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El desorden de nuestros nombres

Ustedes, mis amigos y faceamigos, deberían saber que en mi DNI pone Ramón Buenaventura Sánchez Paños, es decir que mis apellidos son Sánchez y Paños, que Ramón Buenaventura es nombre de pila (1), además de nombre literario. Cuando publiqué mi primer libro yo era alto ejecutivo de una gruesa multinacional americana, y desde luego no me convenía que mis jefes londinenses y neoyorquinos me identificasen como poeta. De modo que el autor de Cantata Soleá (Hiperión, 1978) se llamó Ramón Buenaventura. No exactamente un pseudónimo, pero suficiente para esconderme. RB será luego el autor de todos mis libros, artículos, conferencias, traducciones, etc. De hecho, si ustedes buscan Ramón Sánchez Paños en Google verán que apenas hay nada.

Luego viene el pequeño lío.

Mis hijos, Ramón y Yago, fueron inscritos con mi primer apellido y el de su madre: Sánchez Steiner. Pero al cabo de los años, y con mucha razón, ambos decidieron cambiar el orden, aprovechando la flexibilidad de la normativa familiar española, y pasaron a llamarse Steiner Sánchez.

Lo que da lugar a que mis nietos, Yago y Alberto, hijos de Ramón Steiner Sánchez y Áurea Muñoz Hernández, se llamen Steiner Muñoz.

Nada que ver conmigo…

Estoy totalmente de acuerdo, sin ninguna reserva, con la flexibilidad normativa española en este aspecto. Ahora, ustedes tienen un hijo o hija y le pueden poner primero el apellido de la madre o el del padre, sin que esta decisión impida utilizar el orden inverso para el hijo siguiente (2). De hecho, para lo único que cuenta de verdad el posicionamiento de los apellidos es para el orden alfabético.

Va a ser un poco de lío, seguramente, pero es que toda la legislación familiar española se presta al lío. Así, por ejemplo, si Angelika y yo viajamos a un país musulmán donde un hombre y una mujer solo pueden compartir habitación si están casados, lo mismo nos agarran y nos decapitan en plaza pública, por adúlteros, porque nuestra documentación no nos permite demostrar que estamos casados. Tendríamos que llevar encima el vetusto Libro de Familia ―traducido, claro―, procurando que no se le acaben de despegar todas las hojas.

Hay, sin embargo, otro cambio de criterio que me parece conveniente y necesario: que el apellido principal (insisto: solo es principal porque determina el orden alfabético) no sea el primero, sino el último, como ocurre ―que yo sepa― en todos los países occidentales. Los extranjeros son muy suyos, y no acaban de entender nuestro sistema, y se equivocan sistemáticamente. Cuántas veces, durante mis viajes ejecutivos, me han llamado por teléfono al hotel extranjero en que estaba alojado y la telefonista no me ha encontrado, porque no estaba en la lista como Sánchez, sino como Paños. Teniendo en cuenta, además, que muchos de nuestros apellidos son compuestos, la localización del principal se hace aún más difícil. Tuve un compañero de bachillerato que se llamaba Federico Fernández de Bobadilla y Arenal Mantilla de los Ríos. En la lista de huéspedes de un hotel francés lo habrían tenido por Ríos. Y tira millas

No, en serio: ya que estamos cambiándolo todo, pongamos en último lugar el apellido principal. (Como, por cierto, hacen los portugueses. Fernando Pessoa se llamaba António Nogueira Pessoa. Y el padre de Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro se llama Aveiro, no Dos Santos. Yo, pues, pasaría a llamarme Ramón Buenaventura Paños Sánchez. Horrible, sí.

(1) Pocas veces mejor dicho, lo de «pila» [bautismal, claro]. Me bautizó en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Tánger su cuasipárroco (in partibus infidelium las parroquias se llaman cuasiparroquias), tío materno de mi padre, tío abuelo mío, el Padre Buenaventura, en el siglo Urbano Díaz de Vitoria, fraile franciscano. Usando de su buena conexión con Dios Padre, el abú Ventura me endilgó OCHO nombre de pila: Ramón Buenaventura Guillermo Lauro Alberto Emmanuel del Sagrado Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen del Pilar. Todos constan en mi partida de bautismo, conste. Al DNI solo han pasado los dos primeros. Smile

(2) No crean que esta flexibilidad es invención moderna: antes de las reglamentaciones decimonónicas, los hijos ―sobre todo de los nobles― iban tomando apellidos de la familia, a gusto del consumidor, para marcar los vínculos. Así, por ejemplo, el padre de Garcilaso de la Vega se llamaba Pedro Suárez de Figueroa, y su madre Sancha de Guzmán… Y Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (dos apellidos de su padre y dos de su madre), usó el nombre de Teresa de Ahumada hasta trocarse en Teresa de Jesús. Otra que se quitó de encima el multitudinario Sánchez.

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