2015/08/14

TRAS LOS CRÍMENES DE CUENCA

Como dice la protagonista femenina en algún momento del segundo episodio de la segunda temporada (menos plúmbea) de True Detective, aquí lo cierto es que casi cualquier macho de nuestra especie puede matar con sus propias manos a casi cualquier hembra de nuestra especie, por la mera fuerza. Ella (la protagonista de True Detective) lo soluciona llevando siempre encima un juego de cuchillos.

Esta matanza de mujeres que se sigue produciendo en el mundo, con enclaves hecatómbicos en las zonas de desenfreno islámico, pero con episodios frecuentes en el mundo occidental (quizá mucho más frecuentes de lo que imaginamos, porque no en todos los países se publicitan los casos tanto como en España), parece deberse a que muchos hombres se crían en el convencimiento de ser superiores a las mujeres y de tener sobre ellas todos los derechos que les apetezca tener, incluido el de matarlas —ajusticiarlas podrían decir ellos—, si no se pliegan a su voluntad. Esta modalidad de locura no cabe en los genes, de manera que solo podemos atribuirla a la sociedad.

Nuestro cambio de mentalidad en este ámbito ha sido tan radical y tan intenso en los últimos decenios, que tendemos a olvidar demasiados aspectos del problema. Hace unos días, una exalumna mía, Patricia Martín Rivas, publicó esto en Facebook:

ESTOY HASTA EL COÑO
Va a ser la primera vez en mi vida que use esta expresión, de manera oral o escrita, pero estoy hasta el coño de leer noticias en que se castiga, se asesina, se menosprecia, se veja, se infravalora, se anula, se ignora, se viola, se discrimina, se humilla a la mujer.
Estoy hasta el coño de tener cuidado de por dónde ando, de llevar tal o cual atuendo, de evitar calles oscuras, de tener que avisar de que estoy a salvo, de soportar el acoso, de tener que decir que tengo pareja para que me dejen en paz, de que me llamen señorita, de que me pregunten si mi novio me ayuda con las tareas de casa.
Estoy hasta el coño de que se culpabilice a las víctimas, de las representaciones en la publicidad, de que el tema principal sean las denuncias falsas y la histeria femenina, de los comentarios despectivos, de la imposición milenaria del falo erguido.
Estoy hasta el coño de que haya hombres tan sumamente aislados de lo que les rodea que afirman que hay igualdad. Leed, por favor, abrid los ojos, asimilad vuestro privilegio y luchad contra él. Si no, reconocedlo, decid alto y claro: «SOY MACHISTA».

Quizá sea cierto que la mayoría de los hombres occidentales hayamos ajustado nuestro comportamiento con las mujeres a otros parámetros de igualdad, pero es evidente también que quedan por ahí los suficientes desactualizados como para que una considerable cantidad de mujeres esté constantemente viviendo las agresiones y acosos que describe Patricia; incluso para que una nada despreciable cantidad de mujeres padezca el castigo supremo del macherío, es decir el de morir ejecutada por su dueño porque le ha sido infiel o no desea seguir sometida a él. (Cuando yo estudié Derecho, muy a principios de los años sesenta, el castigo previsto para el marido que matara a su mujer sorprendida en adulterio flagrante era solo el destierro. Este artículo del código Penal estuvo vigente hasta el advenimiento de la democracia. Ayer por la mañana.)

Y nadie sabe cómo solucionar este desajuste. Es evidente que no podemos mantener una pareja de la guardia civil junto a cada mujer en situación de riesgo (prácticamente todas las mujeres están en situación de riesgo en algún momento). Es evidente que la tarea educativa imprescindible para limpiarles el cerebro a las bestias machistas tardaría dos o tres generaciones en cuajar, y nunca eliminaría por completo el peligro. Es evidente que ninguna tarea educativa podría convencer a las mujeres de que no deben confiar en su propio criterio (tantas veces contaminado por el «amor»), que deben abstenerse de todo contacto íntimo con machos que presenten los síntomas de esa locura (fáciles de identificar, dicen los expertos). Es evidente que aumentar la gravedad de las penas por comportamientos intersexuales inadecuados tampoco va a eliminar estos comportamientos, porque si hay algo que distingue al macho agresivo es precisamente su chulería, que incluye el convencimiento de su impunidad. Dicho de otro modo: es evidente que el problema no va a resolverse así, de pronto, por arte de birlibirloque, y que todo mujer que tenga la mala suerte de tropezarse demasiado con una bestia viril acabará siendo humillada, maltratada, sometida y, en los peores casos, muerta, sin que ninguna medida social pueda evitarlo. No la salvarán ni siquiera los cuchillos de la protagonista de True Detective, aunque aprenda a utilizarlos con altísima eficacia, porque nunca le valdrían contra los animales en que ella ha decidido confiar.

Sí, por supuesto, hay que incluir en la enseñanza obligatoria una asignatura de convivencia y de respeto de los derechos ajenos que vaya erradicando la cretinez de estas cabezas contrahumanas (cultivadas en casa por los papás y las mamás y en la tribu por los amigotes, si no queremos mencionar otras influencias ambientales). Sin olvidar la imprescindible remodelación de la idea del AMOR, que sirve para justificar los desafueros (estoy loco por ti). No es un empeño fácil. Incluso parece imposible que las autoridades de diestra y de siniestra se pongan de acuerdo en cuál debería ser el contenido de estas asignaturas y quién debería impartirlas. Y desde luego, como quedó apuntado más arriba, sería tarea de varias generaciones. Un cambio social enorme.

¿Y mientras? Pues lamento decirlo, pero creo que a corto plazo lo único que se puede hacer es mejorar e intensificar lo que se está haciendo. Mantener desde luego la denuncia de los abusos y crímenes, expresando un rechazo social muy fuerte y muy generalizado (aunque, claro: las noticias también pueden estar creando cierto efecto de imitación en las cabezas más proclives a la insania masculina). Mantener también, hasta hacerlas omnipresentes y muy populares, las campañas de aviso a las mujeres, describiendo sobre todo los rasgos y pautas de comportamiento que pueden revelar en los hombres la tendencia al abuso macho (aunque me temo que la popularidad de las campañas también impactaría en los criminales potenciales, enseñándoles a camuflarse).

Lo que no se puede ni debe, en cambio, es caer en la tentación retrógrada de pedirles a las mujeres que renuncien a sus conquistas revolucionarias de los últimos decenios para ajustar su conducta y su presencia a los bajos umbrales de excitación y agresividad de los machos bestiales… De lo que se trata es de seguir luchando por el asentamiento de las igualdades y por la adaptación profunda y extensa de la mentalidad social al orden nuevo femenino. Y toda lucha supone riesgo.

Ahí es donde quizá no vengan mal los cuchillos ocultos de Rachel MacAdams.

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