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Mediterráneo, 2001

2011/08/29

Encuentro en una carpeta recóndita este texto que escribí (¡a mano!) en un hotel de Almería —no sé para qué bolo: no lo apunté— el 12 de junio de 2001. Quizá tenga aún alguna validez:

Mediterráneo

Los tangerinos somos poco mediterráneos. Somos, en realidad, guardianes de África. Cuando se presentó por aquí —quiero decir: por Tánger— el primer europeo, un tal Hércules, también llamado Heracles, le salimos al paso e intentamos frenarlo. Se Ercole che scoppia anteo_ particolare_gencargó de ello un gigante de nuestro vecindario, llamado Anteo, que era hijo de la diosa Gea, la diosa de la Tierra, y que desde luego no podía compararse, como guerrero, con la gran estrella que nos enviaba Europa. Se planteaba un combate muy desigual, sólo que Anteo disfrutaba de una ventajilla nada despreciable: cada vez que el feroz Hércules lo arrojaba al suelo, para allí rematarlo con su porra, Anteo recibía de su madre, Gea, una buena dosis de energía supernumeraria. El combate sólo pudo acabar porque Hércules se dio cuenta del tejemaneje y logró asfixiar a Anteo en el aire, sujetándolo en alto, impidiendo así que la amantísima madre lo robusteciera con sus cariños. Desde entonces quedaron establecidas dos costumbres que aún no han desaparecido. La primera consiste en que Europa asfixia a África sin permitirle poner los pies en el propio suelo. La segunda consiste en pelearse por causas religiosas. A fin de cuentas, el enfrentamiento entre Hércules y Anteo se producía ya entre dos campeones de religio­nes opuestas e inconciliables. La religión de Zeus, la religión del Dios Viril, que ha aniquilar a su madre para reinar, y la religión de la Diosa Blanca, madre de los cultos femeninos inmemoriales.
     Después se fueron amontonando los siglos y la pelea entre África y Europa fue pasando por diversos avatares. Los cartagi­neses perdimos las guerras púnicas y las riendas de la historia occidental quedaron en manos de Europa. Hay, por cierto, un ejercicio intelectual que nadie ha hecho, que yo sepa. ¿Qué habría ocurrido si los cartagineses hubiésemos ganado la guerra y la civilización se hubiera quedado en África? Puede que las tri­bus de las brumas nórdicas hubiesen tardando mucho más siglos en organizarse, puede que hubiéramos descubierto América mu­cho más tarde, o puede, incluso, que los aztecas nos hubiesen descubierto a nosotros.
     En todo caso, tras el triunfo de Roma se abre un periodo de aparente unidad mediterránea, en el que nuestro mar se convierte en un lago romano. Y esta situación perdura hasta que dos unida­des culturales mediterráneas o casi mediterráneas, los judíos y los árabes, ponen en funcionamiento sus eficacísimas armas religio­sas. Una religión hija de Judá, el cristianismo, desmonta el impe­rio Romano y permite la toma del poder por las tribus del norte. Una religión hija del mismo libro, hija de la Biblia, se empieza a extender por todo el norte de África e intenta ocupar Europa. No lo consigue, quizá porque le faltó el impulso necesario para su­perar los Pirineos y las llanuras húngaras, pero, al menos, consi­gue dividir el Mediterráneo en dos zonas irreconciliables —es de­cir en lo que siempre había sido, si no tenemos en cuenta la época de dominación romana.
     Desde entonces, más o menos desde el siglo VIII o IX, tene­mos planteada una guerra de religión cuyo desenlace todavía no está claro. Los cristianos han logrado recuperar casi todo el te­rritorio europeo que perdieron tras las primeros empujones islá­micos, pero, a pesar de nuestros reiterados intentos —las cruza­das, la ocupación del Magreb durante buena parte del siglo XX—, el caso es que el Islam sigue instalado, sin el menor signo de de­bilidad, en todo el norte de África, es decir en toda la mandíbula inferior de la tenaza continental que cierra el Mediterráneo.
     En todos estos siglos, nosotros, los antiguos cristianos, que ahora preferimos llamarnos europeos, hemos eliminado la reli­gión de nuestras normas jurídicas, aunque sigue muy viva en nuestras costumbres y en nuestro folclore. Y los países africanos, en cambio, siguen siendo estados teocráticos o, por lo menos, estados confesionales que se rigen por norman religiosas aplica­das a la vida civil y cuyos ciudadanos conservan una fe vigorosa, una fe que nosotros, tribus descreídas, apenas logramos concebir.
     Nadie sabe cómo va a resolverse esta confrontación. Nosotros, que ya sólo creemos en el dios Lucro, en el dios beneficio, que nos hemos quedado sin ética y sin modelo de vida espiritual, tras la caída estrepitosa de nuestros últimos dioses, es decir de las ideologías de izquierdas, presentamos tesis de desarrollo econó­mico y oscilamos entre las propuestas de tolerancia y conviven­cia y las propuestas de encastillamiento, blindaje, resistencia total a la nueva invasión o infiltración mahometana que el desequili­brio económico entre ambas orillas del Mediterráneo está provo­cando.
      Nosotros tenemos tendencia, sobre todo en el ámbito cul­tural y en el literario, a las parrafadas líricas de simbiosis cultu­ral, basadas, casi siempre, en un milenario juego de influencias entre ambas culturas.
     Pero todos nuestros planteamientos, incluso los más repugnan­temente racistas, que ni siquiera me molestaré en des­cribir, olvidan el dato fundamental, el verdadero nudo gordiano de la situación. Una milagrosa estrategia de ayudas financieras, inversiones, traslados controlados de población, etc., podría —su­pongámoslo—, podría solucionar el problema económico. Así y todo, seguiría vivo el otro problema, el que verdaderamente nos divide: el modo de vida religioso del norte de África no es com­patible con nuestras costumbres civiles, laicas, con nuestra socie­dad sin Dios, o con Dios recluido en los templos.
     Aquí me apresuro a aclarar —porque hablando casi nunca se entiende la gente, no nos engañemos— que no estoy ni muchí­simo menos añorando la Europa de la Santa Madre Iglesia y la Moral Protestante. Tendría que estar loco. Primero, porque no soy un hombre religioso. Segundo, porque Europa va existiendo precisamente gracias a nuestra relegación de las creencias reli­giosas al ámbito privado, fuera de toda normativa. Tercero, por­que, vamos, sólo nos faltaría eso: una vuelta, por nuestra parte, a la religión agresiva, con ánimo de Cruzada, soñando con acabar con todos los sarracenos que no se conviertan a la fe.
     Ello no me impide advertir que al otro lado sí hay una religión viva, activa, fervorosa, aplicada a la vida civil hasta el punto de confundirse con el derecho, y que las sociedades de la otra orilla mediterránea no van a «evolucionar» —si me permiten ustedes una palabra tan arrogante— en ninguna clase de aproximación a nuestros planteamientos. Porque es que, además, nosotros, en este momento, sólo ofrecemos materialismo y, con ello, sólo conseguimos ganarnos el desprecio de los hombres religiosos de la otra orilla. Nosotros somos coches, neveras, despilfarro ener­gético, bancos, dinero, acciones, pelotazos, egoísmo, insolidari­dad. Así, sólo podemos convencernos a nosotros mismos. Así no podremos ni siquiera emprender un diálogo fructífero con unos hombres que están absolutamente convencidos de que sus vidas sólo dependen de la voluntad de Al-lah.
     En realidad, somos nosotros quienes hemos de cambiar urgen­temente, porque podemos hacerlo. En lugar de empeñarnos en la exportación de bienes materiales, de mercancías, de bienestar, lo que tenemos que hacer es llegar al convencimiento de que nues­tro mejor material de exportación, lo que verdaderamente puede unirnos a otras culturas, es el legado espiritual de Europa. Quiero decir: no coches ni ordenadores —que también—, sino nuestros más gloriosos descubrimientos: nuestro sentido de la libertad, de la igualdad entre los hombres, de la dignidad humana, de la justi­cia y del Derecho, incluso del amor humano, del goce, de la sen­sualidad, de la fiesta, del deber social. Esa es nuestra religión moderna, esa es nuestra gran aportación a la Historia, esos son los argumentos de nuestro posible diálogo con el Mediterráneo Sur.
   Cualquier otro planteamiento nos conducirá, me temo, a un choque sin caridad ni solución. Igual que aquel combate singular entre Hércules y Anteo.

Almería, 12 de junio de 2001.

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  1. rafael
    2011/09/03 en 11:24

    Muy buena lectura.

    Ahora, además, vamos dejando de ser neveras, coches, bancos,…nos hemos quedado “sin exportaciones”. Ojalá que no acabemos perdiendo todo nuestro legado ético sobre libertidades individuales, para que nos quede algo. ¿Podríamos atribuir, al menos en parte, a este legado a lo ocurrido en Túnez y la “primavera árabe”?. Todavía es pronto para decirlo, veremos que nos deparan las elecciones en Túnez. La miel en los labios, ¿nos la quitarán?

  2. Liu
    2011/08/30 en 10:54

    ay, tienes razón.
    ¿No fue para un congreso sobre Tánger o un homenaje a tu trayectoria?

    • 2011/08/30 en 11:12

      No, no. El denominado «Homenaje a Ramón Buenaventura», organizado por el Festival de Cine de Málaga en Tánger, fue en octubre de 2008. Esto de Almería era algo sobre el Mediterráneo, ALAMAR, según mi agenda. Al regreso de ese viaje paramos en Mojácar y allí me hizo Angelika la foto que luego tú me pediste para un artículo de tu página. 🙂 Mira qué cosas.

  3. Rq
    2011/08/29 en 14:55

    Me ha encantado leerlo. Beso.

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