrático» en la libertad de expresión cuando sabemos que todos los medios, absolutamente todos, están al servicio de intereses políticos, por no decir, en casi todos los casos, de los más poderosos?

Va siendo hora de que nos dejemos de idioteces, desde la izquierda. El objetivo final ―el supradicho sistema de gobierno que garantice la libertad y la igualdad a todos los ciudadanos― no parece que vayamos a encontrar el modo de conseguirlo, porque ni siquiera somos capaces de darle definición. Desde la izquierda, la única política posible (no solo por el enorme poder de la derecha, sino sobre todo por nuestra propia incompetencia, por nuestro dogmatismo idiota) es la que podríamos llamar micropolítica: en cuanto accedamos al poder, dejémonos de cantigas tardogochistas y pongámonos a corregir todas las leyes y todas las situaciones que obstaculicen la libertad y la igualdad o ―peor aún― que fomenten la falta de libertad y la desigualdad; sin cejar un instante. Ha sido así como el PP ha hecho la mayor parte de sus daños: poquito a poco, a golpe de BOE discreto, retocando leyes y reglamentos, detallitos, todo ello con una pericia que sería admirable si pudiéramos admirar la maldad; luego, también, asestando mazazos tremendos, como la Ley Mordaza, o defendiendo ferozmente la inamovilidad de lo retrógrado, como el nacionalcatolicismo y los privilegios docentes de la Iglesia. Sin ideología. El PP nunca tuvo ideología.

Creo que la izquierda, ahora mismo, le sobra la ideología, le sobran las disquisiciones ideológicas. De lo que se trata es de hacer, hacer, hacer: reabrir todos los caminos de la libertad y la igualdad.

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  1. Pilar Pineda
    2018/09/23 en 16:39

    Sólo la igualdad ante la ley me parece absolutamente defendible. La otra es antinatural, luego poco deseable ¿Iguales quiénes a quiénes, en función de qué instrumentos de medir?

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