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El año que viene en Tánger: esencial; guau :-)

2012/02/29

Mi desinformación literaria está alcanzando niveles rojos (preocupantes, incluso, si tenemos en cuenta que durante toda mi vida anterior a la vejez he estado pendiente de la susodicha los-titulos-esenciales-de-la-narrativa-espanola_9788497857598actividad artística, ahora tan dudable). Dicho en palabras más técnicas: que no me cosco de nada, vaya. Ni siquiera de lo que me atañe, con lo poquito que es. Hoy mismo, la alarma de Google me avisa de que en La caravana de recuerdos (blog) se habla de una obra de Ignacio Echevarría titulada Los libros esenciales de la literatura en español – Narrativa de 1950 a nuestros días… y resulta que entre esos libros esenciales está El año que viene en Tánger. (La cosa puede también verse así: he quedado como un grosero de marca mayor, porque —no habiéndome enterado de la existencia del libro— ni siquiera le he dado las gracias a Ignacio. Qué disparate.)

Las alabanzas o elogios siempre me pillan indefenso, y no porque no las espere (llevo años recibiendo por lo menos una todos los meses, fíjense; o másssss, si incluimos las traducciones) (entre Don DeLillo y yo es que lo petamos) (Smile), sino porque me resultan sospechosas, o me hacen sospechar de la salud mental del elogiador o elogiadora, cuando no de su criterio. Lo cual no quita que las agradezca, las alabanzas, porque son un regalo. Para creerme que El año que viene en Tánger merece estar entre los cien libros esenciales de la literatura en lengua española de la segunda parte del siglo XX  tendría que haberme fumado un par de porretes de «puntas de hembra» (1). No es el caso.
De todas formas, creo que el lector debería recibir con placer estas listas, y más cuando provienen de alguien tan severo, exigente y personal como Ignacio Echevarría. La literatura es un arte con tantísimos artistas, sobre todo en sus cien últimos años, que ningún lector puede considerarse suficientemente informado. Ciñéndonos a la narrativa, no existe posibilidad humana de leer ni siquiera la diezmilésima parte de lo publicado en el mundo durante esos cincuenta años en que centra su atención Echevarría. La cuenta es sencillita: leyendo dos novelas a la semana durante cincuenta años (y ya es leer, oigan), al final de nuestra vida lectora habremos leído poco más de cinco mil títulos. En 2011 se publicaron, solo en USA, más de cuarenta mil novelas. (No tengo el dato para España, ni ganas de buscarlo —en algún lado estará—, pero seguro que aquí no bajamos de las seis o siete mil al año.) Aunque solo una de cada cien novelas publicadas mereciese nuestra exquisita atención, seguramente no nos daría tiempo de echarnos a los ojos ni siquiera el uno por ciento de ese uno por ciento.
Lo que es tanto como abundar en lo más arriba apuntado: el lector debe prestar atención a estas listas, cuando provienen de criterios solventes, de personas con los cánones claros. Siempre he dicho que la principal obligación de los críticos, de los expertos en literatura, consiste en dejarse conocer por su lector, en facilitar que su lector les aprecie la subjetividad. En aquello tiempos placenteros en que aún leía las revistas y suplementos literarios, me consideraba capaz de adivinar lo que cada crítico iba a decir de cualquier libro que yo conociera (y aun de muchos que no conocía, dado que casi todos los autores vivos están condenados o ensalzados de antemano por casi todos los críticos). Ese conocimiento del crítico es fundamental para el lector. Sin él, el asesoramiento literario no vale nada.
Hay que conocer a Ignacio Echavarría, pues, para apreciar su lista de novelas esenciales. Habrá lectores que le concedan crédito absoluto y lectores (muchos menos, espero Smile) que no se la crean en ninguno de sus detalles. Lo que nadie podrá evitar es, como mínimo, la curiosidad. Por ejemplo: yo solo he leído dos de los catorce títulos que incluye Echevarría en sus preferencias de los años 2000, pero es muy posible que no pase mucho tiempo sin que me aventure con alguno de ellos.
     En todo caso, otra vez, gracias por el regalo, maestro. 

(1) En mis tiempos de cultivador clasificaba las cosechas por calidades: Puntas de hembra, puntas de macho, hojas de hembra, hojas de macho, cada una en su tupperware. Las puntas de hembra eran estallidos lentos y blandos en el cerebro. No servían, desde luego, para crear nada, pero sí que ensanchaban hasta lo exagerado el bienestar dentro de uno mismo. Tiempos.

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  1. Ramoon
    2012/03/02 en 10:27

    Usted se explica admirablemente, como siempre, por decirlo a la argentina…no sois vos soy yo. Quise ver a la inversa una afirmación positiva en su nota al margen donde decía que las puntas de hembra no servían para nada creativo, como queriendo decir que las otras puntas si tuvieran tetracannabidol suficiente para ayudar a la cosa del pillar a las musas por los pelos o las hojas.

    Siempre me pareció la creación de obras importantes algo complicado y difícil como para enturbiarla con aditivos generalmente desconcentrantes salvo tal vez en el caso de las anfetas precisamente creadas para potenciar el rendimiento y la capacidad de atención. Recuerdo aquella maravilla de los simples katovits en mi época de estudiante que apenas si tenían un leve componente anfetaminico para poderme imaginar lo bien que vendrían unas cuantas anfetaminas para soportar una larga búsqueda del tiempo perdido por ejemplo… O alguna obra colosal similar.

    Por otro lado por esa misma hipotesis que usted dice de que solo estando fumado tal vez seria permeable a los halagos llego yo a comprender mejor hoy el porqué de algunos trabajitos amateurs que en mi época realizara totalmente enmariguanado me reportaran tales goces subjetivos y tales alabanzas sobre mi propia genialidad… ni Migel Angel pintando techos me hacían sombra bajo aquella mi parra de uvas seudo lisérgicas (cómo atreverme pues con los ácidos. Mi ego se me pondría a bailar can can sobre su propio colchón de piropos 😄😄😄😄)

    lo mejor de todo es cuando llegaba el Tio Paco con la rebaja mańanera y destrozaba implacable todas aquellas excelsas exquisiteces… ( se trataba de esculturas en barro y de algún que otro poema Baudelaireano que ni de La Fanfarlo)…

    Me encanta eso de que no se siente obligado a hacer nada. Le alabo el gusto. Y le agradezco mucho que ya hiciera mucho y bueno cuando le arreciaron las ganas..

    Salud y forsa al… Ya esta bien de porros creo. Bueno el canut era mas bien el saco las perras no? Ese esta llenito jumo.

  2. Chema
    2012/03/02 en 02:27

    Con la acumulación de edad, yo también tiendo a “minusvalorarme”, entendiendo por tal la actitud de restarle importancia a las cosas hechas por uno, cuando a lo mejor la meritan. Déjate halagar, admirado Ramón, que mejor los aplausos en vida que tras exequias.
    Y a lo mejor esto te da impulso para salir del letargo y crear. No estás muerto. Estás en el mejor momento: sabes un huevo, y lo que generes llevará una carga intensa, honda. Así se deja mas herencia. Tu sabrás.
    Enhorabuena.

    Al (1): Gracias por la traducción de “llevo un ciego del copón” (“…estallidos lentos y blandos…” ) (:-))

    • 2012/03/02 en 08:02

      Gracias, Chema. Ya sé que no estoy muerto: nunca lo estuve; y cuando lo esté solo se enterarán los demás. 🙂 Qué le vamos a hacer… Viene un estupendo día de sol y mañana tengo amigos a cenar en casa y estoy leyendo algún libro muy grato y de vez en cuando me cae alguna película sabrosa. Qué más puedo pedir. No me siento obligado a hacer nada.

  3. Ramoon
    2012/03/02 en 01:24

    Ea, pues sin porro también ni nada, para que juzgue bien eso que usted mismo llama “sospechosa salud mental” del elogiador o “criterio” aun más sospechoso todavía, me atrevo a retrotraer (¡Qué valentías, cuyons, la de los escribidores, ni los hinchas de fumbol proponiendo violentas luchas a los árbitros!) sí, me atrevo a retrotraer, las alabanzas de su novelaza hasta el principio de siglo… Pio Barojitas a mí…, pchs…

    ¡Pero, qué coño, “El año que viene en Tánger” es una de las mejores novelas en castellano de todos los tiempos! Y no digo más para que no se me ponga en duda la ausencia de ingesta no ya de hierbas sino incluso de hongos… Pero que conste que solo por eso no acelero mi encandilómetro, porque hispanoaméricas las que yo me tumbo de un plumazo cuando me acelero con ciertos tesoros patrios… moneditas ni moneditas de la puta Mercedes… cochino dinero bajoagua…

    No es lo del esto por aquello Don Ramón pero hablando de esas supuestas creatividades que usted sugiere levemente pudieran realizarse bajo los efectos de algunos estimulantes psicotrópicos… le pregunto abiertamente: ¿No resultan casi todas ellas al día siguiente unas boutades como de botafumeiros desacompasados? Yo al menos es lo que vengo comprobando de las ayuditas externas para la cosa del work in progress tras la cansina lectura de autores que declararon abiertamente su doping… Me da a mi en la nariz (con perdón, quería decir que barrunto) que la droga quizás aumenta la creatividad solo allí donde de verdad la hay… vamos que el que es tonto, con dos caladas bien dadas se vuelve el doble de tonto… con una rayita de más un mucho gilipollas… con un ácido viajero un retrasado mental y con un exceso de anfetas un Bob Dylan del ala viendo salir a dios por el ojo del culo del Papa. Lo de que algún genio doble o potencie su genialidad a base de estimulantes es cosa que tengo menos comprobada… se me murieron todos los rimbaudes en sus ataúdes… vamos que no he conocido en persona un solo tipo que me haya demostrado genio y se haya sincerado a contarme dopamientos. Qué de tonteras se me ocurren dándole porculín a mi magín.

    Me haré con ese libro, por supuesto, la subjetividad de Echevarría se ajusta a la mía. La de usted ni le cuento… no hay un solo libro que haya recomendado en voz alta que a mi no me hiciera gozar de lo lindo… estamos lejos pero eu por esa gracia lo abrazo.

    • 2012/03/02 en 08:12

      ¿Lo ves? Si es que ya no acierto a explicarme ni en las cosas más elementales. Mi alusión a la marihuana no quería dar a entender que yo alguna vez hubiese producido algo bajo sus efectos, sino que para creerme tamaños elogios tendría que estar con un colocón urbi et orbi… Una vez intenté escribir en pleno viaje de lisérgico, hace ni se sabe los años, y el discreto resultado está recogido en tres o cuatro poemas cuyos títulos son tres palabras que empiezan por l, por s y por d: «Luz Sus Dedos», «Lamento Sin Duelo» y «Leamos Seriamente, Demontre». Así de poco. De hecho, cuando trabajo no tomo ni café.

      No puede negarse, sin embargo, que algunos escritores acuden a estímulos químicos para desperezarse la inspiración.

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