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No habrá un mísero euro para él.

2012/03/05

Tánger, Gran Teatro Cervantes (obra española de la segunda década del siglo XX). Situación actual:

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(Foto de M`rabet Med El Amine.)

En este local vi mi primera película: las dos mayores de las hermanas Aublin me llevaron a ver El puente de Waterloo, seguramente porque a ellas les apetecía ofrecerse un rato de Robert Taylor. Poco más tarde, no recuerdo con quién —con mi madre, quizá— vi El mago de Oz. Me ha quedado en la memoria la tremenda impresión que me produjo el repentino cambio de blanco y negro a color, del que nadie me había advertido, para el que no estaba preparado. Fue, sin duda, la primera vez más aparatosa de mi vida: una intensidad casi física, al borde del grito; en una butaca del Gran Teatro Cervantes, quizá en el año de 1944, cuarto de mi edad.

Esto es lo que cuenta sobre la inauguración del Cervantes mi abuelo Alberto España, en su libro La pequeña historia de Tánger (que puede usted bajarse desde este mismo blog, por cierto):

Primera piedra e inauguración del Cervantes

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La vida local no tenía entonces la febricidad [1] de hoy. No había servicio aéreo que incitara o exigiese la contestación de la corres­pondencia en el mismo día. El vapor correo no tenía tampoco la exac­ta regularidad de hoy: tendía a dilatarse, por la inseguridad de nuestra bahía, los días de tempo­ral, o por la forma en que se realizaba en combinación con Cádiz. Por lo demás, el volumen de los negocios en trámite no era tal que obligase a uti­lizar siempre el telégrafo. Si a todo ello se une la circunstancia de que el fútbol aún no había adquirido el enorme desarrollo de hoy, se comprende que la juventud buscase en asociaciones artísticas de diversos géneros el mejor y más honesto modo de entretener sus ocios. La dificultad en las comunicaciones im­pe­día, asimismo, el acceso frecuente de agrupaciones profesionales o de artistas aislados. Había curiosidad y en cierto modo avidez por cual­quier manifestación artística, dentro de la intimidad pa­triarcal en que vivían las diversas colonias europeas. Aunque, por razón del nú­me­ro, estas exteriorizaciones de la vida local tenían un matiz pura­men­te español, se sumaban también a ellas otras colonias, entre las que predominaban la de los hijos de Gibraltar y la israelita, en la que nunca faltaron elementos intelectuales que a su cultura unían una de­pu­rada sen­sibilidad artística, que los hacía estar al día en cuestiones de cultura, en general. Todo inducía, pues, a la constitución de agrupa­ciones de aficio­nados, que acaso hoy sólo tengan el buen deseo de con­servar la tradición o de mantener los ocios de la juventud dentro del cauce de la honestidad.
     El aficionado número uno de aquella época era, sin duda, Antonio Gallego, quien logró inculcar los mismos gustos a su hija Carolina. Toda­vía ha dado ésta ocasión en nuestros días para que se aplauda con fervor su discreta actuación. Tenía Antonio Gallego un amor tan desmedido a todo lo que con el teatro se relacionase que su presencia era imprescindi­ble en una butaca de las de primera fila, incluso cuando era empresario. A veces, ni se enteraba más que de la mitad del primer acto, pues el sueño —del que andaba siempre falto a causa de los madrugones a que lo obligaba su profesión— no le permitía pasar despierto más allá de las primeras es­cenas.
     En el Teatro de la Zarzuela —cuyo terreno ocupa hoy la Legación de los Estados Unidos en una ampliación—, en el Tívoli y más tarde en el Alcázar y en el Cervantes, ya como actor o bien como empre­sario, la actua­ción de Antonio Gallego era casi constante. Aún hoy, con sus noventa años cumplidos y operado de cataratas, todavía sería capaz de ofrecernos un Tenorio como en sus mejores tiempos del Teatro de la Zarzuela. Claro es que nunca llegaría a la maestría con que años más tarde supo convertir el drama en un regocijante sainete aquel famoso doctor Torregrosa, re­voltoso y pequeñín, que en las calles de Madrid está siempre al acecho de un tangerino a quien abra­zar con gran alegría y efusión. Representaba To­rregrosa en aquella ocasión uno de los personajes secundarios del drama de Zorrilla. Con su reducida talla, «asomado» literalmente a unas altas botas de época, obtuvo la más formidable y chungona ovación que jamás haya re­sonado en la sala de un teatro. No hubo acuerdo previo, pero cuando Torregrosa, junto a las candilejas y en una actitud retrechera, ter­minó de recitar su respuesta a aquello de «la aldaba postrera», «algún chusco, algún menguado», el público, casi a una, gritó: ¡¡bravo!! Torre­grosa, que no era hombre a quien se pudiera inmutar fácilmente, quedó como de piedra y al fin se retiró de las candilejas más corrido que una mona
[2].

* * *

Bajo la influencia de aquel ambiente y llevado también de un patriotismo que, por las circunstancias políticas que conmovían la vida loca, vibraba a la sazón en todos con mayor intensidad que nunca, don Manuel Peña y su esposa, doña Esperanza Orellana, concibieron el proyecto de construir un teatro, pero un teatro que, por su coste —más de medio millón de pese­tas— y sus proporciones, sería, y lo fue en realidad, un magnífico anticipo a la época. Pudo el acaudalado ma­trimonio construir nuevas casas de se­guro rendimiento en el terreno donde habría de alzarse el teatro. No faltó quien tildase el proyecto de in­concebible despilfarro, pero, sin desalen­tarse por los adversos comentarios, persistieron en su idea y «enterraron» —como les de­cían— el dinero en la construcción de un teatro, que ni si­quiera habría de servir de pretexto para airear vanidosamente sus nom­bres, sino el de figura tan señera y españolísima como la de Cervantes.
     La colocación de la primera piedra fue un acontecimiento solemne en los comienzos del año 1911, y el teatro quedó terminado dos años después. Todos los materiales empleados vinieron de España, incluso la hermosa verja que circunda el edificio. La fachada quedó rematada por figuras ale­góricas en cemento, que llamaron la atención por su verismo. Ellas y un friso jónico, con figuras de bajorrelieve que la adornan, fueron realizadas por Cándido Mata
[3], joven y modesto artista sevillano. El escenario, mo­delo en su género, elogiadísimo des­pués por todos los que en él actuaron, fue construido por un joven artista de la carpintería, José de la Rosa, que vino expresamente para tal fin y que se quedó aquí y trabajó después en diversas actividades, hasta su muerte, muy sentida por cierto. Y ahí están todavía en juego sus primeros telares, sin que el empresario actual, Sr. Cruz Herrera —que ha hecho para remozar el teatro grandes dispendios— haya nece­si­tado efectuar reparaciones de importancia en el escenario.
     El techo fue obra del admirable pintor
Federico Ribera [4], que dejó su estudio de París para esta labor. La instalación eléctrica, con más de dos mil bombillas, estuvo a cargo del Jefe del Teatro Real de Madrid, don Agustín Delgado. Por último, el veterano Bussato [5], patriarca de la esceno­grafía española, corrió con los decorados. Su telón de boca fue una de sus mejores concepciones. La construcción del edificio estuvo a cargo de don Diego Jiménez, padre del actual arquitecto del mismo nombre y apellido que tan amplias y admirables huellas de su competencia ha desperdigado por Tánger. Él se encargó también de la dirección de las obras del Cer­vantes con arreglo a sus planos.
     Y, tras dos años de incesante labor, dos años en que además del conti­nuo desembolso realizado —que, como acaece siempre, fue mayor del proyectado—, llegó para los señores de Peña la com­pen­sación espiritual a sus inquietudes y sacrificios: el feliz momento de la inauguración oficial, que se celebró el 11 de diciembre de 1913. He de aclarar que, aunque con anterioridad —en el mes de octubre— la sala del Cervantes se abrió al pú­blico para la exhibición de la película Quo Vadis, no tuvo este acto carácter oficial, ya que todavía faltaban en la sala muchos detalles por terminar. Pocos días después se exhibió también para la colonia francesa el docu­mental relacionado con el viaje de Poincaré a Madrid. Ambas exhibiciones, como el baile de mardi gras, fueron una excepción. Completamente termi­nado el teatro, y ya con carácter oficial, Antonio Gallego, en calidad de em­pre­sario, trajo a la Compañía de Ópera de Giovannini, en la que figura­ban elementos de los mejores de la época, entre otros el tenor Baldovi
[6] y el barítono Manuel del Real [7]. Los precios que rigieron para tan solemne acto fueron los siguientes: Palco y plateas con entrada, 20 pesetas; butacas, 3; y entrada general, 50 céntimos.

El lleno fue completo. El aspecto de la sala era esplendente. Los severos cortinajes rojos de los palcos y las soberbias pinturas daban al teatro un tono sobrio y elegante. El mujerío era numeroso y de gran be­lleza. Mien­tras llegaba el momento de alzarse el telón, el público dirigía la vista a to­dos los rincones del teatro, con mirada crítica y cu­riosa a la vez. Sonaron los primeros compases de la inspiradísima par­ti­tura de Chapí El barqui­llero, y se alzó el telón. Fue un momento emocionante y solemne, inolvida­ble. El público, en pie, aplaudía con fre­nesí y entusiasmo. La representa­ción, que empezaba, quedó in­terrum­pida. Jamás volvió a oírse en aquella sala virgen una ovación tan cálida y persistente, porque jamás como aque­lla noche se com­pe­netró el público de la trascendencia del acto. El Minis­tro de España, don Mauricio López Roberts, inclinado sobre el antepecho de su palco, se sumó también con sus aplausos a la exultante manifesta­ción del público. También los señores de Peña, desde el proscenio de su pro­piedad, recogieron, emocionados, la parte que de este homenaje po­pular les correspondía ciertamente.
     Tras de algunos minutos, durante los cuales los artistas permanecieron inmóviles en el escenario, se hizo al fin el silencio y empezó la representa­ción de El barquillero, en la que destacaron la tiple cómica Clemencia Lle­randi
[8] y la primera tiple Dolores Borrell [9], de muy bella y hermosa voz. Después se representó la opereta de Leo Fall La princesita del dollar, en la que la tiple García Ramírez (?) y el barítono Del Real obtuvieron un ver­dadero triunfo artístico. En los entreactos, el público se desbordó por los pasillos, curioseando todos los rincones del teatro y alabando, entre otros menudos detalles, los ele­gantes y grandes espejos iluminados y el amplio y magnífico «hall», amueblado con severa y elegante sillería de estilo es­pañol. Al ter­minar el espectáculo, los señores de Peña, que fueron muy fe­licitados, obsequiaron espléndidamente a las autoridades y personali­da­des allí presentes.
     Entre la concurrencia de aquella noche, y según las notas que, por rara casualidad, hemos hallado, hay que recordar los siguientes:
     En el palco de la Legación Española estaban Mrs Kenard, con elegantísima toilette blanca. Lady Pigoto, de negro, con suntuoso collar de rubíes y Miss Coleville, de verde mirto. Las acompañaban el Ministro de España, don Mauricio López Roberts, Mr Kenard, Mr Oliphant y el Sr. Caro, pri­mer secretario de nuestra Legación.
     En el palco de los señores de Peña estaban doña Esperanza Ore­llana, con espléndida toilette bordada de «Strass»
[10] y soberbias joyas de brillan­tes. La acompañaban, además de su marido, don Manuel Peña, la señora de don Ricardo Ruiz, con elegante traje blanco, y su es­poso.
     En otros palcos y plateas estaban Mme. Hellen, con traje azul pastel, en unión de M. Chevandier de Valdrome —agente diplomático de Francia— y Sres. Hellen y Marzarc. La condesa de Martens Ferrao —Ministra de Portugal— con su hija y señora de Lopes Tavares. La bellísima Mme. de Logenheim con las Srtas. de Green; señoras de Patxot, Triviño y Gómez Placent —director del Banco de España—, en unión de la joven Sra. de Ji­ménez Armstrong (née Treviño), que lucía sus galas de novia. Sra. y Srtas. de Dahl, dos elegantes damas inglesas; Mr Roberts y Miss Wallace, de es­pléndida hermosura; Sra. de Ariño —Cónsul de España—, bellísima con elegante traje negro; los Encargados de Negocios de Suiza y Austria; Mme. Argyroupoulo con sus lindas hijas; Sras. de Filippi —consulesa de Fran­cia—, Wilde y Scase; Mme. Benoist, condes de la Maza, Su Excelencia Hach Mohammed El–Mokri
[11]; Sres. de Marum, Alí Zaky y el Encargado de Negocios de Alemania.
     También se hallaban presentes la señora viuda de Albacete e hijas; seño­res Saavedra (don Manuel), con su hija Elena; Dr. Moreno Ochoa y señora; Dupuy de Lome, Srta. de Ruiz, don Emilio Bonelli, Dr. Belenguer, Sres. de Cavilla y Saavedra (don Alejandro), señoritas de Colaço y Alcay­ne; M. Bertrand, Mr Whaller, Sres. de Testa, Barraondo, Mr. de Schellens; Sres. de Marco, Vélez, Romani, Burnay, Las Heras, Pineda, Sanz, Vivó, Pigott, Moulin, García Cuenca, Yahu, Rinaldi, Chappory, Dr. Cenarro (hijo) y señora; Malmusi, Lyons, Moinier, Dugi, Dr. Sokoloff, don Carlos Ruiz Orsatti, Sres. de Ruiz López y Dahdah, Gamboa, Carrillo y varios más.
     A partir de esta inauguración oficial, el desfile de figuras emi­nentes por el escenario del Cervantes fue continuo y variado. El ilustre Tallaví
[12] vino con su Compañía a principios del año 1914. Y más tarde, sin que mi memoria pueda conservar la rigurosa cronicidad de los hechos, hay que citar a Rosario Pino [13], el gran Morano, los Fuentes y otras eminencias del género lírico y dramático. En el Cervantes tuvimos ocasión de admirar a la mejor compañía de Zarzuela que hubo en España a la sazón, la de Enrique Guardón, en la que figuraban nada menos que la Angelina Villar, la Pas­tor, Társila Criado, el tenor Vercher [14] y otros notables artistas de ambos sexos que luego se destacaron como grandes figuras en Madrid. Otras ve­ces, por desgracia, Tánger fue el lugar donde, por falta de enlace, tenían que disolverse las compañías que no disponían de grandes fondos. La misma de Guardón, que había obtenido un éxito económico de importan­cia, tuvo un tropiezo grave por la mala administración de su director. Era éste gran aficionado al chamelo, que jugaba a dos y tres pesetas el tanto. Esta afición le ocasionó más de un grave contratiempo, porque, a veces, quedaba sin blanca para poder pagar a sus huestes. Como empresarios desfilaron por el Cervantes, además de Gallego, que fue el primero, Dugi, La Rosa, Coronado y otros varios.
     La actuación más grandiosa y brillante que vimos en el Cervantes fue la de María Guerrero y Díaz de Mendoza
[15]. Vinieron a Tánger como iban ellos a todas partes: con gran esplendor y señorío. El ilustre matrimonio se hizo reservar varias habitaciones en el Cecil, y el resto de la compañía se hospedó en el Bristol, que entonces se hallaba instalado en el Zoco Chico, en el mismo edificio ocupado hoy por el Becerra. Jamás se vio la escena del Cervantes con un lujo semejante. El público llenó la sala las tres noches de actuación de la ilustre pareja. Las ovaciones fueron incesantes. Como de costumbre en todas partes, la Compañía Guerrero–Mendoza, de la que era representante el Marqués de Premio Real, tal vez no perdiera en su viaje a Tánger, pero lo que sí podemos afirmar es que no ganó un solo céntimo. Todo lo que ingresó salió para atender los gastos; pero el nombre de Es­paña, su prestigio y calidad, quedaron a la altura que María y Fernando sabían colocarlos siempre fuera del territorio patrio.
     Propios y extraños tuvieron siempre que reconocerlo así.


[1] El término no existe para el DRAE, ni ha sido nunca de mucho uso. Se utiliza más «febrilidad», aunque tampoco está en el diccionario. Nota del copista.
[2] Por las frases que se citan, cabe suponer que Torregrosa hiciera de estatua de don Gon­zalo en el Don Juan de Zorrilla. Nota del copista.
[3] Supongo que se refiere a Cándido Mata Cañamaque, escultor con obra en diversos edifi­cios de Ceuta y la Zona Española de Marruecos. Nota del copista.
[4] No encuentro referencia a este Federico Ribera. También lo menciona Emilio González Ferrín en un artículo de la tercera de ABC, «Memoria de Tánger» (20 de agosto de 2005: «Entonces, todo se trajo en privado de España: las figuras de la fachada modernista es­culpida por Cándido Mata, los decorados de Bussato, la cúpula pintada por Federico Ribera, o la ganada apuesta de una sólida estructura en hormigón armado». Nota del co­pista.
[5] Escenógrafo y decorador modernista, entonces muy famoso. No nos engañe el apellido italiano: era español. Nota del copista.
[6] Juan Baldovi, tenor dramático español de principios del siglo XX, puede que riojano. Nota del copista.
[7] No he podido encontrar nada sobre Manuel del Real. Nota del copista.
[8]
Clemencia Llerandi trabajó en la misma compañía de zarzuelas que Juan Baldovi, y consta que andaba por México en 1911. Nota del copista.
[9]
Sic transit gloria mundi. No encuentro nada sobre ella. Tampoco sobre la tiple García Ramírez que mi abuelo menciona a continuación, nada convencido de que se llamara así en realidad. Nota del copista.
[10] Joyas de cristal tallado. Siguen existiendo. Hay un strass.com en internet. Nota del co­pista.
[11] Gran Visir del Imperio Cherifiano bajo cinco sultanes. Nació a mediados del siglo XIX y murió en 1957, a los 112 años. Fue miembro de la delegación marroquí en la corte de Na­po­león III y embajador en España. Cayó en desgracia a mediados de los cincuenta, cuando los franceses destronaron a Mohammed V, demasiado díscolo, y lo sustituyeron por Ben Arafa. El–Mokri apoyó la medida, lo cual le valió morir casi en la miseria, porque Mohammed V, a su regreso del exilio malgache, le confiscó todos los bienes. Nota del co­pista.
[12] Actor español de finales del siglo XIX y principios del XX. En su compañía trabajó como actriz la poetisa argentina Alfonsina Storni. Nota del copista.
[13] Actriz española (1871–1933) coetánea de María Guerrero, con quien sostuvo fuerte com­petencia artística. Tuvo compañía propia con Enrique Borrás y representó, entre otros muchos, a Benavente y a los hermanos Álvarez Quintero. Nota del copista.
[14] No encuentro datos relevantes sobre los recién mencionados artistas: todos ellos fueron famosos en los años veinte. Nota del copista.
[15]
María Guerrero Torija (18671928). Actriz dramática española, una de las más grandes y famosas. Actuó nada menos que con Sarah Bernhardt. Casó con Fernando Díaz de Men­doza y Aguado, aristócrata y Grande de España —sin fortuna—, con quien fundó compa­ñía. En su honor se rebautizó el teatro madrileño que ahora llamamos María Guerrero y que ella dirigió cuando se llamaba Teatro de la Princesa. Abuela paterna de Fernando Fernán Gómez. Nota del copista.

 

  1. Juan Bolin A
    2012/04/09 en 14:33

    Estimado Sr. Soy el hijo de Maria Rosa Aublin y le he mencionado su comentario sobre la vez que fueron al cine. Ella recuerda a un franciacano llamado Buenaventura, al que apreciaba mucho. Y me pide que le pregunte si tiene alguna relación con el.

    Gracias por todo.

    • 2012/04/09 en 18:14

      Como este es un asunto personal, prefiero contestarle a su dirección de Hotmail. Saludos, mientras.

  2. Francisco Mata
    2012/04/08 en 12:43

    Es una verdadera lástima que algo tan hermoso se pierda sin más,soy bisnieto del prestigioso artista Cándido Mata Cañamaque autor de toda la ornamentación del Teatro Cervantes,una obra estupenda,aunque ya hoy parezca pasada de moda.!!!

    • 2012/04/09 en 18:40

      Gracias por su nota, Francisco. No sé si habrá visto que mi abuelo, Alberto España, menciona a su bisabuelo en LA PEQUEÑA HISTORIA DE TÁNGER… Y, bueno, no me parece a mí que la ruina del Cervantes vaya a impedirse, sobre todo porque ahora, con los recortes, va a haber todavía menos dinero que antes. Pero hay mucha gente empeñada en encontrar algún modo de recuperar el teatro, aunque sea distinándolo a otros fines. Gracias y nuevo y un saludo.

  3. 2012/03/13 en 16:16

    es verdad es una barbaridad ver este edificio en estas condiciones, ya esta aun peor la ultima vez que yo lo vi fue estas ultimas navidades que fui allá a pasarlas con la familia,
    de mi mujer que es tangerina como mis hijos y de adopción, en la actualidad esta ocupado por jóvenes marroquíes en paro y sin techo, prefiero que este ocupado por estos jóvenes a que estuviera abandonado

    • 2012/03/13 en 17:07

      No sabía lo de los okupas. Está bien que al menos acoja a alguien.

  4. Mar
    2012/03/09 en 21:42

    A veces a los Estados les asalta la inspiración.

    http://www.francetv.fr/culturebox/les-trois-graces-de-cranach-enfin-exposees-au-louvre-50881

    Ojalá pase lo mismo en este caso.

    Un saludo, de nuevo.
    Mar

  5. Mar
    2012/03/09 en 16:45

    Algunos, al parecer, no han perdido la esperanza. ¡Podría ser, entre otras cosas, un Centro Cervantes espectacular!

    http://www.marruecosdigital.net/xoops/modules/wfsection/article.php?articleid=4680
    http://www.petitions24.net/5000_firmas_para_salvar_el_teatro_cervantes_de_tanger
    http://www.citoyenhmida.org/tanger-le-naufrage-du-gran-teatro-cervantes/
    http://www.bladi.net/madrid-theatre-cervantes-tanger.html
    Books.google.fr : Tanger: porte entre deux mondes, p 198, 199.
    Par Jean Louis Miège,Georges Bousquet,Jacques Denarnaud.

    Un saludo.
    Mar

    • 2012/03/09 en 18:26

      Sí, desde luego, como sede del Cervantes no sería tan espectacular como la de Madrid, pero molaría cantidad. No creo que suceda.
      Gracias por los enlaces. Saludo.

  6. Daryl
    2012/03/06 en 12:50

    Es curioso, la primera imagen que me vino tras ver la fotografia y las referencias a las peliculas fue la de “Cinema Paradiso” .

    El final será el mismo. Los dos bandos están de acuerdo. Desde aqui no habrá dinero y encima es ¡¡en Marruecos!!. Desde el otro lado seguro que surge el grupo integrista habitual en estos casoslí calificandolo como ¡simobolo del colonialismo cultural europeo!.

    Siempre quedará el recuerdo, http://www.youtube.com/watch?v=od1GDiVLv08

    • 2012/03/06 en 17:41

      Creo que los tangerinos, en general, verían con buenos ojos la rehabilitación del teatro Cervantes, aunque sin duda sea un símbolo de la presencia europea en la ciudad.

  7. Maribel Lázaro
    2012/03/05 en 13:32

    No podemos permitir que este enorme fragmento de la memoria hispano-marroquí sea aniquilado de esta forma. El Teatro Cervantes de Tánger es algo más que un teatro, que una página nostálgica de los europeos de aquel tiempo.
    Sería necesario convocar con urgencia un Encuentro hispano-marroquí en Tánger que lanzara un enorme GRITO de SOCORRO a las autoridades de una y otra orilla.

    • 2012/03/05 en 13:41

      No suele gustarme el pesimismo, pero en este caso me temo que nada serviría de nada: no se puede gastar el dinerito de los Santos Bancos en un bien cultural localizado, además, en tierra de infieles. Acabarán tirándolo para construirle encima un buen edificio de viviendas. La zona es golosa… Pero conviene, al menos, que se sepa lo que ocurre.

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