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Semana cada vez más Santa

Si alguien quisiera conocer mi opinión sobre la Semana Santa en España, quizá prefiriese abstenerme de contestar, porque aún no he estudiado a fondo ese curioso delito de ofensa de los sentimientos religiosos que han introducido en el Código penal, no sé cuándo ni cómo (despiste mío, sin duda: no afirmo que se hiciera de tapadillo).
     Así, a ojo, sin datos reales en que basarme, creo que los seguidores y practicantes de la Semana Santa vienen a ser los mismos, más o menos, que los seguidores y practicantes de la tauromaquia (no digo que sean las mismas personas —habría que medir la coincidencia—, me refiero a la cantidad): un minoría no muy poblada, pero suficiente para mantener la rentabilidad y el funcionamiento de tan tradicionales prácticas. En ese sentido, nada que objetar a las procesiones, ni siquiera su utilización del espacio público, que tantísimo molesta a Javier Marías, año tras año. Son solo una semana, y también cortan el tráfico en las ciudades para celebrar maratones o para que los ciclistas se den placenteros paseos por las avenidas normalmente ocupadas por los automóviles. Las pintorescas carrozas de tracción humana, cargadas de efigies de no muy alta calidad artística y sobrecogedoramente kitsch, escoltadas por individuos disfrazados de no se sabe qué, tienen su atractivo turístico y, evidentemente, en algunas zonas de España su prohibición o limitación por las autoridades podría dar lugar a levantamientos parecidos al motín de Esquilache. Repito: nada que objetar.
     Me parece intolerable, en cambio, que esta actividad religiosa y claramente minoritaria en su práctica y en su aceptación se imponga a todo el país desde los medios oficiales y desde el respeto a unas tradiciones totalmente incomprensibles en nuestro tiempo. Yo recuerdo las viejas Semanas Santas. Recuerdo cómo nos entristecían la vida, incluso en la Ciudad Internacional de Tánger, recuerdo el recorrido obligatorio de las «estaciones», la asistencia obligatoria a mítines litúrgicos, la prohibición de cantar o silbar, la aparición en las carteleras de los cines españoles (afortunadamente, no todos los cines eran españoles en Tánger) de todo un surtido de películas sacras. Hasta hace poco, he vivido en el convencimiento de que aquellos tiempos habían pasado, o estaban pasando, pero este año, dentro de la tónica general de retirada hacia el franquismo (y el nacionalcatolicismo) que estamos sufriendo, veo que vuelve el antiguo tono, que las cadenas privadas de televisión se someten a la santa censura, que hay que poner hasta banderas a media asta, que las procesiones reciben más respaldo mediático que nunca.
     Y no sé si me deprimo más que me encolerizo, o viceversa.

Defensa ordena izar la bandera a media asta en todos los cuarteles por la muerte de Cristo

Una orden interna establece que "desde las 14:00 horas del Jueves Santo hasta las 00:01 horas del Domingo de Resurrección, la enseña nacional ondeará a media…

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