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Otra vez Houellebecq

2011/04/22

Recién terminada la lectura de La Carte et le TerritoireSun, la más reciente novela de Houellebecq, premio Goncourt 2010SunSun, se me queda la cabeza girando en trivialidades, quizá porque ya no valga para otra cosa (si alguna vez valió para otra cosa). Se me escribe sola esta frase: «Es una parábola de fácil y amena lectura, un apasionado o gélido panfleto a favor o en contra de no se sabe qué».
     Muy bien confeccionado. Los personajes son deshumanos, los hechos que se narran son 280px-2008.06.09._Michel_Houellebecq_Fot_Mariusz_Kubik_01inverosímiles, e inverosímil resulta el tiempo futuro en que se sitúan. Da lo mismo. Prevalece la habilidad del autor para convencer al lector de que está leyendo un texto profundo y repleto de significado hasta en los más humildes monosílabos, de que está leyendo lo que él siempre ha querido pensar y no ha acabado de pensar del todo, porque bastante tiene con sostenerse en la vida. Quiero decir: Houellebecq goza de un robusto don de la obviedad, que, en los escritores, consiste en hacer creer al lector que lo que va leyendo coincide con sus ideas y con su modo de interpretar la vida, que puede enorgullecerse de pensar lo mismo que el autor, aunque él, como humilde lector, no sepa expresarlo con tanta brillantez, con tanta calidad. Es, en gran parte, la clave del éxito de muchos famosos ricoshombres y ricashembras de letras. Luego, resulta muy curioso descubrir que estos artistas de la obviedad, leídos con otra atención (con una atención que no se deje subyugar por la potencia de la acción, del relato), no dicen nada en concreto: es el lector quien extrae las conclusiones de las parábolas obvias (lo cual, claro, explica el truco de la coincidencia en las ideas o interpretaciones de la vida). La Carte et le Territoire podría ser una implacable deconstrucción del mundo moderno, pero también un canto a la acción benéfica de «los mercados»; podría ser una queja por la aniquilación de los sentimientos, pero también una alabanza de la ataraxia —o la indiferencia— como único modo de soportar la vida; podría ser una epístola de amor a la soledad, pero también una denuncia de cómo nos destruimos en el aislamiento; podría ser cualquier cosa y su contraria. Un ditirambo de Francia y un desprecio de Francia. Ah, pero el relato es excelenteSunSunSun, entretenido, ingenioso, bien documentado en lo técnico, gratamente wikipédico. ¿Los personajes? Los personajes no son humanos ni posibles, en realidad, pero es que el autor no los describe. Es otro truco del éxito, que en realidad practican, en mayor o menor medida, todos los narradores: lo que hacemos es dar cuatro datos del personaje y contar lo que va haciendo o pensando, o ambas cosas, sucesivamente o a la vez. Es el lector quien, añadiendo a esos ligeros datos los de su propia experiencia, construye la figura, le pone carne, la humaniza. A mí no me resulta fácil humanizar a Jed Martin, el protagonista de La Carte et le Territoire, que me parece un cretino con suerte, en cuya existencia prefiero no creer; pero me resulta muy entretenido, en cambio, ponerles vida a casi todos los demás: la bella rusa, el galerista, el comisario de policía, incluso toda una cáfila de secundarios. Y me rindo, sin condiciones, ante la presencia del autor como agonista fundamental de la historiaSunSunSunSun, como determinante imprescindible de sus posibles significados. Cómo explicarme bien en este punto. Sabemos —desde la Biographia Literaria de Coleridge— que el objetivo principal de casi todos los relatos concebibles, cualquiera que sea su soporte técnico (texto, imagen quieta, imagen en movimiento, etcétera), consiste en lograr que el lector deje en suspenso su incredulidad, que considere posible lo que se le está contando. Aquí, Houellebecq hace trizas la norma, porque su participación en la historia es totalmente imposible (no explicaré por qué, para no chafarles una de las sorpresas principales de la novela, pero créanme: es totalmente imposible). Ello manda al viento cualquier voluntad de credulidad que el lector quiera poner. En un momento dado del libro, tenemos que renunciar a nuestros trucos de lector, bisoño o curtido, y rendirnos a la evidencia de que se nos está encajando una mentira, una parábola imposible. Lo cual, ineluctablemente, nos lleva a la conclusión que quizá deseara el autor: si este señor me está metiendo una trola tan obvia, si no pretende que lo crea, será porque intenta hacerme comprender alguna verdad de bulto e importancia grandes, será porque este texto está cargadísimo de significado. Y me quedo tan contento, sin darme cuenta de que, en realidad, lo que el autor consigue es que sea yo quien aporte el significado. Excelente. Admirable.

Y, además, resulta que hacernos caer en nuestras propias trampas es el truco fundamental de la época en que vivimos. Qué remedio. Seguiré leyendo a Michel Houellebecq.

Sun En español, La carta y el territorio, traducida, supongo, por Encarna Castejón y publicada, supongo, por Anagrama (no encuentro confirmación rápida en Google, y son las cinco de la mañana de una noche de insomnio, y estoy cansado de leer en pantalla, y qué más da).
SunSun Recuerde el lector que los premios literarios, en Francia, no son como aquí;  es decir: no están claramente integrados en las mercadomañas de las editoriales, no los conceden las propias editoriales, sino instituciones más o menos independientes (nada es totalmente independiente del márquetin y la promoción).
SunSunSun No tanto la mera escritura, que a veces sorprende por su descuido: cuatro o cinco feas repeticiones de palabras, varias oraciones en que los sujetos de los verbos se le extravían un poco al lector.
SunSunSunSun Mal podría levantarle achaque a tal invento, siendo así que yo también soy personaje mío en todas mis novelas.

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  1. Ramoon
    2011/04/24 en 21:50

    Lo suyo con Don Micaelo me permito observar que parece a veces una de esas relaciones de amor-odio. Siempre saco la conclusión de que lo aprueba en sus gustos por como escribe pero en cuanto al fondo le suele dar usted un repasito personal (también llamados rapapolvos), siempre con muy fundadas y bien explicadas razones (en eso sus críticas nunca defraudan)

    Yo me gocé mucho, aparte de toda su enjundiosa obra, (aun no importará que repita que el Sr. Buenaventura me sigue pareciendo un poeta de los más grandes) su labor de crítico literario, aprendí mucho de literatura leyéndole Don Ramón, y aún lo hago, cosa que le agradezco muchísimo a falta de tanta buena razón como le falta a tanto gacetillero metido a betsellero frustrado.

    Y es precisamente donde más aprendo en estos sí-pero-no que mantiene usted con algunos escritores que sin ser malos, es más, que siendo buenos, no son todo lo buenos que podrían ser a tenor de sus aptitudes digamos “técnicas” y por culpa casi siempre de una elección “de fondo”, de temática o de forma de abordar la temática. Que sigamos leyendo a algunos autores que en realidad se encuentran en las antípodas de nuestro sentir y decir habla bien a las claras, me parece, de “las bondades (más bien inutilidades) de la literatura” que a veces no hay quien encuentre o entienda.

    Sigo sin saber por ejemplo por qué me alucina leer a Kafka, un hombre que apenas si se limitó a transcribir, a veces incluso hasta de manera harto aburrida, sus sueños, con la idea de que lo pudieran entender hasta los niños, cuando lo cierto es que para mí los sueños no pasan de ser detritus cerebrales con el mismo hedor que los menhires de las mierdas y con la misma biológica importancia. No tengo nada que ver con el mundo por él llamado subterráneo o de profundidades y sin embargo nunca abandono a su suerte a ese canijo alemán y, como usted a Houllebecq, lo seguiré leyendo incluso aunque no publique ya mas libros por la tontera esa de haberse ido muriendo hasta conseguirlo. Lo seguiré relecturando, pues.

    Lo que sí quiero decirle es una cosa, aprovechando que hablamos de literatura contemporánea… Suelo ser un lector quejoso y en mas de una ocasión, de forma inapropiada y fuera de lugar, le he afeado a usted por este medio la personalísima conducta de haber dicho un día: “Se acabó; no publico más” aduciendo razones de hartura, asco o desentendimiento del medio, sobre todo colegal y/o editorial… Pero ayer, enviendo entre sopores febriles de gripe pascual, este engendro videográfico me ganó usted para siempre y para su lamentable causa.

    Menuda repugnancia la del mundo editorial… El que más hablo ahí de literatura, en ese estercolero de plutócratas, creo que nombró a Hemingway… Ole sus lereles…

    PD.- Por otra parte, sigo sin tener ni idea si es una virtud o un defecto (todo parece apuntar a lo segundo) el hecho de que jamás podría yo percibir en un escritor “si los sujetos de los verbos” se me los ha extraviado él o los he perdido yo por el bizco camino del descuido. No tengo zorra idea de las bambalinas de la forma comunicacional que se da en el habla o mediante escritura… por lo que delante mía puede pasearse empelotas y con calcetines sucios un escritor analfabeto poniéndose los verbos por hoja de parra y los elementos proposicionales por montera que si lo que me cuenta me interesa le cedo mi suspendida inteligencia en suspenso…

    Saludos también desde el miocardio

    • 2011/04/25 en 13:05

      En ese aspecto, en la cuestión estercolero, etc., ya no me quedan ni ganas de enfadarme…
      Houellebecq no ha dejado de entretenerme en ningún libro, y he leído todos los suyos, creo. Este último, alternándolo con la dificilísima lectura de RATNER’S STAR, uno de los dos delillos que quedan sin traducir. El Monsieur no me parece un gran escritor desde ningún punto de vista, pero conserva rasgos literarios que otros de igual o mayor éxito han perdido por completo. Y luego está que una vez, años antes de su fama, le traduje un par de poemas para la revista Atlántico, por encargo de José Ramón Ripoll, y el hombre tuvo el detalle de mandarme una notita de agradecimiento. Ya ves qué tontería.

  2. Lisabibi
    2011/04/23 en 04:24

    Una crítica excelente. Lo del don de la obviedad me parece magnífico. Yo solo he intentado leer un libro de monsieur Houellebecq, “La posibilidad de una isla”, porque me lo habían recomendado y porque el título me pareció precioso. Pero tengo la desgracia de ser una lectora lenta, con lo cual, en cuánto siento que me están tomando el pelo y que estoy perdiendo el tiempo, el libro se me cae de las manos, y “la posibilidad…” se volvió imposible, aunque abandoné el libro ya bastante avanzado, e hice lo de siempre: volver a lo seguro, que son los clásicos de toda la vida. Tuve, efectivamente esa sensación de obviedad de la que hablas, pero solo al principio. El absoluto nihilismo de la novela, y cuándo digo absoluto es absoluto sin matices, ya no me pareció tan obvio, y empecé a tener la sensación de que el Michel no me estaba contando nada, así que finito. Sí, escribe bien, en el sentido de que sus párrafos están bien escritos, vamos que tiene técnica, pero la técnica no basta para que un escritor sea bueno. En cuánto a la construcción de personajes, es absolutamente cierto que hoy en día, eso no se practica ya, entre otras cosas, y hay que reconocerlo, porque es una tarea muy ardua. Pero yo, que me reconozco una antigualla demasiado habituada a leer a los clásicos, lo echo mucho de menos, y no le veo la virtud. Tiene un efecto, que es el que efectivamente, es el lector el que humaniza al personaje, le da una psicología, en cierto modo lo escribe, un efecto que resulta paradójico, porque al mismo tiempo que se puede identificar con él, la inversa no es posible, no se puede distanciar de él, verle desde fuera. Yo prefiero las narraciones (y digo narraciones a propósito), en donde hay una historia, una aventura, externa o interna, a menudo las dos a la vez, y una sólida construcción de los personajes. Prefiero de lejos a John Silver el Largo de “La isla del tesoro”, o la jofaina bautismal de Hans Castorp, por poner une ejemplo de una lbro supuestamente mucho más adulto como es “La montaña mágica”, que una novela contemporánea en dónde muy a menudo, no sabemos cómo es el protagonista ni siquiera físicamente. Afortunadamente hay excepciones, y son esas excepciones las que me hacen seguir leyendo novelas contemporáneas.
    Evidentemente, éste es mi punto de vista, subjetivo, cómo no puede ser de otra manera cuándo se habla de arte o literatura.
    ¡Saludos cordiales !

  3. Lectrice égoïste
    2011/04/22 en 14:47

    Qué gusto esa disección, tan rica en matices.

    ¿Cuánto habrá pagado el Sr. Houellebecq por el Goncourt…? http://www.youtube.com/watch?v=RPXet7PrQrw&feature=share

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