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Opiniones y Marías y Gloria

Me gustaría poseer una cabeza más controlada, pero no: se me va de caña, piensa lo que quiere, ignora la objetividad, menosprecia la lógica; no siempre, claro; en demasiadas ocasiones. Sé con toda certeza que no debería opinar sobre lo que desconozco o malconozco, pero opino. Todos tenemos opinión sobre casi todo, recurriendo, si es menester ―suele ser menester―, a la intuición, la sobresimplificación o la magia (esta última es el remedio favorito contra la ignorancia científica).

Somos una panda de falsarios, los seres humanos, y lo sabemos, pero no por saberlo renunciamos a la rotundidad, al desprecio, a la permanente emisión de opiniones que casi nunca nos ha pedido nadie, que casi nunca vienen a cuento.

Pasa, sin embargo, que, antes del apogeo de los medios sociales, a los receptores de nuestra opinión, cuando la expresábamos en público, les resultaba más difícil lanzarnos a la cara su desacuerdo, o lisa y llanamente insultarnos. En mis tiempos de cronista internetero en El Semanal (1997-2005) he recibido insultos y amenazas (incluso de muerte, por no apreciar debidamente las glorias del sistema operativo llamado Linux), pero venían por carta o por email, y todos quedaban entre el denostador y yo; ahora, en cambio, los insultos son también en público (más en público, muchas veces, que la provocación) y los medios los pueden convertir en noticia.

Algunos opinadores retribuidos han descubierto el truco (nada difícil de descubrir) y lo están utilizando para su ventaja. Así, por ejemplo, Javier Marías, que tiene especial habilidad para detectar ―semana sí, semana no― sobre qué tema actual, de buen recorrido en las redes, puede poner el mingo, emitiendo una opinión irritante, que genere controversia y, sobre todo insultos, porque los insultos son más viralizantes que cualquier otra cosa. Sabiendo, como bien sabe, que ninguna reacción negativa, por multitudinaria que sea, llegará a perjudicarle; muy al contrario: el rifirrafe llevará más lectores a sus artículos.

Puede incluso contribuir a la mayor gloria del, de la, o de lo denostado, como sin duda ha ocurrido con su «menos lobos» a la poesía de Gloria Fuertes, de la que sin duda alguna jamás se ha hablado tanto como durante las últimas semanas.

[No voy a entrar en la mayor: no sé si Gloria Fuertes es una gran poeta menospreciada, por la sencilla razón de que no conozco de su poesía más que las cancioncillas infantiles que debieron reportarle sus buenos dividendos cuando se emitían por TVE. En lo que sí estoy de acuerdo con Marías es en que el ninguneo de su alta poesía, si lo hubo, no pudo deberse al hecho de que fuera una mujer, porque en aquellos años incluso estaba de moda valorar con entusiasmo la poesía escrita por mujeres. (Algo a lo que yo contribuí en 1985 con Las Diosas Blancas.) Es más: Gloria Fuertes fue, en vida, un personaje popular, que aparecía en los medios con más frecuencia que muchos poetas y que recibía un trato admirativo y respetuoso. Luego murió y, como les ocurre a casi todos los escritores cuando mueren, perdió su sitio en la actualidad… Hay machismo cultural por todas partes, sí, pero en este caso no lo veo.]

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