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Confesión n.º 0005

2011/12/03

No sé qué impulso me lleva esta mañana a poner el primer disco de Hilario Camacho y dejarlo sonar en los auriculares ( A pesar de todo, 1972 ).
     Hasta lo hondo se me filtra la pena espesa. No solo por él, por Hilario, también por mí, por nosotros todos, por los de entonces, claro. Han pasado casi cuarenta años. Éramos flagrantemente jóvenes, a-pesar-de-todovivíamos bajo Franco, comprimidos, frenados, con la esperanza política maltrecha ( cómo saber que aquello no era para siempre ), pero, al mismo tiempo, nos iba bien. Teníamos trabajo, ganábamos sueldos decentes, cultivábamos las noches con empeño y dedicación, nos comprometíamos en juegos peligrosos. Mi casa de General Ampudia 12, en Madrid, era un lugar casi constante de reunión en rebeldía : buen costo —incluso marihuana—, abundante alcohol, la música de aquella época esplendorosa de la música ( que el vecino de abajo detestaba ), una tendencia al gozo que, si hubiéramos sido más perceptivos, habríamos considerado casi suicida, pero que entonces nos tenía fascinados. En la época en que nos dio por trastear con el LSD apareció Hilario por casa. No sé quién lo trajo. Era chiquito, blando de cuerpo, llevaba el pelo a lo afro ( como en la cubierta del disco que acompaño ), se enamoró fulminantemente de mi mujer. Lo tuvimos, pues, con mucha frecuencia entre nosotros. Escuchamos su música con placer en el tocadiscos, nos cantó cosas en directo algunas veces. Era el único « famoso » del grupo habitual. Yo era el que más dinero ganaba, en mi condición de alto ejecutivo de una empresa americana, pero aún me faltaban cuatro o cinco años para publicar el primer libro. Los otros eran chicos y chicas contagiados de nuestra época de truenos y relámpagos, dedicados a trabajos diversos ( o a ninguno ), un dentista que nos frecuentaba más por ser vecino que por afinidad verdadera, todo el mundo empezando. Una noche de ácido Hilario se cansó de esperar a que mi mujer de entonces le hiciera caso y dijo que se iba a la cama. En efecto, se metió en nuestro dormitorio. Los demás seguimos en lo que fuese que estuviéramos, viendo danzar las estrellas en el cielo de la terraza, convirtiendo el rododendro en una viejecita haciendo punto, con el ego volando por encima del cuerpo y contemplándolo chiquito desde lejos, o con los ojos cerrados y proyectándonos absurdas películas de dibujos atenidas a la música. De pronto volvió Hilario, desnudo, y se sentó en el tresillo. Traía una espantosa depresión, quizá porque mi mujer no lo había seguido al dormitorio, pero no quiso explicarse. Recuerdo que estuve interrogándolo, sin demasiada piedad, sin aceptar el drama que él intentaba describirme, pero no conservo la menor reminiscencia concreta de qué pude decirle, o qué pudo contestarme él. Estoy viéndolo ahora, una pequeña barriga descolgada sobre el pelo púbico, un pene reducido a la mínima expresión. Los hombros caídos. El rostro desolado… Es casi imposible recordar las bajadas de ácido, largas, monótonas, de bellezas intensas que van aguándose para terminar en un desayuno hambriento. No sé qué ocurriría más aquella noche. Creo que nada.
     Vaya usted a saber si alguna vez llegaría Hilario a retozarse el cuerpo con mi mujer de entonces1, pero no creo. Le faltaba audacia. Era un chico suave, peluche, piloso. Terminó suicidándose, muchos años después, en el verano de 2006. Habíamos perdido el contacto a mediados de los setenta. Dejó una nota en la que, al parecer, decía estar harto de vivir en un mundo de estafadores.
     Ahora lo estoy oyendo cantar y me angustia la pena. Cuánto creímos en nosotros mismos, incluso las más escépticos, los que creíamos no creer en nada; qué palabras tan ingenuas, las suyas, pero: ¿qué más bello que una canción ingenua?

1 Cuyo nombre omito no porque pretenda ningunearla, sino porque no le he pedido permiso para utilizarlo aquí.

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  1. Pepe Moral JImenez
    2011/12/30 en 20:56

    Con Hilario recorri Madrid de noche en los años 87-90. Cuando eso sucedia, eramos tres ; Hilario, Hamid Ben Bella , que entonces empezaba en la poesia y yo. Aun conservo alguna maqueta formato casette con texto de Hamid y musica de Hilario. Extraordinario humanoide.

    • 2011/12/30 en 23:52

      Me pillas completamente en fuera de juego: no conozco a Hamid Ben Bella. Tampoco es fácil encontrarlo en Google, por la coincidencia de nombre y apellido con el Ben Bella de la revolución argelina. Saludos.

  2. hector
    2011/12/13 en 11:56

    ¡Qué bien escrito ! Muy interesante. Parece como el inicio de una buena novela . Nada que ver con las “bienaventuranzas” del otro día : esto está curradísimo y se nota un montón . Enhorabuena.

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