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Gracias te sean dadas, Françoise Sagan

BONJOUR, TRISTESSE fue una megabomba literaria en 1954, y ese mismo año, o quizá al siguiente, lo leí, porque lo había comprado mi padre en la Librairie des Colonnes y estaba en casa. Su autora, una chica que me llevaba solo cinco años, fue, con Graham Green y José Mallorquí, mi principal maestra literaria en aquellos tiempos adolescentes, en espera de que, poco después, antes de mis dieciocho años, me hicieran irrupción en la cabeza otros autores más rotundos: Jean-Paul Sartre, Hemingway, Scott-Fitzgerald.

En 1956, cuando se hizo evidente que nos tendríamos que marchar de Tánger (donde mi abuelo materno llevaba viviendo desde 1911, donde había nacido mi madre, donde nacimos mis hermanos y yo), empecé a escribir una novela cuyo protagonista adolescente ―ante la perspectiva del destierro a España, y la traición de su amada, y una trágica experiencia durante una excursión al Bosque Diplomático― toma la decisión de suicidarse, sentándose ante el tren en la vía del Tánger-Fez que entonces pasaba por detrás de los balnearios; pero se aparta en el último segundo, cae rodando por el talud de arena, se levanta, se sacude, y piensa: «Tal vez vivir». Les di a leer el glorioso texto a algunos de mis amigos, y ellos empezaron a llamarme Paco Sagán.

No fue por que detectaran la influencia de Françoise (de hecho, creo que desde casi todos los puntos de vista la novela es más bien greeneana), sino porque en Tal vez vivir había una utilización del deseo sexual y sus impulsos ―más que del sexo propiamente dicho― que entonces era tabú y que había escandalizado al mundo entero en Bonjour, tristesse, y también un rechazo de los adultos, de los principios y modos de vida de los padres, que sin embargo no procedía tanto de la literatura como de la película Rebel Without a Cause, también recibida por aquellos años.

No, no se preocupen ustedes. Tal vez vivir es la única de mis cuatro o cinco novelas de antes de los veinticuatro que, por motivo sentimental, no ha sido presa de las llamas ―en un implacable festival de autocensura que me organicé a los veintiséis―, pero no tengo la menor intención de publicarla, ni creo que ningún editor sensato la aceptara. Hay trozos de ella en El año que viene en Tánger y en El corazón antiguo, y ahí termina la cosa.

Si escribo esta notita, ahora, es porque esta mañana, con la calor, me he despertado con mi adolescencia playera en la memoria, me he visto con el Meyba a cuadros correteando por la playa, me he acordado de tantísima belleza y tantísimo esplendor físico y tantísimo entusiasmo literario, y me han venido unas ganas de enormes de darle las gracias a Françoise Sagan.

Merci bien, Françoise.

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