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Procesiones y otros eventos

2016/03/27

Cuenta Javier Maqua que una noche hagiohebdomadaria de hace muchosmuchos años salíamos él, Angelika y yo del Cock, a altas horas, y nos tropezamos con una procesión y estuvimos mirándola un rato. No sé. La memoria de Javier Maqua nunca ha sido fiable, porque suele equivocarse en la identificación de los partícipes. Puede que sí, que algún día, al salir de algún sitio copero, se toparan él y quién sabe quiénes con una procesión de Semana Santa; pero Angelika y yo estamos casi seguros de que esos quiénes no éramos nosotros… En fin. En todo caso, quitada la remota posiblidad de que Javier no se equivoque en este recuerdo, puedo proclamar y proclamo que jamás me han interesado las procesiones de Semana Santa y que jamás he estado cerca de ninguna. Me traen al pairo. Creo, incluso, que si fuera católico, si creyera en Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, la Virgen Santísima (y largo etcétera), seguirían sin interesarme las procesiones de Semana Santa. Como comprenderán ustedes —dada mi carencia de teísmo— preferiría que no las hubiese, o que se efectuaran en recorridos especiales sin molestar a los no creyentes, y desde luego querría que no las subvencionase el Estado, ni directa ni indirectamente, y que no participara en ellas ninguna autoridad (laica) en el ejercicio de su cargo (laico). Fíjense que ni siquiera me molestan los legionarios montando su show con el Cristo a cuestas, porque, hombre, la Legión siempre ha sido muy dada al espectáculo, y de todas formas su propia existencia es tan irracional como la existencia de las procesiones. Tampoco me molesta que Joaquín Sabina, tan PeCero él de toda la vida, se suba a un balcón y se arranque por saetas. También se debe al espectáculo. Dios los cría y ellos se juntan, como quien dice.
Un servidor pertenece a una modalidad de españoles tan españoles como los más españoles, supongo, pero totalmente ajenos a las procesiones, a los toros, a las verbenas populares, a las ferias, incluso al flamenco (que me gusta escuchar de vez en cuando, pero que no sigo). No coincido, en cambio, con los españoles partidarios de las prohibiciones. Yo, la verdad,  no prohibiría nada que no fuese delito. Lo que haría, sencillamente, es exigir que todas estas (para mí) folcloradas —religiosas y no— las pagasen sus practicantes y seguidores. Y ya está. Ni un euro de ayudas ni subvenciones. Según las duras leyes del Capitalismo Triunfante, en realidad cualquier cosa que necesite subvención para sobrevivir está condenada a desaparecer.

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