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Colaboraciones. Rafael M. 08-09

2012/10/06

AMERICANADAS

Rafael M.

Películas hechas en los EE.UU. con la evidente intención de persuadirnos sobre lo buenos que son, lo estupendo que es su país y lo rectos que son sus valores, Textos de colaboradores invitadosdonde no suele faltar el plano con la bandera de las barras y estrellas. Algunas de esas americanadas podríamos verlas desde otro punto de vista.

Secuencias. Un tipo, frente al abuso de algún funcionario del Estado, le espeta: ¡oiga, que yo pago mis impuestos y por tanto tengo mis derechos! Unos padres apesadumbrados porque su hijo adolescente les acaba de decir que no quiere ir a la universidad, a lo que ellos responden que ni hablar, que llevan ahorrando desde que nació para poder pagarle los estudios universitarios. Un padre de familia que está cargando enseres y a la familia en la ranchera, clava el cartel de «en venta» en el jardín de la casa que ha sido hasta entonces su hogar y pone rumbo a la otra punta de los EE.UU. donde le espera un puesto de trabajo.

Cambiamos a España. El término «españolada» es conocido. Pienso en una familia española que está condenada a vivir en la economía sumergida porque el banco, después de desahuciarla, se quedaría con los ingresos de cualquier actividad o trabajo que declarasen cualquiera de sus miembros. Ese pequeño estafador que pregunta «la factura, ¿con IVA o sin IVA?». El gran defraudador, persona física o empresa, que voluntariamente ignora que el semáforo que evita que se mate en la intersección cuando conduce su lujoso coche por el nuevo acceso se paga con impuestos. Ciertas cosas debería dejar de ser tan españolas y ser un poco más americanas

¡Si no votas no tienes derecho a quejarte! ¿Y si no voto pero pago religiosamente mis impuestos? Se vota cada cuatro años. Los impuestos se pagan constantemente. ¿Solamente aquellos que no defraudan tendrían derecho a votar? No podemos estirar demasiado esta cuerda pues ¿cómo podría justificarse que un defraudador no pudiera votar o reclamar sus derechos, pero un asesino que paga puntualmente sus impuestos sí? Y sin embargo, hay algo en la actitud americana que me resulta más atractivo. Me gusta la reclamación de los derechos no por ejercer el voto, sino por practicar la solidaridad con el resto de ciudadanos a través de una cosa llamada Estado, que necesita los impuestos para cumplir su cometido.

Padres que satisfacen rutinariamente los caprichos de sus hijos. Sin exigencias, ni planes de futuro. Ahí está, todavía, la universidad pública, «buena bonita y barata», por si los niños salen estudiosos. Los bienes públicos tienden a ser menospreciados. ¿Hemos dilapidado la universidad en España? Los tiempos están cambiando. Para cuando sus hijos tengan la edad de entrar a la universidad apenas queden en España universidades públicas a las que merezca la pena ir: licenciados condenados a batallar, esgrimiendo sus devaluados diplomas, como mano de obra barata en un mercado laboral masificado. La universidad española es una fábrica de desencantados ante la frustración de las expectativas.

Pienso en ese trabajador español que adquirió un hipoteca de ladrillo que le impide volar en busca de nuevos horizontes, cambiar ese lugar que siempre echará de menos pero por cuyas calles siempre flotó el espeso aire de la falta perspectivas, por otro en el que no haya una economía subvencionada para que los que manejan las subvenciones manejen también los resortes de la elección democrática, y por desgracia, el destino de todos.

No puedo evitar que esas españoladas me huelan a habitación cerrada y aquellas americanadas a aire fresco de reto y libertad.

 

ELOGIOS

Rafael M.

Nuestro Presidente del Gobierno elogia a los que sufren sin salir de casa el deterioro de sus condiciones de vida y un futuro próximo sombrío. Sí, en cierto modo es encomiable que tantos españoles permanezcan en sus casas. Sin embargo, espero que no piense que todos los que quedaron en casa le dan razón a su gobierno, que todos aprueban la aplicación de la doctrina del miedo o que todos son unos cobardes de quienes se aprovechará para hacer lo que le venga en gana. Que son unos conformistas a quienes les da todo igual y aguantarán toda clase de atropellos. Insolidarios, incapaces de ponerse en la piel de aquellos que más padecen las consecuencias de las medidas impuestas. Unos aprovechados que disfrutarán de lo obtenido por otros con la legítima protesta jugándose el tipo en las calles de Madrid como si tomaran el relevo de los que un día corrieron delante de los grises.

No me gustaría que pensara que los que se quedaron en casa carecen de juicio para discernir ciertas cosas. Por ejemplo, para distinguir quién es quién dentro de una democracia: por un lado, los representantes de un poder que emana del pueblo, reemplazables todos ellos; por el otro, los ciudadanos, manifestantes o no, de los que emana ese poder, insustituibles todos ellos. Nuestro Presidente del gobierno no tiene manera de saber cuántos de los que no protestaron en las calles miraban con preocupación y vergüenza lo que iba aconteciendo el día de las protestas.

No sé si hizo usted bien en elogiarme públicamente, señor Presidente. He sido consciente de la política de los últimos ¡quince años! sembrada de casos de corrupción, confabulada necesariamente en la bancarrota de España. He conocido a nuestros políticos, los que han gastado por encima de las posibilidades de los ciudadanos, no por encima de las propias, ellos siguen sin renunciar a las regalías y privilegios que les otorga el status de diputado. He sabido de esa política que en vez de invertir los fondos necesarios en investigación y desarrollo, atraer talento científico y crear polos industriales tecnológicos, ha gastado en parques temáticos o en ostentación improductiva. Comprendía que la voluntad política orientada en la buena dirección es un vector esencial del bienestar presente y futuro que direcciona el tipo de desarrollo que tendrá la economía de un país. Con otros políticos, otro desarrollo. Otro futuro necesita de otra clase de políticos. Y sin embargo, les sigo votando a todos ustedes, sin protestar. No me dé las gracias señor Presidente. No al menos en público, eso no se hace entre cómplices.

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