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Colaboraciones. Rafael M. 10 Un mal sueño

2012/11/01

UN MAL SUEÑO

Rafael M.

Les voy a contar una situación que he vivido hoy en primera persona.

Trabajo en el extranjero y en estos momentos estoy Textos de colaboradores invitadosbuscando una oportunidad mejor. Como parte del proceso de selección he tenido que realizar un viaje a España de dos días, uno para llegar, hacer todas las entrevistas y pruebas, otro día para volver a mi actual destino. Tenía preparada una buena excusa para hacer el viaje a España, en caso de necesitarla. El viaje, excepto por moderados retrasos en el aeropuerto y en el metro, transcurrió sin problemas, al igual que el proceso.

Al día siguiente, cansado porque nunca duermo bien la primera noche en cama ajena, pero relajado, me dispuse a realizar el viaje de vuelta. Llegué al aeropuerto con bastante margen de tiempo. Facturé y pasé el control de seguridad para el equipaje de mano cuarenta minutos antes de la hora de embarque. La puerta de embarque todavía no aparecía en los monitores de información así que paseé brevemente por entre las tiendas sin comprar nada y me senté en los asientos que tienen una magnífica vista de la pista de aterrizaje. Me encantan esos enormes ventanales por los que se ve la actividad exterior de aviones y personal de tierra del aeropuerto. Miré al asiento de mi izquierda y allí dejé mi cartera con los documentos de viaje que llevaba en las manos desde que pasé el control. Tras unos diez minutos en los que la relajación se apoderó completamente de mí, me levanté y fui de nuevo a mirar el monitor. La salida, pequeñita en medio de tantas líneas de información, aparecía claramente indicada.

Comencé decidido el camino marcado por iconos y flechas hacia la puerta. Bajar dos plantas, tomar un tren rápido hasta la terminal en cuestión, volver a subir una planta y pasar el control de policía, con el pasaporte y la tarjeta de embarque. Cuando palpé mi maletín no noté el bulto de mi cartera. Mis manos estaban vacías. Rebusqué febrilmente. Nada, no estaba. En ese momento la relajación se transformó en nerviosismo. Por un instante no supe qué había pasado, miraba alrededor buscando una manera de dar la media vuelta y desandar lo andado. En mi imaginación pasó como un relámpago la posibilidad de un robo, pero inmediatamente la descarté, nadie se me había acercado lo suficiente. Sin poder volver sobre mis pasos, posibilidad que en todo aeropuerto está impedida por razones de seguridad y movilidad de pasajeros, comprendí que debía buscar la ayuda de la policía. Pidiendo excusas a los otros pasajeros que hacían cola, con evidentes señales de nerviosismo me salté la cola y me dirigí al policía con toda la amabilidad que me quedaba. «¡He olvidado mi cartera con el pasaporte y la tarjeta de embarque en el asiento de la planta donde están las tiendas, en uno de esos asientos que tienen vistas a la pista!». El primer policía flipó: había hablado tan rápido y entrecortado que no me entendió. Lo repetí de nuevo a una mujer policía y ella me explicó la puerta de salida, descender y tomar el tren rápido en sentido contrario. Corriendo seguí sus indicaciones y llegué a otro control de equipaje de mano, que debía pasar en sentido contrario al habitual. La chica que controlaba que los pasajeros tuvieran los documentos de viaje me dijo que no podía pasar y le expliqué la situación. Me decía que debía esperar, ella hablaría con el Guardia Civil que hay siempre junto a cada scanner, a lo que respondí que no podía esperar y que hablaría yo con él. Sin pasar por el arco de detección, le grité «¡Buenos días, disculpe!», y el joven Guardia Civil se acercó hasta mí. Como pude expliqué de nuevo la situación, la comprendió y me dejó pasar, pero otra vez tuve que pasar mi equipaje de mano por el scanner y quitarme cinturón y reloj. Y volver a ponérmelos. Miré mi reloj. Pasaban cinco minutos de la hora de embarque. ¡Mierda, joder, vamos, vamos, vamos!

Mientras corría siguiendo ahora las indicaciones del guardia civil, llegué por fin a la planta donde había extraviado mi cartera. No les voy a mentir, pensé en dios, en Dios y en Rediós, le pedí que me ayudara, que pudiera encontrar mi cartera donde la había dejado. Nada encontré cuando llegué como una exhalación hasta el asiento. Pasajeros esperando, como yo lo había hecho una vida, un apocalipsis antes. Me dirigí al mostrador de información y expliqué la situación. El amable señor me explicó que normalmente, cuando eso sucede, la documentación acaba en manos de la Policía y que debía esperar en el mostrador. Mientras tanto él debía atender a otros pasajeros. Me eché a un lado. Todo parecía desmoronarse sobre mí. Si no recuperaba mi documentación a tiempo, perdería el único avión del día hacia mi destino y por tanto mi viaje se haría notar en mi empresa. Si por desgracia ni siquiera recuperaba mi pasaporte, tendría que volver a mi casa, renovarlo, solicitar de nuevo el visado: al menos 4 semanas para todo. Todo perdido, seguramente me despedirían y con ello se esfumarían en el acto muchas esperanzas y un proyecto de vida. La mía. En el destino había dejado además mi ordenador personal en el que llevo… demasiadas cosas importantes.

Todos esos pensamientos martilleaban con fuerza mis sienes mientras decidí buscar una vez más en la zona de asientos. Una medida desesperada e inútil, pero es lo que hace el ser humano en circunstancias como esa. Le pregunté a una pareja si habían visto algo o a alguien coger o entregar una cartera. Nada, nadie. Miré incluso dentro de las papeleras próximas al asiento. Con el alma en los pies fui de nuevo al mostrador. Cuando llegué el señor que me atendió recibía una llamada de teléfono. La Guardia Civil le comunicaba que había encontrado mi documentación. Vi la luz al final del túnel. Me explicó cómo debía llegar hasta ella. Otro joven guardia civil me reconoció por la palidez de mi cara, me acercó la cartera y me dijo que unos pasajeros la habían entregado. Casi se la arranco de las manos. Me la dio y me preguntó qué vuelo debía coger: faltaban apenas veinte minutos para que saliera y todavía debía hacer todo el camino hasta la puerta de embarque, cambiando de terminal. Me dijo que era casi imposible que llegara a tiempo. Respondí que lo intentaría. Le di unas sonoras gracias mientras me alejaba ya corriendo.

Cargado con un maletín, una maleta pequeña con ruedas y mi preciada documentación circule como alma que lleva el diablo lo más rápido que pude por escaleras mecánicas, ascensores, trenes rápidos, pasillos de tiendas y suelos mecánicos. ¿Dónde estaba esa maldita puerta? ¿Era la última de la terminal o qué? Parecía que ese día todo había sido dispuesto para hacerme pasar uno de los peores momentos de mi vida. Al fondo, todavía lejos, atisbaba una cola de pasajeros entrando por una puerta de embarque. ¿Sería aquella mi cola? ¿Tendría la suerte de que el vuelo todavía no había salido? Pues sí, la puerta estaba en uno de los extremos de la terminal. Faltaban solamente 5 minutos para la hora prevista de salida cuando llegué al mostrador de embarque y con el poco aire que me quedaba en los pulmones le pregunté a la azafata si esa era la cola para mi vuelo. Suspiré de alivio, tomé aire. Mi ropa empapaba el sudor que mi cuerpo exudaba tras cuarenta minutos de nerviosismo y carreras. De nuevo todo parecía volver a su cauce normal, mi vida retomaba el rumbo previsto.

Sentado ya en el avión, con el cuerpo y la mente aun gripados, recordé que no hace muchos meses tuve un sueño en el que pasaba por idéntica situación. No fue una pesadilla, pero sí un mal sueño. Prefiero no darle vueltas y no creer en premoniciones. Supongo que el cerebro a veces te avisa de tus propios miedos sobre cosas que pueden ocurrirte según la vida que llevas. Un automovilista puede soñar con un accidente en coche, pero seguramente no lo hará con un terremoto.

Sí quiero en cambio dar las gracias al anónimo pasajero que entregó mi documentación a la policía, a los agentes de policía y guardia civil que eficazmente me ayudaron y recuperaron mi documentación y al amable señor del mostrador de información. Y a la suerte y al pequeño retraso en el vuelo. Y bueno, no les voy a mentir, también a alguien o algo que se alió conmigo… ¿o contra mí?

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  1. rafael
    2012/11/06 en 15:09

    Gracias gracias gracias por las buenas críticas. Debe ser que no hay nada como escribir sobre algo que has vivido en tus propias carnes :-).
    D. Eugenio, he de decirle que ni siquiera tocaron un billete. Eso sí, la mayoría eran de un país cuya moneda no interesa a nadie :-).
    Saludos.

  2. Angelina Girón Galván
    2012/11/04 en 16:19

    He vuelto a releer el relato y veo lo magnificamente que está escrito, debe de ser por ello que te sumerjas en el y lo vivas como propio.Parece un guión de una película, yo al menos lo he visto como una película; posiblemente, también, porque conozco bastánte bién la T4 del aereopuerto de Barajas.

  3. 2012/11/02 en 11:47

    Tendemos sin remedio a generalizar. La última vez que perdí la cartera no apareció ni la inocente tarjeta con la cita del fisioterapeuta. Perdí más de cien euros, tarjetas bancarias, DNI… Leo tu caso y me parece imposible que alguien devuelva nada. Y sin embargo…

    Saludos.

  4. Enrique J.
    2012/11/02 en 09:06

    Recojones, que se me ha encogido el aliento, un párrafo más y me da un patatús.

  5. Angelina Girón Galván
    2012/11/02 en 00:16

    Apasionante el relato. Lo he vivido casi como propio;como si me estuviera pasando a mi en ese momento y con gran angustia, porque he recordado una situación algo similar que también me pasó en un areopuerto hace varios años

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