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Verdades voluntarias

Hay que ser un poco romo, o muy fanático (opciones que no se excluyen, por cierto), para no darse cuenta de que la tupida maraña de manipulaciones ha conseguido imposibilitarnos el acceso a la «verdad». Siempre fue difícil (por eso escribo la palabra entre comillas), pero ahora, ya, resulta imposible.

No sabemos que está pasando, en ningún caso, en ningún sitio, a ninguna hora.

Todo lo que oímos puede ser mentira, o verdad, o vertira o mendad, o vaya usted a saber.

Todo.

Opinar se ha convertido en una auténtica osadía, porque nunca podemos estar seguros de los datos en que basamos nuestras opiniones.

Los españoles más viejos hemos vivido durante decenios en una atmósfera informativa de Rotunda Verdad Oficial, de No+Do y Telediario y pare usted de contar. Creíamos saber con toda certeza, sin embargo, que fuera de España había otras verdades, accesibles en viajes o contactos subversivos.

La situación actual es mucho peor, porque ya no hay fuera ni dentro, ya no hay verdades patrón; ya solo hay verdades voluntarias, creer lo que queremos creer, y la correspondiente manipulación demuestra.

O vernos empozados en la triste situación de no creer en nada.

A mi entender, dos casos, entre muchos, ilustran rotundamente el problema.

a) La muerte de Blesa. ¿Lo mataron? ¿Se mató? ¿Es todo un montaje? ¿Quiénes han visto el cadáver? ¿Por qué no hay, que yo sepa, ningún periodista fiable (oxímoron, me temo, con cada vez más escasas excepciones) que ponga en duda la versión oficial? ¿Está la Guardia Civil investigando en secreto, con la colaboración de los medios? ¿Cómo es posible que le estén cubriendo de flores la supuesta tumba?

b) Venezuela. Sí, Maduro es un personaje totalmente impresentable a nuestros señoritos ojos, pero una parte importante de sus conciudadanos lo tiene en altares portátiles. Sí, la oposición es como más elegantona y culta, y cuenta con el apoyo activo y callejero (y financiero, cabe suponer) de otra parte importante de los venezolanos; pero apesta a cinco kilómetros. No, no sabemos lo que está pasando, ni por qué pasa, ni cómo es posible que pase. Solo sabemos que unos (el régimen / la oposición) son malísimos y otros (el régimen / la oposición) son buenísimos.

Creer lo que a uno le da la gana nunca ha sido la mejor solución, me parece.

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