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Malos tiempos para la sensatez

2015/11/17

Sí, sí, sí, por supuesto, sí: la solución de todos los problemas pasa por la educación, es decir por la ideación y puesta en práctica de un sistema de formación que cree hombres adaptados a la convivencia, el respeto, la libertad, la igualdad, la fraternidad. Claro que sí. Cómo negarlo. Lo malo es que ese sistema de formación solo existe, imperfecto, pero bien intencionado, en unos pocos países. Ni siquiera el más desaforado de los optimistas se atrevería a afirmar que hay barruntos de esta solución ideal en más allá de diez o doce sociedades del mundo. Y los problemas, en cambio, los problemas que podrían solucionarse mediante la correcta educación humana, están en todas partes, ahora, vivos, coleando, matando, torturando, esclavizando, condicionando las cabezas, produciendo alimañas con cuerpo humano, luchando como bestias por imponer su bestialidad a todos. Y algo hay que hacer, ahora, sin esperar a que los sistemas de educación perfecta estén implantados en el mundo entero.
     Yo no sabría qué hacer si las decisiones dependieran de mí, lo reconozco. Me dan horror los bombardeos zonales (se inventaron en la segunda guerra mundial, aunque ya hubo antecedentes —Gernika— en la guerra civil española). No se me quita de la cabeza el sufrimiento espantoso de los inocentes. No puedo aceptar que los crímenes sean más graves cuando mueren europeos. Pero tampoco quiero ir por el mundo, como aquel americano impasible de Graham Green, con mis buenas intenciones y mis principios como escudo, convencido de que la sociedad humana sería un paraíso delicioso si todos los seres humanos pensasen y actuasen como yo, y que la culpa es solo de quienes no piensan y actúan como yo.
     La sangre está salpicando, por todas partes. El dolor cubre el planeta. Alguien tiene que hacer algo, alguien tiene que sacarnos de este atolladero mortal para que podamos seguir creyendo en la humanidad y combatiendo a los otros enemigos, las corporaciones, los fanatismos religiosos, los idearios patriarcales, las desigualdades, las injusticias, los abusos de todo tipo.
     Todo podría resolverse con una buena educación, por supuesto, sí; pero antes hay que establecer un mundo en el que sean posibles las buenas soluciones.
     Y me temo que lo único que podremos hacer los partidarios de la Paz y la Justicia mientras se aplica ante nuestros ojos el método napoleónico —imponer por las armas la Revolución— es estar pendientes de lo que hacen nuestros poderosos y denunciar incansablemente sus desmanes.
     Poca cosa. Malos tiempos para la sensatez.

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  1. Enrique J.
    2015/11/18 en 22:15

    Yo estaba pensando si alguna vez fueron buenos tiempos para la sensatez. 🙂

    Por otro lado el fanático puede ser un tipo muy ilustrado. Himmler, por ser original y recurrir al nazismo como epítome de la maldad absoluta, era un tipo culto y sensible. Y Aznar y Bush saben leer y escribir y, por lo que parece, hasta saben ir al baño solos; bueno, a lo mejor esto último no. La educación no es una vacuna contra el fanatismo tanto como la justicia aunque ayuda, eso sí, a evitar que los fanáticos nos manipulen y a que las sociedades avancen en tolerancia.

    Yo estoy convencido de que hay un ejército de la razón alzándose en el horizonte y de que el futuro es nuestro. Y ese futuro barrerá a toda esta panda de mamarrachos belicosos que se apuntan a un bombardeo como quien se apunta a una partida de Counter-Strike. Las Isabeles San Sebastianes de este planeta están a punto de descubrir qué hubiéramos hecho los izquierdosos pacifistas ante el avance de las hordas nazis: mandar a sus hijos a primera línea. Y luego ya, si eso con eso no hubiera sido suficiente, que lo dudo, ir nosotros mismos. Puede que la violencia sea inevitable y que lo sean, también, las guerras pero en ningún sitio dice que no podamos mandar a ellas primero a quienes las provocan, codo con codo con quienes las jalean. Que vayan ellos delante y que nos marquen el camino. No se me ocurre nada más sensato, dicho sea de paso.

    Un abrazo!

    • 2015/11/19 en 00:09

      Pues eso, Enrique: un abrazo, y tengamos en pie la esperanza.

      No, nunca fueron del todo buenos los tiempos para la sensatez; pero mejores que este sí que los hubo.

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