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NWTY by Ramón Buenaventura. Folleto promocional

2013/09/29

Folleto promocional y entrevista (no se desoje usted: hay transcripción del texto tras la reproducción gráfica del folleto) (el folleto me habría gustado más en rojo o en morado, pero nadie me preguntó Smile).

NWTY estará en las librerías a mediados de esta misma semana. Ya.

 

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Trascripción del texto

Las vidas suelen acabar sin que a sus protagonistas o dueños o ejecutores se nos haya ocurrido qué título ponerles; ni siquiera un título de trabajo.

A esta novela le ocurre, pues, lo mismo que a tantísimas vidas: no tiene título de trabajo.

En inglés queda menos cruel, sin embargo:

No Working Title Yet

(todavía sin título de trabajo),

NWTY

(podría pronunciarse

nuty)

Todo empieza cuando RB, el narrador, recién alistado en una red social, recibe sorprendentes «solicitudes de amistad» de algunos de sus propios personajes literarios, invitándolo a utilizar el avatar que ellos —a las órdenes de León Aulaga, el protagonista principal de sus novelas anteriores— le han creado en el territorio virtual de Tancha Alqadima 1.0 – Los juegos de la memoria. Allí le aguardan, no muy cariñosos, los demás personajes, exigiendo con ansia que vuelva a escribir, que los reviva a ellos y que cuente, como ejercicio y muestra de amor en las fronteras, la historia de Rafael y Márgaret y Araceli y Farasha y la Triple Alianza que luego fue Cuádruple.

 
El avatar del narrador, encerrado en su habitación natal tangerina, obedece y escribe: es su memoria adolescente del Tánger Internacional (amores y veranos y sexos para siempre), pero también su memoria del futuro ya casi vivido, de lo que habrá de suceder, de cómo se reconstruye un paraíso habitable.

NWTY recupera la noción de novela en un siglo XXI que parece negarla: que el lector se asome a un abismo gozoso, a una deslicia de cuyo disfrute conviene quizá avergonzarse, porque la vergüenza aumenta al placer en los seres libres.

 
Relato total de una época ilustrado por el sexo, NWTY no es una evocación nostálgica del pasado, sino su reinvención desde
el presente corrupto y virtual que estamos viviendo. Y también la asechanza de la vejez, de la enfermedad; las «carcajadas
del destino» que remueven toda certeza de los planes urdidos y deseados.

En tiempos electrónicos, mientras todos lamentan la muerte próxima del libro tal como lo hemos conocido, llega de pronto
esta novela absoluta, compuesta sobre papel con la  magia sabia de los viejos tipógrafos y la sabiduría mágica de  los nuevos imagineros digitales, en busca de la inteligencia —casi
nunca satisfecha— del lector que lleva siglos leyendo y jamás se
cansará de leer. Sean como sean las revoluciones.

El autor

Ramón Buenaventura (Tánger, 1940)

Ramón Buenaventura es poeta, novelista y traductor literario. Ha trabajado en multinacionales americanas y en empresas editoriales. Ha dado clase de inglés en la Universidad durante muchos años. Ha recibido los premios Miguel Labordeta de Poesía por Eres, el Villa de Madrid por su novela El año que viene en Tánger, el Fernando Quiñones por su novela El último negro, publicada en Alianza Literaria, y el Stendhal por su traducción de La sangre negra, de Louis Guilloux.

Entrevista

NWTY describe, entre otras muchas cosas, la rebelión de sus personajes, de los personajes de sus novelas an- teriores —publicadas e inéditas, acabadas o inacabadas—, ante su silencio como autor, que venía alargándose ocho años. ¿Puede un autor abandonar a sus criaturas?

Sí. En NWTY, el cabecilla de la rebelión es el protagonista de Anónimo madrileño, una novela de ciencia ficción que había alcanzado ya las ochenta páginas y se me quedó sin terminar… Podríamos decir que hay al menos dos tipos de autores en lo tocante a los personajes: los que contamos siempre la misma historia, con variantes de disimulo, o ampliación, o profundización, y los que cambian el elenco cada vez que empiezan una novela nueva. Los primeros no somos capaces de abandonar a nuestros personajes, que vuelven a asomar la cabeza en cada relato, por más que intentemos evitarlo, o que creamos evitarlo. Joyce, Stevenson.

¿En qué medida se puede contar la biografía de los personajes por mediación del sexo?

No podemos afirmar que conocemos a una persona si no la conocemos sexualmente. Lo que quiere decir —soy consciente de ello— que no conocemos a casi nadie, por largo o ancho que sea nuestro currículo venéreo. Los personajes sin sexo, tan frecuentes en la narrativa del mundo entero, siempre me han parecido seres abstractos, deshumanizados. Los aceptamos porque, en realidad, nos encanta imaginarnos sin sexo, nos encanta creer que el sexo no tiene importancia en nuestras vidas. O nos empeñamos en creer, sin llegar siquiera a pensarlo, que David Copperfield, por ejemplo, tenía seguramente su vida sexual, pero que la vivía como todo el mundo, y que a Dickens no le valía la pena contárnosla.

La pérdida de memoria de León Aulaga —el metaprotagonista de todas sus novelas— es un pretexto para reconstruir la historia, incluso la historia no escrita. ¿Influye la edad en la relación con el pasado?

La edad influye en todo. También, claro, en la percepción del pasado, o en la utilización psicológica que de él hacemos para explicarnos nuestras propias vidas, o justificarlas, o darles un poco de sentido. Cuando ya nos queda poco que vivir, el recurso al pasado se hace indispensable para no llegar a una conclusión que no nos gusta, es decir que hemos vivido para nada.

¿Qué pesa más en su escritura, la biografía real o la biografía literaria?

Siempre me ha interesado mucho más la vida que la literatura. La literatura es una técnica de comunicación, muy interesante, muy bella —cuando es bella—, muy potente, pero técnica; o arte, si preferimos llamarla así. Creo que el escritor se traiciona y engaña al lector cuando en vez de contar la vida nos cuenta lo que ha leído de la vida. Lo cual ocurre con indeseable frecuencia.

Para los lectores más jóvenes, que no han vivido los años del franquismo, puede resultar sorprendente la libertad individual de los personajes en aquella época. ¿Era realmente así o es una recreación optimista del pasado?

¿Era Madrid una ciudad tan fascinante? (A Pavel Kohout le preguntaron si no echaba de menos algo de los años de la dominación soviética. Su respuesta: «Sí, mi juventud».) ¿Se puede ejercitar la memoria sin recurrir a la nostalgia?

La nostalgia viene a ser una manipulación, más o menos consciente, de la memoria. Todos los protagonistas de mis novelas lo saben perfectamente. Quienes vivimos media vida bajo el franquismo sabemos que aquella España era una monstruosidad política y social, pero, claro, no podemos renunciar a recordarnos jóvenes y fuertes y entusiastas e intensos y hasta guapos, si se tercia, dentro de ella. También sabemos que nos mentimos, sin embargo, o que exageramos un pelín.

Pero sí, la libertad individual de los personajes, en NWTY —mientras viven su mocedad y sus primeros años de madurez en la dictadura— no es imaginación mía: la sociedad era muy represiva, desde luego, pero quienes ejercían la represión (las familias, las autoridades) apenas se enteraban de nada, porque no concebían que sus hijos estuviésemos comportándonos como nos comportábamos. Mientras no te pillaran metido en la acción política «subversiva» (antiespañola, la llamaban ellos), podías hacer lo que te diera la gana. Como siempre ha hecho la gente joven, por otra parte, en todos los sistemas. En ese aspecto, en aquella época, fueron importantísimas muchas de las mujeres que cumplieron los veinte años en los sesenta: ellas solas trajeron más cambios sociales que todas las revoluciones.

En cuanto a Madrid… Fue fascinante vivir aquí durante los años setenta, sí. Qué duda cabe. El cambio, por fin; la impresión de estar participando en él; el entusiasmo que sentíamos incluso los más escépticos; la necesidad de experimentar todo lo que creíamos no haber experimentado… Luego vino la Movida y Madrid se convirtió en un show con mucho ruido y poquísimas nueces. Es difícil mantenerse muchos años en el esplendor.

Inevitable preguntar acerca de los juegos tipográficos que hay en NWTY, como en toda su obra anterior, poesía y prosa. ¿Estamos simplificando en exceso el concepto de novela y de narración? ¿Estamos minusvalorando al lector?

Es imposible contestar a esta pregunta sin escribir un sesudo ensayo que, por otra parte, no me apetece nada escribir. La novela nació muy libre en la forma y en los recursos. Los escritores de más talento hacían lo que les daba la gana con el relato. Ya en tiempos modernos, el gigante de la libertad formal es Rabelais, pero Cervantes incurre en parecidos desmadres narrativos, y lo mismo Sterne, más tarde, y etcétera, porque la lista sería larguísima. (Hay ahora mismo un bendito americano que está reescribiendo la historia de la novela como paradigma de la libertad. Me refiero a Steven Moore y su The Novel – An Alternative History, que va ya por el segundo tomo, hasta 1800, y que desgraciadamente no podrá traducirse al castellano. Sería innoble no reconocer aquí que el primer tomo de esta obra me hizo recuperar la dignidad literaria, sacándome del silencio a que yo mismo me había condenado en 2005. Sin The Novel, NWTY no habría existido.)

En el siglo XIX esta libertad se ve sometida a toda una disciplina formal, o técnica, que, fomentada por el éxito entre los lectores, acaba por imponer una manera de escribir relatos que respeta rigurosamente los límites marcados por el lector (o los límites que los especialistas consideran marcados por el lector). En el Ulysses de Joyce culmina quizá el periodo de libertad plena del autor. Casi todo lo que se ha escrito luego, o por lo menos casi todo lo que ha tenido éxito luego (dicho sea ello sin olvidar las enormísimas excepciones, como, por poner un ejemplo, la Rayuela de Cortázar), responde a la dictadura del lector. Y no, no estamos minusvalorando, no estamos despreciando a todos los lectores, pero sí a muchos, quizá a todos los lectores que a la Literatura deberían importarle.

Este humilde servidor de ustedes, pues, no acata las normas de tamaña dictadura y escribe como bien le parece: cuento como quiero contar, utilizo los recursos (tipográficos, sí, pero también cualesquiera otros) que me viene bien utilizar y me lo paso pipa haciéndolo. Habrá quien también disfrute con ello.

¿Le divierte mantener al lector en la cuerda floja de sus propias concepciones morales (tabúes)?

NWTY no acarrea el menor propósito de romper ningún tabú. Sí, la relación entre Márgaret y Rafael es incestuosa, pero tiene mucho más que ver con el ejercicio de la libertad personal que con el deseo de infringir las normas. No hay por qué excluir la posibilidad de que NWTY sea, sobre todo, una apología de la libertad humana.

Mi concepción moral se puede resumir en muy pocas palabras: todo es bueno mientras los implicados consientan y no se dañe a los demás. Lo cual en modo alguno quiere decir que la transgresión sea obligatoria.

Inevitable también preguntar por Tánger… ¿La Tánger que evoca en sus novelas es la que conoció o la que, a través de la ficción, le habría gustado conocer?

El Tánger de que yo hablo es el que viví o creí vivir hasta los dieciocho años, hasta 1958. No me interesan mucho las demás versiones. No me interesa nada el revoltijo legendario que luego se montó en torno a la colonia de visitantes de larga duración, británicos o americanos. Primero, porque yo ya no estaba allí. Segundo, porque el Tánger internacional ya no existía en los años sesenta.

La presencia de Tánger en mis libros responde a una obligación narrativa que me impuse ya al imaginar mi primera novela publicada (Ejemplo de la dueña tornadiza, que años más tarde se trocaría en El corazón antiguo): todo lo que escribiese estaría protagonizado por tangerinos que nacieran el mismo año que yo, 1940, y que hubieran asistido a la excursión en que nos despedimos de Tánger, en 1957. Reconozco que se trata de una imposición caprichosa, pero la he respetado en las tres novelas anteriores y, por supuesto, también en NWTY.

¿Quién queda en la plataforma en la bahía de Tánger al terminar la novela?

Queda en la playa, larga y ancha, el amor que todos se han tenido, la intensidad con que han vivido sus vidas, la belleza de la memoria, los cuerpos siempre hermosos de los seres queridos…

 

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  1. 2013/10/04 en 20:58

    Compruebo, leyendo el folleto y la entrevista, que sigues varios pasos por delante de los actuales narradores, que eres más osado y más lúdico que el resto, y me alegra que una literatura así aún pueda abrirse paso hasta el lector. Por lo demás, no puedo pensar en alianza sin sentir, ay, un pellizco en el estómago. Es tan corto el amor y tan largo el olvido…. Mis mejores deseos para este NWTY. (Te aseguro que ese azul no hace pensar en gaviotas ni nada parecido, pero entiendo que prefirieras el rojo). Un saludo, Ramón.

    • 2013/10/04 en 22:51

      Muchas gracias, Juan… No sé qué decirte en cuanto al corto amor para el olvido largo: aludes, supongo, a experiencias que muy pocos escritores NO han vivido, que han de dejarse de lago para seguir adelante. Qué otra cosa puede hacerse, slavo el silencio, claro.
      Abrazo de Pozuelo a Almería.

  2. 2013/10/03 en 01:30

    Por fin.
    Buena noticia, Don Ramón Buenaventura, que ya tenía uno ganas de volver a leerlo a usted en largo.
    En cuanto a lo que se comenta de Cervantes, me viene ahora un libro que ya no tengo, titulado “Miguel, judío de Cervantes”, y que recuerdo como mucho más interesante que las tesis defendidas por la señora gorda a la que alude Ramoon.
    El autor del libro que cito es Leandro Rodríguez, zamorano y profesor de Derecho en la Universidad de Ginebra. Defiende que Don MIguel nació en Cervantes, aldea próxima a Sanabria, Zamora, en una familia que venía de judíos conversos, si bien fuera posteriormente bautizado como cristiano en Alcalá de Henares, aunque también hay quien duda de que la famosa partida de bautismo, o como se le diga, sea verdadera. Y, por lo que recuerdo, el libro rastreaba muy bien cuanto hay de mística judía en el Quijote, incluso en tono satírico, cosa que se percibe igualmente -aunque con menor sátira, o con ninguna sátira, mejor dicho- en Teresa de Ávila, o Santa Teresa de Jesús.
    Discutible todo, apenas mensurable, pero desde luego no tan imbécil como lo de la tal dama. Y, en todo caso, podría ser hasta una bonita ficción.
    JL

    • 2013/10/03 en 07:46

      Quitadas las nobilísimas familias cuya «limpieza de sangre» certifican los árboles genealógicos de frondosas ramas seculares (que, de todas formas, tampoco excluye la posibilidad de algún adulterio manchador), poco españoles pueden asegurar rotundamente que no tienen algo judío en los orígenes… La memoria me dice que del libro de Leonardo Rodríguez oí hablar en su momento. La memoria me dice también que alguien, en algún sitio, llegó incluso a afirmar que Franco era judío (lo cual explicaría su no a Hitler, por ejemplo) (ojo, porque creo que fue en un reportaje de la revista TIME donde leí la cosa).
      Está claro, de todas maneras, que lo judío forma parte de nuestra personalidad colectiva, de nuestros genes históricos, más incluso que lo árabe, y negarlo sería tontorrón…
      Ah, y gracias por tu amabilidad, José Luis. Espero que el libro no te disguste.

  3. ramoon
    2013/09/30 en 15:44

    Por cierto que me parece perfecto que haya usted dado por intraducible al castellano el estupendo estudio de Moore. Alguna vez que ha declarado usted algo parecido alguien ha tenido a bien contradecirle (recuerdo ahora la última de Baker)

    Sé que lo hace a posta, bribón, para que algunos analfabestias unilinguales podamos disfrutar de cosas en principio vetadas por la ignorancia que nos parió y no quisimos enmendar.

    Yo si creo que lo terminarán traduciendo… pues la obra es excelsa y desde mi punto de vista muy amena de leer. (me remito al texto que un alma caritativa nos ofreció por la intenné y que usted mismo nos localizó)

    En fin a ver si suena la flauta, de Steven

    • 2013/09/30 en 18:41

      No sé si THE NOVEL es totalmente intraducible, pero en todo caso sería labor titánica: cientos y cientos de citas tomadas de traducciones inglesas que el traductor tendría que retraducir de los originales, claro (originales en quince o veinte o cuarenta idiomas distintos). Forget it.

  4. ramoon
    2013/09/30 en 15:32

    En un “pograma” de esos de tertulia literaria “moderado” (es un decir, pues ni debajo del agua se le ahoga el ego) por Sanchez Dragó, y con algún aniversario del Quijote como excusa, recuerdo a unos cuantos literatosos dando la lata con sus decires supuestamente intelectuales y enciclopédicos cuando, en llegando el momento de hablar a una loca judía, fea, obesa y así como muy casposa, y hasta algo sucia de aspecto, (a la vieja Susan Sontang se parecía) dedicada por supuesto a encontrar rastros de la literatura judaica hasta debajo de la braga de Isabel la Católica, por muy de ello que ella fuera, (católica, Isabel) dice la señora, tan panchamente como despanzurrada sobre su asiento (que no era bidet) que había descubierto un lenguaje secreto y superhebreo por el envés de la prosa del divino Cervantes… Y que, por ejemplo, ya desde la famosa frase “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, en realidad, usando de su sistema de infalible busqueda semiótica, Cervantes quiso decir: “¡¡ALEGRÍA, ALEGRÍA, NO ESTÁ ATADA LA BOCA QUE HABLA AQUÍ!!!

    Yo en ese momento me estaba metiendo un algo de comida por uno de los agujeros de mi cara y al escuchar aquello no tuve otra que mezclar la risa con las ganas de comer y dejarme ir sin querer por el más inevitable de los engollipamientos. Y es que, ante determinados comportamientos de determinados hebreos, nada mejor que dar rienda suelta a la hebefrenia o incontinencia suma de la carcajada sin fin.

    Todo esta remembranza sin adivinanza era solo para gritar a los cuatro vientos ante el advenimiento del, esperemos que penúltimo, vástago literario del gran Don Ramón aquel mensaje crípticojudaico que dice:

    ¡¡ALEGRÍA, ALEGRÍA, NO ESTABA ATADA LA VOZ QUE ESCRIBE AQUÍ!!

    Dicho lo cual, se le ruega al autor que deje en un cajón a buen recaudo, como el cabroncete de Canetti, una guía de viaje con todas las claves secretas de su gran retablo tangerino para el mejor comprender de generaciones venideras no vaya a ser que lo pillen por banda unos cuantos catedráticos de esos que hablan ex-cátedra y le confundan todas sus churras, )incluida la gran churra aulagatiana), con merinas. Es tan solo un sugerir, mientras continuo con mi contento, pues un gusto será el leerle en copy master, Mister Master.

    Abrazos y congratulaciones, Big Daddy.

    PD.- Si yo fuese su amigo León, ya estaba chantajeándole de alguna manera para que se pusiese con la próxima. 😉

    Y es que semos unos agonías. Nod ejamos descanasar ni a los que se lo merecen.

    Fuera de toda broma: mil gracias, amigo, por seguir en la brecha a su edad y con su salud maltrecha.

    • 2013/09/30 en 18:44

      Sí, ya había oído contar esta historieta del texto judío que se oculta en el Quijote. Lo que no sabía era que la hubiese tomado Fernando Sánchez Dragó para sus autopromociones. No vamos a negar la enorme influencia judía en la España previa a la expulsión, pero estas invenciones son ridículas.
      En cuanto a lo de volver a escribir… No creo, francamente, no me veo con energías; pero nunca se sabe.

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