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Lucubración intermitente

2011/03/10

Hay que admitir que no todo el mundo tiene siempre razón, ni siquiera yo. Hay que admitir que la valoración por mayoría de votos no puede aplicarse al arte, a la expresión creativa, donde prima —si queremos llamarlo así— el voto cualificado, el quien sabe, sabe, y quien no sabe que se calle (pero sin imponer comportamientos a nadie: yo, voto cualificado, quizá, en BRA0050 Index librorum prohibitorum (Small)materia literaria, quiero imponer mi criterio, por supuesto —para qué lo tendría, si no—, pero no pretendo declarar obligatorias determinadas lecturas ni crear un nuevo index librorum prohibitorum de libros malos). Están los muchos y estamos los pocos. Así de sencillo. Los muchos son rentables, los pocos no somos rentables. Los muchos disfrutan de todos los servicios. Los pocos tenemos que acogernos a zonas oscuras del mercado, reducidos cada vez más a la edición artesanal o propia. Los muchos son todos casi iguales (por eso son muchos). Los pocos somos diversos: si hay en España —pongamos por país— veinte mil lectores literarios, hay también, entre ellos, taifas y opiniones, de diversa cantidad, de modo que unos libros serán buenos para diez y otros para cien y otros para dos mil, pero ninguno lo será para todos. Ello, claro, dentro de una calificación general de obra literaria que siempre marcará los sectores. Quiero decir: a mí Vargas Llosa me parece un escritor de chicha y nabo (salvo en sus comienzos), pero no le niego su clasificación literaria, su pertenencia a la división de los propios… La escisión no tiene arreglo, ni queremos que lo tenga. Con el paso de los siglos, por supuesto que varían los criterios literarios y los motivos para distinguir entre los pocos y los muchosSun; pero siempre habrá pocos y muchos.
     Lo que en modo alguno puede admitirse, insisto en la idea, es la aplicación del plebiscito a la literatura: que un libro venda un millón de ejemplares en España es, además de un milagro, un accidente sin relación alguna con su posible o imposible calidad literaria. El último vendemás español, La vida entre costuras de María Dueñas, es un texto digno, cuya condición literaria podría defenderse —y no faltan quienes la defienden—; la cosa ventosa esa (aliteración voluntaria), como se llamara, del tal Zafón, que ha vendido muchísimo más, y en el mundo entero, me parece un pastiche de la literatura, una imitación del arte, un texto falsificado, cuyo éxito nos confirma (o, perdón, me confirma) hasta qué punto están dándonos gatos por liebre los «mercados». Luego, libros que no han tenido la menor aceptación, ni de lectores ni de críticos, pueden ser espantosamente malos. Nada otorga la condición de literatura. Solo mi criterio, que coincide muchas veces, por extraño milagro del canon y de la tradición cultural, con el de unos cuantos miles de personas.  
     Si traspasamos los velos de confusión en que suelen venir envueltas las ideas comunes más básicas, resulta que la única aplicación real de la democracia se centra en el momento del voto: a partir de ahí, nada es democrático ni se atiene a las normas de las mayorías; son élites especializadas quienes toman todas las decisiones, aplicándose a ello sin la menor limitación (o sin más limitación que el posible rechazo de la llamada «opinión pública», es decir de las opiniones contraladas por otras élites). Cabría afirmar que ha llegado la hora de corregir el reglamento de la democracia, empezando quizá por algo tan elemental como la invención y aplicación de mecanismos de control (razonables y no demagógicos) que impidan a los mandatarios ejercer el poder en contra de la opinión y el deseo mayoritarios sin dar explicaciones válidas. (Me explico. Hay cuestiones políticas y sociales en que la opinión mayoritaria no vale un pimiento y, además, puede manipularse con facilidad. Pongamos, por ejemplo, la cuestión de la energía nuclear: mi voto en un asunto así no debe valer lo mismo que el voto de un experto, porque yo apenas conozco el tema; pero sí tengo derecho a que el tomador de decisiones me explique lo que está haciendo y me ofrezca plenas garantías de que no estén comprados, no estén al servicio de algún interés espurio,  los expertos en cuyo dictamen se basen las decisiones.)
     Mientras ello ocurre, sin embargo, mientras inventamos un procedimiento para refinar la democracia y evitar los gigantescos abusos de las élitesSunSunSun,  bueno sería, insisto, que no tratásemos de imponer a la pobre literatura —a la pobre expresión artística de la creatividad, en general— los principios más corruptos del sistema… Dirán ustedes que qué más da el Arte, con la que está cayéndonos encima, con la que nos tienen montada los ricos, con la brutal injusticia a que las élites plutócratas están sometiendo el futuro de la (infra)especie humana. Y tendrán razón, si lo dicen. Pero tampoco será malo que cada cual reivindique sus grandes o pequeñas zonas de libertad, en espera de que se encuentre el modo de reivindicarlas todas al mismo tiempo.

Sun Los criterios pueden variar tanto, que obras de éxito popular —que ni siquiera sus autores consideraban atenidas al pliego de condiciones del Arte— como el QuijoteSunSun o el teatro de Shakespeare, o las novelas de Dickens, al cabo del tiempo acaban entrando en el canon literario y perdiendo su general aceptación.
SunSun Da la impresión de que Cervantes escribió el Quijote para tener éxito, pero que no lo consideraba verdadera literatura. No de otra forma puede explicarse que nada más terminar el el ingenioso hidalgo volviera tan contento a la práctica entusiasta de la novela bizantina más estereotipada (hablo de los Los trabajos de Persiles y Sigismunda, claro).
SunSunSun Bien (mal) podría ocurrir que el único modo de avanzar otro (imprescindible, urgente) paso en el desarrollo de los principios democráticos sea la violencia popular. Lo estamos viendo en algunos países islámicos, aunque en ellos pueda aducirse que no se trata de desarrollar la democracia, sino de implantarla por primera vez. Otra hazaña sería, por ejemplo, que la democracia norteamericana, la madre de todas las democracias modernas (no lo olvidemos) pudiera evitar los desmanes de las élites que allí actúan prácticamente sin cortapisas, respaldadas, en el caso de las corporaciones, por la Corte Suprema. Eso sería dar ejemplo al mundo.

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  1. Lisabibi
    2011/04/25 en 20:07

    nemoutis: yo solo ponía un ejemplo porque se ha hablado de Stephen King. A mí el género de terror me gusta, siempre y cuándo sea bueno, aunque me gusta más el de suspense. La verdad es que una vez leído “Drácula”, todos los demás vampiros me parecen de pacotilla, como tú dices monotemáticos y aburridos. Por eso no he vuelto a leer ninguna otra. Creo que en el hecho de que a mí me guste “Drácula” pesa mucho el que soy mujer. La novela destila una tremenda fuerza erótica, (para las mujeres, claro)por parte de ese personaje que te magnetiza desde lejos con sus ojos rojos, que es tan decidido en el deseo que no le para nada. Por otro lado, salvo en el principio de la novela, el conde no habla. Tampoco está. Está fuera de la escena, como una amenaza permanente. Son los demás quiénes hablan de él. Es la pura amenaza exterior, ajena. Por eso da tanto miedo. Y cuándo finalmente aparece dice tan solo un par de frases, eso sí, contundentes y magistrales.
    En la novela hay una descripción fabulosa. La del naufragio del Démeter en la costa de Withby. Mientras el barco se estrella contra las rocas y el lector sabe que dentro solo va el mal, en lo alto de una colina, en el cementerio, unos marineros borrachos están contando chascarrillos y chistes propios de marineros al tiempo que tamborilean con sus dedos sobre las lápidas. Un excelente contrapunto, sí señor.
    Bueno, era tan solo una aclaración. Yo también estoy bastante de acuerdo con Ramón B. aunque empieza a haber gente que opina de manera parecida. Es muy poca todavía, pero la va habiendo, o sea, que conservemos la esperanza.
    Saludos!

  2. Lisabibi
    2011/04/24 en 20:50

    Yo pienso que la única forma de tener criterio, un buen criterio, me refiero, es haber leído mucho y de todo. Best-Sellers y no best-sellers. Y lo digo porque de cuándo en cuándo sale un best-seller bueno, es uno de cada cien, pero sale. Pongamos el ejemplo de Stephen King, quizás por ser el más sencillo. Si a una persona le gusta mucho Stephen King, es sin ninguna duda, porque no ha leído a los grandes predecesores del género de terror, algunos de ellos muy conocidos, como es el caso de Poe, o Lovecraft. Pero no solo eso. Yo no conozco a prácticamente nadie que haya leído el “Drácula” de Bram Stocker. Se han hecho tantísimas películas de vampiros, y sobre Drácula, que la gente cree conocer la historia y no se toma la molestia de leerse el tocho…y sin embargo…es una novela magníficamente escrita y que da un miedo pavoroso. Yo la leí bastante tardíamente, por aquello del prejuicio, y os aseguro que a mí, que no me suelen impedir dormir las novelas y cuentos de terror, con “Drácula” me veía obligada a parar de cuándo en cuándo para recuperar el aliento, porque me ahogaba del canguele. Estoy hablando de autores muy conocidos, sin meterme en demasiadas honduras, porque hay novelas de terror magníficas, y cuentos a patadas.
    Con todos los demás géneros pasa lo mismo. A mí tampoco me gusta Zafón, no porque haya vendido muchos libros, ni le tenga inquina. No le tengo inquina porque no sé nada de él en absoluto como para tenérsela. No me gusta “La sombra del viento” lisa y llanamente porque me parece un mal libro, y muy tramposo además. Por supuesto es una opinión personal y una cuestión de gustos. En cambio me gusta mucho “El perfume”, un libro que seguramente habrá mucha gente a la que no le gustará, porque no es obligatorio. Y me gusta porque la idea me parece originalísima, está bien escrito, es ágil y la tensión no decae en ningún momento. En “La sombra del viento”, que pretende ser un libro de “suspense”, la tensión decae constantemente y el autor se va por los cerros de Ubeda constantemente, metiendo a personajes secundarios y planos, cuándo uno lo que está deseando es que reaparezca el quemador de libros dichoso. Pues no señor, hay que tragarse cien páginas más para que vuelva a aparecer. Resultado: a mí se me cayó de las manos. Puede que esté bien para los que leen en diagonal, o para los que empiezan por el final, que los hay. Vamos, que estoy bastante de acuerdo con Ramón B.

    • 2011/04/25 en 13:09

      Sí, yo también estoy bastante de acuerdo con Ramón B., por lo general, pobrecillo. ¿Quién, si no, iba a hacerle caso? (Añado que soy de los que no han leído el DRÁCULA de Bram Stocker: no me interesan los vampiros, no les veo la gracia ni el morbo, ni lo que sea que les ve todo el mundo. Son, eso: muertos más bien monotemáticos y aburridos.)

  3. 2011/03/11 en 10:34

    Estoy de acuerdo en que en arte no vale democracia. No puede decidirse la validez de una obra por mayoría. Y menos en estos tiempos en los que el propio criterio es cada vez menos propio con los infinitos ataques que sufre constantemente (con lo cual uno levanta la mano muchas veces impelido por las circunstancias más que por meditada decisión). Bastante hace uno con tratar de hacerse con un criterio lo más propio posible. No me parece correcto sin embargo menospreciar a Zafón porque haya vendido tantos libros (si no hubiera vendido tantos tal vez no le tendrías tanta inquina). El éxito de ventas es menos mérito suyo que de no se sabe qué otras circunstancias (en busca de las cuales andan siempre los avispados editores).
    El problema del mercado no es que venda mucha basura, es que veta, por inhibición, la distribución del buen material simplemente porque no es rentable a plazo inmediato.

  4. rafael
    2011/03/11 en 06:37

    Supongo que empezaría antes. Me acuerdo de cuando empecé a interesarme por la literatura y en mi adolescencia, intentando descubrir las joyas. Por aquel entonces ya empezaron con los best-sellers. Recuerdo que mis compañeros de clase y todo el mundo hablaba de un tal Stephen King (¿sería el primero en hacerse millonario?). No pude encontrar las joyas. En la enorme maraña de libros en venta de una librería en una pequeña ciudad como Cádiz (todavía no existía Amazon), encontrar sin ayuda (el librero no te la va a dar, no le interesa) la joya era algo agotador y con pocas posibilidades de éxito. No fue la única razón, claro, yo también tengo culpa, y otras circunstancias, pero en mi caso “el mercado” mató mi curiosidad literaria. Acabé por tomar la determinación de no cmprar jamás ningún “éxito de ventas” y ni siquiera leer la solapa de los libros “planetarios” u otros por el estilo.

    Si la opinión de un experto, o un grupo de ellos, ya sea en el tema nuclear o en la literatura, hace ganar dinero, y mucho, a quien sea, automáticamente formará parte de esas élites que nos exprimen. No sé, D. Ramón, la cosa es complicadísima. Creo que esa reforma democrática formaría parte de algo mucho más global que todavía está por definir: un nuevo concepto de riqueza, una nueva organización social en la que no existiera el dinero, o tal vez como simple medio de intercambio, no de acumulación,…un mundo en el que el ser humano diera más importancia a la conservación que a la acumulación. ¿Es eso posible? Que sepamos, ¿ha sido alguna vez posible en la Historia?. Si no, habría que pensar otra definición de Hombre.

  5. Rq
    2011/03/10 en 14:56

    ¡Y eso que al menos pusiste los intermitentes :DDD! No te extrañes: he leído que ahora, para poder considerarse accidente (o avería, mí no saber, mí olvidar hace ya tiempo el temario del carnete, mí sacar el coche siempre a escondidas de la policía) también hay que señalizarse a mayores el auto con triangulito reflector de luces a no sé qué distancia. Si no, ya ves qué ocurre: ahí te quedes sangrando y sin asistencia, por saltarte las normas, peazo ilegal de mierda. Va un beso.

  6. Ibirico
    2011/03/10 en 14:00

    No sé si conocerás personalmente a Ramón, pero lo que si está claro es que no tienes el menor respeto hacia el genero humano, ni le conoces lo sufiente, deberias poner nombre y apellidos cuando haces un comentario tan soez. Mi paisano está por encima de todo lo que comentas, y de triste nada.

  7. manuel
    2011/03/10 en 13:40

    Chaval, tu no tienes ni criterio ni niño muerto. No eres más que un pedorro pedante y amargado que para consolarse del patético lugar en la que vida le ha puesto se las da de listo ante una audiencia de cero. Que triste ser alguien como tú en la vida, de verdad.

    • Ibirico
      2011/03/10 en 13:56

      manuel :

      Chaval, tu no tienes ni criterio ni niño muerto. No eres más que un pedorro pedante y amargado que para consolarse del patético lugar en la que vida le ha puesto se las da de listo ante una audiencia de cero. Que triste ser alguien como tú en la vida, de verdad.

    • Ramoon
      2011/03/10 en 17:51

      ¡Que sorpresas se lleva uno!
      Resulta que no solo existen tontos a las 3
      También los hay a las 13:40

      Ay, mi Kronos, gran bocas… te cabe to.

    • Enrique J.
      2011/03/10 en 19:58

      Mmm, ser como tú tiene que ser mucho más interesante. 😀

    • Superhombre
      2011/03/10 en 21:11

      A Manuel se le ha escapado el monólogo autobiográfico que declama todas las mañanas delante del espejo. Discúlpesele pues.

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