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Otra vez el Gran Turco, otra vez las cruzadas

2015/09/15

A los cristianos (sí, bueno: yo soy cristiano, porque estoy bautizado, porque no me he molestado en apostatar como la Iglesia manda, porque de pequeñito me abatanaron a ser cristiano por la Gracia de Dios, porque ni siquiera puedo estar seguro de haberme saneado lo suficiente; pero conste que rechazo el cristianismo tanto como rechazo cualquier otra religión) se nos olvida casi siempre que a partir del siglo IV, cuando se produjo el triunfo oficial de «nuestra» religión en el Imperio Romano, intentamos borrar todas las huellas de la cultura pagana, y estuvimos en un tris de conseguirlo. Así, por ejemplo, se nos olvida que la destrucción de la Biblioteca de Alejandría fue obra de un tal Teófilo, obispo copto de la diócesis, en el año de desgracia de 391, tras el edicto del emperador Teodosio por el que se ponía fuera de la Ley el paganismo. Siglos más tarde, aprovechamos el despliegue de los mahometanos para echarles a ellos la culpa de la destrucción, cuando en realidad ya no quedaba mucho que quemar en la pobre biblioteca. (Sí, miren, no hay pruebas concluyentes, pero el incendio de la biblioteca de Alejandría por el califa Omar tiene toda la pinta de ser una leyenda o por lo menos una exageración propagandística de las oficinas papales).
     Digo todo esto, mientras sube la mañana y va instalándose a nuestro alrededor el otoño —la estación más civilizada—, para recordar que hemos sido tan bestias como son ellos ahora, o más, y que nos ha costado siglos desembarazarnos (no del todo) de nuestro fanatismo, para instaurar nuestras sociedades laicas (tampoco del todo; no en España, desde luego) (ni en Estados Unidos). Conviene comprender que ahora nos estamos enfrentando, obligados por la geopolítica, al mismo tipo de fanatismo que nos tuvo la vida estrangulada durante cerca de dos milenios. Y también conviene, más aún, que recordemos cuánto sufrimiento, cuánta sangre, cuánta tortura, cuántos intentos de erradicación de la justicia y la ciencia hubimos de padecer hasta que alborearon los Derechos Humanos en Occidente.
     Lo malo o triste, en mi caso, es que no sé llevar estas reflexiones al plano superior del análisis y la prospectiva. ¿Qué hemos de hacer ante estos desdichados seres religiosos premedievales cuya exacerbación hemos provocado con nuestros inverosímiles errores y a quienes hemos dotado, además, de la más alta tecnología (que, gracias Dios Santísimo, no estuvo al alcance de los primeros cristianos)? No lo sé. Hay muchísimo que pensar, pero —ya digo—no me siento a la altura de tamaña tarea. Lo único que se me ocurre decir es que habremos de encontrar un punto medio entre la tolerancia que les permite interferir y hasta dañar nuestro modo de vida, dentro de nuestras sociedades,  y la locura que significaría el intento de expulsarlos a todos, juntarlos en una misma zona geográfica y luego bombardearlos hasta la aniquilación.
    Algo parecido, mutatis mutandis, ya se intentó antes, y Lepanto no sirvió de nada.

                                        Amarrado al duro banco
                                        de una galera turquesca,
                                        ambas manos en el remo
                                        y ambos ojos en la tierra,
                                        un forzado de Dragut
                                        en la playa de Marbella
                                        se quejaba al ronco son
                                        del remo y de la cadena […]

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  1. Rafael M.
    2015/09/15 en 13:23

    Primero, hay muchas partes implicadas y con intereses y es díficil por tanto encontrar solución. Ahora a los cristianos les interesa sobre todo el dinero, más que defender valores o ideales de vida y progreso.
    Segundo, con esos señores premedievales no hay punto medio posible de entendimiento, o este sería inasumible para nosotros, porque quizá, para entendernos con ellos, tendríamos que retroceder mucho en nuestra secularidad o laicidad, y empezar a hablar un lenguaje religioso como ellos y nos vuelvan a considerar tolerables en su mundo porque somos uno de los pueblos del libro.
    La única solución que veo yo es que consigan su califato, que tengan un estado en el que vivan a gusto y allí puedan vivir según sus ideales, dejándoles vivir en paz en él, claro. Que luego ya será posible la vecindad comercial, al menos. Total, comerciar con ese califato en realidad no se diferenciará mucho de hacerlo con Arabia Saudita, un reino medieval en muchas de sus prácticas civiles y religiosas.
    Y si no fuera posible tampoco una convivencia así, ni siquiera así, entonces habrá que tomar las armas.

    • 2015/09/15 en 19:23

      Sí, pero no creo que renuncien a la reconquista de Al-Andalus. Y no, no hay ningún punto medio de entendimiento. Yo me refería a nuestra actitud, a hacer algo que no sea ni tolerarlos en nuestras casas incumpliendo nuestras normas de convivencia, ni aniquilarlos. No sé.

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