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Francia y otras frivolidades

2012/02/15

Dada la general incultura histórica, supongo que no serán muchos los españoles que lo saben con algún detalle: los ejércitos napoleónicos asolaron España a principios del siglo XIX —anteayer, como quien dice—, con la excusa de derrocar el absolutismo esencial y congénito de la sociedad española (la misma estrategia que empleó Napoleón en casi toda Europa, sentando en tronos viejos y nuevos a miembros de su familia, o generales de su ejército, que garantizaran la aplicación de los principios democráticos y la defensa de los Derechos del Hombre) (sí, ya: un contrasentido, un disparate inviable) (en España, no obstante, el apoyo a la Monarquía Absoluta era tan robusto y popular —recordemos aquel bochornoso «¡Vivan las caenas!» que aún resuena en nuestras crónicas—, que los ingleses vieron en ello una oportunidad de metérsenos en la finca, para aquí combatir y derrotar a Napoleón). Bueno, el caso es que los franceses 200px-Flag_of_France.svgdestruyeron, quemaron, saquearon el patrimonio artístico, se llevaron hasta los ajuares domésticos, torturaron, fusilaron sin piedad, violaron con el entusiasmo habitual en los ejércitos invasores y, en resumen, se ganaron el cariño eviterno de los españoles. Estoy leyendo ahora unos viajes por España de Pedro Antonio de Alarcón, escritos en el último tercio del XIX, y aún vibra en sus páginas el rencor por los daños de la francesada. Que, por cierto, se repitió, en 1823, con los Cien Mil Hijos de San Luis (1). Los sentimientos antifranceses, créanme ustedes, aún estaban a flor de piel hispana durante mi niñez y adolescencia. De hecho, tuve que aprenderme de memoria (y aún me sé en mucha parte) la «Oda al Dos de Mayo» que el extremeño Bernardo López García publicó, con enorme éxito, en 1866: «Oigo, Patria, tu aflicción / y escucho el triste concierto / que forman, tocando a muerto, / la campana y el cañón». Y no sé cuántas veces me hicieron ver la película Agustina de Aragón en proyecciones organizadas por los profesores.
     Las relaciones entre España y Francia siempre fueron asunto sucio y enrevesado. Durante nuestros siglos de poder machacamos a los gabachos todo lo que pudimos, consiguiendo incluso la máxima humillación: tuvimos preso en Madrid, tras la batalla de Pavía, nada menos que a Francisco I, uno de los grandes reyes de la historia de Francia. El que manda, manda; y cuando deja de mandar, lo joden vivo, perdónenme la elegancia de la expresión. A nosotros nos han jodido vivos los franceses durante cerca de tres siglos.
     O sea que nunca nos hemos tenido un especial cariño, los franceses y los españoles. Claro está que Francia fue durante esos mismos tres siglos, y aun ahora —en menor medida—, la patria intelectual de los demócratas españoles, que en ella arroparon sus diversos exilios y que por su mediación recibieron toda la cultura que el Dogma español les negaba; pero, qué le vamos a hacer, los demócratas españoles no alcanzaron el poder en España hasta principios de los ochenta del siglo XX, y, llegado ese momento, tampoco se consideró necesario educar al pueblo en el amor a la tribu de enfrente. Lo que venimos haciendo, desde hace ya sus buenos decenios, es pasar casi por completo de Francia para someternos gustosos a la reglamentaria americanización de nuestra vida y nuestra cultura. Cuando yo llegué a España, en 1958, me sorprendió que las facultades universitarias estuviesen llenitas de afrancesados, de gente que tomaba todos sus datos culturales de Francia y que siempre andaba por los pasillos con un libro francés bajo el sobaco, político o literario. Aquí todo el mundo leía en francés. (Me pregunté entonces, y sigo preguntándome ahora, qué sacarían en limpio, aquellos «afrancesados», de los ensayos, de las novelas, de los poemas que leían sin traducir; porque, la verdad, el francés lo conocían poquito y mal. No tienen ustedes más que leer alguna de las traducciones al español que hicieron estos magníficos (simpáticos) impostores en su momento. Aunque también es verdad que no entender podría resultar más creativo que entender, ¿no? Unos aforismos casi inventados por el traductor a partir de una nebulosa comprensión del original bien pueden quedar más interesantes que el propio original. Digo yo, por decir algo positivo.)
     El esplendor del afrancesamiento intelectual terminó en los setenta, cuando nos arrasaron los americanos. Yo, en eso, sigo despistándome, sigo creyendo que la gente me comprende cuando meto una palabrilla francesa en el discurso. Y no. Ya casi nadie entiende los viejos apoyafrases franceses, y casi nadie sabe cómo se pronuncian los nombres. Ayer mismo, oí a Rajoy mencionar el Róland Gárros; y «femme fatale» se ha convertido en fem fatal. Los franceses se nos han quedado, por ejemplo, con casi todo el sector de las grandes superficies (sin más rebeldes que El Corte Inglés y, sobre todo, Mercadona, que vienen a ser como Zaragoza y Gerona, cuando la francesada del XIX), pero, a cambio, han perdido por completo el control de nuestra cultura. (Si es que nos queda de veras alguna cultura, pero esa es muy otra discusión.)
     No me cuesta mucho trabajo imaginar que las victorias deportivas españolas de los últimos años hayan sentado muy mal, pero que muy mal, a los franceses en general y sus autoridades deportivas (incluida la prensa, que ya viene a ser una autoridad como otra cualquiera) en particular. Y comprendo la mala baba que se les ha robustecido tras el castigo a Alberto Contador, por haber recurrido al dopaje para imponerse en una ceremonia tan sacrosanta como el Tour de Francia. Es difícil admitir que esos perdedores —lósers, se dice ahora, bárbaramente pronunciado— tengan el desparpajo iconoclasta de agredir a los más principales santos de nuestro Deporte (la mayúscula no es error ni errata).
     Pero.
     No se comprende muy bien nuestra reacción casi oficial a las burlas de una revista no oficial que, a fin de cuentas, lo único que hace es aprovechar los bajos instintos antiespañoles (2) de los franceses para vender más ejemplares y ampliar la resonancia de sus ocurrencias. No es un asunto oficial, no es casus belli (3) suficiente, no hay mamelucos que derribar de sus caballos a navajazos castizos. Ni estamos en condiciones, tampoco, de proclamar la inocencia del deporte español en este asunto. La excusa que alega el ciclista condenado (lo del filete à la clembuterol comprado en una carnicería cualquiera) es, por decirlo de algún modo que tampoco se entienda mucho, churrigueresca. Los líos de los paquetitos de sangre «preparada» para uso de unos cuantos deportistas españoles no han quedado nada claros. En el ambiente, sin duda, flota una espesa sospecha.
     Que no hemos querido disipar.
     Como, además, se da la circunstancia de que últimamente hemos perdido del todo la poca fe en las autoridades que aún nos quedaba, incluso vendría bien que les diésemos las gracias a nuestros avinagrados vecinos por obligarlas a actuar. A las autoridades, digo.

(1) No se pierdan la descripción de los hechos en Wikipedia. Ahora, los franceses no nos invaden en apoyo de los liberales, sino del sinvergüenza de Fernando VII, Rey Absoluto por la Gracia de Dios. Solo Cádiz resistió de verdad. Conste en su alabanza.
(2) Paralelos y equiparables, sin ningún género de dudas, a los bajos instintos antifranceses de los españoles.
(3) Anda que también yo… Ahora se me ocurre descolgarme con un latinajo. Si el francés está olvidado, imagínense el latín.

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  1. 2012/02/23 en 18:27

    estas en lo cierto no es mas que un gran chivo expiatorio!

  2. Daryl
    2012/02/20 en 09:58

    Parece ser que “el fin justifica los medios” es de correcta aplicación cuando afecta a los mios. Que Napoleón impusiera a los suyos para “que garantizaran la aplicación de los principios democráticos y la defensa de los Derechos del Hombre” suena a chiste, aunque fuera cierto (en la actualidad de hubiera comparado con aquello de las “armas de destucción masiva”)

    Tal vez esa era su origen o el deseo de los ilustrados del momento pero que la iniciativa partiera de un ególatra que no dudo en nombrarse emperador por el mismisimo Papa, que los virreyes que instauraba fueran una clara muestra de nepotismo y que los principios, que en teoria impondria, se los pasaba por el forro a golpe de mentiras, bayonetas, violaciones e imposiciones autocráticas, invalidaba cualquier otra intención.

    Es más, hasta es posible que, como reacción ante tanto desmán, el absolutismo y la intransigencia encontraran la manera perfecta de perpetuarse durante décadas.

    Y esto último no es gratuito ni hipotesis baldia. Recientemente hemos visto invasiones de paises para instaurar “regimenes democráticos y de respecto a los derechos humanos”. Claro que en este caso ya no es de aplicación el pseudoprincipio maquiavélico porque EEUU no es Francia y ,claro está Bush, no era Napoleón.

  3. Liu
    2012/02/17 en 13:32

    A mí también me gusta bastante la France -excepto su corte vychissoise, que aún resiste-. Por cierto, el post me da la excusa para alabar la traducción de “un tal ” Íñigo Sánchez Paños y Elena Cano de Alain Finkielkraut (en Alianza), Un corazón inteligente. Ese intelectual francés sirve para demostrar hasta qué punto están dopados –dopados de pasta gansa- nuestros intelectuales más mediáticos, y oficiales. ¿no?

    • 2012/02/17 en 13:45

      Mucho tiempo sin saber de ti. 🙂 ¿Dónde has visto la traducción de Un coeur intelligent, que aún no se ha publicado?… Como no he leído el libro, la verdad es que no sé qué relación puede guardar con nuestros intelectuales mediáticos y oficiales… En todo caso, es una alegría que reaparezcas.

      • Liu
        2012/02/17 en 13:58

        Hoola, es que tengo un lío con la Telefónica de no te menees y no tengo internet ni fijo. Supongo que tendré que hacer una denuncia, pues me van enviando facturas por servicios no presados!
        Saqué el libro de una biblioteca bastante bien hecha, aquí en Barcelona. ¿Soy la primera en leerlo?

  4. Rq
    2012/02/16 en 23:57

    He oído hoy en una tele española que en lugar de volcarnos los camiones d verdura, ahora se han instalado sus propias empresas en Marruecos y van a pasarnos “sus” frutitas por los morros. Entre eso y q a “su” agua embotellada q le da por reservarse en territorios lejanos…

  5. Mar
    2012/02/16 en 16:20

    Canal + fr no suele meterse en los asuntos de España pues tiene bastante con el circo francés.
    Los que quieran entender mejor el espíritu iconoclasta de la cadena, pueden escuchar a Stéphane Guillon en Salut les terriens.
    http://www.canalplus.fr/c-divertissement/pid2053-c-stephane-guillon.html
    Un saludo desde Francia .
    Mar

    • 2012/02/16 en 18:26

      Gracias por el enlace, MAR. Un saludo.

  6. rafael
    2012/02/16 en 13:39

    A mí me encantan “Les guignols de l’info”. Me parecen bastante más sarcásticos e incisivos que los españoles, en todos los ámbitos (política, economía, deportes, famosos…) y eso me gusta. Si no recuerdo mal, a los deportistas españoles les han dado lo suyo antes, pero esta vez coincidía con lo de Contador y bueno…
    También me caen bien los franceses. Algún buen amigo tengo de esa nacionalidad. Me gustan en general porque muchas veces se les nota que no se creen su propia arrogancia, que es una pose no exenta de de cierta gracia (cuando das con un francés normal, uno que no se toma muy en serio a sí mismo y que conoce las luces y sombras de su historia reciente).
    Y sí, tenemos un problema con el dopaje. De lo que en el fondo se quejan los periodistas y deportistas españoles, y algún político oportunista, es que parece que vayan contra el deporte español específicamente, cuando en realidad todos los deportistas de élite, de cualquier disciplina, emplean técnicas de dudosa deportividad, no para llegar, sino para mantenerse en la élite año tras año, que es lo difícil. Como si ahora los franceses quisieran romper una especie de pacto de no agresión.
    Todavía me puede contar entre los que entenderán las palabras francesas que meta en sus discursos, y eso también me gusta.

    • 2012/02/16 en 14:04

      Sí, Rafael, parece que los franceses están rompiendo un pacto de no agresión: el deporte actual, al nivel profesional que se practica, de superación permanente para salir en las noticias y ganar publicidad de pago, no parece posible sin trucos… En cuanto a Francia y los franceses, siempre los he querido casi tanto como a mi gente, siempre los he considerado casi mi gente. Entre los quince o dieciséis años y los veintimuchos leí más en francés que en español y en inglés, como luego leí más en inglés que en francés y en español… Hoy en día me parece que Francia se ha estropeado bastante, que ya no nos sirve como modelo políticosocial y cultural, aunque en realidad ningún otra país la haya sustituido. Y nosotros somos un abortín cultural, una sociedad que no ha logrado nacer viva.

  7. Javier D. Flores
    2012/02/15 en 22:12

    Es aquello de buscame un enemigo que nos una, sea Francia, sea Urdangarin, mientras nos aprueban una contrarreforma laboral, una subida de impuestos y dios sabe que mas.

  8. Mac
    2012/02/15 en 13:13

    Es una fantástica cortina de humo para entretener al populacho mientras se la clavan con las reformas laborales y financieras que nos están perpetrando

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