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Larkin y el cajón de cuchillos

2011/05/10

Esta mañana he leído un poema, en lugar de escribirlo como hice ayer, equivocándome1. Un poema tremendo, por cierto. Luego me enteré de que era el favorito de Margaret Thatcher y me llevé un disgustillo, pero véase en ello uno de los grandes riesgos de la poesía: cualquier autor puede entusiasmar a cualquier imbécil, y eso no hay quien lo controle… El poema a que me refiero se llama «Deceptions», engaños, y es de un poeta enorme que no ha prosperado en España: Philip Larkin. No me apetece traducirlo, pero llamaré la atención sobre la imagen central, la que culmina el desarrollo y precipita la conclusión del poema: «All the unhurried day, / Your mind lay open lake a drawer of knives»: durante todo el sosegado día permaneció tu mente abierta como un cajón de cuchillos. Se narra el encuentro entre una prostituta obligada y un cliente quizá no menos obligado.

Larkin, que abominaba del sexo —cuyas pulsiones quizá no padeciese en forma aguda—, se portó hitchens-larkin-wide (Small)como un marrano2 con Monica Jones, la mujer de su vida (fíjese en la foto de aquí al lado y échele usted un vistazo a este excelente artículo de Christopher Hitchens para The Atlantic). Uno se pregunta por qué serán tantos los grandísimos hombres de todos los ámbitos y países que se han portado como unos marranos con sus mujeres: Marx,  Joyce, Einstein, Bertrand Russell, Gauguin, Chaplin, Elvis (Smile)…  Según Desmond Morris (aquí), ya desde la prehistoria era así, porque los machos dominantes gozan o padecen de una irresistible compulsión a correr riesgos… De todos modos, es evidente que la bondad no interviene apenas en el talento, en ninguna clase de talento, ni siquiera el más trivial. Y, como decía otro cabrito huérfano llamado Gustave Flaubert, cuanto menos se siente una cosa, más capaces somos de expresarla como es. De hecho, en ello se distingue la gran poesía de la pequeña: el gran poeta hace sentir, el pequeño siente. Anda que no lo he dicho veces…

1 Equivocándome, porque no debo escribir nada literario.
2 Huy, qué expresión tan peligrosa. Los cochinos o gochos o cerdos no se portan mal con nadie: son unas pobres criaturas que nos regalan sus muslos con la mejor voluntad. ¿A ver si este «marrano» va a referirse a los judíos? Todos los idiomas están perdigados de trampas.

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  1. Ramón Buenaventura
    2011/05/10 en 16:34

    También se podría pensar, ya metidos en lo malévolo, que la inclinación por ese poema sea un síntoma de Alzheimer. Fíjate que yo ni recordaba la enfermedad de la buena señora.

  2. Liu
    2011/05/10 en 13:48

    Comentario malévolo. No deberías preocuparte por tener este gusto en común con la Thatcher. Sufre de Alzheimer, así que no debe ni recordar que le gustó ese poema.

  3. Olga
    2011/05/10 en 13:23

    Pero también han existido y existen marranas… Lo que reconforta, por lo menos a mí.

    • 2011/05/10 en 13:27

      Marranas, en general, por supuesto; marranas talentosas con respecto a «sus» hombres. ahora mismo no se me ocurre ninguna, pero habrá, claro. Lo que no sé es por qué ello te «reconforta». ¿Por mor del equilibrio en la maldad?

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