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Colaboraciones. Rafael M. 17. Principios de la empresa española

2013/08/29

PRINCIPIOS DE LA EMPRESA ESPAÑOLA

Rafael M.

Hace dos colaboraciones decía que no hay razón para pensar que un país que Textos de colaboradores invitadosproduce gestores públicos incompetentes y corruptos produzca en cambio gestores privados aptos y honestos. Lo que uno puede encontrar en una empresa pública es muy similar a lo que encontrará en una privada. Sectores típicamente públicos (hasta ahora, al menos) como la Educación y la Sanidad, son una referencia para la educación y la sanidad privada, de tal manera que si el nivel de los primeros baja el nivel de los estos segundos suele bajar también. Dicho de otro modo, el país con una mediocre educación pública o asistencia sanitaria, es muy probable que acabe teniendo una mediocre educación y sanidad privadas ¡Ah de aquellos países que abandonan lo público! Sus élites tendrán que enviar a sus hijos a estudiar al extranjero o tomar un avión para operarse o tratarse una enfermedad.

Hablemos de la empresa española. En la empresa española casi nadie sabe hacer el trabajo que se le encomienda y dónde más aptitud se encuentra es en la parte baja de la pirámide jerárquica. Aquí están los jóvenes sobradamente preparados realizando tareas en las que emplean solo una pequeña parte de sus capacidades. Por una derivada del “principio de Peter” aderezada con ingredientes típicos de nuestra España como la envidia, el amiguismo, el miedo a la competencia y la falta de criterio para seleccionar a los candidatos aparte del “me cae bien”, “es un tío simpático” o “es mi colega”, suelen ascender los que tienen ambición además de, por desgracia en demasiados casos, ser incompetentes para el puesto. Principio de Dilbert.

La culpa de la impericia es compartida. La tiene el candidato que conocedor o no de su ineptitud acepta un puesto para el que no está preparado. El caso en el que ni siquiera es consciente de su falta de valía para el puesto es más frecuente de lo que se piensa. Estas personas suelen pensar de sí mismas que son competentes y de su desempeño tener una elevada opinión. Cuando son ascendidas se convierten en el típico jefe inútil y negado. Pero por supuesto también es responsabilidad de quienes le nombran. Los altos jefes suelen nombrar como jefecillos a candidatos de los que conocen perfectamente su poca valía. Las empresas españolas adoran por ello a los ingenieros.

Por un curioso diseño de los estudios de ingeniería y algo de leyenda urbana empresarial, el ingeniero español vale para un roto y para un descosido. Así, el ingeniero eléctrico sirve para la electrónica, el mecánico para la informática, el informático para las telecomunicaciones, el naval para la aeronáutica, el de caminos para la agronomía y el agrónomo para hacer cemento. Un ingeniero es director general de una empresa que fabrica papel higiénico y de otra que gestiona carteras de activos financieros de alta volatilidad. También son excelentes comerciales, aportando buena presencia, personalidad, simpatía y un curso rápido de “cómo ser un excelente vendedor”. También saben de Derecho y la fiscalidad, finanzas, contabilidad y economía no tienen secretos para ellos.

Recién acabada la escuela de ingeniería, cualquier ingeniero español no solamente sabe de electricidad, electrónica, mecánica, aeronáutica, agronomía, contabilidad, gestión de empresas, derecho laboral, informática, telecomunicaciones, cemento y estructuras, ¡también habla y escribe perfectamente en 3 idiomas! And last but not least, sabe de mundo: a los 30 años acumula en su bagaje por lo menos 5 años de experiencia internacional en distintos países ¿Es o no es el candidato ideal para ser un perfecto incompetente?

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