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Un momento de descanso, de Antonio Orejudo

2011/07/19

No había leído nada de Antonio Orejudo, hasta ahora. Y les diré por qué, para qué vean cuan caprichosuelo puede ser uno, sin apenas proponérselo. No había leído nada de Antonio Orejudo porque a mediados de los noventa, más o menos, me lo recomendó ahervoradamente Raquel de la Concha, y la maldita experiencia editorial me había enseñado a no fiarme ni medio pelo de los o más bien las agentes literarias (apenas hay agentos). No ya porque su opinión y la mía raramente coincidan (para mi desgracia comercial, desde luego), sino sobre todo porque todas ellas viven pendientes de promocionar como sea a sus pupilos, buscándoles los máximos de venta, sobre todo cuando están hablando con alguien, como era yo entonces, que podía influir en la publicación de un libro. El ojo del amo, etc.
     El elogio de Un momento de descanso que acaba de hacer Juan Francisco Ferré en su blog lleva vibraciones de autenticidad, de modo que me compré el libro en El Corte Inglés (tras un fracasado intento de encontrarlo en Alejandría, la única librería de Pozuelo de Alarcón) y me lo leí. Lo terminé esta mañana entre un par de horas de bañera y una hora larga de sala de espera, mientras aguardaba mi turno para una audiometría. (Confirmado: estoy sordo; percibo aceptablemente los bajos y mal los agudos; debería comprarme un audífono, aparato que no cubre la sanidad pública y cuyo precio inferior pasa de dos mil euros, o una bonita trompetilla.)

Es listo, el autor, y se adelanta a las dos pegas principales que pueden ponérsele a su libro. Primera: que no 05_29_11_EPL_AntonioOrejudoaguanta comparación —en cuanto a empaque y amplitud— con grandes novelas inglesas, americanas y hasta canadienses (cómo olvidamos en España a Robertson Davies) de parecido tema. Segunda, y enlazada: que Un momento de descanso se convierte rápidamente en astracanada, en sainete grueso, en burla a brochazos intencionadamente inverosímiles, exagerados y, por lo tanto, poco eficaces en cuanto «crítica» del montaje universitario. Antonio Orejudo es consciente de ambas dificultades y él mismo las anuncia en el texto. Resulta casi imposible, leyéndolo, no acordarse de la excelente Small Word de David Lodge, por ejemplo; pero el propio Orejudo nos explica, con sabiduría y razón, que la Universidad inglesa —aunque en ella vengan a ocurrir los mismos disparates que en la española— permite, por su seriedad esencial, un tratamiento literario verosímil que la española —puro disparate sin raíz, o con las raíces podridas— rechaza inevitablemente: todo lo que sobre ella se fabule acaba convirtiéndose en eso, en lo dicho, en disparate.
     Un momento de descanso es, en efecto, un disparate montado con talento y narrado con rara habilidad argumental, que ha de leerse con talante humorístico. El autor le echa imaginación, ingenio, salero, variedad, prosa bien adaptada al intento, temas actuales, moderneces presentadas (por fin) sin pretensiones revolucionarias (internet ya es un factor tan cotidiano y casero como la televisión), mucha labia, considerable amenidad. El resultado es un buen libro de muy agradable lectura. Supongo, incluso, que no serán pocos los lectores que entiendan la burla del tinglado universitario y se lleven las manos a la escandalizada cabeza, aunque no consideren verosímiles las historias en que se asienta el libro.
     Que me alegra haber leído, la verdad.

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