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Indispensable control del castigo

Las redes sociales multiplican el efecto de la llamada «opinión pública», ampliándolo y acelerándolo hasta extremos antaño impensables. Ello hace que los «delitos de opinión pública», que siempre han existido ―cualquier acción u omisión o expresión que los fijadores de opinión consideren rechazable―, ahora resulten expuestos, juzgados y condenados de un modo tan rápido y potente que fuerzan reacciones de castigo ejemplar muy graves y totalmente ajenas al sistema judicial. Por poner un ejemplo: antes de las redes, el conocimiento de los desmanes sexuales del actor Kevin Spacey quedó reducido a unos cuantos cientos de personas, sin trascender a otros entornos, sin hacer que quienes podían frenarlos e incluso castigarlos se sintieran obligados a actuar. Ahora, con las redes sociales, Kevin Spacey ha empezado a recibir su castigo a las pocas horas de la primera denuncia.
     Lo malo de los delitos de opinión pública es que no están tipificados en ningún código y, por lo tanto, no dan lugar a ningún juicio con garantías legales. La acumulación de testimonios nos lleva a pensar que Kevin Spacey es un chulángano que se cree con derecho a todo porque es famoso, poderoso en su ámbito y rentable para el sistema (*); pero lo cierto es que no tenemos modo de contrastar la veracidad de todas esas acusaciones. Lo único que nos lleva a aceptarlas, en bloque, es que son muchas y están relatadas en las redes con los ingredientes narrativos necesarios para hacerlas creíbles
     A pesar de este tremendo inconveniente jurídico ―podríamos hablar de indefensión del acusado, incluso―, a pesar del evidente riesgo de linchamiento, confieso que este refuerzo de la opinión pública por efecto de las redes sociales se me antoja positivo al menos en un aspecto: permite la difusión y castigo de conductas humanas que casi siempre han quedado y siguen quedando impunes. Pero tendremos que encontrar el modo de controlar los excesos, los abusos, las mentiras. Difícil.

(*) El abusador típico tiene poder en una determinada estructura social ―lo heredó (es el hijo del dueño), lo logró (por sus éxitos profesionales, por algún golpe de suerte, por manipulación)―, dentro de la cual se le considera necesario o rentable o, en muchos casos, necesario y rentable.

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