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Aquiles negro

Mi vieja, casi adolescente pasión por los poemas homéricos me ha llevado a incurrir en sufridas sentadas cinematográficas, porque rara vez he resistido la tentación de ver las películas basadas en la Iliada o la Odisea que iban asomando a las carteleras. No recuerdo ninguna que me pareciera buena, pero, al menos, todas ellas me proporcionaron el entretenimiento de ir viendo cómo se enfrentaban los actores y las actrices a sus imponentes papeles: Aquileo, Odiseo, Príamo, Héctor, Elena, Casandra, Penélope… (La italiana Rossana Podestà, nacida en Libia, fue una tremenda Elena en cinemascope, en el cine Lux de Tánger. Y cuánto disfrutó el bueno de Kirk Douglas haciendo de Odiseo, atado al mástil de su embarcación, mientras cantaban las sirenas.)

     Ello explica y hasta excusa ―espero― que se me haya ocurrido ver tres episodios enteros de una serie inglesa titulada Troy: Fall of a City.

     Lo peor no es que sea mala, que lo es, a tope. Lo peor para mí es que tampoco me sirve para entretenerme con la encarnación de los personajes, porque la famosa y nueva necesidad de «inclusión» ha hecho que a alguien le pareciera una idea excelente meter negros en el reparto. Personas de raza negra, quiero decir, claro. Aquiles es negro (y Patroclo, cómo no). ¡Zeus es negro! Eneas es negro… Pues mire usted: no me parece válido. (Aclaro: todos estos personajes son invenciones de los griegos, quienes, a pesar de su potencia imaginativa, difícilmente podrían haberse fabricado héroes, semidioses o dioses de otra raza.)

     Si yo fuera negro (tengo un 1,2% de negritud en mi ADN, pero quizá no resulte suficiente para opinar), estas estupideces me sacarían de quicio. ¿Qué honor se me rendiría falsificando lo evidente, haciendo como que la Grecia antigua fue un «crisol de razas», como que a los helenos (los que crearon la palabra «bárbaro») les daba igual no ser helenos, como que existe la menor posibilidad, dentro de los textos homéricos, de que alguno de los personajes principales fuera subsahariano (como ahora se dice)? Muy bonito, muy integrado todo: secuencia tras secuencia, nadie se da cuenta de que Aquiles no es de la misma raza que Agamenón o Menelao, de que Eneas ―a quien luego Virgilio utilizaría para fundar la Patria romana― es un simpático mocetón oscuro. Ocurre lo mismo en muchas películas y series recientes: en ellas no existen las diferencias raciales, nadie las percibe.

     Doy por supuesto que lo hacen con buena, con amable y didáctica intención, pero, caramba, un poco de verosimilitud tampoco vendría mal. (Sí, la ficción también requiere verosimilitud: la suficiente, al menos, para que el lector o espectador no tenga que forzar en exceso su indispensable «suspensión de la incredulidad».)

     (Por otra parte, tampoco me haría gracia ―repito, si fuera negro― que le endosasen a mi raza el personaje más primitivo, bruto, antisocial, cruel e insensible de la Iliada. Una bestia que no se contenta con matar a Héctor, que a continuación lo despelleja y arrastra su cadáver en torno a las murallas de Troya.)

     (Hace cosa de un año vi otra serie británica en la que Aníbal era negro. Tampoco. Los cartagineses eran descendientes de los fenicios, es decir semitas. Más oscuritos que míster Trump, seguramente, pero no tanto como Obama. )

Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible, como dijo el torero sabio.

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