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¡Eh, toros!

Con los toros me pasa como con Dios: solo me acuerdo de ellos cuando alguna presión pública me obliga. Entiéndaseme: tampoco voy a colgarme la medalla de haberlos rechazado siempre, desde pequeñito, de puro benéfico que soy con los animales. No. El día en que mataron a Manolete (28 de agosto de 1947) yo tenía siete años recién cumplidos. Vivíamos entonces en el Had de la Gharbía, en Marruecos, donde mi padre era Interventor (moráqeb, en la lengua de la tierra). Me enteré por la radio, no me pregunten cómo. No había electricidad, pero teníamos un receptor grande, de lámparas y pilas, una modernez comprada en Tánger. Nada más oír la noticia, indignado, fui corriendo al recinto donde se recogían las vacas y toros de la Intervención, salté la cerca y me lie a patadas con los pobres animales (que no me hicieron ni caso). Sí, eso hice. Yo no había visto en mi vida una corrida de toros, ni mis padres eran aficionados, pero me indignó que uno de esos bichos tan aparentemente inofensivos hubiera matado a un señor llamado Manolete.

Por lo demás, ya digo: los toros no han formado parte de mi vida. No creo haber visto más allá de tres o cuatro lidias. Una de ellas en Tánger, en los años cincuenta, cuando mi abuelo Alberto España (rondeño a quien tampoco le interesaba mucho la cosa) tuvo que presidir la corrida de la Asociación Internacional de la Prensa y me llevó al palco para hacerle compañía. La gente pedía orejas, agitando los pañuelos, y yo las concedía, agitando a mi vez un pañuelo a cuadros que mi abuelo se sacaba del bolsillo pectoral de la chaqueta para que su nieto conociera el celestial placer de otorgar recompensas. Debía yo de tener once o doce años. Quitados los momentos orejeros, me aburrí muchísimo. De hecho, quise marcharme cuando vi que volvía a salir, en cuarto lugar, el mismo matador del primer toro, porque pensé que aquello funcionaba como los cines de sesión continua, que empezaba la repetición. En fin. Hasta ahí llegaba mi cultura torera.

Luego, algunos años después, durante mi periodo tenístico, asistí a dos o tres novilladas silvestres de esas que se celebran en los pueblos pequeños, en ruedos improvisados, sin caballos, con cura y cabro primero de la Guardia Civil, y con bastante gamberrismo local. Tampoco fue por entusiasmo. Junto a las pistas de tenis de la Ciudad Universitaria había un frontón, y allí entrenaban todos los días unos cuantos aspirantes a torero. Como era lógico, algunos de los tenistas acabamos pegando la hebra con ellos, jugando alguna partida de frontón, tomándonos unas cervezas en el bar de arriba… Y yendo con los torerillos a algún que otro festejo de los pocos que les salían. No sé si alguno logró la fama. Creo que no. Cuando dejé de jugar al tenis, porque tenía que ponerme de una pajolera vez a terminar los estudios, perdí contacto con ellos. Eran gente maja, sin duda. Flacos, duros, entusiastas de lo que hacían. Se les notaba en los ojos que sabrían sufrir lo necesario e indispensable en una profesión como la que habían elegido.

Y, bueno, por confesarlo todo: una vez estuve en la plaza de Las Ventas, con dos chicas pieds-noirs, France y Marie-Claire, viendo una corrida o novillada (no estoy seguro) en que participaban los entonces o luego famosísimos Aparicio y El Litri.

Resumiendo: no soy antitaurino, soy ataurino. Mi único verdadero acercamiento a la Fiesta Nacional ha consistido, como corresponde a mi condición de escritor, en aprenderme y utilizar algunos términos del rico lenguaje tauromáquico. Será una pena que se pierda.

Pero se perderá. A no ser que se produzca un inesperadísimo cambio de tendencias sociales, la tauromaquia está condenada a convertirse en una actividad vestigial, para seguidores especializados, para turistas caprichosos, totalmente alejada de sus «esencias». De hecho, me resulta difícil comprender de dónde sale el dinero para contratar corridas y celebrarlas, porque la mengua de espectadores ha sido descomunal en todos estos años, y, además, las plazas no tienen un gran aforo, y los toreros, en general, no poseen buena imagen que vender a los publicitarios. Creo que ya solo sirven para nutrir de noticiejas la prensa del corazón.

Poco a poco, todas estas salvajadas hispánicas irán desapareciendo (sustituidas quizá por otras costumbres y festejos no menos crueles y perniciosos, como que los bancos roben a los ancianos, pero ese es otro tema), y a ello habrán contribuido, sin duda, quienes ahora las denuncian de modo enérgico, mediante manifestaciones y presencias recriminatorias. Mi personalidad, que tanto trabajo me ha costado adquirir contra la tormenta de vetos y pecados que ambientó gran parte de mi vida, es refractaria a todo tipo de prohibición, pero acepto que en las zonas donde gobierna una mayoría antitaurina, elegida por los votantes, se declaren ilegales estas ceremonias de tortura animal que, la verdad, solo tienen una función manifiesta: reforzar los peores ingredientes de la mentalidad social española; para darle la razón a La Razón.

E insisto: creo que las corridas de toros no pueden durar mucho más, por el simple y capitalista motivo de que no son rentables.

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  1. Alberto Mrteh
    2017/08/30 en 22:50

    Me ha encantado la ocurrencia de confundir el cuarto toro con una sesión continua cinematográfica.
    Es un placer leerte.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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