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Babel hispánico deseable

2018/04/27

Durante una parte de mis años de ejecutivo (de 1973 a 1981), fui subdirector y luego director para el sur de Europa y el norte de África de una multinacional norteamericana. Me pasaba el tiempo viajando, sobre todo a Francia, Italia y Portugal. Mi bilingüismo francoespañol de entonces (ahora se me ha estropeado un poco, porque priva el inglés) me permitía trabajar con mis clientes y colaboradores franceses sin ningún problema, pero mi conocimiento del italiano y del portugués no me bastaba para expresarme con la soltura necesaria. Así las cosas, en ambos países les propuse a mis interlocutores habituales que hablasen ellos en su idioma y que me permitiesen a mí hablar en el mío. El método funcionó de modo impecable, en todos los niveles. De vez en cuando surgía algún problema, claro, porque hay términos que en principio no se entienden (un italiano no puede saber lo que significa «mariposa», por ejemplo), pero todo se solucionaba rápidamente. Y, claro, cuando hacía falta, por ejemplo cuando el Jefe de Producto de Sangemini ―Pippo Lombardo[1]― me llevaba a cenar a su casa con su familia, yo tiraba de italiano para decirle a la abuela que sus antipastos estaban tremendos. Y con los camaradas portugueses era una verdadera delicia barajar las palabras.

Mi conocimiento del catalán no me permite hablarlo. Lo intenté una vez, con Laura Franch, en una cena, y su reacción me desanimó para siempre: «Tienes acento portugués». En fin. Pero creo que leo y entiendo el catalán aceptablemente para un tangerino. En algunas ocasiones, hallándome, pongamos por caso, en una reunión donde yo era el único no catalanohablante, he propuesto a los presentes que no renunciasen a su idioma, que ya les preguntaría yo si no entendía algo, y que tolerasen mis intervenciones en castellano. No hubo modo. Los catalanes tienen imbuido en su comportamiento el reflejo de hablar castellano en presencia de forasteros. El otro día, en casa, trabajando con Isabel Giménez, profesora ilerdense de la universidad de Almería, volví a observar el fenómeno: ella traía en catalán sus notas al margen de mis textos, y las leía en el original, pero inmediatamente me las traducía. Tuve que reírme.

Es una pena. Creo que los españoles deberíamos hablar todos nuestros idiomas, cada uno el nuestro, el que nos permite la óptima expresión de nuestras ideas y sentimientos. [Bueno, claro, con una excepción: el eusquera es harina de otro costal. Sería mucho pedirnos a los demás españoles que lo entendiésemos, aunque tampoco nos vendría mal conocerlo un poco. No debe de llegar ni al uno por ciento la cantidad de no vascos capaces de decir «buenos días» en eusquera. Y eso no es satisfactorio.] Deberíamos no notar siquiera que el otro no está hablando nuestro idioma principal. Nadaríamos en una riqueza lingüística incomparable.

Pero cómo podría darse algo así en la España actual.


[1] Una mañana, hablando con Pippo, le dije: «Esto lo hemos repasado “tropecientas” veces». A él le encantó el término y de inmediato lo italianizó. Se lo oí utilizar con sus amigos alguna vez.

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  1. Alberto Mrteh
    2018/05/27 en 10:56

    Me ha gustado mucho el artículo y tu propuesta de normalizar las charlas en distintos idiomas.
    Aunque me siento mal al darme cuenta de que no sé dar los buenos días en los distintos idiomas de España.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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