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Colaboraciones. Rafael M. 04

2012/06/20

MODO PAUSE

Rafael M.

Textos de colaboradores invitadosHablar de reformas estructurales se ha convertido en un lugar común donde se esconde muchas veces la falta las ideas, o aquel que quiere dejar el debate en suspenso.
     Veámoslo desde este ángulo. Supongamos un negocio venido a menos, aquejado de gigantismo (http://tinyurl.com/bpemlsl ). Un experto aconseja una gran reforma estructural para cambiar de modelo, que dará sus frutos en una década. Además, se habrá adquirido la experiencia de hacer esa clase de reformas para cuando sea necesario hacer la siguiente.
     Los dueños del negocio piensan: mientras fue bien acumulamos riqueza como para sobrevivir los diez años que tendríamos que esperar hasta que la reforma diera sus frutos. Pero además, dentro de 10 años seguramente se habrá reactivado el negocio. Así que, ¿para qué vamos a reformar nada, si encima corremos el riesgo de no hacerlo bien y no obtener los frutos esperados?
     Los banqueros a los que los dueños del negocio dejaron préstamos a deber y bienes en garantía que han perdido gran parte de su valor, se encuentran en situación financiera delicada, al borde de la quiebra. Se plantean: si estos señores cambian de modelo de negocio, ¿qué hacemos con todos esos bienes en garantía que pasarán a valer muy poco y tendríamos que malvender para sanear las cuentas? Definitivamente, se dicen, esperemos diez años, pues seguramente para entonces el negocio de esos señores se habrá reactivado.
     El político, que con sus medidas incentivó el negocio de aquellos señores, atizó los préstamos de los banqueros, repartió bienestar a los ciudadanos y a sí mismo, pensando en los ingresos que sacaría de los impuestos sobre el negocio, y puso todos los incentivos sobre la mesa para que millones de trabajadores entraran en ese negocio, muchos abandonando la escuela (¿para qué estudiar, si como titulado le esperaba un empleo precario y mal pagado?), se pregunta, ¿para qué voy a calentarme la cabeza con reformas estructurales si no es del interés de los dueños del negocio y los banqueros, que tanto hicieron por mí y por los ciudadanos que me votaron, y si, además, seguramente en diez años se habrá reactivado el negocio?
     El ex-trabajador del negocio ahora no sabe a qué dedicarse. El político se ha olvidado de él y no hay programas de reciclaje para que pueda entrar en otro sector (¿hay otro sector?, ¡nadie pensó que haría falta!), tiene una casa en forma de hipoteca que lo tiene anclado a su localidad y si se plantea y logra vender la casa, lo hará a un precio inferior al que la compró, quedándole todavía buena parte de la deuda por pagar a los banqueros. No tiene más remedio que pensar que seguramente en diez años se habrá reactivado el negocio, y cruza los dedos.
     Si la Finlandia arruinada de finales de los pasados ochenta no hubiera emprendido grandes reformas estructurales, hoy los finlandeses todavía estarían esperando que resucitara la URSS. No solamente debieron reformar, también tuvieron que desactivar incentivos perversos para optar por la espera, por la no reforma.
     Una parte importante de España puso el modo pause en el año 2007, desde entonces vive en el pasado y paraliza al resto. La realidad nos sobrepasa a todos. No podemos permitirnos el lujo de seguir esperando, ni queremos volver a resucitar negocios caducos.

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