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El abuelo de las hormigas

2011/05/22

De El abuelo de las hormigas, Ediciones Hiperión, 1986

XI

No muchos seres humanos, en la tierra, superan la vetustez del abuelo de las hormigas : unas cuantas docenas, tercos mi­lagros.
     El abuelo de las hormigas nació con los amane­ceres del pre­sente, cuando el mundo actual creó sus aborígenes.
     Los niños que llegaron tras el intento de suicidio de una casta agotada ; únicos 1986. El abuelo de las hormigasterrícolas auténticos ; únicos residentes le­gales so­bre el planeta. Los res­tantes son dioses a olvidar.

     El abuelo de las hormigas es tan viejo, que re­cuerda la juventud de los antepasados ; tanto, que padece su peor acha­que por año­ranza de la niñez y adolescencia en tiempo ajeno.

     Pero vence : el abuelo de las hormigas ha com­prendido que sólo se puede añorar el futuro previo ; desear que la His­toria inau­gure la infancia otra vez y que se rebobine hasta secuen­cias ante­riores al estre­llato de los amos de Dios.
     Lucha, también, contra la tendencia a la tabula rasa y al manso salvaje que retoza por los verdes edenes. No se trata de destruir las técnicas, sino de que otras manos las empu­ñen ; no es menester aso­lar los cementos, sino vivirlos al modo sabio. La evolu­ción nunca ha retrocedido más que ha­cia la parálisis, pero sí caben, en vía derechera, esquinados virajes.
     El abuelo de las hormigas se empeña en sus me­tas ; in­cluso ahora, por refinados que sean los pactos de convivencia entre los pequeños bárbaros y los Señores viriles y estúpidos de pre­historias recientes.
     Sabe el abuelo de las hormigas que los jóvenes mercade­res bárbaros ya no veneran fe ninguna, so capa de cinismo y elegan­cia y confort ; sabe que sus hermanos más pequeños les abolirán la mue­lle indi­ferencia, el alerta oportunismo de la actitud.
     Proclama, pues, el abuelo de las hormigas : « Mi siglo no finali­zará sin habernos ofrecido un nuevo triunfo ». Siempre que ( omite el abuelo de las hormi­gas ) los antepasados no logren sacar adelante sus liquidadoras trazas de desquite. Si ellos se imponen, nadie verá jamás el próximo milenio.
     Están los pequeños bárbaros en el convencimien­to de que les bastará la copia retocada de los modos y tiesas costum­bres de los antepasados para apaci­guar su llameante ceño. Y yerran : esos em­pederni­dos hombres rehúsan morir sin lle­varse la tierra ha­cia el fuego consigo.
     No son ni nobles ni prudentes : criminales ancia­nos en cuyas memorias las cicatrices se atrincheran. Como no han de vivir eter­namente, como ven, con desespero y ansión, que el engranaje de sus dicta­duras pierde impulso, eligen el grueso punto final del estallido.
     Antes la nada que el desorden.
     El abuelo de las hormigas está ansioso de que los pe­que­ños bárbaros averigüen hasta qué extremos resultan inefica­ces las mo­nerías y las carantoñas.
   O tendrá que aprender a pelear, mezclado con los grupos de los hermanos pequeños de los peque­ños bárbaros.

No pretendo haber sido profético: los pequeños bárbaros de aquella época, los ochenta, me parecían pequeños monstruos vendidos a la corrupción general. Eso eran. La rebelión de sus hermanos pequeños no se produjo antes del fin de siglo, sino bien entrado el milenio. Los antepasados murieron, en cambio, casi todos, dejando el mundo en herencia a los canallas de la riqueza. Pero el abuelo de las hormigas mantiene sus esperanzas.

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