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El don de la obviedad

2011/05/16

Leo este artículo de Carmen Posadas que ella me había anunciado cuando lo tenía recién escrito, hace unas semanas, y me apetece ponerle añadidos. [Está aquí, pero lo reproduzco entero a continuación para que nos entendamos más fácilmente.]

Mi amigo Ramón Buenaventura, que es escritor exquisito1, sostiene que hay dos tipos de autores: los que tienen el don de la obviedad y los que carecen de él. Según Ramón, este don es tan banal como útil, pues consiste en decir con gran Carmen Posadas x Angelika (Small)fanfarria y prosopopeya cosas que el lector ya sabe requetedememoria. Cosas tan interesantes como «lo importante en la vida son los amigos y la familia» o «mi mayor ambición es ser una buena persona» o incluso, obviedad de obviedades, «hay que apostar siempre por la felicidad». Y quien así escribe llega a tener mucho predicamento porque se produce una empatía inmediata con ciertos lectores que se dicen: mira tú, pero si eso es lo mismito que pienso yo, qué persona tan sensible soy y qué gran escritor es este que comulga totalmente conmigo. A otros escritores, en cambio, se les cae la cara de vergüenza antes de escribir topicazos de este tipo porque piensan, primero, que el lector no es tonto y, segundo, que un autor es alguien que está obligado a mirar las cosas desde una óptica diferente, descubrir nuevas verdades, nuevos caminos. Antes, este tipo de escritor era el que más se valoraba, lo que llegó a producir también una cierta perversión. Más o menos hacia mediados del siglo pasado, el afán por ver la realidad desde una óptica diferente propició el encumbramiento de ciertos autores que, a fuerza de decir que veían la realidad con otros ojos, lo que hacían era escribir una serie de absurdos alambicados que no entendía ni su padre. Absurdos que los papanatas intelectuales jaleaban y aplaudían haciéndonos creer que solo mentes exquisitas llegaban a apreciar esos conceptos ininteligibles disfrazados de ideas elevadas. Supongo que esos polvos trajeron estos lodos y todo ello, unido a que la cultura ahora va de la calle a las academias y no al revés, hace que esta se haya desacralizado en exceso. Conste que yo no estoy en contra de la desacralización de la cultura. Es más, soy firme partidaria de bajarla de esa torre de marfil tan alta, tan inaccesible (tan aburrida también) a la que tradicionalmente intentan subirla algunos. Pero una cosa es hacer de la cultura algo interesante y a la vez entretenido y otra muy distinta, abaratarla hasta el punto de que todos acabemos razonando como niños de primaria.
Este asunto del don de la obviedad da para mucho más. Hace poco estuve en una reunión en Berlín en la que participaron importantes personalidades de la vida empresarial, política y cultural tanto de Alemania como de España. Una de las conferenciantes era Trinidad Jiménez, a la que tengo simpatía. Claro que al escucharla afirmar como quien descubre el Mediterráneo que lo «fundamental» en las relaciones internacionales es el respeto bla, bla, y que solo una Europa unida superará todos los retos bla, bla, me debatí entre dos posibilidades: bien que su capacidad no da para ideas más sofisticadas o bien que sigue el famoso método Churchill. Él decía que, paradójicamente, cuando más embarazosamente escasa es la información contenida en un discurso es cuando mejor se conecta con la audiencia, puesto que la afirmación más eficaz es la obviedad. Claro que también decía que esto solo funciona con una audiencia poco instruida y que la máxima fundamental de cualquier orador es adaptar el discurso al público que tiene delante. Visto que los presentes en la conferencia de Jiménez iban desde el ministro de Asuntos Exteriores alemán a los presidentes de las compañías más importantes de toda Europa, no tengo más remedio que volver a la primera de mis dos posibilidades. Una lástima, porque, como digo, le tengo simpatía a la ministra. Pero más simpatía le tengo al sexo al que pertenezco. Por eso me da vergüenza ajena que mujeres en puestos relevantes se expresen como párvulas. Y es que a un hombre se le perdona decir obviedades de tal calibre, pero nosotras, con el machismo residual que aún impera, nos arriesgamos a que al primer traspié nos suelten eso tan injusto -y otro topicazo, dicho sea de paso- de «mujer tenía que ser…».

Esto del don de la obviedad es asunto del que habíamos hablado antes varias veces, Carmen y yo. Más o menos, lo que ella cuenta coincide con mi idea, salvo que de ninguna manera es requisito que el autor obviacionista escriba con «gran fanfarria y prosopopeya». Al contrario: esa afectación le alejaría al lector. Hace poco escribía yo en este blog:

Houellebecq goza de un robusto don de la obviedad, que, en los escritores, consiste en hacer creer al lector que lo que va leyendo coincide con sus ideas y con su modo de interpretar la vida, que puede enorgullecerse de pensar lo mismo que el autor, aunque él, como humilde lector, no sepa expresarlo con tanta brillantez, con tanta calidad. Es, en gran parte, la clave del éxito de muchos famosos ricoshombres y ricashembras de letras. Luego, resulta muy curioso descubrir que estos artistas de la obviedad, leídos con otra atención (con una atención que no se deje subyugar por la potencia de la acción, del relato), no dicen nada en concreto: es el lector quien extrae las conclusiones de las parábolas obvias (lo cual, claro, explica el truco de la coincidencia en las ideas o interpretaciones de la vida). La Carte et le Territoire podría ser  […] cualquier cosa y su contraria.

Confesemos, por otra parte, que la idea no es del todo mía, aunque yo la haya retocado con insistencia durante estos últimos años. El término es una de esas ocurrencias pinchosas y agrias que solía tener Francisco Umbral (el mayor talento peyorativo que dio la lengua española en el siglo XX). Comentado un libro recién publicado de un poeta que colaboraba en el mismo periódico que él (EL PAÍS, en aquel tiempo), dio en escribir que su autor poseía «el don de la obviedad», queriendo decir, supongo, que no producía más que eso, obviedades, pero, al mismo tiempo, haciendo pensar al lector en el don de la ebriedad de Claudio Rodríguez y situándose, pues, en un nivel de alta poesía. Leyendo tan astifina frase se me ocurrió que este don de la obviedad no lo poseía el propio Umbral, por ejemplo, y que ello le había impedido obtener en el campo de la literatura todo el éxito que a él le habría gustado obtener. Sí, fue famosísimo, pero más como personaje, como fuente de anécdotas y peripecias, como opinante político y comentarista de la realidad, que como escritor. Un caso curioso. Hombre difícil (lo conocí algo, cenamos juntos en varias casas, incluida la mía, y créanme que no hablo por hablar: antipático y desagradable y maleducado), vivió en el centro de un permanente cerco de enemigos que, supongo, le tenían un miedo enorme, pero consiguieron limitar su alcance como escritor. Poseía un talento lingüístico sin parangón, era un auténtico genio en el manejo del idioma (tanto en las palabras como en su utilización dentro de la frase, es decir su sintaxis), tenía una capacidad de trabajo inverosímil; pero nunca pasó de la pequeña fama ruidosa que dan el periodismo, los medios y una peleílla con Mercedes Milá; apenas hubo nadie que lo declarase Gran Escritor. La faltaba, en los libros, el don de la obviedad, el don de conseguir que el lector se admire a sí mismo mientras lee, por coincidencia. Sus relatos no eran normales, no seguían las pautas trilladas que el honrado lector corriente solicita para adherirse a un texto, incurría en demasiadas aventuras, demasiado vanguardistas, incluso, demasiado influidas por la lectura de la gente que a él verdaderamente le gustaba, es decir los franceses tan geniales como enloquecidos de Dada y el surrealismo y la patafísica, los despatarradores de burgueses. Por ese camino no se llegaba al lector en el último tercio del siglo XX. Por ese camino no se ha llegado nunca al lector, de hecho: nadie que carezca del don de la obviedad puede llegar a más de cinco o diez mil lectores en España, quince o veinte mil en Francia, cuarenta o cincuenta mil en USA, etcétera. A los escritores que integran el canon literario del siglo XX, los más prestigiosos, los más acariciados por la crítica, los más citados por los demás escritores, nunca los ha leído el lector que busca autocomplacencia, sino, al contrario, el que desea aprender y disfruta percibiendo la humillante o desafiante superioridad de un creador (es decir: otro escritor). Es un rasgo propio del siglo XX, esta distancia ente lo que una minoría selecta considera talento y lo que la gente lee en realidad. En el XIX todo el mundo leía a los grandes (si leía algo, claro), a Balzac, a Hugo, a Dickens, a Dumas; en el XX, a ver quién era el guapo que se metía entre pecho y espalda En busca del tiempo perdido o El ruido y la furia o el Ulises o el Paradiso (por poner algo en lengua española) o etcétera. Los grandes narradores del XIX, incluso los poetas del XIX, poseían el don de la obviedad2; los grandes escritores del siglo veinte, por el contrario, más bien poseían el arte de buscarle tres pies al gato y no dar nunca la impresión de que lo encontraban… Evidentemente, el don de la obviedad, tal como he llegado a concebirlo, no tiene nada que ver con el cruel insulto de Umbral, pero es un factor literario que ha de tenerse en cuenta. Algún día, cuando me importe aún menos que ahora el daño que puedan hacerme, publicaré en algún sitio una lista de grandes obvios hispanos modernos3. Pueden ustedes sugerir alguno en los comentarios. Smile 

1 ¡Toma del frasco! Se le ha olvidado la diéresis: exqüisito.
2 Quienes no lo poseían —como Rimbaud, por ejemplo— tuvieron que esperar al siglo XX para ser declarados geniales y encontrar alguien que los leyese. Comentemos, de paso, que el don de la obviedad es frecuentísimo en los poetas de éxito multitudinario: Bécquer podría valernos de ejemplo; también medio Neruda. Los más copiados por los poetas y poetisas pésimos y pésimas, naturalmente. 
3 Aclaración importante. No confundamos: un escritor en posesión del don que nos ocupa no es necesariamente un escritor malo; hay excepciones; Houellebecq, por ejemplo, es el crack de la obviedad, pero no puede negársele un estatus literario.

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  1. 2011/05/23 en 22:41

    Muy interesante el análisis que hiciste sobre la Obviedad de algunos autores y personalidades, lo que termino pensando es que al igual que ellos, podría escribir un libro o pararme al frente y dar una conferencia …….

    • 2011/05/23 en 23:26

      Sí, claro: todo el mundo puede escribir un libro o dar una conferencia; pero, claro, no todos los libros se publican y tienen lectores, ni están abiertas las salas de conferencia al primero que llega… 🙂 Cuestión de poner empeño, desde luego.

  2. rafael
    2011/05/18 en 14:02

    Me apunto a Hemingway en la agenda 🙂

    • 2011/05/20 en 08:32

      Empieza, te sugiero, por A MOVABLE FEAST: creo que es su mejor libro. Cortito, además. 🙂

  3. rafael
    2011/05/18 en 09:08

    Yo estoy sufriendo como bellaco en doncella de hierro tratando de leer en inglés “A tale of two cities” de Dickens.

    • Ramón Buenaventura
      2011/05/18 en 13:01

      HOmbre, no es FINNEGANS WAKE.
      El inglés de Dickens es de una claridad y una eficacia que ya habríamos querido para el español de la misma época.
      De todas formas, si estás en situaciones no muy avanzadas del estudio del inglés, yo te recomendaría que fueras a autores más sencillos. Hemningway, por ejemplo, de quien Faulkner decía que jamás había enviado a ningún lector al diccionario. 🙂

  4. Lisabibi
    2011/05/17 en 18:37

    Muchas gracias Ramón por la respuesta. Al final me da la impresión de que con respecto a la literatura, quizás la frase más válida sea esa de que ya está todo dicho, y que lo importante es el cómo decirlo.
    En cuánto a mis gustos, reconozco que a mí, independientemente de los escritores ya mencionados, me gusta mucho la literatura de género, no tanto la de novela negra, sino la de aventura, la de viajes, por mar naturalmente, como la de Joseph Conrad, Melville, Jack London y un largo etcétera que incluye cuentos de terror o suspense de autores bastante desconocidos, como Jean Ray. Son novelas muy bien escritas en las que la imaginación es el elemento fundamental. Ahí incluyo también a H.G.Wells, pero no a Julio Verne. En Verne el elemento humano es casi inexistente, mientras que en Wells es omnipresente. En una palabra, me encantan las llamadas narraciones. En ellas hay una cierta obviedad en lo que respecta a los personajes, o quizás no tanta. ¿Quién se puede identificar con Ahab? Pero en cuánto a la obviedad, es un poco lo que tú decías con respecto a estos géneros. Se sabe cómo empieza la cosa, pero no cómo acaba.
    Ya está. Ya lo he confesado. Soy capaz de leer con auténtico placer una biografía novelada de Francis Drake, e incapaz de leer a Milan Kundera.
    Ni qué decir que dentro de esos géneros considerados por algunos menores, hay cosas mayores, como “La Odisea”.
    Liu: gracias por la advertencia. De todos modos yo soy toda una especialista en fracasar en amores. Y no echo balones fuera, eso de que los hombres son egoístas, que van a lo que van y un largo etcétera. No. La responsable soy yo. Mi facilidad para equivocarme en cuestiones amorosas es paradigmática. Ahora mismo lo estoy intentando con uno, pero seguramente se quedará en eso. En el intento.
    ¡Saludos cordiales!

  5. Daryl
    2011/05/17 en 15:15

    El peor crítico de una mujer es…otra mujer. Posadas se sonroja por las obviedades de Trinidad Jimenéz y lo achaca al machismo remanente que permite obviedades a los hombres y no a las mujeres. ¿Seguro? ¿Acaso ella esperaba que la ministra, por ser mujer, no dijera cosas obvias?.
    Los mayores expertos en soltar obviedades son, aparte de los libros de autoayuda, los políticos. Da igual que sean hombres o mujeres. El jefe de la Ministra es un especialista en enlazarlas ¿por que no crítica a Zapatero?. Y si ya de por si el político es un “obviador” nato, el canciller o el ministro de exteriores se lleva la palma. Todos, sin excepción, son especialistas (o deberian serlo) en hablar mucho para no decir nada. El “lenguaje diplomático” es el paradigma de la obviedad. El método Churchill ha quedado desfasado. Ahora da igual el nivel de instrucción de la audiencia, el político siempres usa la obviedad. Solo hay que escuchar, mejor oir de pasada, la cansina, otra vez, campaña electoral vigente.

  6. Liu
    2011/05/17 en 11:41

    en su etiqueta, escrito a bolígrafo con letras desvaídas por el tiempo, aún puedo leer: «Vin de l´invasseur pour Arturo. Saraievo 92».
    y lo de Pérez-Reverte qué, esa sentimentalidad de cofradía de machos en el epicentro del peligro… ay ay ay

  7. rafael
    2011/05/17 en 06:46

    Me da la impresión de que la mayoría de los escritores de nuestro tiempo(y quizá también de tiempos pasados) son escritores con ese don. Y dentro de los agraciados, lo hay buenos y los hay malos. Pero uno no puede leer todo el tiempo obviedades sin acabar harto (otra obviedad, por cierto, sin tener yo pretensiones de escritor). ¿Y dónde va uno entonces a buscar algo diferente?. Después probablemente regresaremos a lo obvio, pero tras habernos paseado un poco por caminos poco frecuentados.
    Yo le agradecería mucho, D. Ramón, que nos proporcionara una breve (o no tan breve, como guste) lista de los escritores sin ese don de lo obvio.

    Saludos.

    • Ramón Buenaventura
      2011/05/17 en 09:38

      Dejémoslo estar, Rafael. Es una mera idea. Desarróllela cada cual según su talente y sus lecturas. Saludos.

  8. Lisabibi
    2011/05/16 en 20:46

    Pues muchas gracias Liu. Empezaré con paciencia hasta que me haga adicta. Yo tengo una prima superadicta. Se lo ha leído 17 veces. Conociéndola, me lo creo. También un amigo me lo aconseja encarecidamente.
    Un abrazo!

    • Liu
      2011/05/16 en 22:07

      Sí, pero cuidado, también crea cierta adicción a fracasar en los amores… en solidaridad con los personajes me figuro.

      • Ramón Buenaventura
        2011/05/17 en 09:55

        Vaya. Afortunado en Proust, desgraciado en amores.

  9. Liu
    2011/05/16 en 19:02

    Yo sí he leído todo En busca del tiempo perdido, en castellano, y además Albertine desaparecida. El primero y el último volumen son los mejores, sin duda. Es un libro adictivo.

  10. Lisabibi
    2011/05/16 en 18:44

    Dios mío, Sánchez Dragó! Ese libertino de extrema derecha que se come a las niñas crudas. Dicho por él, sálvese el que pueda!

  11. Lisabibi
    2011/05/16 en 18:26

    Ramón: a mí lo que me ocurre leyendo tu artículo es que no acabo de saber si a tí te gustan los escritores con el don de la obviedad o los otros, los enloquecidos de Dada y los patafísicos y todos sus herederos. Coincido contigo en que a ver quién se mete entre pecho y espalda “En busca del tiempo perdido” o el “Ulises”. He intentado hincarle el diente a los dos. Con el primero no soy capaz de salir de esa primera noche interminable, en la que aparentemente no pasa nada, pero es que según me han informado, es un libro en el que aparentemente no pasa nada. Tengo una amiga que le pasó lo mismo que a mí, así que decidió empezar por el tercer tomo, y de esta forma consiguió leerlo entero. Tendré que hacer lo mismo, porque confieso que aunque me cuesta, me parece que merece la pena hacer el esfuerzo.
    Con el Ulises el problema (el mío, el propio de una lectora lenta)es otro. El libro de Proust son 7 tomos, válgame el cielo, y el Ulises solo uno, con lo cuál parecería más fácil. Como todo lector curiosón, me he leído el monólogo de Molly Bloom. Pues me ocurre lo mismo. Creo que merece la pena intentarlo, aunque como decía Borges, es un libro absolutamente imposible de traducir, y al no saber inglés me tendré que conformar con la traducción de Cátedra. Con La Divina Comedia he claudicado. He leído trozos, pero me considero incapaz de leerlo entero. Por cierto, nadie habla de El Cielo. Pues lo poco o lo mucho que lo he leído me parece divino.
    Pero pasemos a otra cosa. Los actuales. Con Javier Marías no puedo, pero reconozco que es que cómo persona no me cae demasiado bien. Lo mismo me estoy perdiendo una maravilla. Por último un tópico: me gusta Roberto Bolaño. Hablo del último Bolaño. Sus primeras novelas me parecen francamente malas, pero a base de escribir, de repente le sale “Los detectives salvajes” y sobre todo ese último esfuerzo antes de morir, “2666”. Es que no pude dejar de leerlo hasta la última página. Ahora bien. ¿Es Bolaño un escritor de la obviedad o pertenece a la otra categoría? Tú me dirás. Aparentemente es muy moderno, pero yo le veo muchos elementos clásicos. Hay una historia, de hecho hay muchas, hay una excelente construcción de personajes, y al final el paisaje es desolador. Personajes entrañables como Amalfitano, más solos que la una, en medio de un desierto de polvo y sangre. Un escepticismo más cruel y más realista que el de Houellebecq. Lo que no entiendo es cómo Bolaño era amigo de Vila-Matas. Misterio impenetrable.
    Y en Estados Unidos, Cormack MacCarthy. Y en Francia, Le Clézio, creo que más obvio.
    En fin, reflexiones literarias de las 6 de la tarde.
    ¡Saludos!

    • Ramón Buenaventura
      2011/05/17 en 09:54

      La verdad es que 2666 era enternecedor como intento de un hombre que se muere por dejarle un patrimonio a la familia. Lo digo en serio y con simpatía. Como literatura… No soy de los entusiastas de este libro, que me aburrió durante buena parte de su trayectoria, tras un arranque francamente revuelto, muy tópico, pero interesante y esperanzador.
      Le Clézio me parece uno de los santos patrones de la obviedad, más o menos como Modiano. Cormac McArthy tiene una prosa espectacular, que incluso me gustaría haber traducido, pero hay muchos momentos en que no entiendo cómo puede interesarle lo que evidentemente le interesa. Etcétera. No vayamos a entender que estoy tratando de sentar cátedra: digo lo primero que se me pasa por la cabeza, consciente además de que otras posturas y opiniones serían perfectamente defendibles.

  12. Liu
    2011/05/16 en 18:11

    A mí lo que me cuesta es encontrar autores no obvios. Super-obvias son Elvira Lindo -véase su artículo de ayer poniendo a caer de un tacón a Demi Moore–, Almudena Grandes, Pérez-Reverte, Rivas, el Ian McEwan de Expiación, pero no Céline ni Beckett ni Ishiguro ni Martin Amis. eetc.

    • Ramón Buenaventura
      2011/05/16 en 18:27

      Sí, Manolo Rivas es casi el prototipo del escritor con ese don de obviedad. Elvira Lindo quizá también, no estoy seguro. Sus Manolitos están claramente inspirados en los Guillermos de Richmal Crompton, que, sin embargo, poseía el don paralelo de la observación original e ingeniosa, pero fácilmente compartible. De Almudena Grandes, como ya he dicho otras veces, solo he leído las partes no eróticas de LAS EDADES DE LULÚ, y, francamente, eso era un libro lleno de trucos pensados, con habilidad, para conseguir lo que consiguió, es decir una notoriedad instantánea. Pérez-Reverte pertenece al grupo de los narradores de historias y sí, maneja siempre ideas y sentimientos colectivos, expresándolos con esa chulería castiza que tanto gusta a una buena parte de los españoles. No he leído EXPIACIÓN, pero dio una película muy bien hecha y muy resultona, lo que sugiere que sí, que puedes tener razón… Quién NO tiene el don de la obviedad siempre ha estado bastante claro… Insisto, por otra parte, en lo que digo en este artículo: no se es necesariamente un mal escritor por poseer el don de la obviedad.

  13. Ramón Buenaventura
    2011/05/16 en 17:21

    No, no soy lector de Ellroy: nunca me ha dado por leer novela policiaca o detectivesca, ni negra ni amarilla ni de ningún otro color. Lo único que puedo decirte es que estos escritores norteamericanos de «género» suelen ser muy buenos en lo suyo. Algunos, como Hammett o Chandler (del que sí he leído un par de novelas, con gusto), crearon escuela y no falta quien los incluye en el canon literario del siglo XX. No sé si tienen el don de la obviedad, pero en todo caso les sobraría, porque la suya es una narrativa que se sostiene por la intriga y que no busca la identificación del lector, sino que éste suspenda la incredulidad y se crea la historia más bien inverosímil que le están contando. Lo cual no es nada fácil y requiere, por lo general, una excelente caracterización de los personajes y del ambiente… Los mejores de entre ellos han sido y siguen siendo una mina para el cine. Creo que Ellroy, concretamente, es el autor de L.A. CONFIDENTIAL, sobre el que se hizo una película muy exitosa (que me dormí en un 25%, más o menos, a pesar de Kim Basinger).
    De Prada solo he leído (o, mejor dicho, empezado a leer, para dejarlo sesenta o setenta páginas más adelante) uno de sus primeros libros —algo de máscaras en el título—, precisamente porque lo había recomendado Umbral, cuyo criterio literario no era malo, ni mucho menos: me pareció un pastiche de Cansinos Assens (de ahí, supongo, que le gustara a Umbral), un poquito interesante, pero no mucho. No he leído nada más suyo. Bueno, sí: un artículo sobre su primera comunión, muy sentido… Su actitud política puede adscribirse al viejo gamberrismo de derechas cuyo principal mentor, en los últimos tiempos, es Sánchez Dragó.

  14. Rq
    2011/05/16 en 16:06

    Pues ayer estaba leyendo El Semanal y me topé con el artículo de Juan Manuel de Prada (a quien me suele gustar leer pocas veces, pero cuando me gusta, me gusta mucho, qué se le va a hacer; una vez fui a una conferencia suya en Salamanca -todo lleno de abuelitos zamoranos- pensando que me iba a aburrir como una osa y ¡hasta me cayó bien!, ¡imagínate que choc!), que por lo visto fue amiguete del Umbral, leí alguna vez por ahí. Esta vez el artículo era de los pocos que suelo leerle, cuando se limita a temas que me atraen (aunque al final, cómo no, por no variar, le mete su puntita, el hombre, qué canso!), y hablaba de un tal James Ellroy. En fin, que me picó la curiosidad aunque no creo que tenga ganas de buscar ningún libro suyo para empezar a leerle (ando vaga últimamente para leer, tengo aún aquel libro sin comas sin tocar, imagínate, pa qué me lo compraría directamente en francés, con lo vaga que sé que soy!), así que pregunto mejor por aquí para hacerme una idea de qué quiere decir el de Prada con esas lindezas que parece dedicarle: ¿El tal Ellroy tiene el don de la obviedad o no? (¿Lo has leído?, al Ellroy, me refiero, al otro ni pregunto 😀 ¿Merece la pena buscarse un libro suyo?)

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