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Nota que no viene a cuento, lo sé, pero no puedo evitármela

2012/04/26

Hay sordomudos y hay sordocojos; este viejo no servidor (1) de ustedes pertenece al segundo grupo, es decir es sordo y lo han dejado cojo por malos diagnósticos y torpes tajos quirúrgicos. Así y todo, harto de ningunear y ningunearme, cuando me llegó una invitación a participar en el seminario LITERATURA Y DESPUÉS (17-19 de abril), organizado por la Universidad Internacional de Andalucía (2), y dirigido por Ignacio Echevarría, tomé la heroica decisión de aceptar y acudir.

Fue una insensatez.

Me he tirado dos días en Sevilla —pasándolo bien, desde luego, a pesar de la incomodidad física que me impone cualquier estancia prolongada fuera de casa— sin enterarme de casi nada. La sala en que se desarrollaban las conferencias y mesas redondas tiene una acústica imposible. Ni siquiera cuando me tocó intervenir, el último día, pude discernir de lo que decían mis compañeros de mesa, teniéndolos al lado. Ya imaginarán ustedes hasta qué punto facilita eso la participación en un coloquio. Lamentable. Lo único que pude hacer sin gran menoscabo de la eficacia fue leer el texto que traía preparado. Poca aportación a un seminario que, según me cuentan quienes sí tenían oídos, alcanzó notables niveles de interés. No volveré a hacerlo (3).

Comprobé de nuevo, no obstante, que Sevilla sigue siendo, para mí, una casa de la juventud. Allí viví, en una repugnante residencia de curas salesianos (4), mi primer año de universidad, el curso 1957-58. Ahora, cuando vuelvo, cuando voy pasando por una u otra calle, tengo la sensación extraña de reconocer mis parajes y trayectos de hace cincuenta y tantos años, poco a poco, como en una reconquista de la memoria juvenil. No es una impresión totalmente falsa, porque muchas zonas del centro de Sevilla están como yo las dejé. Menos costrosas que entonces, mucho menos costrosas, pero parecidísimas. Y descubro, para colmo, que no me importaría nada instalarme en esa ciudad tan bella y tan humana, si aún me fueran posibles las locuras totales. De Pozuelo saldré con los pies por delante, como sacaban de la palestra a los caballeros derrotados en los torneos de antaño.

En fin. No quiero terminar sin pedir perdón a mis colegas de seminario por mi inoperancia: Ricardo Laddaga, Eloy Fernández Porta, Luis Magrinyà, Julián Rodríguez, Josefina Ludmer, Sergio Chejfec, Belén Gopegui, Germán Sierra, Gonzalo Torné, Rodrigo Fresán y Teresa Moure. Solo conocía en persona a tres de ellos, y no mucho, pero me habría encantado establecer mejores relaciones. No habrá próxima oportunidad, de modo que eso, que suerte a todos en lo que les queda, que será mucho.

En cuanto a Ignacio, hacía tantos años que no nos veíamos ni teníamos contacto alguno que había olvidado su capacidad para transmitir cariño, su entusiasmo por las letras, su visión optimista y activa de este mundo que con tanta crueldad nos trata a quienes aún creemos que es posible mejorarlo por la Literatura (5).

(1) Entiéndase que lo de no servir no es por falta de voluntad, sino porque ya, realmente, no sirvo para nada que les pueda servir a ustedes.
(2) Si no he entendido mal, la UNIA se creó en el año 2000 para desempeñar en Andalucía una función cultural parecida a la que desempeña la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Ya les han anunciado recortes presupuestarios, de modo que a ver cómo sobreviven.
(3) Quizá no sean ustedes conscientes de lo que cuestan los audífonos: unos tres mil euros cada aparatito, los más baratos. O sea seis mil por persona. Para qué explicarles.
(4) Como demasiadas veces he contado ya, mis padres tuvieron la disparatadísima idea de meterme en una residencia de curas, en la que padecí vesanias cuya existencia ni siquiera había imaginado en el Tánger laico de mi adolescencia: misa obligatoria, confesiones y comuniones inevitables, ¡ejercicios espirituales!, disciplina necia. Fue un horror.
(5) El seminario terminó el jueves pasado, pero este lunes me esperaban en un quirófano para terminar de rehabilitarme los lagrimales, tras el fracaso de la operación anterior. Como me dijo la cirujana joven, al final: «Es que ustedes se creen que las operaciones de los ojos son coser y cantar. Y no». Y no, en efecto. Salí con los clisos tumefactos, enrojecidos, doloridos, y hasta hoy no he recuperado la visión clara de las pantallas del PC. Espero que esta vez sí me hayan curado la rija. (Según recientes disposiciones del gobierno esperanzoso, ahora se nos comunica a los pacientes el costo de lo que nos han hecho; en mi caso, «estricturectomía/puntoplastia» con «reparación de entropion o ectropion sin injerto/colgajo», por valor de 1.119€. Lo interpreto como un aviso: la próxima me la cobran al contado o no me la hacen.)

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  1. Amon Ra
    2012/04/27 en 00:27

    Mi padre tiene su edad, Don Ramón, sobrevivió milagrosamente a un cáncer de páncreas y su columna es un fémur por culpa de una espondilitis que en mi haber hereditario ha quedado… las cosas económicas le remataron regular y anda con una tristeza por o ante la vida… desde la atalaya semiruinosa de su vejez que ni el mismísimo John Doone pudiera mejorarla allá que le metiera rima.

    Mi querido Don Ramón, fue a partir de no sé bien cuando (seguramente tras sus fallidas operaciones) que empezó usted a dejar salir sin tapujos ese horror en toda regla que es la vejez a través de sus propios comentarios personales, no solo referidos a sus achaques sino a los choques que le da el mundo sin pausa en su “osamente”, y me provocan una mezcla de afinidad y terror, ahí plantado como lector espectador frente a las descripciones de un lugar tan patético y aburrido al que todos iremos a visitar tarde o temprano en mejor o peores condiciones…

    Estoy conectando una obviedad muy obvia, estoy hablando de la lógica perogrullada de que, pasadas por el tamiz de sus dolores y mengues (en el sentido de diablos que se lo llevan) sus siempre frescas y lúcidas opiniones se van tiznando cada vez más con la falta de fuerzas que le impiden sostener con el mismo aplomo que a los veinte su ecce homo.

    Y solo lo hago para quererlo y admirarlo aun más… no en plan conmisericordia por supuesto, ni manita al hombro, sino en plan nieto suyo de 42 palos que pone sus barbitas en remojo y que siempre, ya que la belleza se fue al traste, admiró en los longevos su forma de contarnos qué hay allí donde la luz se pierde, los sonidos se reducen, el tacto se apergamina y la letra aburre… aunque la respuesta sea evidente y horrísona… No todos cuentan la vejez (o la vida desde la vejez) igual… y odié de siempre el simple cascarrabias que solo se queja de su no poder. Lo comprendí pero lo odié, como un mensajero de malas novas y además en letras de crío y mal escritas

    Que siga usted ahí contándonos penas y alegrías desde su “setentedad”, me brinda una nueva excusa para darle mis inanes gracias… y discúlpeme si soné obtuso e imbécil dando vivas al cansado pregonero, al que por desgracia no pude ir aunque fuese a no escuchar 😉

    Aguante, maestro, no nos deje solos con tanto iletrado agorero. Si vamos al cadalso, que nos lo cuenten con amenidad, es lo mínimo a pedir en este gran oquedal de tan enorme hosquedad.

  2. o
    2012/04/26 en 21:22

    No se fíe usted de los médicos, con frecuencia tienden a ser charlatanes, ¿todos? Esta semana he ido a que me hicieran una ecografía de los testículos: una habitación a oscuras, el reflejo de las pantallas, todo muy ciencia ficción, de fondo Radio 2, creo que sonaba Sibelius. No sé. Realmente siniestro, luego esa masa gelatinosa sobre la bolsa escrotal, ¿para qué seguir? Siniestro. El radiólogo a penas habló, un buenos días y un adiós. Nada más.

  3. EG
    2012/04/26 en 19:34

    Ramón lleva usted toda la razón acerca de la acústica de la sala, ¡es horrible!, ¿quien seria el arquitecto lumbrera que la diseño? Con respecto al centro de Sevilla es verdad que es mucho menos costroso que hace 50 años, pero al quitar la costra se han llevado la vida con ella, ahora es una cascara vacia, donde viven yupies con inquietudes o un puro parque temático para turistas, a fin de cuentas, como todos los centros de las ciudades con algo de historia.

    Un saludo

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