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ABAJO LA ORTHOGRAPHIA (refrito con algún interés actual).

2015/08/15

Artículo publicado en EL INDEPENDIENTE en 1989.

¡Abajo la Orthographia!

Todas las lenguas de nuestra cultura occidental se transcriben me­diante el alfabeto latino. Ello acumula tales ventajas, que nadie, jamás, ha pro­puesto seriamente el abandono del sistema, a pesar de su notoria im­precisión. Por mor de las comunicaciones interculturales, cada país aguanta sus cruces con la debida entereza.

Porque, en efecto, estamos utilizando un conjunto de signos gráfi­cos que no se corresponden exactamente con los sonidos de nuestros lenguajes. De hecho, el alfabeto latino, que procede quizá del etrusco, fue objeto de diversas afinaciones ya en sus principios, pero tampoco cuadró nunca de modo perfecto con el habla latina.

Es imposible que un alfabeto encaje, letra por sonido, con ningún idioma. Para representar todos los alófonos o variantes de los fonemas castellanos necesitaríamos más de cincuenta signos; y éstos, por aña­didura, no podrían ser fijos si pretendieran atenerse a la pronunciación real. Por ejemplo: el fonema /b/ de la palabra ‘viento’ no se escribiría lo mismo en «mal viento» que en «buen viento». Lo cual, aparte de in­cómodo, sería estúpido.

De todas maneras, el ansia de perfección —tan inhumana, pero tan frecuente— suscita de vez en cuando, en todos los países, grandes pro­puestas de reforma ortográfica. En esto hay dos condiciones extre­mas. Por un lado están los idiomas que no son romance, pero utilizan el al­fabeto latino. Por ejemplo, el inglés, donde la forma de escribir las pa­labras depende menos de su sonido que de su origen etimológico. Lo cual lleva a variaciones en verdad exuberantes: la letra ‘ge’, por ejem­plo, puede representar cuatro o cinco sonidos diferentes. ‘Gate’ será [guéit], pero ‘gaol’ será [jéil]; ‘rough’ será [rof], pero ‘though’ será [dou]; y aún habrá algún apellido, como Maugham, donde la ‘ge’ se pierda en una leve aspiración. Un caso así no tiene arreglo; en Es­tados Unidos y Gran Bretaña son raras las iniciativas tendentes a me­jorar el sistema ortográfico. Tendrían que apelar a signos nuevos y es­pecíficos o convenir en el añadido de toda clase de jeribeques a las letras nor­males (como han hecho en Irlanda para transliterar el gaé­lico). Ello, además de ir contra el espíritu de la lengua —que tiene a la sencillez y a la eficacia—, plantearía problemas insolubles en la red internacional de comunicaciones.

En el otro extremo se hallan las lenguas que, por su parentesco di­recto con el latín, poseen fonemas mejor y más metódicamente adap­tables al alfabeto latino. En ellas, muchas dificultades proceden del puro y simple capricho cultural. El italiano, cuya normalización orto­gráfica es muy reciente, posee un sistema casi perfecto, al menos en lo tocante a la transliteración del habla culta y oficial. Sin pararse en ro­manticismos, toma la heroica decisión de erradicar los más venerables vestigios etimológicos (hasta la picardía irreverente de escribir ‘hom­bre’ sin hache —’uomo’), y apenas si incurre en más debilidad que la innecesaria persistencia del grupo consonántico ‘cq’ (escri­biendo ‘acqua’ —agua— en lugar de ‘accua’, como sería lógico según sus normas).

En Francia, en cambio, el sistema es un puro dislate hipercultural: a pesar de la magnífica preparación lingüística que reciben, los france­ses están condenados a la falta de ortografía. A mediados del siglo pa­sado, Próspero Mérimée los desmoralizó para siempre, redactando un texto que nadie toma al dictado sin cometer decenas de errores (dicen que Napoleón III llegó a 83, peor incluso que su granadina cónyuge; en esto ganamos los extranjeros, más sensibles a las peculiaridades de las lenguas ajenas: juro que yo no pasé de tres faltas, cuando Monsieur Châtelain nos sometió a la ordalía en la antigua Escuela de Funciona­rios Internacionales). Para escribir correctamente la lengua francesa hay que poseer, desde luego, una memoria visual propia de dioses re­finadísimos, pero también ayudará el conocimiento del latín y del griego. La memoria nos servirá, por ejemplo, para saber que en la pa­labra ‘eau’ se escriben tres vocales y se pronuncia una cuarta, ‘o’. La ciencia etimológica nos permitirá negociar sin vacilación grafías tan tremebundas como ‘rhynolaryngite’ (que podría escribirse ‘rino­la­rin­gite’, dando exactamente la misma pronunciación) o ‘blen­nor­rhée’ (donde el juego ‘rrh’ merece el calificativo de crueldad gra­matical, y que desde luego podría escribirse ‘blénorée’ sin pro­blema alguno).

Comprendemos, pues, que los franceses más osados alboroten con frecuencia los cotarros académicos, en solicitud de la reforma ortográ­fica. Y en verdad que sobrepujando las morriñas etimológicas les sería muy fácil adelgazar el enredo. La ortografía francesa no podría alcan­zar la sencillez de la italiana sin convertir su expresión gráfica en el paroxismo de la ambigüedad: no habría forma de distinguir un infini­tivo de un participio, de un imperativo y de una serie de modos verba­les (‘chanter’, ‘chanté’, ‘chantai’, ‘chantait’, por ejemplo, se escribiría todo ‘chanté’, si se pretendiera ajustar la ortografía a la fonética). Pero si, por una vez, los señores vecinos nos imitaran, saldrían al menos un tanto aligerados de lo pretencioso y superfluo; de esos batallones de y griegas, tehaches, errehaches, etc., que consumen las neuronas de sus bachilleres, obligando a despilfarrar en chinerías docentes un tiempo que podrían invertir en otros aprendizajes más provechosos.[RB1]

Porque, a pesar del empecinamiento casi arbitrista que algunos po­nen en su modificación, la ortografía española se halla en un punto de medio de dificultad, entre la italiana y la francesa. No hemos optado por la supresión de las haches mudas (‘ierro’, ‘ielo’, ‘ombre’), el re­vezo de las equis con ‘cs’, ‘gs’ o ‘s’ (según los casos: ‘tacsi’, ‘es­tran­jero’), la utilización de un solo signo para el fonema /b/ (‘baca’, ‘bu­rro’, ‘biento’ —qué horror), la utilización de la jota en todos los fone­mas /x/, sustituyendo a la ‘ge’ (‘trajedia’, ‘escojer’), ni ninguna otra medida similar a las más tajantes adoptadas por los italianos en su momento. Es más: ni siquiera hemos respetado rigurosamente las re­glas en que hallan justificación tales dificultades ortográficas. Así, por ejemplo, habría que escribir ‘vasura’ (que viene de ‘versura’, lo que se ha de tirar), ‘harmonía’, ‘harpa’, ‘halucinación’, ‘harpía’, ‘hen­de­ca­sí­la­bo’ (palabras que han perdido su hache de diccionario por motivos inex­plicables), ‘yelo’ o ‘ielo’ (y no ‘hielo’, porque la palabra viene del la­tín GËLÜ), etc.

Pero —albricias— las autoridades académicas, sin acelerones, to­mándose las cosas con calma de siglos, han ido redimiéndonos de otros vicios pedantes, como los que afligen a los franceses. En primer lugar, nada de ‘méthodo’, ni de ‘philosophía’, ni de ‘psychología’ o ‘mysterio’. Luego, a fuerza de tenacidad, incluso las reglas de acen­tuación gráfica han acabado por someterse a la doma; por fin se ajus­tan a los razonable; y, por fin, tras siglos de ceguera, hemos compren­dido cosas tan evidentes como que la tilde sobra en los monosílabos (lo cual no quiere decir que nueve de cada diez españoles —incluidos los confeccionadores de enormes carteles publicitarios— no acentúen el ‘ti’ de ‘para ti’ con un empeño digno de santidad).

O sea: démonos por satisfechos y no tentemos al diablo. La orto­grafía no es materia de revolución, como algunos pretenden (como se ha defendido hace menos de un año, aprovechando uno de los cíclicos revuelos franceses sobre el asunto). No obstante, algunas cosillas no­vedosas pueden suceder en los próximos tiempos. La Real ya nos tiene advertidos de otra verdad de Perogrullo: en cuanto han empezado a trabajar con ordenadores, sus expertos han caído en la cuenta de que la ‘ch’, la ‘ll’ y la ‘ñ’ no tienen porvenir en cuanto signos determinan­tes del orden alfabético. No es que se vayan a suprimir (como algún indig­nado y purista amigo me sollozaba el otro día por teléfono, cul­pando a los yanquis), sino que dejará de aplicarse el viejo criterio se­gún el cual ‘cocido’ va antes que ‘chorizo’ en el orden alfabético, o ‘luna’ antes que ‘llama’. Son abundancias mentales que los ordenado­res no apre­cian. Habrá que acostumbrarse.

Ansío otras reformas, más espectaculares, para un futuro lógico. Verbigracia: ojalá que algún Espíritu Santo nos revele, antes de fin de siglo, la buena verdad siguiente: los acentos gráficos no deberían po­nerse más que en caso de duda (como hacen los italianos). ¿Quién dia­blos va a leer ‘arból’ si yo escribo ‘arbol’? ¿Algún alienígena?

Perdón: alienigena.

Ramón Buenaventura, El Independiente, 1989.


[RB1] Pero puede que algo del espíritu francés, de su sutileza y amor por el detalle, proceda de este aprendizaje ortográfico.

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  1. Liu
    2015/08/20 en 19:59

    Artículo en el que queda demostrado que deberías ocupar un sillón de la Real Academia de la Lengua Española: mayores méritos que Félix de Azúa acumulas, pero supongo que no fuiste “novísimo” entre los poetas del cincuenta del siglo XX.

    • 2015/08/20 en 23:29

      La verdad es que solo aceptaría sillón académico si se comprometieran a venirme a buscar en coche para las reuniones. Qué pereza. En cuanto a los Novísimos… Mujer: los más viejos (Martínez Sarrión y Vázquez Montalbán) nacieron en el 39 y no habían publicado nada en los cincuenta. La antología es del 70. Y no, yo no estoy, por supuesto. Entre otras válidas razones, porque mi primer libro publicado data de 1978… Y tampoco formé nunca parte de ese grupo de amiguetes que reunió Castellet… Lo digo sin mala leche, conste: todo funciona así en el mundo literario; por pandillas. Abrazo.

      • Liu
        2015/08/21 en 10:11

        ay, Ramón, es que me parecen tan antiguos que los arrojé a una época en la que yo ni había nacido. Sí, lo del coche me lo figuraba. Y sí también a las camarillas o gangs. Por lo pronto, Gimferrer ya ha metido –ups, seamos finos, introducido– a dos amiguetes, ¿no? Azúa y Riera, ambos catalanes. Estos tipos siempre juegan con dos barajas y las mezclan a su conveniencia. Cómo renunciar a dos sueldos, prebendas aquí y allá.

        • 2015/08/21 en 10:43

          Ya. Así es. Nadie logrará cambiarlo nunca. Es el sistema entero el que tendría que cambiar. Et c’est pas pour demain.

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