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VIOLACIÓN (refrito con algún interés actual)

2015/08/15

Texto publicado en EL INDEPENDIENTE el 19 de marzo de 1990

Violación

Las hembristas patibularias vociferan, en sus tumultos, que todo hom­bre es un violador en potencia; preconizando, para incurables, la cas­tración preventiva.

Quizá.

Todo hombre es, en potencia, todo lo humano: cómo disimular se­mejante perogrullada. Yo mismo, en pésima noche, asilvestrado y feroz por alguna droga, por la adrenalina de mi propio cuerpo, o por dislates imprevisibles en condición serena, ¿podría violar a una mujer?

Me cuesta imaginarlo, porque he de forzar el registro de mis com­portamientos. No me veo… Qué sé yo: ligando a una moza en una dis­coteca, ofreciéndome a llevarla a casa, derivando el coche hacia fron­dosas oscuridades, solicitando favores que se me nieguen, arrancando ropas, separando muslos, sujetando brazos y, para colmo de gerundios, manteniendo entre semejantes menesteres una erección operativa.

Puedo garantizar (creo) que nunca incurriría en tamaña conducta: no recuerdo haber utilizado la fuerza contra una mujer en ningún mo­mento de mi vida —fuera de las bromas musculares en que todos y todas nos solazamos a veces.

Proclamada esta (para mí) repulida inocencia, queda todavía que —escarbando mejor en la franqueza— me pregunté si no habré violando a alguna mujer de alguna manera, en alguna ocasión. Algo, tal vez sí. Hay una violación «situacional», por arrinconamiento, donde la «víctima» cede porque se ha quedado sin moral para resistir, o, dicho en otras palabras, porque la trampa le enreda el albedrío hasta extremos insuperables. Hoy en día, el caso se produce con alguna frecuencia, porque las reglas de interacción sexual están en periodo de confusión. No resulta fácil explicarse en este asunto, por la falta de antecedentes literarios y analíticos. Digamos que siempre se ha pactado un «punto de no retorno», una situación en que nadie se pone si no está dispuesto a la comunicación sexual. Ejemplo extremo, válido para casi todas las civilizaciones concebibles hoy: una mujer y un hombre que se apartan del grupo y se tienden a solas, en lugar protegido, están otorgándose tan clara patente sexual, que cabe —salvo vicios de voluntad— dar por supuesto el previo acuerdo entre ambos.

Claro es: el establecimiento de un «punto de no retorno» se hace necesario por la actitud defensiva de las mujeres, obligadas a retraer la expresión de su voluntad, o a disfrazar ésta mediante tácticas de ambi­valencia permanente. Las mujeres practican, desde hace milenios, tal enmarañamiento de las claves (para controlar al máximo el compro­miso conyugal en que se jugaban su única oferta de existencia), que los hombres apenas si alcanzan a distinguir entre aceptación y rechazo, entre buena, mala o nula voluntad. A nuestros ojos, no hay diferencia de comportamiento entre la mujer que finge ignorar y la que de veras ignora. Ni se distingue la afirmación de la negación. El varón pesimista dará por sentado el no en la mayoría de los casos. El optimista verá síes en todas las miradas (o ausencias de miradas). Pero la certeza sólo po­drá obtenerse por la transgresión en común de un «punto de no re­torno».

Las religiones más sexuales tienden a canonizar este «punto» por mediación de una ceremonia liturgia (nuestro matrimonio, por ejem­plo). Se trata de un artificio que excluye cualquier otra presunción de consentimiento (de la mujer, porque suele tratarse de normas patriarca­les) y que, en buena lógica, sirve para tipificar como violación o estu­pro (por parte del hombre) toda coyunda extramarital.

La historia nos enseña que tales regulaciones jamás fueron respeta­das por los humanos de carne y hueso. De fracaso en fracaso, nuestra Iglesia occidental tuvo que apelar a la separación tajante de los sexos, imponiendo en su cultura el principio de que todo acercamiento entre el hombre y la mujer precipita la comisión del pecado. Consiguió, con ello, establecer el «punto de no retorno» más elemental que registran las crónicas: toda muchachita que accediese a verse con el muchachito lo estaba convidando a amanecer en su cama (Melibea a Calisto, Ju­lieta a Romeo).

Pulverizadas las regulaciones de general aplicación, ciertas y fáciles de interpretar (en las que todavía fuimos educados seis o siete de cada adultos occidentales vivos), el «punto de no retorno» pasa a depender, en cada individuo, de una combinación de factores diversos y alta­mente inestables. La complejidad del problema descarta el resumen. Hoy, las reglas de interacción sexual cambian según todos los paráme­tros sociológicos, culturales, familiares y hasta individuales, en combi­naciones tan dispersas, que llegan a parecernos aleatorias. Los contac­tos entre personas con legislaciones sexuales incompatibles resultan peligrosos y, de hecho, las sociedades siempre se organizan para evitar­los. Salvo en épocas de confusión. Ahora, en los mismos cazaderos eróticos alternan los machos más patriarcales (para quienes toda hem­bra que se exhibe en público pierde el derecho a levantar barreras) con las mujeres más matriarcales (que tantean el contacto mediante actitu­des o conductas antaño identificables con lo orgiástico o con la provo­cación descarada y soez). En los casos de máxima distancia, el con­tacto puede desembocar en daños graves. Está sub judice, mientras re­dacto estas notas, la contundencia de un necio suboficial ante la trans­gresión de su código: la muchacha que consiente en un achuchón de discoteca está obligada a consentir en el coito sin trabas; o a aceptar que le orienten el gusto con un buen desgarrón de esfínter anal. No se olvide que todo justiciero tiende a ajusticiar, y que no hay justicia más vengadora que la del sexo.

Cuando las normativas sean menos disímiles, surgirán malentendi­dos de todos los pelajes. Algunos provocarán simples ofensas; otros, las violaciones «blandas» que más arriba sugeríamos. Una noche ob­tuve el desafecto incurable de una vieja amiga por aceptar una copa en su casa, sin marcar yo luego la más pequeña iniciativa sexual. De ha­ber interpretado bien su conducta y actitud, habría sabido resolver la situación sin ofensa. Pero no hubo claridad suficiente.

Otra noche, en aquellos locos setenta, fui yo el damnificado: una amiga hecha hippy se metió en mi cama de un hotel extranjero, fra­gante y desnudísima, sin querer nada más. De hecho, ese fue el verbo exacto con que palió mi leve empeño: «Es que no quiero». Dormí hacia afuera. Me pareció muy frívola.

Pero ¿tengo que aceptar la posibilidad de que yo, en otras situacio­nes falseadas, haya violado a una mujer? ¿Fue alguna «demasiado le­jos», encerrándose conmigo en coyuntura tan favorable a mí que yo sofocara toda su resistencia sin llegar siquiera a percibirla —con el peso de la ventaja? No se me viene a la memoria ningún ejemplo, ni creo que me apetezca buscarlo. Habría sido —si hubiera sido— cosa pacífica y sutil, sin fuerza ni alboroto.

Confieso esta suposición verosímil de culpabilidad para dar un co­nato de razón a las impiedosas hembristas. Si, a pesar de todos mis es­fuerzos en sentido contrario, de todas las horas que he gastado en edu­carme o en arrancarme los malos brotes ideológicos, de la pasión in­vertida en el respeto, resulta que no salgo perfectamente puro, me atre­veré a afirmar que la inocencia es muy difícil en este momento de la Historia.

Algo hemos adelantado, por consiguiente. Todavía salimos dema­siado en los papeles, por crímenes propios de un primate con los cro­mosomas revueltos. Todavía colean jueces machotes que equiparan el delito sexual con un castigo a la mujer provocadora. Todavía hay de­masiados que viven en estado de permanente misoginia (más de dos y de tres conocidos míos), ante el «desmesurado» proceder de las muje­res. Todavía se justifica el abuso por la legendaria incontinencia sexual del varón, que sólo puede aliviarse mediante el buen reparto y control de los «favores» femeninos. Sí. Pero ya, por lo menos, no nos alboro­zamos en la arrogancia de la santidad viril. Ahora nos abochorna —como un fantasma de nuestras propias pesadillas— la espantosa figura del violador.

Algunos preferiríamos que no nos castrasen, sin embargo: con el tiempo, llegaremos a ser menos machos —y más hombres.

Ramón Buenaventura – 19 marzo 1990

publicado en El Independiente

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