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La necesaria indiferencia

Señoras y señores y humanos en general: hay que aprender a no hacer caso de los imbéciles. Supongo que en esto casi todas las mujeres pueden dar lecciones, porque llevan desde pequeñitas no haciendo caso de los cretinos que, de un modo u otro, les invaden la intimidad (1).

Además de proponernos metas utópicas (y lejanísimas) de redención del indeseable por la educación (o el castigo riguroso), aprendamos, insisto, a no hacerle caso. Antes, solo teníamos que dominar tan accesible ciencia quienes sacábamos la cabeza en público: durante mis años (1997-2005) de guru internetero en EL SEMANAL ―y aunque parezca mentira―, llegué a recibir amenazas de muerte. Además, claro, de insultos de toda laya. Solo por recomendar una cosa en vez de otra. Al principio me hervía la sangre y respondía. Al cabo de poco tiempo llegué a la conclusión de que lo mejor era no darse por enterado. Llevo desde finales de los noventa sin reaccionar ante un insulto, o desprecio, o juicio negativo; que sigo recibiéndolos, aunque, desde luego, en menor abundancia.

Ahora, en cambio, todo el mundo puede hallarse, en cualquier momento, ante la opinión pública y, por consiguiente, suscitar insultos: para eso, entre otras muchas cosas buenas, están los medios sociales.

A corto plazo, es la única solución: aprender indiferencia. En este, y en otros terrenos. En el sexual, por ejemplo (2). Ante la mentira y la tergiversación. Es verdad que muchos ataques injustos pueden causarnos tremendo daño, pero entonces la reacción no debe consistir en enojarnos ni ofendernos (no en público, al menos), sino en contraatacar con todos los medios disponibles, incluidos, desde luego, los judiciales.

[Añado, entre corchetes, que las mujeres, a mi entender, también tendrían que refinar su espectro de indiferencia. El único modo de impedir que te perjudique un ex novio (de una o muchas noches) publicando tus fotos en internet es que te importe un pimiento la exhibición. Porque, sin duda alguna, tarde o temprano, si no te enclaustras en algún convento de gruesos muros, te puede pillar en cueros algún mamarracho en quien has cometido la imprudencia no menos mamarracha de confiar.)]

[Y añado más, también entre corchetes: la indiferencia ni mucho menos excluye la indignación. Al contrario: creo que debemos ser cada vez más indiferentes ante los comportamientos estúpidos, pero sin dejar por ello de combatirlos, denunciarlos y, si infringen la ley, castigarlos.]

(1) No hará falta decir que al hablar de idiotas y cretinos estoy describiendo a quienes nos parecen tales, porque siempre existe el riesgo de que los verdaderos idiotas y cretinos seamos nosotros, no nuestros atacantes. Así ocurría y sigue ocurriéndonos a los hombres en nuestras actitudes y expectativas con respecto a las mujeres.

(2) Los hombres de mi edad tuvimos que adquirir indiferencia, no en este caso ante el insulto, sino ante nuestras propias expectativas: crecimos en el culto de la virginidad e incluso la pureza total de las mujeres, y en el rechazo radical y espantado de cualquier «desviación» en la práctica del sexo. Figúrense cuánto tuvimos que cambiar ―la cantidad de cosas que tuvieron que dejar de importarnos―, cuando empezó la revolución de las mujeres, allá por los años sesenta del siglo pasado.

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  1. Alberto Mrteh
    2017/08/30 en 21:55

    Me gusta tu consejo y confieso ser (por el momento) totalmente incapaz de seguirlo. Seguiré intentándolo.
    Un saludo.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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