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Calidad y cartel (El asunto Visor)

2015/07/06

¿Calidad?

No conviene ponerse muy pontificio al hablar de calidad en materia creativa, porque no hay criterios objetivamente válidos, porque todo es opinión personal.
     Con intención de disimular un poco tamaña deficiencia se inventaron los cánones, que vienen a ser para las Letras y las Artes lo mismo que la jurisprudencia para el derecho Civil y Penal: un inconmensurable corpus de antecedentes en que los jueces pueden apoyar sus sentencias (con el supremo inconveniente técnico de que la aplicación de la jurisprudencia también es subjetiva, y además libre). Todos los maestros creadores y todos sus aficionados llevamos siglos aceptando —con mayores o menores desavenencias— unas listas de autores y obras valiosas, a las que de vez en cuando se añaden novedades. Las llamamos cánones (artísticos) y son una relación de obras literarias, pictóricas, musicales, etc., que el buen conocedor tiene que haber leído, mirado, escuchado, etc., para ser un buen conocedor. Evidentemente, las listas son demasiado largas y la vida demasiado corta, de modo que sí: hay buenos conocedores, pero nunca completos conocedores. Y, por otra parte, ningún buen conocedor dispone de ninguna herramienta que le sirva para convencer a otro buen conocedor cuando hay desacuerdo en la valoración de una obra, lo cual es tanto como decir que tenemos herramientas para formarnos un criterio, pero no para trasladárselo a los demás.
    
Convencerá mejor quien más labia posea, y nuestra opinión valdrá lo que valga la opinión en que nos tenga quien nos escucha o lee. Si usted piensa que soy un imbécil —una vez me llamaron «burro mussoliniano», de modo que tendría usted antecedentes en que apoyarse— mi opinión se le antojará tan imbécil como yo. Es así.
     En todos los campos de la creatividad existe un panel de conocedores que una buena proporción de los aficionados considera fiable o incluso respetable. Son los críticos, las autoridades, los expertos, como quieran ustedes llamarlos. Personas vivas, por lo general. A veces se recurre a los expertos ya fallecidos —pero prestigiosísimos— para sustentar una opinión, pero solo los vivos pueden hablar de lo que está ocurriendo, de la «situación actual»: lo que se llama levantar acta. Cada cierto tiempo surge un experto importante que levanta acta, en un libro, en un artículo, en una serie de conferencias, en antologías. Harold Bloom es el Gran Corregidor de este sesudo gremio.

El cartel

Pero la solidez del tinglado resultante dependerá de la aceptación del público (del conjunto de los conocedores o degustadores), y hay expresiones artísticas que apenas tienen público. Entre ellas está la poesía.
     En materia creativa, es un error muy extendido el de confundir la calidad con el cartel. La calidad, como decíamos más arriba, no puede demostrarse. El cartel, en cambio, se demuestra fácilmente, porque depende del éxito de público.
     En poesía, este éxito de público se mide peor que en narrativa o en teatro o en cine o en pintura o en música. La poesía vende tan poco, es tan poco conocida de sus propios lectores potenciales, que resulta casi imposible que sea un éxito de ventas lo que determine el cartel de un poeta. Y ello hace que la opinión de los expertos o gestores del cotarro sea más determinante ―inapelable, como quien dice— que en otros campos.
     ¿Cómo se alcanza el grado de experto o gestor de poesía? No por el éxito entre los lectores, tampoco, sino poseyendo el poder de publicar (los editores) y/o el de repartir trocitos del pequeño pastel poético (los bien situados para conceder premios, dar buenos bolos, facilitar las colaboraciones pagadas en los medios, etc.). Es decir: quienes manejan el cotarro son los carteleros, los que otorgan cartel a los poetas ―pasados, presentes y futuros―, y nadie puede discutirles el palmarés, porque no hay lectores en cantidad suficiente como para crear una «opinión pública»… En narrativa, el crítico puede decir misa solemne, puede poner a caer de un burro a un autor, pero son los lectores quienes fijan el cartel. Hay novelistas por ahí cuyo nombre lleva años sin aparecer para bien en los suplementos culturales y las revistas literarias, y no por ello dejan de figurar en todas partes ni de vender sus libros a almanta. Esto es imposible que le ocurra a un poeta. Si te ningunea el Tribunal Supremo, no existes. No tienes cartel. Solo te frecuentarán los amiguetes.

El affaire Visor

Con esto llegamos al sorprendente affaire Visor.
     Jesús Sánchez —o Chus Visor― es miembro del Tribunal Supremo de la poesía española desde hace más de medio siglo. Lo es por editor y por cartelero. Su éxito merece toda la admiración y todo el respeto de la poetambre. No es que no tenga uno nada que objetar, es que no queda más remedio que aplaudir: ha conseguido sacarle rendimiento económico a una colección de poesía y ha contribuido notablemente a que la poesía siga existiendo en España sin quedar reducida a los ámbitos comarcales. Chus Visor es un excelente gestor editorial. Solo puede comparársele con Jesús Munárriz ―su gran competidor de siempre, con Hiperión
—, aunque Visor ha sido más hábil para crearse contactos y mantener los amigos importantes, con peso en la toma de las decisiones culturales más crematísticas o rentables.
     Pero, claro, Chus Visor es editor, no poeta, ni siquiera crítico de poesía, y lo suyo es evaluar y avalorar el cartel, no la siempre discutible calidad de cada poeta. Su óptima gestión ha consistido precisamente en ir empoderando a su editorial, adquiriendo cada vez más fuerza sancionadora, controlando más premios pagados por otros, influyendo en más críticos y profesores universitarios y líderes de opinión cultural, mandando en una buena parte del cotarro poético; no en elegir quiénes son los mejores y quiénes son los menos mejores, para publicarlos, sino en controlar que sus publicados estén y permanezcan entre los autores de mejor cartel… Nada que objetar, tampoco: a eso mismo se dedican todos los editores, sin excepción, con mayor o menor eficacia.
     Es muy raro que Chus Visor cometa un error estratégico, pero una parte de sus recientes declaraciones a EL CULTURAL quizá lo sea. Me refiero a estas palabras, en concreto:

―También niega la mayor, que exista un importante movimiento de poesía femenina en España, a pesar de las Rosetti [sic], Andreu, Ana Merino, Elena Medel, a las que ha publicado.
―Sí, pero no tiene nada que ver que sean mujeres. Lo siento, pero creo que la poesía femenina en España no está a la altura de la otra, de la masculina, digamos, aunque tampoco es cosa de diferenciar. Desde luego, si vas a coger a las poetas desde el 98 para acá, es decir, todo el siglo XX, no ves ninguna gran poeta, ninguna, comparable a lo que suponen en la novela Ana María Matute o Martín Gaite. No hay una poeta importante ni en el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy. Hay muchas que están bien, como Elena Medel, pero no se la puede considerar, por una Medel hay cinco hombres equivalentes.
     Las ideas no están muy bien expresadas, pero muchos intérpretes han deducido que Visor está aquí despreciando a las poetas y, por consiguiente, haciendo alarde de machismo. Lo cual ha conducido a buen número de personas del ámbito cultural a poner en circulación un documento ―JUSTICIA POÉTICA YA― en que se viene a solicitar que don Jesús Sánchez sea desposeído de sus privilegios de editor y de repartidor del pastel, porque sus prejuicios contra las poetas le impiden ser objetivo en el reparto.
     ¿Y?

En primer lugar, con toda franqueza, yo no creo que Chus Visor haya tenido nunca en cuenta el sexo de una poeta para concederle o no concederle un beneficio editorial o un premio. Habrá atendido a su cartel, actual o factible. Y, en ese estrecho sentido, lo que afirma es cierto: no ha habido ni hay en España ninguna poeta que tenga tan buen cartel como los poetas de gran cartel (Lorca, Guillén, Aleixandre, Alberti, Gil de Biedma, Valente, Ángel González, qué sé yo: unos cuantos). Ninguna. Me puedo quizá permitir el lujo de confirmarlo, porque no soy precisamente un ignorante en materia de poesía escrita por mujeres.
     (La calidad de cada poeta es cuestión totalmente distinta, como vengo sosteniendo a lo largo de este texto. Ahí ya intervienen los criterios personales. A mí, sin ir más lejos, muchos de los poetas de mejor cartel me dejan totalmente frío, cuando no me indignan con sus baraturas y sus obviedades hipersensibles y su metaforerío desbordado, y, si tengo que preferir algo, hoy en día prefiero leer a las mujeres, tanto en prosa como en verso, porque las mujeres ―como llevo afirmando desde LAS DIOSAS BLANCAS― por lo menos tienen algo nuevo y diferente que decir, y muchas son muy buenas expresándolo. Pero, claro, esto es una opinión personal e intransferible. El cartel, en cambio, no es opinión, sino dato verificable.)

En segundo lugar, me parece muy bien que el manifiesto JUSTICIA POÉTICA YA pida el apartamiento de Chus Visor de todos los mecanismos de concesión de premios y prebendas (nadie debería tener tanto poder), pero lo cierto es que estamos como en la fábula: ¿quién le pone el cascabel al gato? No existe procedimiento legal ni reglamentario por el que ninguna autoridad pueda ejecutar esta exclusión. Nada de lo que hace Visor es ilegal, ni siquiera deshonroso: los ideales capitalistas legitiman todo lo que haga un empresario en favor de su empresa siempre que no pisotee demasiado ningún artículo del código Penal ―y desde luego Visor lo único que hace es atender a la prosperidad de su empresa, sin incurrir en delito ni infracción moral de ningún tipo.

En tercer lugar, quiero suponer que en realidad todos nos alegramos de este conflicto. A Visor no le va a hacer daño alguno, y a los demás nos ha recordado dos asuntos importantes: que la poesía existe y hasta respira con algún vigor (a ratos); y que quienes luchan por el igualamiento sexual no ha alcanzado aún sus objetivos, ni principales ni secundarios ―tampoco están a punto de alcanzarlos, desgraciadamente―, pero avanzan hacia ellos con fuerza creciente y ya no desaprovechan ninguna oportunidad de denuncia y reacción. Quizá falten pocos años para que las sociedades occidentales dejen de ser masculinas en sus estructuras, orientaciones y jerarquías.

Pero, por favor, no sigamos confundiendo la calidad con el cartel. Sonrisita – sonrisita – sonrisita.

Ramón Buenaventura, julio de 2015

Añado enlace a un artículo recién aparecido con el que estoy casi totalmente de acuerdo:

http://www.elcultural.com/blogs/rima-interna/2015/07/las-cosas-de-chus-visor/

 

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  1. 2015/08/13 en 21:56

    Querido Ramón: Soy Dani, el que te di por muerto cuando fui a buscar El año que viene en la FNAC y nada sabían de ti. Me ha gustado mucho tu entrada. Estoy ahora con NWTY. Eres muy grande, pero ya te diré qué me pareció tu novela (y que sepas que la anterior que me leí fue Savolta de Mendoza, así que llevas un gigante detrás). Un abrazo.

  2. dedalo
    2015/07/06 en 11:58

    Me parece que se está dando demasiada importancia a los gustos de un señor (que, por cierto, ha publicado a muchas mujeres) y, lo que es peor, se está queriendo dar contenido político a lo que no es más que un juicio estético. Si hubiera dicho, por ejemplo, que en España no hay una Emily Dickinson o una Szimborska, no podría ser acusado de machista y estaría diciendo básicamente lo mismo. Aspirar a una cierta exigencia de paridad en cuestiones estéticas, que parece ser lo que algunos pretenden, me parece absurdo y esencialmente antiartístico.
    Saludos.

    • 2015/07/06 en 12:04

      Sin duda: las cuestiones estéticas no admiten ninguna exigencia de paridad; pero no estoy muy seguro de que sea eso lo que se está discutiendo, sino el derecho de Chus Visor a estar en todos los repartos de pastel.

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