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Mi depresión catalana

2017/10/03

[Lo que viene a continuación es una cogitación personal que incluyo aquí buscando quizá la catarsis. No es un texto razonable, no resiste el análisis, no hace falta que lo comenten ustedes, los posibles lectores.]

Estoy buscando explicaciones para justificarme la profunda depresión en que me encuentro ―por Cataluña― y no soy capaz de gestionar. Se me ocurre que quizá sea porque yo viví un proceso lejanamente similar en la adolescencia: la independencia de Marruecos me echó de Tánger, de lo que yo creía mi casa, de la tierra en que había nacido y querría haber vivido para siempre, provocándome un trauma que logré superar con el tiempo, sí, pero nunca del todo. La tensión callejera, las manifestaciones, los cantos patrióticos, los cantos burlones (1), las cargas de la Policía Especial, los franceses con sus porras de madera, los españoles con sus porras de caucho, el botellazo que le acertó a mi padre en un pómulo, la caja de granadas en el vestíbulo de casa, la distancia, de pronto, con los amigos marroquíes, Rifi preguntándome, con lágrimas en los ojos, «pero ¿qué quiere esta gente?» (2), mis descontroladas reacciones de chaval manipulado, ante todo aquello: patriotismo barato de algunos profesores del Instituto Politécnico Español, el miedo de mi familia, la frustración de un hombre como mi abuelo Alberto España, que había vivido todas sus ilusiones en y por Tánger, el espíritu de Reconquista por completar, los errores enormes de los políticos españoles, y antes de los franceses, el odio creciendo por todos los rincones, como mala hierba… Y un día hubo que recoger la casa, meterse en el transbordador, desembarcar en Algeciras y no parar hasta Madrid. A instalarnos en un país que apenas conocíamos.

Ahora comprendo que aquello no era mi tierra, que los marroquíes tenían todos los derechos a su favor, y yo ninguno, que éramos unos simples invasores de larga duración; pero esas cosas las comprendemos con la cabeza y, en lo profundo, los sentimientos no logran asimilarlas. Para colmo, nadie logrará convencerme, nunca, de que la ruptura fuese la mejor solución, la única solución.

Ya sé que es otra historia, Cataluña; pero saber consuela poco, a veces.

(1) Ya se fue Manolo, / Ya vino Bartolo… / Si antes estaba mal / ahora estará fatal. Algunos tangerinos viejos lo recordarán.

(2) Rifi, como su apodo indica, era rifeño; y sí: llamaba «esa gente» a los marroquíes. Luego tuvo que dejar el ejército español y pasarse al marroquí (como hicieron tantos paisanos suyos), y a los pocos años lo enviaron al Sáhara, y nunca volví a tener noticias suyas.

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  1. Alberto Mrteh
    2017/10/20 en 17:57

    Me ha encantado la “comparación”, por aquello del contraste.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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