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Visita del mal futuro

2012/04/16

1959. Visita de la vieja dama 1959 0006

Ahí estoy, en 1959, tratando de engatusar a la Vieja Dama (Esperanza Pérez Hick, sevillana de la que no he vuelto a tener noticia desde entonces, por algo será) para que no me haga matar por mis compoblanos. [Fue la última vez que actué en una obra de teatro. Hacía, con el TEU de Derecho de Madrid, el Alfred Il de Der Besuch der alten Dame, La visita de la vieja dama, de Friedrich Dürrenmatt, bajo la dirección de Álvaro Guadaño, con decorados de Pablo Runyan, en un colegio mayor de la sección femenina cuyo nombre no recuerdo ahora ni seguramente volveré a recordar jamás (1). Actué con seudónimo, para que no me localizara mi madre; pero sí me localizó —nunca supe cómo—, y a partir de ese momento tuve que abandonar la escena para dedicarme en cuerpo y alma al estudio del Derecho… Terminé la carrera en 1963, sí, pero puedo garantizar que jamás la apliqué a ninguna de mis diversas actividades. Nunca. Creo también, sin embargo, que habría sido un pésimo actor. A mí, de verdad, de verdad, la única actividad que me ha importado en la vida es escribir.]

Lo que me impresiona de la cuestión, ahora que acabo de volver a ver la foto, es lo poquito que he llegado a parecerme a mi caracterización de viejo del año 59. Tampoco es que la maquilladora se esforzara mucho: me plateó las sienes y me trazó unas ojeras y tira millas. Está mucho más caracterizada Esperanza, que era guapa y que en aquel momento no debía de tener ni 20 años, y hay que ver la cara de señora perversa que le pusieron… Nadie podía prever, entonces —y yo menos que nadie—, que el largo tiempo iba a añadirme muchos más kilos que arrugas y que acabaría haciéndome irreconocible para los antiguos compañeros de vida. Deprimente. No, en serio: deprimente.

Pero tampoco es que me haya levantado hoy con ganas de lamentar el deterioro de mis viejas carnes. Tengo setenta y dos años (casi) y voy sobreviviendo. Viejo, pobre, cojo, sordo…, contesto cada vez que alguien me pregunta cómo estoy, y no miento en nada, salvo en el pequeño detalle de que estoy dramatizando. Mucho peor que a mí le ha ido a la situación. En 1959 aún nos quedaban dieciséis años de Franco, pero todos confiábamos en un futuro mejor, en la inminencia de varias revoluciones, en los cambios portentosos y bellos que darían nuestras vidas. Y ocurrió, sin duda, vaya si ocurrió. Aún nos quedaba los sesenta y los setenta por vivir, dos décadas espléndidas que metamorfosearon la sociedad humana para siempre. Creímos nosotros. Para siempre.

Ahora resulta evidente que no, que de todas las revoluciones solo perdura una, la de las mujeres (y ya veremos durante cuánto tiempo, si los neocones siguen triunfando), y que estamos volviendo precisamente a los patrones de vida que rechazábamos con todo nuestro entusiasmo. Dicho de otro modo: al futuro le ha ocurrido lo que a mí, que estaba mucho mejor cuando era joven y nosotros lo maquillábamos para imaginarlo viejo.

Pero, afortunadamente, hay una detalle en que el futuro no se me parece nada: él sí puede recuperarse. A ello.

(1) Encuentro una reseñitina en la hemeroteca de ABC. El estreno fue el 4 de mayo de 1959. Dijo el entonces celebérrimo crítico teatral don Alfredo Marquerie: «En el Colegio Mayor Santa María de la Almudena, con ingeniosos decorados de Pablo Runyan y dirección de Álvaro Guadaño, se estrenó, el lectura escenificada [alguien había comprado los derechos de la obra para estrenarla comercialmente, y quiso impedir que la representáramos; la solución fue salir a escena con los textos en la mano, como si estuviéramos leyéndolos], que fue casi una representación completa «con todo» —como se dice de los buenos ensayos generales—, La visita, del autor suizo Friedrich Dürrenmatt. Esperanza Pérez Hick se reveló como una actriz muy notable y llena de las más felices posibilidades, y el resto del numeroso reparto trabajó con la mejor voluntad y entusiasmo, sin que sea oportuno el señalamiento de defectos, no solo por no tratarse de profesionales del tablado, sino también habida cuenta de las grandes dificultades que presentaba la obra.– La visita es una tragicomedia dura, cruel y tremenda, paliada por frases y momentos de humor sarcástico y escalofriante. La técnica de cuadros breves, en los que se corta casi continuamente la acción, no importa nada para el resultado estremecedor. Dürrenmatt nos hace vivir con positiva angustia y seguir con apenada congoja —porque no en balde su creación escénica simboliza hasta qué extremos de ignominia llega a veces la triste humanidad—, el curso de su historia presidida por el signo de Némesis, aliada a la debilidad, a la cobardía y a otras flaquezas semejantes. Uno de los personajes que en un momento de ebriedad desnuda su conciencia alude a Medea, como antecedente remoto de esta invención de “Clara Zahanasian”, la protagonista de La visita. Nos parece el recuerdo muy acertado. La implacable criatura que centra la trama se parece mucho a una versión moderna de la esposa de Jasón.» Como pueden ver, a don Alfredo se le cayó la baba con Esperanza —que, en efecto, estuvo egregia— y nos perdonó la vida a todos los demás por no ser profesionales. No lo éramos, desde luego. Y tengo la impresión de que yo no bordé el papel. Smile Ni mis mejores amigos me felicitaron. ]

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  1. Chema
    2012/04/16 en 20:58

    En la hemeroteca del ABC te he encontrado algunas referencias sobre esta bella dama, doctora en Filosofía: la boda de su hermano (http://cort.as/1st_), su faceta poética (http://cort.as/1st7, en “Homenaje a Juan Ramón Jiménez”) y su esquela (http://cort.as/1st0)
    Y no hay mucho más, aparte de este pdf donde la nombran al final del texto : http://cort.as/1stN
    Y con respecto a los efectos del jodido tiempo, ya lo dice mi nonagenaria tía: “¡Que lástima, esto de la vejez! ¡Que lástima!”

    • 2012/04/17 en 00:43

      A los sesenta años. Era del mismo 1940 que yo, evidentemente. Nunca tuve una buena relación con ella, a pesar de que nos habíamos conocido en Sevilla (1957-58), también en el TEU, y el curso siguiente coincidimos en Madrid. Dejando aparte los ensayos de LA VISITA DE LA VIEJA DAMA, jamás compartimos nada, ni una charla, ni un cine, ni una cerveza en el bar; ni siquiera el beso que tendríamos que habernos dado en escena, porque lo requería la obra, y nos lo pedía Álvaro Guadaño, en los ensayos. No hubo modo, no pudimos ni fingirlo. He encontrado pocas personas en mi vida con quien haya congeniado menos. La incompatibilidad existe, aunque no sepa uno qué la provoca, como me ocurrió a mí con Esperanza. Ojalá haya vivido una buena vida.
      Y sí, claro, la vejez es una lástima. Aunque, como me dijo una vez mi también nonogenaria tía: «A mí es que me apetece seguir por aquí».

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