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Reformas mentales, reformas legales

Claro está que hacen falta «reformas mentales», como acaba de afirmar la Ministra de Justicia ante la puesta en libertad vigilada de los cinco machidiotas que operan bajo el nombre grupal de La Manada. La sociedad entera, en todos sus aspectos ―jurídicos, laborales, de convivencia, léxicos―, tiene que adaptarse a una nueva realidad en que las mujeres occidentales han salido de los gineceos milenarios y se comportan como seres humanas libres de todo sometimiento al varón. No será fácil.

En el caso de los Cinco Machidiotas, creo que un factor principal del problema es que muchísimos hombres y muchas mujeres consideran inadecuado o indecente o impropio o demencial, o como quieran ustedes llamarlo, el comportamiento de la víctima. ¿Qué hacía esa buena señorita deambulando por el jolgorio callejero, sola (léase: sin hombre que la protegiera), ciega a copas, buscando diversión a cualquier precio? Sí, desde luego: el comportamiento de esos cinco jóvenes tan cachondos TAMPOCO merece aprobación, y es sin duda acreedor de algún castigo; pero lo sucedido no habría podido ocurrir si la víctima no lo hubiese provocado con su insensatez y sus ganitas de juerga. El consentimiento inicial culpabiliza a la víctima. El delito de los Cinco Machos es en realidad un error de valoración: no calibraron bien hasta dónde quería llegar la chica. Y se pasaron. Pero, caray: no fue para tanto. En realidad, la abusada no ha sufrido ningún daño, como demuestra el hecho ―detectivescamente demostrado, por cierto― de que a los pocos días anduviera otra vez por ahí de cachondeíto y discoteca.

Sí.

Esto es lo que piensan, desde lo más profundo del tenebroso hipotálamo, muchas mujeres y muchos hombres españoles, algunas juezas y algunos jueces españoles.

A plazo medio, no hay solución, pero sí, al menos, un paliativo: es absolutamente imprescindible y urgente que se afine al máximo la tipificación de los delitos sexuales, introduciendo en el Código penal las modificaciones pertinentes y reduciendo, por ende, la libertad que los jueces tienen en este momento para juzgarlos según sus propios prejuicios.

Lo malo es que este cambio no puede efectuarse de hoy a cras. Será necesaria una comisión de personas muy cualificadas, muy sensatas, muy realistas, muy inteligentes, muy prudentes ―propuestas y elegidas, quizá, por todos los partidos políticos, e incluso por algunas instituciones―, que dediquen el debido tiempo a meditar sobre el asunto antes de presentar sus propuestas. Que luego deberían aprobarse con mayoría de dos tercios en el Congreso. (Yo propondría que en la comisión hubiera más mujeres que hombres, pero ese es otro tema.)

Mientras, tendremos que conformarnos con el estado de denuncia y protesta permanente en que nos encontramos. Ninguna manifestación callejera o mediática cambiará una sentencia emitida, pero sí puede conseguir que se cambien las leyes.

En realidad hay que cambiarlo casi todo, y en ello estamos o deberíamos estar.

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