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Zero Dark Thirty: oscuridad y media en punto

2013/02/16

Acabo de ver Zero Dark Thirty de Catherine Bigelow y reconozco que pueden tener razón quienes la consideran tan buena que podría pasar directamente a la historia del Cine.

Pero, claro, también podríamos planteárnosla con la moral por delante, y en ese sentido el film provoca una verdadera tempestad de dudas : ¿ Tenemos derecho a torturar al enemigo para obtener de él una información que evite daños graves a nuestros compatriotas ? ¿ Tiene derecho un Estado poderoso a MV5BMTQ4OTUyNzcwN15BMl5BanBnXkFtZTcwMTQ1NDE3OA@@._V1_SX214_saltarse todas las normas internacionales para ejecutar una venganza nacional ? ¿ Tenía derecho Osama bin Laden a defenderse ante un juez ?

La tortura del enemigo se viene practicando desde el principio de la Historia sin que nadie, jamás, hasta nuestro tiempo, la haya considerado inaceptable. Es uno de los puntos morales en que más cínicos somos, una de las cuestiones más difíciles de delimitar. Casi nadie discutirá que torturar a un terrorista para que nos diga dónde está la bomba que matará a decenas o cientos o miles de personas es un mal necesario y justo ( de discutible eficacia, pero esa es otra cuestión ). Lo que ocurre es que luego resulta muy fácil ir ensanchando el criterio hasta que incluya la tortura de un sospechoso de haber cometido cualquier otro delito, para que lo confiese o denuncie a sus cómplices. Es un terreno en el que no estamos siendo capaces de fijar una frontera moral. No es el único en que esta desgracia social se produce : tampoco hemos delimitado, por ejemplo, hasta qué punto es aceptable la ejecución masiva de ciudadanos para minar la moral al enemigo, forzándolo quizá a rendirse o a desistir de sus ataques. Los americanos mataron fuera de batalla a cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki, pero no ha habido guerra en que no se haya aplicado algún método cruento para aterrorizar a los ciudadanos enemigos.

Zero Dark Thirty no se plantea en realidad el problema moral de la tortura, ni ningún otro problema moral. Los americanos quieren venganza por los tres mil muertos de las Torres Gemelas, y no dudan de su derecho a ejecutar a Bin Laden sin ninguna clase de traba legal o procesal. Es la vieja y muy primitiva idea de que el derecho no rige en casos de venganza. Pero, repito, la película no se plantea este ni ningún otro problema moral. La película se limita a contarnos magistralmente cómo se localizó a Bin Laden y cómo se le dio muerte.

Claro está que toda narrativa obliga al resumen, y que todo resumen es interpretación : el film, omitiendo datos y eliminando dudas o matices, acaba convirtiéndose en un alegato contra la aplicabilidad del Derecho cuando los gobernantes deciden que está en peligro el bien común. Es difícil pensar en una tesis más peligrosa, más directamente abocada a culminar en dictadura.

Hay quien ha recordado a Leni Riefenstahl al ver Zero Dark Thirty : Naomi Wolf, en concreto. Su carta a Katherine Bigelow, publicada en The Guardian el 4 de enero de 2013, no puede ser más terminante en su cierre : « Igual que Riefenstahl, eres una gran artista. Pero ahora serás recordada para siempre como una sierva de la tortura ».

Los maravillosos documentales de Riefenstahl contribuyeron sin duda a sembrar el nazismo en muchos espectadores de la época. Uno no puede sino preguntarse cuántos seguidores del Mal Necesario creará esta soberbia película.

© Ramón Buenaventura, 2013

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  1. Enrique J.
    2013/02/18 en 13:36

    Yo estoy a favor de la venganza y el asesinato vengativo pero sólo si también me dejan torturar y asesinar a mí a quien crea oportuno. Si no, no hay trato.

    • 2013/02/18 en 13:40

      Tienes que poder, claro; pero si puedes, a ver quién te lo impide.

      • Enrique J.
        2013/02/18 en 16:59

        Lo que yo quiero es la misma impunidad que ellos. Torturar hasta la muerte a Ana Mato asfixiándola con confeti con las mañas de un marine mientras el Presidente más poderoso del mundo se emociona y celebra mi hazaña con aplausos.

        Yo aceptaría que un hombre pueda torturar a otro por un bien mayor sólo si es perseguido por ello (con mayor o menor ahínco según percibamos la justicia de su acto), detenido y juzgado. No me parece prudente dejar semejante poder en manos de políticos, suficientes libertades se toman ya.

        • 2013/02/18 en 19:58

          No es solo que no sea prudente: es una locura, me parece.

  2. 2013/02/17 en 13:50

    A mí Bigelow me decepcionó mucho en The Hurt Locker. Una visión de la guerra de Irak etnocéntrica, “solipsista”. Técnicamente es superior al Rambo de Reagan pero la función es la misma.

    Respecto a Zero Dark Thirty me preocupa la sugerencia de El Roto en esta viñeta:

    ¿Quién sabe?

  3. rafael
    2013/02/17 en 13:37

    Es un tema difícil. ¿Hasta que punto podemos juzgar a Riefenstahl o Bigelow por realizar esas obras?. ¿No es eso lo que hacen muchos israelíes con las música de Wagner?
    Lo primero, no he visto la película de Bigelow.
    El film al fin y al cabo no hace juicios morales. Y el resumen, la interpretación, es nuestra, está en nuestra cabeza.
    Lo segundo. No he ido a ver ese film, creo, por dos razones: no quiero contribuir con mi dinero a ensalzar el belicismo americano. Pero también porque he huido de esta controversia. He huido de mi interpretación, porque no quiero posicionarme ante la tortura. Quiero seguir teniendo sobre este tema todas las dudas y confusión posible.
    Pero siento que cometo una injusticia si juzgo al artista como se hace en la carta de The Guardian. Esto del arte, el artista, al margen de juicios morales, tampoco me queda claro. ¿Es el arte inocente?Miguel Mihura era de derechas y por eso la efeméride de su nacimiento fue soslayada por el gobierno que en aquel momento era de izquierdas.
    Y hace unos días ha surgido el tema del premio al escritor Antonio Muñoz Molina.
    Confusión. Confusión. Es lo único que tengo claro.

    • 2013/02/17 en 17:53

      El juicio artístico no tiene o no debería depender del social o humano o como quieras llamarlo. Invoquemos, una casi sobrada vez más, el caso de Céline, uno de los grandes escritores franceses del siglo XX, hijo de puta forrado de hijo de puta. Umbral era un cabrón y un chulo y un indeseable desde treinta y dos puntos de vista distintos, pero dos o tres de sus libros son muy buenos, y su prosa está entre las mejores españolas de nuestra época… No recuerdo, por otra parte, mucho ninguneo de Mihura: es más bien que lo hemos olvidado… 🙂

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